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Oporto

El resto del callejeo por Oporto y el regreso a casa

El relato comenzó en Fin de semana en Oporto

Nos habíamos quedado frente a la Igreja Paroquial de Santo Ildefonso y desde allí fui hacia la catedral o la Sé do Porto. La catedral está en alto y cerca del Ponte Luís I. Estuve en la terraza que hay a la entrada y haciéndole fotos al Pelourinho do Porto que era una estructura preciosa en la que colgaban a los criminales y que te hace pensar en aquellos maravillosos años en los que pillabas una escoria repugnante y asquerosa como puerkagón y la cuelgas en una plaza para regocijo del populacho, que yo un evento así no me lo pierdo. La catedral parece estar en obras y la nave es un desastre pero pagando un poco se puede visitar el Claustro y el Museu do Tesouro da Sé do Porto y eso hice, sobre todo por el claustro que está muy bien. Al lado está el palacio episcopal pero pasé de entrar en ese por si acaso habían tocamientos. Le hice unas cuantas fotos a la Muralha Fernandina cuando iba de camino a cruzar de nuevo el Ponte Luís I por su parte superior y desde allí hay unas vistas espectaculares de la ciudad y del río Duero con lo que en ese tramo te entra el frenesí y no paras de hacer fotos.

Fui al Miradouro da Serra do Pilar, que tiene una mega rampa para llegar que te hace caminar un montón e hice un montón de fotos y hasta quería entrar al Mosteiro da Serra do Pilar pero me dijeron que tenía que esperar una hora para poder ver la iglesia circular así que pasé. Me quedó un poco de pena porque tienen un claustro circular pero bueno, ya tengo una excusa para volver. Cerquita está el Jardim do Morro con más vistas preciosas y estuve allí un rato antes de descender callejeando al nivel de la calle para hacer otra cantidad ingente de fotos pero desde el nivel bajo y con el puente y el casco antiguo de la ciudad al otro lado del río. Esta zona es espectacular.

La foto anterior es una de las cienes y cienes que hice. Finalmente crucé el puente pero por el lado bajo y callejeé por el Bairro da Ribeira, que está cerca de donde me quedaba. Por supuesto, el corazón de esta zona está en la Praça Ribeira, que ahora está llena de terrazas. Desde ahí callejeé hacia la Câmara Municipal do Porto, el precioso edificio del ayuntamiento y que está en una calle bastante amplia. Desde allí seguí hacia A Loja dos Pastéis de Chaves, una pastelería / café que quería visitar para probar los conocidos pasteles, que estaban riquísimos y desde ahí fui a la zona del Mercado do Bolhão, pero está en obras, así que visité una dulcería enfrente que no me convenció y al final opté por ir a la Fábrica da Nata en donde me compré dos Pasteles para comer en el instante y seis más para llevarme a Holanda y con eso ya estaba ciertamente encochinado. Con el mercado cerrado, han movido los puestos al sótano de un centro comercial cercano y lo visité y me compré un kilo adicional de castañas. Después paseé por la Ruda de Santa Catarina, que en gran parte es peatonal y viene a ser la calle comercial de la ciudad. Seguí caminando hasta que se hizo de noche y llevaba unos quince kilómetros andados y cuando ya me cansé, volví a la casa. Seguía tan inflado del almuerzo y las sucesivas olas de dulces que opté por no ir a cenar por falta de espacio en el tripote, que si fuera obeso como los comentaristas podría hacerlo, pero es que mi estómago es minúsculo. Básicamente esto fue todo lo que hice ya que a la mañana siguiente iba al aeropuerto por la mañana para regresar a los Países Bajos. Antes de acostarme saqué mi tarjeta de embarque y mira tú por donde, me tocó el gordo y me dieron haciendo de ventana.

