Una de las primeras cosas que hice este año tan pronto noté la llegada de la primavera fue comprarme una hamaca. Lo hice antes de irme de vacaciones a Malasia. Leí, investigué, busqué y rebusqué hasta que encontré una que me gustaba y como estábamos fuera de temporada, valía más barata. La compré por internet en una tienda alemana que me la mandó por mensajero y me la trajeron hasta mi puerta, ahorrándome más de cincuenta euros con el precio que hubiera pagado de ir a una tienda convencional a comprar la misma hamaca y después cargarla de alguna forma hasta mi casa, algo que se me antoja como imposible porque la caja pesaba veintipico kilos y yo no soy ninguna mula de carga ni tengo coche.
Esta primavera y este verano la he usado siempre que se ha prestado el tiempo, como hoy. Me tumbo a la bartola en mi hamaca, en uno de los rincones con césped de mi jardín, junto a mi parra y me pego unas siestas de escándalo. Es uno de esos placeres sencillos y al mismo tiempo muy gratificantes que tiene la vida. Hoy, además de descansar, comía uvas de mi parra, deliciosamente dulces.