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Volviendo a Roma y la sorpresa de la Domus Romane

Ahora que estoy a mitad de camino con la planificación viajera del otoño, me planteo seriamente si no sería mejor hacer como el resto de la basca y quedarme en casa criando tripa, ya que me paso la vida al borde del agotamiento. El viernes salía de mi casa con el equipo de fin de semana básico, ese que compongo usando una lista infalible y gracias a la cual no se me queda nada atrás. Trabajé y a las cuatro menos un segundo me iba de la oficina y fui en tren al cine que está junto al estadio ArenA. Cené por allí y fui a ver una película al cine de la que hablaré algún día. Tras acabar, tomé el tren allí mismo para ir al aeropuerto, pasé el descontrol de seguridad, en el que las máquinas pitaron y me pasaron por todos lados del equipaje e incluso de las manos como una servilleta que al parecer detecta explosivos. Yo di las gracias a algún Dios porque el día anterior no comí castañas, porque seguro que aquello canta que no veas si detectan la cantidad escandalosa de metano que puedo almacenar, ya que hay veces que pienso que soy una bombona de gas de las sopladeras que podría llenar si quisiera o quisiese. La aerolínea elegida para ir a Roma era Buelin, la supuesta compañía barata. Mi elección se basó en que no perdía horas de trabajo, aunque si lo volviera a hacer, escogería Ryanair ya que lo de Buelin fue como lo que hace siempre lIberia, me cambiaron los horarios tantas veces que para cuando saqué la tarjeta de embarque, ya no sabía ni a qué hora volaba, la cual, descubrí, era casi a las diez de la noche y me colocaba en la zona crítica tirando a terrorífica en la que no podía pillar transporte público para ir a Roma desde el aeropuerto. El avión llegó con algo de retraso pero tuvieron el tiempo suficiente para realizar el embarque.

Puerta de avión de Buelin en Español e inglés

Con todo el mundo dentro y listos para salir, el piloto anunció que por movidas meteorológicas teníamos que esperar quince minutos más hasta que le dejaran encender los motores, lo cual me acercaba aún más a la hora crítica. El despegue fue terrible, el avión dio un bandazo tan grande que parecía que caíamos en una montaña rusa y la chocha caducada que se sentaba a mi lado se puso a gritar como si le hubieran tocado el punto de los orgasmos. No fue la única. Después de eso, por suerte, no pasó más nada y el vuelo transcurrió sin problemas. Yo, previsoramente, me compré el billete para la guagua de las doce y media de la noche desde el aeropuerto y como aterrizamos sobre las doce menos cuarto, crucé los dedos de los pies para que todo fuera bien. No fue así. Nos tuvieron esperando por una guagua para llevarnos a la terminal más de quince minutos ya que al parecer, a esas horas de la noche en el aeropuerto hay dos gatos currando. Después el cabrón nos llevó hasta la terminal más alejada de la parada de guagua y al salir tuve que caminar lo que no está escrito a todo meter para llegar a la estación de guaguas, algo que conseguí a las doce y veinticinco. Solo quedaban tres asientos en el vehículo cuando entré y al parecer no permiten llevar gente de pie, con lo que tenemos que agradecer a mi ángel de la Guarda su trabajo tan eficiente. El guagüero se pensaba que estaba en una competición y nos llevó a la ciudad conduciendo como loco, aparte de que no encendió el aire acondicionado y allí dentro nos estábamos atorrando a base de bien. La guagua paró primero en la zona del Vaticano, lugar en el que se bajaron un par de julays y después siguió hasta la estación Termini, en donde salimos la mayoría. Yo tenía mi pensión cerca, el Hotel Ferrarese, muy pero que muy cerquita de la Basilica Papale di Santa Maria Maggiore. Pasé por la recepción, recogí la llave y subía a mi cuarto.

Inicialmente había pensado ir a Tivoli el sábado pero visto que iba a llover un montón, opté por el plan alternativo. Lo bueno de haber estado un montón de veces en Roma es que la conozco y se como moverme y además, tiene tanto por ofrecer que siempre hay algo nuevo. Fui andando hasta el Palazzo Colonna , uno que solo se puede visitar las mañanas de los sábados.

Interior del Palazzo Colonna

Este palacio pertenece a la familia Colonna desde hace más de veinte generaciones y dicha familia tuvo un Papa (Martín V), no un papá sino uno de esos que se pone falda y trabaja para una organización en la que abundan los presuntos tocadores de niños. Esta familia tiene una de las colecciones de arte privadas más espectaculares de Roma, con obras de todo quisqui.

Columna dentro del Palazzo Colonna

El palacio es un flipe que no veas. Al salir ya llovía y me acerqué al Palazzo Valentini, que está básicamente enfrente y que es la sede provincial de la prefectura de Roma. Nunca jamás os perdonaré que nadie me hubiese dicho que bajo este palacio está la Domus Romane di Palazzo Valentini. Lo descubrí en el tripadvisor y aunque las visitas son reservadas y no tenían nada para antes de la una de la tarde, entré para comprar una. Casualmente, en ese instante, mi ángel de la Guarda estaba currando y un grupo de italianos que iba a ver el sitio, tenía tres entradas de más y no les devuelven el dinero, así que me vendieron una. No se permiten hacer fotos o vídeos pero lo diré claramente: ¡ES LA PUTA HOSTIA!. Todavía sigo flipando en tantos colores como tiene el arco iris y quizás hasta más. Siete metros por debajo del nivel de la calle se han encontrado un pequeño complejo de baños que formaban parte de la keli de un senador del Emporio Romano, una casa del siglo IV (palito-uve), se encontraron una trozo de calle Romana, con su pavimento de pedrolos y encontraron otra casa con un mosaico del quince y hasta del dieciséis. No solo tienen unos restos interesantes, la visita es guiada y es una inmersión multimedia flipante y alucinante a la par que fabulosa. Te enseñan como podía ser la casa, expanden los restos, crean movidas con las luces y te van narrando la historia. Por supuesto, al hacer la visita en italiano ese era el idioma pero en mi caso, no es un problema porque no salí super-dotado de otras cosas, pero sí para las lenguas que vienen del latín. La visita dura hora y media y se me pasó volando. En un punto determinado nos explican con una película todas las inscripciones de la Colonna Traiana y después salimos por una puerta justo junto a la base de la misma. Por si no ha quedado claro, lo digo en cuatro palabras: a-lu-ci-né. Ya con esto mi fin de semana en Roma era perfecto pero hubo mucho más y tengo fotos y vídeos a tutiplen, pero como ya he estirado el relato más que un chicle bazooka, continuaré otro día.

El relato continúa en Bernini, Velázquez, los ángeles y la fontana di Trevi restaurada

Por sulaco

Maximus Julayus

2 respuestas a «Volviendo a Roma y la sorpresa de la Domus Romane»

Anda de esto no tenía ni idea. Por eso hay que repetir, tripitir, cuatripitir, etc., el viaje a Roma, porque entre lo que te falta por ver y lo que no quieres dejar de ver de nuevo, tienes que estar allí cada dos por tres.

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