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Distorsiones

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  • Mi vida con un indonesio

    21 de octubre de 2005

    La historia de hoy apareció en la lista de distribución de Distorsiones allá por Septiembre del 2002. Es uno de esos cuentos añejos que me gusta volver a leer de vez en cuando.

    He tenido un par de semanas de vértigo. Por circunstancias operativas tuve que asilar durante dos semanas a un indonesio en mi casa durante la semana. Esto me ha permitido extender mi universo racista hasta límites francamente insospechados. Cuanta más gente de países exóticos conozco, más tengo claro que como los europeos nada de nada y como los españoles, absolutamente nada superior.

    Afronté la llegada del indonesio con resignación. Previamente el mamón, al que no había visto gastarse un duro en mucho tiempo y al que recordaréis por el despliegue de zapatos que posee y que perdió en su totalidad cuando practicamos el Wadlopen nos invitó un día a cenar en Eindhoven, algo que contaré en otra historia. Con ese bagaje, habiéndose gastado algo de dinero en mí, no tenía más remedio que permitirle quedarse en mi casa. Así que el lunes cuando salimos del trabajo, nos venimos a mi apartamento y comenzamos nuestra convivencia.

    Lo primero que me extrañó fue lo pequeña que era su mochila si supuestamente se iba a quedar una semana. Yo para cuatro noches necesito:

    • Cuatro calzoncillos
    • Cuatro pares de calcetines
    • Cuatro camisetas más una camisa o cuatro polos de Springfield
    • Un pantalón
    • Un pulóver
    • Un abrigo
    • Un chubasquero
    • Pijama
    • Pasta de dientes, cepillo, férula dental, medicinas para la alergia y el asma (por si acaso), desodorante, crema hidratante, champú, acondicionador
    • Reproductor de MP3, móvil, cargador de móvil, cámara de fotos, libros

    … y posiblemente olvido unas cuantas cosas imprescindibles.

    En fin, que yo salgo cargado como una mula y este llega a mi casa con una mochila semivacía y tamaño mini. La abre y me da un pasmo de muerte. Sólo traía champú, pasta y cepillo de diente, pijama y una toalla de bidé para secarse en la ducha. La toalla le dije que se la metiera por donde quisiera y que usara una de las que hay en mi casa, que para eso mi madre me ha obligado a tener 6 juegos de toallas todas de tamaño gigante.

    Se me puso un mal cuerpo de morirse sólo de pensar que me iba a pedir ropa prestada, que una cosa es la amistad y otra bien distinta es el intercambio de prendas de vestir. Qué equivocado estaba. Cada día cuando llegaba se sacaba los calcetines y los ponía en la escalera extendidos para que se orearan. Al tercer día, el gato de la vecina (los franceses que habían antes de la china) ya no subía a mi casa del tufo que había en la escalera. La camiseta tanto de lo mismo. Se iba al baño, le hacía un CHÁS CHÁS con un poco de agua en los sobacos y la tendía hasta la mañana siguiente. Sobre los calzoncillos no tuve valor para tratar de averiguar que hizo con ellos, pero a mí me picaba todo el cuerpo y no hacía más que pensar en ladillas como gorriones atacándome.

    Yo para contrarrestar los olores me dedicaba a cocinar con muchas especias, para matar el tufillo a queso que provocaban los calcetines. Claro, a base de macerarse los dedos con esos calcetines hiperusados, tenía unas uñas como pezuñas de caballo. Es que según salía de mi casa el viernes, todo a la lavadora.

    Encima en mi casa es que se oye todo porque las paredes son de madera. Si es que cuando mis vecinos follan yo hago de jurado de Eurovisión y otorgo puntuaciones. Pues este, se metía por la mañana en el baño, encendía el extractor y ni con esas. Joder con las tripas que tiene el hijoputa, si parecía que cada mañana teníamos en mi casa el parto de la burra. De hecho, después de tres días tuvimos que empezar a usar el desatascador porque las cañerías ya no daban para más y la segunda semana tuve que comprar un producto desatascador porque la mierda trancaba todo y mi desatascador ya no movía nada en las cañerías.

    A pesar de estos pequeños inconvenientes, he sobrevivido a las dos semanas y ahora aprecio aún más mi origen europeo. Esto me lleva a disertar un poco por el desprecio entre razas. Para el indonesio los chinos son inferiores, los ve como de segunda división. Yo a él lo veo también inferior, así que el chino, si aplicamos la lógica, como que es un bicho ínfimo. Por estas tierras se considera que lo peor del mundo musulmán son los marroquíes y después vienen los turcos. Es decir, que más vale turco que marroquí, pero ambos por debajo de los asiáticos, así que los tendríamos que colocar tras los chinos. Yo, como nunca he terminado de captar el concepto de racismo, pese a que la gente se empeña en ponerme ese adjetivo, tengo amigos turcos, chinos, suecos, indonesios, holandeses, alemanes, españoles, americanos, peruanos, argentinos, belgas, ingleses y posiblemente me deje a alguien atrás. Jamás he tenido problemas con ninguno de ellos.