El vídeo tiene tanto el despegue como el aterrizaje y tras el despegue vamos pa’l norte, pa’la keli de Virtuditas siguiendo la costa y yo estoy convencido que cuando pasamos por encima, ella estaba en su coche, ya que fue justo después de la hora Virtuditas y seguro que se toma el cafelito allí. El aterrizaje también quedó lindo porque el día era muy soleado, aunque eso sí, la temperatura afuera era de tres grados. La música es la canción Jóvenes Eternamente del grupo POL 3.14 que de siempre me ha gustado. Si no veis el vídeo por debajo de este párrafo, está AQUÍ:

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Lisboa

Cascaes, Belém y el Parque de las Naciones

El relato comenzó en Paseando por Lisboa, el Palacio Real de Queluz y Óbidos

El domingo era mi último día en mi escapada de fin de semana a Lisboa y por supuesto lo tenía petado de aventuras pese a volar a las seis de la tarde. El secreto está en NO hacerte un Virtuditas, si te levantas para bendecir el comedor del hotel con tu presencia según comienzan los desayunos, es algo milagroso y te salen un montón de horas de algún lugar que ni siquiera conocías. Tras el papeo del desayuno, mi plan era ir hasta Cascais o Cascaes y visitar el lugar y desde allí ir retornando hacia el aeropuerto. Yo viajo ligero así que me llevé mi mochila.

Boca do Inferno

Una combinación de metro y tren me dejó en la estación de Cascaes y tras unos diez minutos andando, admiraba la Boca do Inferno, la cual vemos en la foto anterior y que es un bonito ejemplo de lo que puede hacer la naturaleza cuando le sale de los mismísimos. La zona tiene acantilados y a esa hora solo estaban los paseantes de mañana y la gente con chuchos. Este era el punto más lejano de la estación y la idea era barrer el poblacho viendo las cuatro cosas que tenía que ver.

Faro museo de Santa Marta en Cascais

Por la zona hay un antiguo faro que ahora han reconvertido en museo, el Faro museo de Santa Marta e hice varias fotos por fuera pero mirando en Internet no parecía tener nada en su interior con el interés suficiente como para esperar a que abrieran. La noche anterior debió llover en el lugar y se nota en el suelo de la foto con las palmeras.

Museu Condes de Castro Guimarães

Prácticamente al lado del faro está el Museu Condes de Castro Guimarães, de acceso gratuito, con unos jardines enormes y preciosos y un edificio con una arquitectura definida como de keli veraniega, con un torreón y unas estancias muy recargadas. Me lo pasé bien visitando el edificio aunque honestamente, el arte que colgaban de sus paredes y las esculturas me la traían al fresco, pero la keli merece una visita y más si es gratis. El edificio tiene una pequeña playa a su lado, que se puede ver en la foto y cuando yo pasé por allí no se podía subir a la parte superior de la torre porque estaban en obras, algo que también se puede ver en la foto.

Entrada al Museu Condes de Castro Guimarães

El edificio tiene junto a la entrada una preciosa fuente con unos azulejos muy bonitos y por dentro hay un patio interior muy agradable. Se construyó en el año 1900 o sea, al mismito inicio del siglo XX (equis-equis).

Muralla de la Ciudadela de Cascais

Cascaes, al estar en la punta de la nariz que vemos en los mapas portugueses debía ser un lugar que molaba para atacar a los enemigos de la nación y particularmente a los truscolanas, esa chusma y ralea de lo peor y por eso tienen una ciudadela, que ahora es como un complejo dedicado a las artes, que no helarte, aunque ambos conceptos te dejan igual de frío. La muralla de la ciudadela está en perfecto estado de conservación, como podéis ver en la foto anterior.

Praia da Ribeira

Siguiendo mi ruta, pasé junto a la Praia da Ribeira, que en verano seguro que está petada porque no es muy grande y la zona tiene pinta de llenarse con miles y miles de turistas. En un domingo por la mañana solo había algunos guiris paseando y un grupo de jóvenes jugando al voleibol a la izquierda de la foto, que creo que solo salió uno de ellos. Hay otra playa que también vi pero no le hice fotos con el móvil.

Igreja de Nossa Senhora da Misericórdia

En una de las minúsculas calles que hay por esa zona te encuentras con la Igreja de Nossa Senhora da Misericórdia o la iglesia de truscoluña no es nación en nuestra lengua. El árbol de Navidad que está en la imagen en primer plano se ve bastante peculiar.

