Nuevos recuerdos de las costillas

Ya expliqué en Ciertamente lo peor de lo peor que me podía pasar que este mes de octubre es dramático por el cierre y traspaso de uno de los lugares a los que estoy enraizado y seguramente, el sitio al que he ido a comer más veces en toda mi vida y el sitio en el que siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, he pedido el mismo plato, sus famosas y legendarias costillas. Siguiendo con el velorio, el segundo viernes del mes regresé para cenar allí con un grupo de gente distinto al del primero. Los camareros me conocen porque me ven con frecuencia y siempre charlamos. Estábamos en pleno día veraniego de otoño, con casi veintidós grados en la calle que a las seis de la tarde cayeron a plomo con lo que comenzamos afuera y después entramos para seguir en el interior. Aproveché para hacer una foto a la lista de cervezas de grifo disponibles en el día, lista que varía con frecuencia y que siempre cuenta con diez posibilidades de cerveza de grifo:

Cervezas de grifo en el Café Cartouche

En la lista vemos que hay dos bockbier y de ellas, yo recomiendo con los ojos cerrados y hasta abiertos la Texels bock, infinitamente superior a la otra. La Brand es una cerveza de trigo y de esas las pido cuando la que tienen es la Erdinger o alguna similar alemana porque la Brand no me mola mucho. Si quitamos de la lista la Lagunitas IPA, que es una aberración, el resto son todas cervezas buenas, fantásticas y algunas fabulosas y entre ellas hay algunas con un porcentaje de alcohol escandaloso y que te pueden tumbar si te pillan con el estómago vacío. La comida, como siempre, fue otro fabuloso plato de costillas de las que solo quedaron los huesos. Si no fuera socialmente incorrecto el lamer el plato, yo se lo dejaba mejor que limpio:

Costillas Spicy en el Café Cartouche

Esta semana, para cuando esto aparezca publicado, yo habré pasado por mi tercera ronda de costillas, de nuevo con un grupo diferente de gente, de nuevo con la misma foto de comida.

Ciertamente lo peor de lo peor que me podía pasar

Costillas en el Café Cartouche

Sin lugar a dudas, el mayor disgusto del año 2018 me lo llevé la semana pasada, el viernes. Como tres meses antes había organizado una cena con antiguos colegas en el Café Cartouche, el templo mundial de las costillas, el único lugar que ha recibido mi máxima calificación en la elaboración de este producto y hoy en día, el único lugar en el que las como, ya que me niego a padecer la mediocridad de cocineros que no saben prepararlas por más que adornen el plato como si fuera una marikona vieja, que en el caso de las costillas, uno no pide el plato por la presentación sino por el producto, algo que de siempre ha comprendido el cocinero del strong>Café Cartouche el cual te trae un plato solo con costillas, que es lo que has pedido. En el caso de seres inferiores, retardados y gilipollas pijos, también traen aparte un cuenco con ensalada pero no lo hacen conmigo ya que en su día les expliqué que yo no soy una cabra y no como hierbas y tampoco tengo hachazo, que parece que afecta a algunas partes del cerebro y provoca que muchas hembras coman hierbas como las cabras. Volviendo al tema, organicé la cena con los colegas, llegó el día y nos vimos y por primera vez en dieciocho años, los pequeños manteles cubre-mesa que ponen no tenían el famoso dibujo de un conocido artista holandés ya suicidado. En dieciocho años jamás había sucedido algo así y como allí me conocen porque es prácticamente el único sitio en el que quedo para comer con los amigos, que he optado por ser un buen talibán y me niego a ir a cualquier otro lado en Holanda, le pregunté a la camarera de la razón de tremendo crimen y me dijo que HAN VENDIDO el negocio y al final de octubre, se traspasa. Del disgusto tan grande casi me da un cólico espasmorítico allí mismo. Sin salir del lugar, organicé para cada viernes del mes una cena con un grupo distinto para celebrar el cierre comiendo todos los viernes del mes de octubre costillas en el strong>Café Cartouche. Esto es un día negrísimo para la humanidad, vamos, hubiese preferido que el okupa-presidente Cum Fraude, ese que coloca a todos sus conocidos y putitas regalase las islas Canarias al bastardo traidor deshonorable impresentable próximamente-reo de Waterloo y se las anexionaran. Puedo vivir sin volver a visitar las islas, igual que no ha cambiado nada en mi mundo por dejar de visitar y consumir productos manipulados por chusma y gentuza de la peor, pero no volver a comer jamás las costillas del strong>Café Cartouche, eso sí que es algo irreparable.

En el mejor blog sin premios en castellano a lo largo de los años han ido apareciendo fotos y fotos de esas costillas, siempre la misma foto, salvo por la iluminación. Igual voy a tener que hacer un homenaje y agruparlas todas en una única anotación de memorial por aquellas costillas que me empeté y ya pronto ya no me podré empetar.

De influencia, desprecio y casi todo lo demás

Esto es algo recurrente y que en sucesivas iteraciones he tratado de explicar para convencerme a mi mismo porque sigo sin captarlo. El disparo que provocó este nuevo interés en un tema tan cansino fue un artículo en un periódico italiano que elegí para discutir en clase la semana que viene, ya que si no controlo a la plebe, terminamos leyendo artículos interminables de páginas y páginas sobre localidades en el culo del mundo, que alguno de los desgraciados que estudia conmigo ha visitado y pretende que lo sepamos todo sobre el sitio.

