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  • Star Wars Episodio IV: Una nueva esperanza

    14 de mayo de 2005

    Nos ha costado veintiocho años el llegar hasta aquí. Es el tiempo que ha tomado a George Lucas el completar la saga de todas las sagas. Dentro de unos días, se apagarán las luces, se cerrarán las puertas, contendremos el aliento mientras nuestros ojos se clavan en el blanco y volveremos a soñar.

    Para mí es imposible hablar de la saga de las Galaxias sin que un montón de emociones recorran todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Debo tener vivencias a lo largo de toda mi vida ligadas a esta saga. Cuando se estrenaron las películas, cuando después de años de espera fueron publicadas en vídeo, su reestreno restauradas para el veinte aniversario, la segunda trilogía y ahora el fin. He visto todas las películas en el cine, en múltiples ocasiones. Me compré los vídeos, los DVD, los discos de vinilo con las bandas sonoras, los Cds y supongo que con cada nuevo avance tecnológico volverán a reeditarlas y volveré a pasar por caja.

    Por lo que significa para mi, porque el fin ya está cerca y porque estoy en pleno proceso de volver a ver todas las películas antes del estreno de la semana que viene, creo que voy a hablar de todas y cada una de las películas de esta saga, pero vistas desde un punto de vista muy subliminal, muy subjetivo.

    El año en el que vi la Guerra de las Galaxias por primera vez fue 1978 aunque no estoy muy seguro, pero si sé que era un chaval, que fue en el cine Victoria en la Isleta y soy consciente de que marcó mi vida. De todo el cine que vi cuando era niño, sólo hay un título cuyas imágenes tengo bien grabadas en mi memoria. Aquel día cuando salí del cine, algo había cambiado. Aquel día, cuando caminaba de vuelta a casa, gritando con los amigos, después de haber visto la Guerra de las Galaxias por primera vez, supe que seguiría yendo al cine toda mi vida, para vivir esos momentos, sentir esas emociones y formar parte de esos mundos llenos de misterio y aventura. Ahora sé que es lo que la gente denomina como fans, entusiastas de algo, algo que en mi caso es un universo muy muy lejano en el que hay una batalla terrible entre el bien y el mal. De pequeño me iba a la cama pensando lo fuerte que era la fuerza en mí y como si un día alguien apareció buscando al joven Luke, podía pasar lo mismo conmigo.

    La magia de las galaxias creció con la edición en vídeo. Vi la película decenas de veces, sólo o en compañía de otros. Organizábamos sesiones en las que nos pegábamos la trilogía de un tirón, discutíamos sobre los más nimios detalles y todo el mundo tenía sus teorías sobre lo que podía o no haber sucedido. De las cosas que más me fascinaron al ver la guerra de las galaxias, recuerdo que el hecho de que los robots tuvieran emociones, que fuesen capaces de expresar dolor, ironía, cinismo, humor, resultó una idea irresistible. Sin lugar a duda para mí lo mejor de la primera película fueron las escenas en las que C3PO y R2D2 se enfrascan en conversaciones bizarras en las que uno habla en cristiano y el otro le responde en un idioma hecho de pitidos que ambos parecen comprender. Era increíble el ver como a pesar de desconocer ese idioma, uno entendía perfectamente las emociones que conducían la conversación. Junto a ambos robots, un grupo de bravos guerreros luchaban en inferioridad de condiciones para salvar la galaxia, dando sus vidas por un ideal. Luke siempre fue entrañable, especialmente en esta primera película, aunque el punto morboso y lascivo lo puso la princesa Leia, con sus parabólicas laterales, su carita de niña buena y sus ojos de sucia viciosa. Hay una escena al final de la película, cuando pone las medallas a Luke, Han y Chewbacca, en la que se relaja y sonríe coquetamente. Es una de las sonrisas más sucias que he visto en cine. Ahora como adulto, cuando la veo, pienso en la de polvos que ella está planeando para agotar a los dos jóvenes soldados, la de orgías que ha previsto con ellos, la de perversiones que realizarán a lomos de R2D2, mientras este pita como loco al recibir las embestidas y en como ella debe estar pensando que no es más que la guarra de las galaxias. Son las cosas de la edad, aún vivo la magia, pero ahora con dos rombos.

    La música de esta película es tan potente, tan contundente, que ha conseguido sobrepasar el ámbito cinematográfico y ha entrado en nuestras vidas. Yo veo entrar a mi jefe en mi despacho y en mi cabeza suena la marcha imperial y escucho los respiradores de Darth Vader haciendo ruido. Cuando comienzo una nueva aventura, lo hago con las notas iniciales de la guerra y prácticamente para cada momento, hay una música adecuada. Aún hoy día, mi iPod siempre ha llevado al menos una o dos canciones sacadas de las bandas sonoras, que sigo escuchando de vez en cuando.