Cuando acabé el paseo por Cascaes volví a tomar el tren pero me bajé en Belen, ya que ni muerto me voy de Lisboa sin pasar a comprar y comer Pastéis de Belém:

Orgía de Pastéis de Belém

Siempre me fascina las cantidades masivas de esas maravillas que cocinan y no tengo capacidad cerebral para comprender la enorme brutalidad de yemas de huevos que deben estar usando. En las bandejas que vemos en la foto anterior hay cienes y cienes de pasteles.

Pastéis de Belém

Doce acabaron en mi mochila y los dos de la foto anterior en mi estómago, que los recibió con un montón de amor y cantidades masivas de gratitud.

Estación de Oriente en Lisboa

Con la barriga llena y muy contento, volví a tomar el tren para llegar hasta la parte baja de la ciudad y allí cambiar al metro y seguí en dirección al aeropuerto hasta la Estación de Oriente, que creo que es la única zona de la ciudad que no había visto. La estación de trenes y metro es espectacular y se hizo para la Exposición Mundial que hubo en ese lugar hace un tiempillo.

Parque de las Naciones

La zona está en el estuario del río Tajo, con amplios parques que quedaron tras la Expo. Tienen todas las banderas del universo conocido y hasta de aquel por conocer y ni de coña han puesto la truscolana, porque al igual que la nación ficticia, no existía. Me dijeron que quieren izar la de Tabarnia, que sí que existe.

Torre Vasco da Gama

La zona es perfecta para pasear y hacer muchas fotos de esas monumentales y como está a una parada de metro del aeropuerto, sirve para acabar de ver Lisboa antes de salir por patas para allá. Uno de los elementos emblemáticos es la Torre Vasco da Gama, que es un hotel.

Puente Vasco da Gama

Desde por allí se puede ver el gigantesco Puente Vasco da Gama, el más largo de Europa con su doce kilómetros y pico y que sirve para que el tráfico que va del norte de Portugal al sur no tenga que entrar en Lisboa. Después almorcé por la zona, en la que hay un montón de restaurantes y un centro comercial y tranquilo y relajado, me fui al aeropuerto. Pillé la guagua a la terminal 2, ya que los vuelos de Easyjet salen desde la terminal de los pobres, pasé el control de inseguridad y busqué un rincón para apalancarme. Lo peor estaba por llegar. Ese día había un mega-temporal de viento sobre Galicia y el norte de Portugal y otro con nieve sobre Holanda. Mi avión, que debía llegar a las cinco y pico de la tarde, acumuló dos horas y media de retraso porque en Schiphol se les olvidó lo de echar el anticongelante a los aviones y tuvieron que hacer el curso para aprender. Al despegar tan tarde, la hora de llegada rondaba el límite de los trenes directos. Cuando por fin se produjo el embarque, todos corrimos al avión y el piloto nos informó que sería un vuelo meneao, pero con turbulencias de esas que recuerdas con cariño. Aviso que si alguno quería mear, mejor hacerlo antes del despegue porque igual ni apagaban la luz de los cinturones de seguridad. Tras el despegue, alguien comenzó a agitar el avión con inquina y tuvimos una primera hora de vuelo épica, aunque luego se tranquilizó. También tuvimos un viento brutal que nos empujó a velocidades cuasi-galácticas-de-la-luz y ganamos minutos, lo cual no evitó que aterrizáramos tarde, muy tarde. Según estábamos en tierra y activé el teléfono empecé a mirar los trenes y era dramático tirando a terrorífico. Tenía pocas o casi ninguna combinación. Salí del avión tirándome peos para correr más y perdí la dignitad que no tengo en mi carrera a la estación de tren de Schiphol, a donde llegué a tiempo para pillar un tren que paraba en todos lados y que iba hasta Weesp, a medio camino de Hilversum. La apuesta que hice fue que si el último que va desde Amsterdam a Utrecht se retrasaba dos o tres minutos, asumiendo que aquel en el que yo estaba saliera en hora, podría hacer la conexión y llegaría a Utrecht sobre la una y cuarto de la mañana. El tren llegó en hora y además el conductor como que sabía lo de la emergencia tan grande que teníamos e hizo las dos paradas que hay entre medias de Schiphol y Duivendrecht en unos pocos segundos y no solo llegamos en hora a Duivendrecht sino que lo hizo con dos minutos de antelación con lo que podíamos conectar y seguir hacia Utrecht. El universo a nuestro alrededor era totalmente blanco. Cuando llegué a la ciudad, pillé mi bicicleta, La Lapoya y usando la ruta segura, que es esa en la que ponen sal, llegué a mi casa sobre la una y media. Por suerte las condiciones meteorológicas fueron a peor y al día siguiente trabajé desde casa. Aún más por suerte, si el regreso hubiese sido al día siguiente no lo habría conseguido porque hubo cientos de cancelaciones de vuelos por el temporal que tuvimos.

