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  • Sábado de otoño

    16 de octubre de 2005

    Voy paseando con el turco y al cruzar delante de una peluquería en la que dos tías de muy buen supuestamente trabajan el hombre se me para en seco, retrocede, abre la puerta y les pregunta si lo pueden pelar, tocar su sedosa cabellera rubia y regocijarse con esa maravilla de pelo otomano. Las peluqueras resultan ser unas bordes del quince y le dicen que sin cita ni de coña aunque no tienen gente en la peluquería. Nos despedimos de malos modos no sin antes recordarles que son unas putas rastreras y que lo que se hace en este mundo se paga en el próximo.

    Vemos otra peluquería, de diseño total. La persona afeminada que la atiende se ofrece a pelarlo, pero cuando lo ve haciendo molinos de viento con las manos y nota la mancha de aceite en el suelo mi amigo pierde el interés. A todas estas, mientras paseamos me va haciendo fotos continuamente. Según él es porque ya va siendo hora de aprender a manejar la cámara de mil euros que se compró y que nunca había usado. Según yo, este hijoputa seguro que ha abierto una bitácora para criticarme y reírse de mí porque le jode que yo hable de él en la mía. Le he repetido hasta la saciedad que él es lo más entrañable que hay por esta página pero no hay forma y aunque no me prohíbe escribir sobre él, no le mola (lo que no podemos decir de otros que leen esto que me tienen muy muy vetado y por cuya culpa no tengo contenido de calidad).

    Seguimos avanzando por Utrechtsestraat y entramos aquí y allí a mirar electrodomésticos y tecnología, algo que es muy de machos. El turco se lamenta porque no liga. Yo lo miro con su camiseta de diseño color celeste, la cual le costó más de cincuenta euros, sus pantalones de diseño de más de doscientos euros, su chaqueta deportiva como la que puede llevar cualquier gilipollas del club naútico de ciudad costera que le costó un potosí, sus zapatos exclusivos y se lo repito: me avergüenzo de caminar con él. Como puede pretender ligar si parece sacado de cualquier revista de consulta de dentista. Le paso una mano por el hombro para que deje de hacerme fotos y para darle soporte emocional, que es algo como muy de hombres metrosexuales de mierda.

    Entramos en un bar a tomar unas copas mientras vagamos sin rumbo fijos, llevados por la marea del tedio de un sábado. Las tiendas han comenzado a cerrar y la luz desaparece por momentos. Acabamos en el cine y tras la peli optamos por cenar. El turco me dice que le han recomendado uno llamado Café de Jaren. Al llegar a la puerta me ve retroceder con los ojos desorbitados y me niego rotundamente a entrar. Es uno de esos antros para pijos, todo diseño y arquitectura de esa inútil. Yo ya he tenido muchas experiencias terribles con este tipo de sitios y hace años que juré no volver a entrar jamás en otro. El turco se da un paseo por el interior mientras yo espero en la puerta. Una vez se convence de que yo no pisaré el local nos marchamos. Andamos hasta el Restaurant Szmulewicz, un sitio algo escondido en el que se come muy bien. Está hasta la bandera y el tipo nos dice que tendremos que esperar media hora. Pasamos olímpicamente y nos vamos. En uno de los callejones de Rembrandtplein hay un amasijo de bares de ambiente, o eso que en la Isleta se llama bares de maricones. El turco me está contando que la noche anterior salió por aquella zona. Yo me paro a mirarlo. ?l me hace unas cuantas fotos con las casas y los canales de fondo. No me extraña que no ligue si se mete en esos bares. No hay más que ver la bandera del arco iris y la muñeca Barbie Putorra en la puerta de los mismos para saber que no son locales aprobados por el Opus.

