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Paranoia

Seguramente la combinación más hermosa de vocales en español es cuando tenemos el trío -oia, que también puede aparecer como -oía y entre las treinta y pico palabras que tienen una de esas secuencias, está paranoia, que la RAE, en su gran sabiduría, define primero como truscoluña no es nación y en segundo lugar como perturbación mental fijada en una idea o en un orden de ideas y eso es más o menos lo que está sucediendo hoy en día. De repente, hay un virus porque un julay se jincó una sopa de no se qué bicho deleznable y ha cogido una enfermedad chunguísima que parece que se transmite por la chinería y ahora tenemos una tremenda paranoia a los amarillos, con el agravante que resulta muy difícil distinguir entre un chino, un japonés, un coreano(de mielda) o un vietnamita, por nombrar algunos de los de esas barriadas periféricas, aunque hay más. La regla más básica para distinguirlos es en el tamaño y forma de la testa. Si la cabeza es grande y redonda como un barreño, ese es koreano (de mielda), da igual que venga del norte o del sur de esa pocilga, estos son lo peorcito de la raza humana junto con los truscolanes, que no son nación. Si la cabeza es redonda pero te cabe en un recipiente menor que un barreño, entonces estamos hablando de chinos y si son más bien de cabeza no redonda y pequeña y se te doblan todo el tiempo, esos son los japoneses. Los vietnamitas tienden a tener cabeza de tamaño chino pero están más bronceados pero todos, todos, todos, tienen en común que a la hora de poner un tropezón en la sopa, es que no le hacen ascos a nada de nada.

Como uno ha viajado por prácticamente todos esos países, salvo Laos, que no tiene playa, como Madrid y yo cuando aquí no hay playa, me da el vaya, vaya y me voy a otro lado y por eso no he visitado Laos. Pero sí que he estado en Birmania, Camboya, Tailandia, Vietnam, Malasia, Indonesia, Filipinas, Hong Kong, Macao y seguro que me estoy olvidando alguna tierra de la zona y he visto cosas flipantes. Por ejemplo, yo prefiero que me arranquen las uñas negras de los pies, que llevo dejando crecer dos años para poder agarrarme bien a los tubos si se me ocurre posarme en uno como un pajarraco, digo que prefiero eso a comer en un puesto callejero de Tailandia, o de Indonesia o Malasia y aún mucho más de Vietnam. He visto cosas que me han provocado arcadas en esos países. Todavía tengo pesadillas cuando un día vi el mercado de la capital de Camboya y al día siguiente, cuando iba en taxi al aeropuerto, pasé junto a ese mismo mercado y en el mismito lugar en el que estaban unas horas antes vendiendo mariscos, había una manada de ratas comiendo, no una, muchísimas, grandes como gatos y todas allí poniéndose las botas en el mismo suelo en el que al día siguiente ponían el marisco. Hablando de ratas, a día de hoy, jamás he visto una tan grande como la que se cruzó conmigo en Bali, en Indonesia, en la misma puerta del Hard Rock Café y que consiguió que los gorilas que controlan la puerta, corrieran al interior y cerraran el local e impedían que la gente que corría aterrada por la calle entrara. Aquella rata era de tamaño de caniche pero de los granditos y peluda que no veas. En las Filipinas, en el Nido, en uno de los restaurantes de la playa, una rata iba de un restaurante a otro aprovechando las vigas que sujetaban el techo y los empleados ni se inmutaban y ni te cuento la rata gigantesca que vi una vez en Londres, en Hyde Park.

Volviendo a lo de la paranoia, a ver si nos relajamos un poco, que ahora la gente ve a un asiático en el tren y prácticamente se echan a correr y se atrincheran en el lado opuesto del mismo. Sólo porque creas que son seres inferiores, que seguramente tienes razón y ellos piensan lo mismo de ti, no quiere decir que transmitan ningún tipo de exótica enfermedad de reciente creación y más si ni han estado, ni estarán jamás en Asia, que muchos de ellos tienen un acento más cañizo que nosotros.