Por supuesto que tenemos un documento estremecedor con todo lo anterior y que resulta un pequeño vídeo con la canción Long Way Down de Tom Odell que todos y todas amamos en la película Bajo la misma estrella – The Fault in Our Stars. En este documento se puede ver la Boca do Inferno, la vista desde el faro, con las playas y hasta la muralla de la Ciudadela y después vemos un tranvía en la zona de Belém, un tranvía especial por navidades y acabamos en el Parque de las Naciones. Si no lo véis por debajo de este párrafo, lo podréis encontrar AQUÍ:

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Lisboa

Paseando por Lisboa, el Palacio Real de Queluz y Óbidos

En diciembre, un par de semanas antes de regresar a Gran Canaria para pasar la Navidad, estuve en Lisboa para una escapada de viernes a domingo y creo que esta fue mi tercera visita a la ciudad. En realidad no voy con más frecuencia porque en muchas ocasiones no hay nada barato para volar hasta allí desde Holanda, los aviones van siempre petados y las compañías que conectan ambos países se aprovechan. Para esta escapada la elegida fue Easyjet, compañía que por razones que desconozco, salvo por el Reino Unido, el resto de destinos desde Holanda son siempre caros. En el lado positivo de la balanza, vuelan desde Amsterdam, aunque lo hacen desde la terminal de bajo costo o las salas como hangares desde las que se corre al avión.

Avión de Easyjet en Schiphol

Ese día trabajé desde mi casa hasta la hora de acercarme al aeropuerto y una vez en el mismo, pasé el control de inseguridad y esperé en la zona comercial hasta que anunciaron la sala de embarque. En la foto se puede ver nuestro avión esperando por la tripulación y los pasajeros. Tanto en la ida como en la vuelta me asignaron asiento de pasillo con lo que nos ahorramos el suplicio de los despegues y aterrizajes y además, los aeropuertos de Schiphol y Lisboa están bien cubiertos con otros vídeos que hemos visto del tema.

Habitación en el hotel ibis Lisboa Centro Saldanha

El vuelo no tuvo incidencias, llegué a Lisboa en hora y después seguí mi ruta en metro hasta la estación de Saldanha, zona que elegí en esta ocasión porque está muy bien comunicada y además me apetecía alejarme un poco de la parte costera más turística. El hotel elegido fue el ibis Lisboa Centro Saldanha, que como todos los de esta cadena, resultan cómodos y familiares. En la foto anterior se puede ver el catre.

Baño en habitación del hotel ibis Lisboa Centro Saldanha

Y también tenemos el jiñódromo, lugar crucial ya que tarde o temprano te apetece darle vida al jiñote que estás macerando y esta es una tarea delicada y compleja que en mi caso requiere de un baño limpio. Para cenar elegí el Salsa Rosa Bistro que no estaba muy lejos y la comida resultó buena. Justo al lado había un supermercado así que aproveché para aprovisionarme con un kilo de castañas, que en aquella época todavía estábamos en temporada. Este año he comprado castañas en Holanda, Italia y Portugal y sin dudarlo un segundo, las italianas fueron las mejores. Cené un plato con pez espada por aquello de comer algo que no hay en los Países Bajos y después de cenar decidí bajarme al nivel del mar andando, que no quiero que se me desarrolle el culocochismo como a algunos comentaristas.