    Todo comenzó en 1977 con esta película, en la que descubrimos que Luke, Han y Leia estaban destinados a salvar el mundo, en la que Obi-Wan nos habló de la Fuerza, de ese invisible vínculo que nos une a todos los seres vivos, en la que Darth Vader consiguió encarnar el mal absoluto, infundiendo miedo con su mera presencia, incluso entre los suyos, con esa respiración amplificada que siempre me ha parecido tan siniestra. Como curiosidad decir que en ésta primera película casi no se habla del emperador, Darth Vader no da la impresión de ser su mano derecha, los rebeldes no parecen más que un atajo de piojosos y la sociedad de esos planetas da la impresión de estar en franca decadencia. A pesar de todo, jamás me arrepentiré de ser un fan de esta saga y continuaré revisitándola toda mi vida.

    Y vosotros, ¿recordáis el día que vísteis la Guerra de las Galaxias en el cine?

    Que la fuerza os acompañe…

  • Corte(in)fiel

    13 de mayo de 2005

    Al hilo de la anunciada venta de dicha empresa textil, he recordado que hace tiempo que quería escribir sobre ellos unas cuantas líneas, en plan me-cago-en-todos vuestros muertos y demás.

    Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana, Corte-infiel era una empresa que además de buenos diseños, tenía una calidad excelente. Eran los tiempos en los que los caballeros jedis patrullaban la galaxia y el bien imperaba por doquier. Uno sabía que podía entrar en una de sus tiendas, cerrar los ojos, escoger al azar cualquiera de los productos y el objeto resultante gozaría de una excelsa calidad y un diseño impecable.

    Eso es historia. Ahora tienen mucho diseño pero no hay nada más que lo respalde. Ya he picado dos veces y no volveré a caer nunca más. Mi última mala experiencia con ellos ha sido este invierno. En septiembre tenían una rebeca con camiseta de regalo que parecía muy buena. Abrigaba y era perfecta para interiores de edificios holandeses en los que la calefacción a veces te la juega y pasas de veintitantos grados a diez en lo que se tarda en cruzar el umbral de una puerta.

    La camiseta me la traía al fresco, pero como era gratis, pues la aceptamos en la familia y entró a formar parte del extenso ajuar de camisetas del que me enorgullezco tanto y que tantas disputas ha ocasionado entre amistades y conocidos. La rebequita me sentaba como un guante en la tienda. Preciosa, un diseño estiloso y tal y tal y tal. Así que me la compré y emprendió el largo camino de la emigración, con más de tres mil kilómetros hasta que alcanzó su hogar definitivo. Cuando llegó el frío salió del banquillo de las prendas de mi armario y entró en el circuito de ropa muy usada. Todas las mañanas se metía en mi mochila y con gran alegría por su parte, nos íbamos juntos al trabajo.

    La cosa parecía ir bien hasta el tercer día, cuando la doble cremallera comenzó a fallar. Lo achaqué a mi poca cultura y a la incapacidad para manejar dispositivos que no están dotados de microprocesador y fuente de alimentación. Unos días más tardes parecía ir a peor y llegué al extremo de no usar la cremallera y llevar la rebeca sin abrochar. Para aquellos momentos en los que era necesario el cerrar compuertas, me agencié unos imperdibles y apañé un cutre-cierre, visualmente muy agresivo y que levantó la admiración del departamento de diseño corporativo en la mutinacional en la que trabajo. Gané varios premios por mi sencillez a la hora de innovar y encontrar soluciones sencillas para problemas infinitesimales.

    Como soy pulcro y limpio, llegó el momento en el que la rebeca tenía una visita pendiente con mi lavadora. Con cuidado, miré su etiqueta y comprobé las instrucciones de lavado. Las respeté escrupulosamente e incluso no llegué a los límites previstos. En lugar de lavadora, la lavé a mano. Unos cuidados exquisitos para que la niña estuviera contenta. Cuando se secó y estaba lista para ser usada descubrí una pequeña rotura en la parte trasera. Me quedé petrificado por el horror. Decidí no darle más importancia y seguir usándola como si nada hubiera pasado. Tras su segundo lavado dicha rotura se había multiplicado por tres. Era oficial. Aquella era una MIERDA de rebeca hecha con una MIERDA de materiales, por una empresa que se JACTA del acabado y la calidad de sus productos.