    Uno se termina acostumbrando a todo este baile de costumbres aunque os rogaría que aquellos que vengan a verme, traigan la ropa suficiente, que soy muy aprensivo.

  • Oudegracht al atardecer

    21 de octubre de 2005
    Oudegracht al atardecer

    Una de las cosas más características de la ciudad de Utrecht es el Oudegracht, el viejo canal. Al contrario que en Ámsterdam, en donde uno no se puede sentar al nivel del agua, aquí hay unas terrazas en ambos lados del canal que permiten el establecimiento de infinidad de restaurantes y bares en los que uno se puede tomar una copa o comer junto al agua. En verano te puedes sentar allí a leer un libro mientras patos y cisnes pasan a tu lado.

    La foto fue tomada el pasado Septiembre al atardecer, cuando la luz pierde la batalla y la oscuridad se adueña de nuestro mundo. Estábamos cenando en un restaurante de Pannenkoeken, los típicos crepes holandeses.

    Si estás buscando información sobre la ciudad de Utrecht, quizás te interese mirar Excursiones desde Ámsterdam: Haarlem y Utrecht y en la Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda tenéis un índice con todo el contenido sobre los Países Bajos que ha aparecido en esta bitácora

  • Los niños del maíz

    20 de octubre de 2005

    A la hora del almuerzo en lugar del paseo habitual el colega con el que camino me dice que lo acompañe a buscar a su hija a la guardería y a llevarla a casa y así de paso me enseña las paredes de su casa porque me la van a pintar de la misma manera, algo que solo puedo describir como una especie de gotelé de un milímetro de espesor.

    Salimos de la oficina y nos vamos en coche al punto de recogida de la unidad infantil. Por el camino vamos hablando sobre como salvar el mundo, la empresa y demás y de como las alemanas son más arretrancos que las gallinas, sobre todo comparadas con las puras y castas bellezas neerlandesas y sus profundas concepciones morales. El mismo tema lo hablo con mis amigos alemanes y entonces son las holandesas las pellejas y las alemanas las castas y puras. Estoy convencido que ellos ven a las españolas como unas putas de cuidado. Es algo universal. Siempre miramos fuera de casa y lo nuestro ni tocarlo ni mentarlo.

    Llegamos al colegio y por despiste me he dejado mi chaquetón en la oficina, así que estamos con ocho grados de temperatura y Yo de puro macho canario con un polito de Springfield de esos de dos por treinta euros. Todo el mundo está abrigado desde la pipa del coño hasta la coronilla, con una profusión de abrigos, bufandas, guantes y demás y Yo de lolailo en camiseta, causando admiración entre todas las madres, porque también somos las únicas unidades masculinas que han venido a la puerta del colegio, lo cual demuestra que la igualdad de sexos es una puta mentira y que al final la madre apechuga con el trabajo de sacar adelante a los niños mientras el marido saca tripa junto a la máquina de café de su oficina.

    Las holandesas estaban fascinadas conmigo, cuchicheando entre ellas porque iba en camiseta con este frío y encima con un morenito de lujo. Yo metí tripa y picaba ojos, que uno nunca sabe si hay viciosillas a la vista y lo de madres con hijos mola mazo a estas alturas. Estamos en aquel corral, rodeados por todas esas gallinas cuando se abren las puertas del colegio y se escucha un rumor que va ganando intensidad hasta que salen en tromba unos treinta niños de cuatro años. Los chiquillos corren hacia sus madres y hacia el único padre presente. Yo me quedo mirando algo distante y de repente constato un hecho que me golpea demoledoramente: todos los niños son rubios. No hay cabezones de pelo castaño o negro, solo tez pálida y pelo rubio por doquier. Es como en cualquier pesadilla del gran maestro Stephen King, todos repugnantemente rubios, todos iguales.

    Mi amigo viene con su hija a la que me presenta como el señor que vino de África, algo que técnicamente es cierto ya que pese a los intentos de los diferentes gobiernos españoles al poner el archipiélago bajo las Baleares, seguimos ubicados físicamente a pocos kilómetros del continente africano. La niña me mira con curiosidad porque no soy rubio y porque obviamente, soy infinitamente más guapo que cualquier otra persona que haya podido conocer en toda su vida. Nos vamos al coche a paso ligero, aunque yo me niego a reconocer que estoy muerto de frío y que tengo los huevos del tamaño de maníes.

    En el coche la chiquilla me interroga y me enseña sus cachivaches. Ya en su casa nos mira a su padre y a mí mirar las paredes y admirar algo, aunque no sabe muy bien qué. Ella solo ve muros pintados y nosotros venga a tocar la textura y admirar los colores. La niña además está confundida porque no consigue comprender lo que dice su padre, al que le debe haber dado un jamacullo y no vocaliza con la fluidez habitual. Para ella es algo nuevo que su padre hable en otro idioma, así que el hombre le tiene que explicar que nosotros los africanos venimos de otro universo en el que las palabras se dicen del revés y con otra música, una forma de comunicación llamada inglés. Ella nos mira sin terminar de comprender y sigue haciendo preguntas que en ocasiones no comprendo y que su padre me traduce, momento en el que ella no comprende.

