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Casas en ruinas
Me ha costado un montón pero por fin, en mi tercera visita a Estambul he conseguido encontrar el tipo de casas que la mayoría se imagina que existen por allí. Los tres edificios que están en ruinas tienen unas vistas increíbles del Cuerno de Oro y serían la envidia en cualquier otra ciudad pero allí están cayéndose a cachos y aunque no lo puedo confirmar con certeza, espero que no haya nadie viviendo dentro de ninguno de ellos porque está clarísimo como el agua de manantial que más bien pronto se vienen abajo.
Pese a las ideas preconcebidas que todos tenemos, la ciudad de Estambul es increíble, moderna y bastante segura (al menos en el centro de la ciudad, que es la zona turística). Yo que soy de los que se echan a caminar con la cámara y los objetivos y no se fija mucho en las zonas por las que va, no tuve ningún problema y eso que hasta mi amigo el Turco me dijo que él no suele ir por barrios como este. He visitado la ciudad de Estambul en invierno, en primavera y al final del verano y creo que la mejor época para ir es la primavera, hace menos calor y se puede andar por las calles sin sudar como un cochino.
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Castañas asadas en el club de las 500
De cuando en cuando alguna de las fotos de las recetas que preparo parece que despierta el interés de la gente y va juntando visitas poco a poco. En otras, de repente hay un interés estacional y se dispara hasta el infinito y más allá. Es el caso de estas Castañas asadas que vimos por primera vez hace dos años y que en los últimos dos meses ha recibido más de setecientas visitas lo que le ha permitido superar el millar. La preparación de las mismas no tiene ciencia alguna y hasta el más torpe debería saber como cocinar castañas asadas y justo en esta época es cuando estamos en plena temporada alta y disfrutando de las mismas. Hoy le damos a esta imagen la bienvenida al Club de las 500.
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Esas cosillas que hacen el otoño tan especial
Gran parte de la magia del otoño y el invierno cuando estás en tu casa la tienen las velas, ese invento sencillo y maravilloso que produce una luz fascinante. En mi salón debe haber unas veinticinco velas que se alternan y en ocasiones especiales, arden todas juntas. La luz de las velas juguetea con la obscuridad, ilumina rincones y se olvida de ellos al momento, crea sombras y las pone a danzar antes de hacerlas desaparecer. Las velas parecen seguir su propia canción y se sincronizan para mantener nuestra atención. Hay muy pocas cosas más relajantes que una habitación iluminada con velas, con esa luz tan acogedora y que no trata de imponerse.
El otoño es el tiempo de las velas, de las sopas, los cafés bien calientes junto al fuego de la chimenea y de las conversaciones regadas con cervezas dobles o triples, brebajes fuertes y con espíritu que se toman a temperatura ambiente y calientas entre tus manos. ?ste es el tiempo en el que algunos se convierten en cebollas andantes que al entrar en una casa se quitan capa tras capa de ropa de abrigo y más ahora que ya estamos por debajo de los cinco grados y los gurús del instituto de meteorología holandés dicen que este va a ser el segundo invierno frío consecutivo, que vamos a tener hielo hasta hartarnos. Si a mí me dicen hace una década que iba a disfrutar con estos otoños e inviernos no me lo habría creído y aún ahora, cuando paseo por el bosque con un frío que pela y disfrutas de los cálidos colores de este sol que no calienta, a veces me sorprendo pensando en lo extraña que es la vida, en como alguien que nació en una tierra cálida se encuentra como pez en el agua en un terreno que es la antítesis de aquel en el que pasé la primera etapa de mi vida.