    La rebeca de Corte(in)fiel acabó en la basura. Otra que me compré en un establecimiento de la competencia mucho más barata, en esos centros con nombre de chica mona y dispuesta a fornicar, sigue prestando sus servicios sin acusar el estrés del que fue objeto la primera. Esta segunda prenda disfruta enormemente con sus lavados en la lavadora, en donde se lo pasa bomba con sus amigas las camisetas y con los calcetines de South Park y Looney Tunes, los cuales no dejan de hacer gansadas durante todo el programa de lavado.

    Así que espero que los que van a comprar esa empresa, pongan en la puta calle a todos los directivos y comiencen por mejorar la calidad del producto que venden, que falta que les hace.

  • Keukenhof 2005

    13 de mayo de 2005


    Tulipán, originally uploaded by sulaco_rm.

    Todos los años lo visito y nunca me canso. Es el Keukenhof, el mayor parque de tulipanes del mundo. Un monumento vivo erigido para glorificar esas flores infinitamente bellas. Cada vez que voy sucede lo mismo. Mi lado más japonés se sale de control y me paso el día haciendo fotos como loco, hasta agotar las dos baterías y los setecientos sesenta y ocho megabytes que tengo disponibles.

    Rezad para que el tiempo acompañe. Cuando leáis esto yo ya debería haber retratado un par de cientos de esas bellezas. Y supongo que ya sabéis lo que esto significa. Se aproximan días con muchas flores en esta bitácora. Aquellas y aquellos que quieran tener una de esas bellezas dedicadas, háganlo saber en los comentarios.

    Si estás pensando visitar Holanda para poder ver estas maravillas, tienes más información en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos de tulipanes en el Keukenhof o el Álbum de fotos de Amsterdam

  • Mi primer fisioterapeuta

    12 de mayo de 2005

    El otro día uno de mis lectores habituales me afrentó diciendo que no escribo un diario sino un magazine de fantasía. Estuve tentado de coger mi muñeco de vudú y clavarle dos alfileres negros, pero estamos en la semana del talante y lo que no puede ser, no puede ser.

    Así que como ando destapando toda mi vida, aunque la miro a través del culo de una botella y no queda muy allá, vamos a seguir con otro episodio luctuoso que sucedió ya hace un tiempo. Era invierno, frío, oscuro y como siempre, rodeado de rubios de mierda, que la leche de este país sólo produce pelo-pajosos. Mi amigo el sueco, ese del que tuve que vengarme no hace mucho, como ya comenté se mudaba de ciudad y pidió ayuda. Es algo tradicional en esta tierra el hacer las mudanzas a lo gitano, con mano de obra gratuita de por medio. Nosotros los españoles que somos tan fiznos contratamos empresas que se encargan de todo, pero aquí echas mano del teléfono y movilizas a todo el que te ha puesto un ojo encima alguna vez.

    En aquella época ya debíamos haber adivinado lo miserable que era nuestro colega, pero la amistad nos hace ciegos y no somos capaces de ver las señales. Nuestro querido amigo alquiló una furgoneta por medio día, en sábado, así que nos obligó a estar en la puerta de su casa a las ocho de la mañana para que nos diera tiempo. Ese sábado durante la noche heló después de llover. No una helada convencional, sino una de estas de diez grados bajo cero. Por ser fin de semana, el ayuntamiento en el que pago mis impuestos tan a disgusto no dispone el reparto de sal en las calles y los efectos son estremecedores. Salí de mi casa aún medio dormido, me subo en mi vieja bicicleta, empiezo a pedalear y veo a una vecina con zuecos de madera pisando fuerte. En ese instante me di cuenta de mi error. Mi bicicleta tomó vida propia, comencé a ladearme peligrosamente y acabé con mis huesos en el suelo. Fue un golpe atroz en mi hombro izquierdo.

    En estos casos uno sólo puede hacer una cosa. Mientras la mujer se reía a mandíbula batiente, me levanté rápidamente diciendo que no pasaba nada y me hice un par de pasos de los de Chiquito de la calzada para demostrar que todo estaba bien. Conseguí llegar a la calle principal haciendo un trípode con mi cuerpo y la bici. Por allí ya habían echado sal, así que pude montar y seguir mi camino, con algo de dolor en el costado y con mi orgullo y mi reputación dolidos.