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bicicletas Reality sucks

La rampa

Desde que me compré la Stella Modena Night Blue FDST Comfort, mi bici eléctrica, yo vivo encantado de la vida y si me provocaran los vecinos hasta les cantaba el LaLa vestido con pantalones de campana que no tengo pero que seguro que en las tiendas estas de ropa de segunda mano se consiguen por dos perras gordas. En invierno la bicicleta es más latosa porque te recomiendan no dejar la batería en la misma si no está en un cuarto a más de quince grados y como su keli en el jardín no tiene calefacción, le tengo que quitar la batería cuando la acabo de usar y guardarla en mi casa, lo cual me da una pereza que no veas. Esto es malo, pero lo absolutamente peor, el drama de mi vida que me estaba quitando la ilusión y la fantasía es el escalón que tiene el susodicho cuarto y que para meter y sacar la bicicleta del mismo, requiere un esfuerzo sobrehumano porque la jodida, con batería pesa veinticinco kilos, es obesa como dos que yo me sé y si le añades la bolsa que le puse y la cadena que lleva dentro, debe rondar los veintisiete kilos y por la mañana cuando salgo o por la tarde cuando vuelvo o cuando voy al cine, sacarla y meterla es un ejercicio de halterofilia o necrofilia o como quiera que se llame la filia esa y todos sabemos que yo conseguí pasar la niñez, la adolescencia y la juventud sin haber puesto una pezuña en un gimnasio y me gustaría morirme sin entrar en uno pero me veía claudicando en este deseo tan puro y apuntándome al gimnasio para desarrollar los músculos atrofiados de los brazos y poder cargar la bici.

Mis vecinos, que son ancestrales como otro que yo me se, tienen una pequeña rampa de madera para entrar en el susodicho cuarto y tras una descarnada busca en GooglEvil probando cosas, descubrí que la palabra para referirse a la misma en la lengua bárbara de aquí es drempelhulp, que tiene en su raíz el truscoluña no es nación y que es una ayuda para subir una altura, o sea, una rampa de ayuda. Mirando en las tiendas, lo que tenían no me convencía, eran muy grandes y más bien pensadas para subir sillas de ruedas o carricoches y yo solo quería algo pequeño para encauzar la bicicleta a su keli o fuera de la misma. Decidí usar la manipulación y así, en una de las visitas a mis vecinos para tomar cafelito gratis y de paso revisar su ordenador, le comenté que yo desde que era pequeñito lo que más ilusión me hacía era tener una rampa en la keli de la bicicleta para no herniarme, que a base de cargar ese peso que es más que el de un saco de papas de veinticinco kilos, que yo nunca cargué, acabaría como Quasimodo, buscando colillas por el suelo. Me lamenté de mi mala fortuna y lo poco que me quería el Dios de los cristianos y dejé allí la semillita, que fue creciendo y creciendo y finalmente, la semana pasada, cuando volví a mi casa, me encontré esto en la puerta de la keli de las bicis:

Pedazo de rampa

Para que después me digan que mi vecino no es un manitas, que el viejo se puso ahí con unos trozos de madera, un taladro y unos tornillos y me ha hecho una rampa perfecta y que hasta deja pasar por debajo la manguera que suministra agua al sensor de movimiento contra los gatos, la conocida como defensa norte del perímetro y que mantiene a los gatos fuera de mi jardín en primavera, verano y otoño y al que entra, le da una ducha gratuita que les provoca un estrés pre y post-traumático que yo espero que conlleve la pronta muerte de la puta bestia asquerosa, sobre todo porque entran para jiñar en el césped, que el que me diga que los gatos no hacen eso, le escupo a la cara un lapo verde de resfriado y me quedo tan ancho. Al ver la rampa me vino a la cabeza aquella frase legendaria que dijo aquel julay:

Una pequeña rampa para la humanidad

… y una gran rampa para el julay del Elegido

Ahora cuando llego a mi casa, subo la bici sin esfuerzo, vamos, que lo puedo hacer con la punta de la chorra, si quisiese o quisiere, que no quiero porque se me constipa.

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Reality sucks

¡Esto que es!, ¿Sevilla?

