Planeando el resto


Todos los años tengo dos momentos de angustia existencial por culpa de mi amigo el Moreno. Como en la primavera y el otoño participamos en las caminatas por Ámsterdam para visitar ocho bares y comer ocho tapas y tomar ocho cervezas super-hiper-mega-especiales  y creadas para la primavera y para el otoño, no puedo organizar nada hasta que ya se sabe qué domingo tengo que estar en los Países Bajos, SÍ o SÍ. En la primavera, sabemos que es un domingo en abril porque siempre lo han organizado en ese mes, lo cual me deja mucha libertad para organizar mis visitas a Gran Canaria en marzo y el buceo en mayo, permaneciendo en los Países Bajos, pero en otoño la cosa cambia porque ha habido años en los que han elegido un domingo de octubre, al principio siempre era el último domingo de octubre, ese en el que cambian al horario de invierno y nos joden a todos y después empezaron a elegir otros domingos de octubre, ya sin lógica alguna y finalmente, en los últimos tres parece que han cambiado al último domingo de septiembre, así que yo no programo nada hasta que no me llega el aviso del Moreno, algo que sucedió la semana pasada. Como habíamos quedado para ir a cenar a Hilversum y comer costillas de cerdo, para renovar nuestra fe cristiana adecuadamente, aunque yo me como un mantecado al día hecho con manteca de cerdo que me traigo de España y hay una o varias veces a la semana en las que puedo comer beicon, que no quiero que me reprochen a la entrada del cielo que me ablandé, amariconé y empecé a comer comida JALAL terrorista-musulmana-de-mielda, acordamos que tomaríamos las grandes decisiones ese día.

El primer cambio que vamos a introducir en la edición de este año es la ruta. Las últimas cuatro o cinco veces hemos elegido siempre la tercera ruta, que sale cerca de la estación y nos lleva por Amsterlandia, el parque temático en el que se ha convertido el centro histórico de la ciudad de Ámsterdam. Conocemos los ocho bares y hasta sabemos con una certeza casi finita el tipo de tapa que nos van a dar en cada uno de ellos. Hemos optado por arriesgarnos y vamos a saltar a la ruta primera, que nos llevará por los arrabales de la ciudad, fuera del espectro turístico de Amsterlandia y no hay un solo bar que ya hayamos visitado. Tampoco sabemos la popularidad de esa ruta, estamos en territorio desconocido.

Con la caminata de la cerveza de otoño en Ámsterdam ya bajo control, por fin pude buscar billete para ir a las Maldivas una semana y así gastar los cinco últimos días de vacaciones que me quedan para este año, que me estoy puliendo mis seis semanas. Aquí, mi Ángel de la Guarda intercedió, le tocó las arriolas a cierto presidente orangután de color naranja, que ordenó ataques a los josdeputa-terroristas-musulmanes-de-mielda de Irán, que por supuesto respondieron atacando a otros moros de la zona y los billetes de avión bajaron de precio y me compré el mío para ir en octubre una semana a las Maldivas. Eso sucedió el sábado por la mañana y el sábado por la noche informé al club de buceo y el domingo por la mañana ya tenía cuarto con desayuno reservado, el buceo programado, el barco a y desde el aeropuerto y básicamente, todo lo que necesitaba para esas vacaciones. Un día después ya se había corrido la voz que vuelvo a Guraidhoo y ya me llegaban mensajes de los amigos de por allí preguntando por mis fechas para asegurarse que están en la isla en ese momento.

La buena noticia es que cuando compré mi billete para ir a Gran Canaria cuatro semanas en Diciembre/Enero, resultó que esa semana el orangután naranja estaba de buenas, los barcos con la gasolina circulaban, los precios de los billetes bajaron y al final pagué lo mismo que el año pasado y como me ahorré un pastizal en los billetes de ambas visitas a las Maldivas, básicamente los ahorros de esos dos viajes me sirven para pagar el billete de diciembre. Además, la semana pasada, hice una inversión significativa y por diecinueve leuros me compré en mi supermercado alemán favorito una bolsa de viaje espectacular con la misma capacidad que el trolley que siempre llevo a Gran Canaria (sesenta y nueve litros de capacidad), y que facturo y el nuevo trolley, con aspecto de bolsa pero rígido por la parte inferior y con ruedas y mango, pesa un kilo y medio menos que el trolley, con lo que cuando regrese en enero a los Países Bajos, tendré un kilo y medio más de comida en mis veinticinco kilos facturados, a los que añadimos los diez kilos que llevo en cabina, que para mí, volver sin mis treinta y cinco kilos de comida sería un fracaso intolerable.


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