    Al llegar a la calle del sueco veo que el chino, el indonesio, el sueco y la novia indonesia del mismo me están esperando en la puerta. Me bajo de la bicicleta y cuando voy hacia la parte de atrás del edificio para aparcar noto que mi bicicleta ha perdido contacto con el suelo y está levantando el vuelo grácilmente, de forma mayestática, igual que cualquier gran avión despliega sus alas con estabilizadores a todo meter y trata de coger altura. El tiempo conmuta al modo matrix y veo que el chino abre la boca para gritar. Miro hacia mis pies y los veo siguiendo a la bici, cogiendo altura, libres, tratando de superar mi cabeza. Me siento ligero, me siento libre, me siento volar, me siento bien jodido porque mi lado racional acaba de avisar al resto de mi cuerpo de que la hostia es inminente. Trato de recuperar la adherencia pero es imposible cuando estás en el aire. Parecía que lo íbamos a conseguir, que volaríamos, cuando la gravedad hizo acto de presencia.

    La caída fue lenta y dura. Pude ver lo que se me venía debajo. La bicicleta se volvió pesada y aunque traté de alejarla de mi se negó en redondo. Se acercaba a mi cuerpo como buscando calor. Me perseguía por el vacío del que yo estaba cayendo. El suelo subía para recibirnos. Ninguno de mis amigos se movió. Caí sobre el mismo hombro y la bicicleta cayó sobre mi. Quedé allí, tirado, en el hielo, mientras la novia del sueco tiraba sal al venir hacia mi, en una escena que se me antojó un poco barroca ya que parecía que estaba alimentando palomas, aunque allí no había nada, solo hielo y un servidor con su bicicleta en el frío suelo.

    Me ayudaron a levantarme. El dolor era terrible. Me metieron en la casa. Pedí un vaso de agua. Mi hombro emitía señales a todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, unas señales terribles. Comencé a perder la vista y la realidad se fue disolviendo. Me dio tiempo a avisarlos de que me desmayaba, aunque nadie me creyó. Me pusieron el vaso de agua en la otra mano y vieron como me caía, inconsciente, al suelo. Desperté unos minutos más tardes, con el cabezón monstruosamente grande del chino mirándome de cerca, con esos ojos de pokemon que asustan a cualquier cristiano.

    A pesar de la caída, ayudé en la mudanza en lo que pude. Cuando me fui a mi casa, el dolor seguía latente. Durante el día seguí haciendo cosas y pese a las molestias, sobreviví. A la mañana siguiente mi brazo era un objeto muerto que colgaba inerte. No podía hacer nada con él. Además de estático, generaba un dolor continuo que repartía uniformemente por mi cerebro, desquiciándome. Llamé al médico y pedí cita.

    Mi médico, me hizo quitar la camisa, lo cual me costó unos cuantos minutos, me miró desde tres metros de distancia y sin siquiera tocarme me dijo que todo estaba bien y que seguramente en un par de días estaría como nuevo. Creo que comprendió las cosas que lo llamé en español y estoy convencido de que la puta que lo parió si estaba muerta se tuvo que revolver en su tumba. Salí de la consulta con recetas para calmantes y un pase para que me hicieran radiografías en el hospital y el traumatólogo las mirara. El hombre no se quedó muy contento. Supongo que me prefería tullido.

    En el hospital, un edificio desierto totalmente blanco, me perdí por esas galerías interminables completamente vacías. Finalmente me llamaron y me hicieron las radiografías. Tardé un potosí en quitarme la camisa y el pantalón, pero a nadie parecía importarle y total, allí no había más gente esperando. Finalmente resultó que no tenía nada roto, pero que necesitaba ir al fisioterapeuta para hacer rehabilitación. Estuve tres meses yendo, tres veces por semana, hasta que recuperé la movilidad en el brazo. Mi fisioterapeuta era un holandés muy simpático que adoraba la salsa (el género musical) y tenía idolatrados a los latinos. El hombre ponía tanto empeño que nunca le dije que a mí esa música no me gusta, aunque imagino que si se llega a enterar se lleva un disgusto. Me ponía siempre grupos salseros mientras me hacía los masajes o me conectaba a un trasto que me daba descargas eléctricas para reactivar los músculos y mi brazo se volvía loco.

    Lo único que no me gustaba de ese fisioterapeuta es que la consulta estaba en las antípodas de mi oficina y perdía veinticinco minutos en cada sentido para llegar con mi bicicleta. Como siempre me ponía las sesiones durante el día, me pasé esos meses corriendo por la ciudad. De tanto ejercicio que hice me quedé como un figurín. Estaba tan escuálido que cualquier brisa me arrastraba como una hoja de árbol caída. Y así fue mi primera experiencia con la fisioterapia.

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