En otro mundo

En otro mundo
Los primeros canarios que llegaron a Luisiana en 1777 se encontraron en otro mundo. Al bajar de los barcos, esos setecientos hombres y mujeres canarias abrieron sus bocas con asombro. Ellos habían dejado atrás una tierra árida, yerma, en donde se luchaba por sacar algo que comer de la tierra. Lo que se encontraron fue como un sueño inalcanzable, un lugar en el que parecía no haber distancia entre sus sueños más salvajes y la realidad.

El verde era el color predominante. Había verde por doquier. La vegetación crecía en todos lados. Y si no había verde, entonces era agua. Solamente mirando al mar habían visto tanta agua anteriormente. Pero esa era agua salada que no podían usar. Aquí era agua dulce. Miraban y miraban tratando de ver si despertaban del sueño que estaban viviendo. No podía ser real, debían estar en la profundidad de lo insondable, en los reinos oníricos.

Cuando pasaron los primeros días en esta tierra vieron que su vida sería muy dura. Había agua y había vegetación, pero también habían miles de animales que nunca creyeron que pudieran existir. Las serpientes y los caimanes los aterrorizaron, al igual que las enormes arañas, los murciélagos, las nutrias y el resto de seres que los miraban desde la espesura. Pronto comprobaron que cuando plantaban, todas esas bestias se esmeraban en robarles los frutos.

El agua, esa bendición, pronto demostró ser un poco caprichosa, cambiando de nivel bruscamente. Tras perder sus primeras casas con las crecidas del Misisipi aprendieron a construir en lugares más altos.

Los barcos se marcharon y los dejaron solos, rodeados de esa selva. Aprendieron muchas cosas de los indios, que aunque al principio los aceptaron a regañadientes, después descubrieron que estas gentes sencillas solo querían vivir su sueño en el nuevo mundo.

Para los curas fue distinto. Veían a los nativos como causas perdidas y motivo de perdición para los suyos. Los arengaban para que acabaran con ellos en el nombre del Señor, objetando que su mera existencia lastimaba sus pobres corazones y podía anular sus voluntades. La audacia y la crueldad de estos supuestos servidores del Señor no tuvo límites. Buscaban el oro de estas pobres gentes y después los mataban. La mezcla de soldadesca y clero creaba un monstruo imposible de detener. Allí por donde pasaban desaparecía la vida inteligente.

Los canarios mientras tanto continuaron con sus sencillas vidas. Aprendieron a reponerse a todas las catástrofes naturales, a los caprichos del misisipi, a las inclemencias del clima, a los animales venenosos, al nepotismo de sus gobernantes. Una vez se asentaron en esas tierras las vieron como suyas. Pero no perdieron sus raíces. Mantuvieron su idioma y sus costumbres. Se convirtieron en una anomalía en medio de un país tan grande como los Estados Unidos. Fueron de los últimos en abandonar su idioma, bien entrado el siglo veinte. Los americanos abusaron de su inocencia y bondad. Les dieron las peores tierras, les anegaron sus terrenos con la excusa de salvar Nueva Orleans de las inundaciones, sin compensarlos de ninguna manera. Estas pobres gentes, orgullosos descendientes de canarios se repusieron siempre, levantándose del suelo una y otra vez.

Aún hoy día, en el condado de San Bernardo, al suroeste de Nueva Orleans, se mantiene el núcleo original, con sus nombres y apellidos españoles, con sus costumbres canarias, y aunque dejaron sus islas más de doscientos años atrás, todos los siguen llamando ?los Isleños??.

Sirva este pequeño recordatorio para honrarlos y para dar a conocer su historia.

… sabes que yo estoy en otro mundo
con un sueño eterno inalcanzable
piensas que es posible conquistarme …

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