    Después de media hora de diálogo entre especies de distintos continentes aparece la madre y nos vamos. La chiquilla se terminó de rebotar cuando la madre también comenzó a hablar ese extraño idioma y decidió que algo malo estaba sucediendo en su casa y que lo mejor era escaparse a la planta alta hasta que se recuperaran sus padres.

    Nosotros volvimos a la oficina a seguir trabajando.

  • Ikea y el Chino

    19 de octubre de 2005

    El otro día estuve ayudando al chino a montar su nuevo dormitorio de Ikea. Cuando me dijo que lo había comprado casi me desmayo de la impresión. Es la primera vez en la historia que el chino compra muebles nuevos. Se ha comprado la cama, el aparador y un armario monstruosamente grande. El chino casi no tiene ropa pero debe tener planes para comprar millones de cosas porque el armario es de 243 centímetros de alto, un metro veinte de ancho y sesenta centímetros de fondo. El techo de su casa tiene 244 centímetros así que queda escasamente un centímetro libre. Para ensamblar semejante mamotreto nos la vimos bien jodida. Yo soy uno de los cinco campeones de montaje de los muebles de esa empresa sueca, pero si mi compañero de curro jamás ha estado expuesto a dichos muebles es casi una misión imposible. El chino agitaba el cabezón y trataba de descubrir el lado oculto del dibujo que tiene un cacho de madera y tres tornillos y hay que ponerlos juntos. No hay más ciencia, hasta mis amigas canarias podrían hacerlo, pese a sus graves carencias intelectuales de todos bien sabidas. Sin embargo el asiático estudia el dibujo durante diez minutos para al final decir: Eso es lo que yo quería decir. Algo que podríamos haber hecho en un par de horas nos tomó siete. Con la cama fue la pesadilla máxima, yo frito por acabar y mi amigo dale que te pego a mirar y remirar el puto dibujo. Terminé por pasar de él y montarla yo solo. Para cuando acabó con las instrucciones yo ya la tenía hecha y sólo por ver su cara mereció la pena. Le pregunto por el colchón y me dice que no lo ha comprado porque piensa reutilizar el colchón que recibió en 1998 de otro chino y que ha usado desde esa época, aunque por no tener cama siempre lo tuvo en el suelo. El colchón tiene unos lamparones marrones de cuidado, pero yo todo sonrisas, que ya me conozco a la parroquia y si le digo algo terminamos en una de esas discusiones surrealistas.

    El colchón encima no terminaba de encajar con la cama, pero nada que no se pueda arreglar con un poco de presión aquí y allí. El chino es también agradecido y me invitó a cenar en un restaurante chino que tenemos en nuestro barrio. Según entramos nos dio mal rollo, porque nosotros para esto de la comida del Imperio Asiático somos muy exigentes. La camarera era china pero no entendía a mi amigo, lo que atribuimos a que era de la rama pobre de la raza y hablaba chino cantonés, en lugar del elitista y privilegiado chino mandarín. La tía parecía más tonta que una modelo. Le explicamos que no queríamos cubiertos, sino palillos y se le cruzó la compresa del susto. Se marchó, conferenció con los otros, volvió, se fue nuevamente y después de arduas gestiones consiguieron unos palillos para nosotros. Le explicamos que cuando se come con palillos no se usa plato sino un cuenco pero el concepto no terminó de cuajar y nos tuvimos que joder. Por esto perdieron veinte puntos. Cuando pedimos el menú en chino y nos dijeron que solo tenían menú en holandés perdieron cincuenta puntos más.

    La observación meticulosa del menú nos terminó de acojonar. Estaba pensado para incultos e insensibles rubios cabeza de queso sin conocimiento de una cultura milenaria. Optamos por una aproximación conservadora y pedimos un par de platos que conocemos. Para las bebidas nos fuimos al té chino, como hacemos siempre y la tía no tenía ni puta idea. Otro disgusto y diez puntos menos. Ya por ahí sabíamos que no iba a haber propina. La comida llegó pronto y he de decir y jurar y perjurar que no era muy buena. De mediocre tirando a mala, como la que se puede comer en cualquier chino de Gran Canaria, con esos platos atiborrados de salsa para tapar la carne de gato y de rata que usan. Por la comida les quitamos quince puntos más, así que concluimos que de cien posibles puntos consiguieron cinco. Jamás volveremos a pisar dicho local.

    Volvimos a casa de mi colega para continuar montando los muebles porque esto sucedió entre medias. Al día siguiente me dijo que durmió fatal porque la cama es muy alta ya que está acostumbrado a dormir a nivel del suelo y porque el somier le está matando. Me lo encontré en el tren ya que yo voy en bicicleta hasta la estación y el va en guagua, al menos hasta que se compre una bicicleta que pueda dejar en la estación (o sea, una nueva bicicleta de dudosa procedencia) o una que pueda doblar y llevar con él en el tren (como La Macarena de un servidor).

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