Estatua de António Ribeiro Chiado

Se me había olvidado que en Lisboa quieren matar a los peatones y las aceras están hechas de unos trocitos de azulejo o así que son mortales de necesidad. Ese día estaba húmedo y la ruta fue interesante, aunque no me caí. Por el camino me crucé con la estatua de António Ribeiro Chiado, portugués famoso que se cachondeaba de truscoluña en el siglo XVI (equis-uve-palito), época en la que tampoco era nación.

Praça Luís de Camões

Mi destino final era la Praça Luís de Camões porque al lado está la Manteigaira y me quería comprar unos pasteles de Nata por aquello de encochinarme. La plaza estaba petadísima de turistas españoles y ya gozaba de adornos navideños y seguro que la véis en el vídeo que si todo sale bien estará al final de esta anotación. Por allí hay una entrada para llegar a través de unos túneles y escaleras mecánicas hasta la estación de metro de Baixa-Chiado y regresé al hotel usando este conveniente transporte público, ya que lo de pegarme tres cuartos de hora cuesta arriba y quizás con llovizna no me molaba nada.

Salón en el Palacio Nacional de Queluz

Mi plan para el sábado era bastante completo y por supuesto no comenzaba después de la hora Virtuditas sino muchísimo antes y de hecho, creo que fui la tercera persona que desayunó en el hotel. Calculé el transporte público para ir hasta el Palacio Real de Queluz llegando a la estación de tren de la zona un par de minutos después de que hubiese abierto. Pillé la audioguía para enterarme de todas las movidas que hay en el lugar y así tener una visita sub-intelectualmente más completa, ya que uno hace lo que puede para no ser un cacho de carne con ojos como muchos de vosotros que no voy a señalar porque me faltan dedos en las manos y los pies. El palacio es espectacular y tiene unos jardines preciosos.

Fachada desde el jardín del Palacio Real de Queluz

En el jardín hasta tenían un tramo de canal por el que navegaba la familia real, tramo todo azulejeado con azulejos preciosos y azules y que por supuesto veréis en el vídeo. Para que después la gente los critique, que los ricos sí que saben vivir. Ese sábado supuestamente iba a llover pero en la foto anterior se puede ver que la suerte me estaba acompañando y pillé unos cielos preciosos.

Fuente en el jardín del Palacio Real de Queluz

Al ser ese fin de semana parte del puente de diciembre favorito de los españoles, aquello era como andar por algún lugar de España, solo se oía nuestro idioma. La parte del jardín en la que están las fuentes es la más bonita y fotogénica y tanto en el vídeo como en las fotos anteriores se puede ver que el lugar está muy bien cuidado y en óptimas condiciones para vuestros selfies o sea, esas fotos que os hacéis con el teléfono estirando la mano de manera poco natural y procurando tapar con vuestro cabezón aquello que queréis mostrar. Cuando acabé la visita comencé una complicada y calculada operación de transporte para ir a Óbidos, un poblacho a unos setenta y cinco kilómetros de Lisboa y al que se puede ir en guagua y que es famoso en el universo entero. Al ser fin de semana, había menos autobuses y tuve que calcular muy bien el salir del museo, pillar el tren hasta una estación de metro y desde allí ir hasta la estación de metro de Campo Grande, aunque como iba sobrado de tiempo el tramo del metro lo hice andando. La guagua tarda una hora, tiempo que se puede aprovechar perfectamente para hacer tus ejercicios diarios con el duolingo.

Azulejos en una de las Puertas de Óbidos

La guagua te deja en la misma puerta del poblacho y ese día había una multitud que no veas, en parte por ser sábado y en parte porque en Navidades montan allí una especie de parque temático para gente con niños. Todo el poblacho era propiedad de la reina de Portugal y gracias a eso se conservó bastante bien y ahora aquello es una mina de oro y un lugar horrendo para vivir. La puerta para cruzar la muralla más popular (y la única que vi) es la de la foto anterior.