    De nuevo en Utrechtsestraat buscamos un español muy famoso llamado Restaruante Pata negra para cenar tapas. El sitio está aún más lleno que el anterior. La camarera me dice que ni se sabe cuanto tendremos que esperar. Desistimos de comida española y nos vamos a un italiano que está justo enfrente llamado Il Boccalino. En este sitio ya hemos comido pero la experiencia de ayer creo que hará que no volvamos en un tiempo. El camarero tardó como media hora en cogernos el pedido. Yo opté por una sopita de cebolla y una pizza y mi amigo por unos caracoles y pizza. Hasta que llegaron los primeros platos pudieron transcurrir tranquilamente cuarenta minutos. En la espera aquel hombre seguía haciéndome fotos. A nuestro alrededor habían tres mesas en las que parejas de chicas cenaban. Nosotros únicamente pensamos lo peor así que asumimos su tortillerismo. El turco les hacía señales pero ellas no respondían. Le expliqué que si yo fuera tía y veo a un pajarraco vestido como él y haciendo fotos de otro tío que sucede que es atractivo, interesante y con carisma, pues yo pensaría que son una pareja de julandrones, puesto que no es normal que un machote le haga fotos a otro. Mano de santo. Guardó la cámara y no volvió a intentarlo. Agotamos todos los temas de conversación esperando las putas pizzas. Para cuando aparecieron ya habíamos hecho la digestión de la sopita y los caracoles y comenzábamos a estar de mala sangre. Acabamos las pizzas y optamos por saltarnos el café en ese sitio.

    Nos fuimos al Grand Café Hogesluis junto al hotel Amstel y a menos de cien metros de casa del turco. El camarero del turno de noche está enamorado de mi amigo y nos atiende siempre como a príncipes. El turco sacó la cámara y le hizo unas cuantas fotos con lo que se debe haber ganado el amor eterno de este pobre hombre. En este sitio el capuchino es excelente. Me encanta su ambiente sofisticadamente tranquilo y es un gustazo tirarte los peíllos en la misma silla en la que Brad Pitt o George Clooney estuvieron sentados. Ya bien entrada la noche nos despedimos. El otoño ha llegado y pese a que durante el día alcanzamos temperaturas cercanas a los veinte grados, por la noche hay un pelete que no veas y se nota la bajada de temperatura.

  • Antes de la mudanza

    15 de octubre de 2005
    Desde la cocina hacia el salón

    Desde la cocina hacia el salón, originally uploaded by sulaco_rm.

    Y así estaba la entrada de mi apartamento en Hilversum la noche antes de la mudanza. Aquello era el caos más absoluto. A la mañana siguiente me levanté temprano para terminar de meterlo todo en cajas y se produjo la evacuación del edificio. Cinco años de historia quedaron atrás.

  • Trastero bajo la escalera

    14 de octubre de 2005
    Trastero bajo la escalera

    Trastero bajo la escalera, originally uploaded by sulaco_rm.

    En un cuartito como este vivía Harry Potter en casa de sus tíos. En mi casa será el cuarto de invitados. Espero que así se desanimen y no se empeñen en pasar temporadas largas.

  • Cagadas invertidas

    14 de octubre de 2005
    Retrete de abajo con el agujero en el lado malo

    Retrete de abajo con el agujero en el lado malo, originally uploaded by sulaco_rm.

    Una de las cosas que más aborrezco de los Países Bajos son los retretes con el agujero del revés. Hasta ahora sólo los había tenido que padecer en casas de amigos y similares pero mi suerte se ha acabado. Hasta que reforme los baños me temo que soy el propietario de dos de esas aberraciones.

    Como todos vosotros, yo también soy una máquina biológica de procesamiento de nutrientes para la producción de energía y al igual que todos, produzco desechos. Esos desechos han de ser eliminados al menos una vez al día y eso implica una visita a ese cuarto en el que mantenemos al día nuestra higiene. Se me pone mal cuerpo ahora que tengo que sentarme y saber a ciencia cierta que todo lo que obre quedará en una terraza situada a escasos centímetros de mi trasero y en el caso de que mi producción diaria sea harto abundante, corro incluso el riesgo de terminar cubierto de mierda hasta el mismo culo.

    Además de la tensión y el asco de saber que la mierda permanece ahí, lo peor es que cuando terminas te tienes que enfrentar con tu propia mierda y decirle adiós mientras comienza el gran viaje que la llevará de vuelta a la cadena alimentaria, posiblemente en forma de tomates, cebollas o pimientos. Te quedas mirándola abobado y la ves desaparecer al bajar la cisterna y salir disparada a alta velocidad para estamparse contra la pared frontal del retrete, caer y desaparecer.

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