Estuve en Barcelona en febrero del 2007 y guardo un gran recuerdo de la ciudad y particularmente de la obra de Gaudí. De entre todas las fotos de la ciudad que han aparecido en la bitácora, la primera en entrar en el Club de las 500 es esta de la La Rambla de Barcelona que vimos hace poco más de un año. Tendré que volver a la ciudad en otra época del año para hacer la misma foto con el verde de las hojas de los árboles.
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Dos primeros días para disfrutar con la familia
El relato de las aventuras de este viaje a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.
A la hora de contar el viaje a Nueva York, creo que voy a agrupar las cosas para hacerlo algo más corto y concentrado. Como íbamos bastante sobrados de tiempo nos lo tomamos con bastante calma. Al llegar fuimos a nuestro apartamento en Murray Hill East Suites, en la calle 39, prácticamente al lado de la Grand Central Station. Yo lo había buscado en páginas de apartamentos pero aquello es más bien un hotel en el que las habitaciones son pequeños estudios o apartamentos de uno o dos dormitorios. El nuestro estaba en la undécima planta y era sencillamente perfecto. Mi tío y una prima de mi madre vinieron a recibirnos y juntos nos fuimos andando a la Grand Central Station y desde allí bajamos a Greenwhich Village para cenar en el restaurante El Paso, en donde nos juraban que se pueden comer unas langostas increíbles. Todos pedimos lo mismo y la verdad es que la comida estuvo deliciosa. Terminamos la velada en el Café Reggio, muy cerca del Washington Square Park y en donde afirman que se sirvieron los primeros capuchinos en Estados Unidos. Ese día estábamos agotados y nos fuimos a dormir pronto.
El domingo nos lo tomamos con calma y optamos por ir de paseo. Subimos andando por la Quinta Avenida, boquiabiertos como gente de campo ante la grandeza de los rascacielos y lo apabullante de las tiendas. Entramos en la Catedral de San Patricio en donde el precio de encender una vela en esta época es de dos dólares, mucho menor que cuando estuve allí en Navidad. Al llegar a Central Park entré a la verdadera catedral de la ciudad, la tienda Apple de la Quinta Avenida y si pusieran una imagen de Steve, le besaba las uñas negras de los pies sin dudarlo un solo instante. La gente compraba iPods y ordenadores como loca. Cruzamos hacia el otro lado de Manhattan adentrándonos un poco en Central Park y parándonos para descansar un rato. A la hora de almorzar nos fuimos al Whole Foods que está en el edificio Time Warner de Columbus Circle. Es una buena opción para el turista que quiere comer algo de calidad o quiere comprar la comida y llevársela al parque y disfrutar almorzando en ese legendario lugar.
Tras la comida volvimos a saltar con el metro y fuimos al Soho, donde buscábamos una tienda de una marca de ropa. La encontramos después de andar un rato, soltamos un montón de dinero allí y nos equivocamos de estación de metro lo cual nos obligó a hacer dos transbordos. Nuestro destino final era Brighton Beach, al sur de Brooklyn, justo al lado de Coney Island. Ya he hablado de esa zona porque allí fue donde me quedé en mi anterior visita. Es el barrio de los ucranianos y por allí si hay algo que no se habla es inglés. Aprovechando que el día se prestaba estuvimos paseando por la playa y para cenar nos dimos un atracón de langostinos. Después volvimos a Manhattan, lo cual toma cerca de una hora porque el metro para en todas las esquinas que te puedas imaginar y en fines de semana no hay metros express. De esa forma terminó nuestro segundo día en Nueva York (y el primero completo), otro día que pasamos con la familia y tratando de adaptarnos al cambio horario.
El siguiente capítulo se llama Más compras y escalando a la cima de la ciudad de noche y de día
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Las Chochas del martes en el club de las 500
Uno de los programas de televisión que tengo idealizado en mi memoria se emitía a través de una televisión ilegal, de esas que se multiplicaban por todos lados hace unos años y tenía una audiencia muy pero que muy limitada. Una vez a la semana tenían un programa de vídeos en el que se elegía a la Chocha del martes y la chica salía en la tele emocionadísima por tamaño honor.
Yo he seguido usando la expresión a lo largo de los años y este grupo de Chochas del martes al que hoy damos la bienvenida al Club de las 500 ya han sido vistos por esta bitácora en la anotación La belleza exterior y en el anuncio del Amsterdam Gay Parade 2007.
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Saltando un océano en seis horas y media
Los grandes viajes comienzan con la tensión de revisar el equipaje una y otra vez y tratar de descubrir aquello que das por descontado que estás olvidando. Es una batalla contra uno mismo porque en algún lugar de tu cabeza un pequeño pajarito te sopla cosas con una voz muy baja y para cuando lo escuchas ya es muy tarde.
El día anterior a nuestro viaje ya estábamos con la casa regada de maletas y elegíamos aquello que queríamos. Nos íbamos con lo mínimo imprescindible porque los Estados Unidos es como un inmenso centro comercial de rebajas y saldos, gracias a la crisis y a la desgana de su moneda. Para que mi maleta llevara algo le puse dos abrigos que pensaba tirar y cogí la friolera cantidad de tres pares de calcetines, tres gallumbos y tres camisetas. Todo lo demás tendría que adquirirlo allí.