Saltando de tema y hablando de italiano, del grupo que llevamos años estudiando juntos solo quedamos cuatro, el resto se cansó, lo ha dado por completado o quizás hayan muerto y no nos hemos enterado. Por eso, por ser un grupo tan pequeño, nos han fusionado con unos que comenzaron un año más tarde y tenemos nueva carnaza en la clase y nuevas mentes que tampoco comprenden la pronunciación de la combinación de letras eu, que en italiano es igual que en el español pero los holandeses lo pronuncian trincando el culo con fuerza a la vez que aprietan para tratar que escape un peo y tanto esfuerzo bajuno se les refleja en la cara, que se les pone en el modo totorota. Ayer, por primera vez en este curso, me tocó leer un texto en la clase y después del suplicio de algunos de mis nuevos compañeros, el profesor parecía que estaba a punto de correrse de gusto y existía el riesgo de que lefara en la mesa y nos pringara nuestros preciosos libros con su leche de la vida.

Volviendo al tema original, al parecer, nuestras personalidades se forman en base a la percepción que tienen los demás de nosotros, nos dejamos manipular y moldear por lo que piensan o dicen los demás. Esto antes era muy limitado, no había redes sociales, nuestro mundillo era corto y cercano y así, era fácil poner las etiquetas y teníamos el arretranco de la calle, el jacoso, el maricón, la bollera, la ordinaria, la verdulera, la novelera, el maltratador, el exhibicionista (al que ahora llamaríamos pederasta porque enseñaba su miembro solo a niños) y similares. En el colegio, dependiendo de nuestras luces y nuestra capacidad para la comunicación, prosperábamos más o menos y el resto de compañeros de clase y escuela nos empezaban a meter en nuestro nicho social. Eso ahora parece que sucede a una escala masiva si tienes redes sociales porque hay un sanedrín de gente a la que estás de alguna manera conectada que te están juzgando y están dando sus veredictos sobre ti. El filósofo insiste en su artículo en el hecho que la identidad del julay se construye sobre las relaciones sociales y si te dan palos por ahí, tu identidad se va al traste y fracasa. Esto choca completamente conmigo y me parece algo absurdo porque a mí las redes sociales me sudan la polla, no estoy en prácticamente ninguna y les doy la misma importancia que a las redes de alcantarillado de la ciudad, solo como sistemas de recogida de mierda. Mi rechazo a la idea es que yo modifico y altero mi identidad según me conviene, la he ido ajustando a lo largo de toda mi vida pero nunca fue para mejorar o incrementar mis relaciones con los demás y es más probable que sea al contrario, que mis niveles de tolerancia con la estupidez ajena ahora mismo están tan cerca del cero absoluto que resulta difícil verlos.

Ahora bien, igual el chamo tiene razón. Conozco un montón de julays que viven en un círculo del qué-dirán, hacen las cosas no porque quieren sino porque deben o porque tienen miedo de la respuesta ajena. Para ellos, su identidad sí que depende de terceros, está forzada desde afuera y los convierte en rehenes de esa percepción exterior. Conozco a una que se autodenomina influenciadora, que en lo que a mí respecta, nos podemos ahorrar la lotería si hay que elegir a alguien para carne de cañón en primera línea y la podemos poner directamente a ella, que su odiosa personalidad seguro que también sirve de escudo. Cualquiera que acepta a esa persona en su círculo social para atender a sus mensajes y ser influenciado, para mí es también carne de cañón. A la influenciadora, la tengo bloqueada en mi teléfono, en mi güazá, en mi correo, básicamente en todos lados y siempre que me la cruzo en Gran Canaria me monta un número para que la desbloquee. Tiene que dolerle también que los amigos comunes que tenemos se niegan a pasarle mi número de teléfono porque ya saben cuál será mi reacción a su acción.

Miasma así explica la razón por la que tiendo a tratar solo con gente que los demás deben considerar no-sociales, o lo que en los Países Bajos llaman asociales, gente que se la trae al fresco lo que tienen que decir los otros y viven de espalda a ellos. Son gente con carácter, que hacen y dicen cosas interesantes y que no tienen miedos de emplear la palabra correcta a la hora de referirse a algo o alguien.

Mil cuatrocientos días de constancia en el Duolingo

Nadie, ni mi más rancio enemigo apostaba hace prácticamente una vida que el Duolingo se convertiría en mi entretenimiento favorito cuando uso el transporte público y nadie, nadie, nadie daba un duro por mi constancia. Espero que todos esos disfruten revolcándose en su disgusto porque a la chita callando, hoy he llegado a los MIL CUATROCIENTOS días de constancia usando ese programa por web, en el Androitotorota o en el AiPad. Esa cantidad de días equivale a más de CUARENTA Y CINCO meses, o exactamente DOSCIENTAS semanas y estoy a las puertas de superar los CUATRO años, algo que llegará en sesenta días. El anterior hito histórico fue en junio cuando llegué a los Mil trescientos días de constancia en el duolingo.

En esta ocasión, el luctuoso evento me pilló haciendo ejercicios de neerlandés para ingleses en el tren. A falta de nuevas iteraciones entre los idiomas que practico, sigo enganchado a los siguientes cursos: italiano para españoles, italiano para ingleses, inglés para italianos, neerlandés para ingleses e inglés para neerlandeses. Le sigo poniendo velas negrísimas a Santa Rita para que publiquen el español para italianos al que me engancharé desde que aparezca. Podría investigar la rama portuguesa del italiano pero por ahora, tengo bastante con lo que hago y no quiero forzar mi única neurona y obligarla a hacer horas extras.

1400 días de constancia en el Duolingo