Altar de iglesia en Óbidos

El lugar, pese a que allí debían vivir y viven cuatro gatos, tiene varias iglesias porque nunca se pueden tener suficientes sucursales de organizaciones en las que se agrupan presuntos tocadores de niños y algunos otros que son peor calaña, como la monja esa asquerosa que hay en truscoluña. En la foto anterior se puede ver el altar de una de las micro-iglesias, ya que de capacidad son más bien como clubs de barrios.

Iglesia de Santiago en Óbidos

La zona en la que se hacía el mercadillo navideño era por detrás de la Iglesia de Santiago, que ya no es iglesia, sino librería. Para entrar en el mercado había que pagar y por lo que pude ver estaba como muy pensado para los niños, así que pasé. Después escuché a gente comentando la visita y quejándose y creo que no me perdí gran cosa. A la derecha de la iglesia había un camino que te permitía subir a la muralla del pueblo y prácticamente le di la vuelta completa, faltándome solo el tramo del mercado navideño porque lo bloquearon.

Muralla de Óbidos

El paseo por la muralla es toda una aventura y si tienes vértigo es aún más interesante, sobre todo cuando te cruzas con gente que va en dirección contraria.

Vista de Óbidos desde la muralla

La foto anterior cuando llegué al otro extremo del poblacho. Al fondo se puede ver el castillo y a su izquierda la iglesia que vimos anteriormente. En el pueblo, que vive mayormente del turismo, hay varias casas que se han reconvertido en posadas y algunas fastuosas y de lujo tienen hasta piscina.

Enredaderas y muralla en Óbidos

Esta siguiente foto es prácticamente a la anterior y la pongo solo para que se vea lo diferente que puede parecer un lugar mirándolo dos metros más a la izquierda. Por toda esa muralla caminé y se puede apreciar la absoluta falta de barandillas para asegurarse que el que se cae se escoña. En gringolandia algún desgraciado se tira a propósito y después denuncia para cobrar los millones. En Portugal, se escoña igual y como mucho le darán un carné de tullido para que se ponga en la puerta de algún centro comercial a pedir guita.

Castillo de Óbidos

La parte que se puede caminar de la muralla va desde la torre que está a la derecha en el castillo hasta el lugar en el que hice la foto y se puede hacer todo el circuito en una media hora, contando que no te de vertigo y que no haya una multitud que te obligue a agarrarte a la muralla para no caer, que puede suceder y sucede. Por detrás del castillo estaba la feria navideña.

Portal de Belén en Óbidos

En Óbidos aproveché para almorzar y entre otras cosas me comí una especie de pan que ya hacen al horno con el chorizo dentro que estaba épico y legendario. También compré castañas pero vamos, más de la mitad tenían bicho y yo no tengo la capacidad que tenía mi abuela, que se las jincaba igual. Enfrente de una de las iglesias tenían montado en un local un portal de Belén y como estas cosas son siempre cutres vayas donde vayas, aproveché para hacerle una foto. Regresé de Óbidos sobre las cinco de la tarde, llegando a Lisboa a las seis y para cuando llegué al hotel estaba más muerto que vivo y como al día siguiente me esperaba otra quemada, opté por comer algo (no mucho), en un sitio llamado Companhia Das Sandes que estaba cerca del hotel.

Más o menos así transcurrieron la llegada el viernes y el sábado que estuve por Lisboa. En el vídeo que culmina esta anotación podemos ver la sala de espera de vuelos de bajísimo costo en Schiphol, después tenemos la Praça Luís de Camões con su vidilla nocturna y la bajada por túneles y escaleras a la estación de metro de Baixa-Chiado antes de darnos un paseo por el Palacio de Quelus y sus jardines y después por Óbidos. Todo está amenizado con la canción Tightrope cantada por Michelle Williams en la película El gran showman – The Greatest Showman. Si no aparece por debajo de este párrafo, el vídeo está AQUÍ:

El relato continúa en Cascaes, Belém y el Parque de las Naciones