A mí lo del cambio climático que dicen que no existe me va a matar, que después de entrenar durante diecinueve años mis chacras y programarlas para que reconozcan el invierno nórdico, nos lo han quitado y ahora no salgo de un catarro para meterme en otro porque o voy falto de ropa y me enfrío o voy sobrado de ropa y me enfrío con la mega-sudada. Esta mañana, hace unas horas, me sucedió uno de los susodichos o quizás los dos. Estaba por salir de mi casa a las seis y poco cuando se me ocurre mirar el termómetro que hay en la mesa de la cocina y que tiene un sensor en el jardín y aquello marcaba diez grados. Lo normal en esta época, por la noche, es estar alrededor del zerolo y en los buenos años hemos tenido rachas de diecinueve bajo cero, temperatura perfecta para descongelar el congelador de tu casa porque pones en la puerta de jardín las bandejas y cuando has terminado de descongelarlo, todo está tal cual. Pues bien, hoy con diez grados, eso es como si nos hubiésemos mudado a Andalucía y salí con la chaqueta de invierno sin la chaqueta interior, que me da mucho calor, abierta. Fue solo en el tramo entre la puerta trasera de mi casa y la del cuarto de las bicis pero fue más que suficiente para enfriarme, seguramente combinado con el sofocón que le sucedió cuando fui a la estación en bici y mi cuerpo empieza a macerar el calorcito ese interior que la chaqueta mantiene tan bien, lo cual provocó que me acalorara que no veas y para cuando aparqué la bicicleta en la estación, estaba más sudado que el coño de una profesora de gimnasio después de ocho horas de clases. Entre el frío y el calor, llegué a la oficina con la vela esa de agua chirria goteando sin parar por la nariz y que yo le decía a la gente que son lágrimas dosPUTOcero, que para no gastarme los ojos las echo por la nariz que es más difícil.

Al volver a casa por la tarde, en el tren, cada vez que estornudaba, todo el mundo me miraba y yo les devolvía la mirada con cara de virus CORONA y mira que a mí esa cerveza no me gusta pero que nada y me recuerda a los baños de bares llenos de meados y también me recuerda a los cigarrillos que fumaban en las Canarias mucha gente. Lo bueno de estornudar y moquear es que en el tren, todo el mundo se aleja y tienes donde sentarte sin más problemas. Aprovechando la soledad en el tren me tiré un bufo, o eso que en la península llaman pedo pero sin sonido, solo con el componente químico-neurológico y no sé si fueron los pimientos rellenos del viernes, o la sopa mexicana del sábado o el pollo marroquí del domingo pero cuando se expandieron los gases en el tren, aquello era un ataque químico en toda regla y el que no huyó por el riesgo del virus huyó por el pánico a quedarse sin aire, que era lo único que se podía hacer, dejar de respirar y esperar que el poco aire que tenías en los pulmones te sirva para sobrevivir.

Los tulipanes de mi barrio, que normalmente en un par de semanas es cuando deberían empezar a salir, ya están a puntito de sacar las flores, como esto siga así, el que pretenda visitar el Keukenhof en mayo se va a jartar de ver césped porque allí lo que no quedarán son tulipanes.

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Málaga Reality sucks

A Málaga de fin de semana con Gloria

La vida es así de dura. Yo entre las guerras de la empresa y la falta de luz, siempre salgo por patas a finales de enero y me bajo pa’bajo, a Málaga a pasar un fin de semana. En los dos milenios que llevo haciéndolo, siempre me pilla buen tiempo por allí, alegría y cosa buena pero no esta vez, que había una pendenciera, zarrapastrosa y truscolana llamada Gloria, que se bajó al mismo tiempo que yo para joder un poco y así, el viernes cuando llegué diluviaba, igual que toda la noche y que casi todo el sábado, con lo que nos tocó resguardarnos y esperar que la puñetera truscolana se fuera a tomar por jauer.

En realidad no hicimos mucho durante el fin de semana, salvo charlar y comer y comer y comer y comer y comer y aprovisionarme con algunas cosillas más para llevarme de vuelta a los Países Bajos y al final, el sábado y por primera vez en mi vida, ¡FUI AL CINE EN MÁLAGA!, la provincia, que no la ciudad, ya que fui al cine en Fuengirola. Esta es la tercera provincia andaluza en la que voy al cine, ya que ya he estado en Sevilla y en Cádiz. Por supuestísimo, fuimos a ver una película española en el día en el que se entregaban los premios esos tan famosos, los P.O.Y.A., que creo que ganó el Almorranas. Como yo nunca veo las galas, centrémonos en el vídeo, que el Ancestral tuvo un montón de suerte porque transavia, que era la aerolínea oficial de este viaje, aún permite elegir asiento a partir de las últimas treinta horas antes del vuelo y así pillé ventana en ambos sentidos. Los vídeos son una cagada épica y legendaria, aterricé en Málaga con la gilipollas esa de la Gloria y no se ve nada y además oscurecía y el regreso es de puritita noche y en Amsterdam también llovía. Aún así, como al viejillo le molan estas cosas, lo dejo por aquí. La música es la canción Wait del grupo M83, que me gusta y es lo suficiente larga para encajar bien con el vídeo.