Pasaportes, tarjetas de embarque impresas, papeles con la reserva del apartamento, de la New York Pass y demás se apilaban entre mis cosas, junto con cargadores y toda la parafernalia de la cámara.
Salimos antes de las nueve hacia el aeropuerto, con un taxi que nos llevó a la estación de tren. Ese día estaba previsto la realización de obras en las vías cercanas al aeropuerto y por eso habíamos calculado algo más de tiempo. Tomamos el tren, el cual salió a su hora y nos habían dicho que nos dejaría en Amsterdam Zuid WTC, una parada antes del aeropuerto y allí tendríamos que transbordar a otro tren. Al llegar, salimos el par de cientos de personas que íbamos hacia el mismo destino y según los paneles teníamos que esperar diez minutos. A la hora a la que debía llegar el tren anuncian que lo han cancelado y que el siguiente llegará quince minutos más tarde. Todo el mundo se lo tomó a la tremenda pero yo a estas cosas les veo el lado positivo: por culpa del retraso, me devuelven el dinero de los billetes y hemos hecho un viaje gratis al aeropuerto. Con la alegría de saber que había recuperado el dinerillo esperamos al siguiente tren y di instrucciones precisas a mis padres porque sabía la que se montaría cuando apareciera. Los cinco minutos que nos separaban de la estación subterránea de Schiphol los hicimos en un vagón más lleno que los trenes de la India, con la gente y las maletas mezcladas sin orden ni concierto.
En el aeropuerto compramos un par de cajas de bombones Leonidas y fuimos a facturar. La gente se apelotona en los primeros mostradores y los últimos están casi vacíos. Gracias a que había llenado todos los datos desde mi casa esta operación no nos tomó mucho tiempo. Los despistados han de dar un montón de información que será usada por las autoridades americanas para detectar a hijosdeputa terroristas islámicos. Aún tuvimos tiempo de pasear por la terraza del aeropuerto y ver los aviones llegando y marchando, una hermosa danza que es vigilada atentamente por unos frikis que equipados con unos monoculares espectaculares apuntan las matrículas de todos los aviones que ven y lo registran todo en sus ordenadores. Supongo que cada loco disfruta con su tema y estos tienen pinta de ser de cuidado.
Tras el control de pasaportes, cambié algo de dinero en dólares y nos sentamos a tomar un café mientras esperábamos el embarque. Volábamos con Delta, una aerolínea nueva para mi. Además del vuelo sin escalas y del buen precio, los elegí porque prefiero un Boeing 767 a un 747 o un Airbus A340. Estos dos últimos aviones son sencillamente demasiado grandes y terminas en una fila como la de un cine solo que tienes que aguantar ahí un montón de horas. En el 767 teníamos los tres asientos del centro, con salidas a los pasillos por ambos lados, lo cual es perfecto. En este tipo de vuelos, cuando el destino es Estados Unidos, el control de seguridad se pasa junto a la puerta de embarque y a la vez hay también interrogatorios de todo tipo que se centran en esa obsesión que tienen con las baterías de tus aparatos electrónicos y la gentuza que las pueda haber tocado. Tras este rollo ya estábamos listos para entrar en el avión, cargados de equipaje porque Delta te deja llevar dieciocho kilos de equipaje de mano.
Hicieron un embarque por zonas y así no hay tanto follón. Ya dentro tomamos posesión de nuestros asientos y nos preparamos para un viaje interminable. En realidad las noticias fueron excelentes y gracias al fuerte viento nos comunicaron que llegaríamos en seis horas y media. Salimos con retraso pero la llegada fue en hora. En el aire, el avión se comportó maravillosamente y disfrutamos con la comida, las películas y de cuando en cuando me eché una pequeña siesta. Al ir hacia América desde Europa viajas con el tiempo y llegamos a nuestro destino dos horas después de haber salido, según la hora local. En Nueva York el clima era excelente. Tras salir nos metieron en uno de los sótanos en los que se pasa el control aduanero. No sé por qué en los Estados Unidos siempre hacen esto en sótanos. Eran unas colas enormes y la gente se pone nerviosa con sus formularios en los que siempre te queda la duda de haberla cagado y haber puesto algo mal. Cuando nos tocó la vez, nos hicieron las fotos que engrosarán las bases de datos de posibles terroristas, nos tomaron las huellas dactilares y el hombre nos deseó una buena estancia en el país. Casi estábamos dentro. Solo nos faltaba recoger el equipaje y salir a la calle. Lo primero fue fácil y después buscamos la salida. Un hombre se acerca a nosotros y nos ofrece un taxi para llevarnos a la ciudad. Yo ya sabía que la tarifa para ir del aeropuerto JFK a Manhattan es plana y vale cuarenta y cinco dólares más peajes y propina y me sorprendió que el tipo no estuviera en su taxi. Cuando intentó llevarnos a un aparcamiento me detuve y vi que la parada estaba cerca. Le dijimos que se fuera con viento fresco y nos acercamos al lugar en el que tras diez minutos de espera llegó nuestro taxi amarillo y comenzaron nuestras vacaciones en Nueva York.
La historia continúa en Dos primeros días para disfrutar con la familia.


