No han pasado ni siquiera seis meses completos desde que conté algo En la panocha y hoy tengo algo relacionado. Resulta que en el mismo edificio que la del relato anterior, que es básicamente adonde solemos ir con más frecuencia, hay una señora que viene todas las mañanas a las ocho y limpia las oficinas y los baños los días laborables durante tres horas. La mujer, ya mayor, es encantadora y siempre nos saluda y charla un poco con nosotros y cuando llevo Magdalenas del carajo, mi receta, siempre le doy alguna. Hace dos semanas, justo el día en que yo regresé a la chamba después de pasar una semana en Gran Canaria, uno de mis compañeros se la encontró llorando en un despacho vacío, como amargada. Cuando le preguntó, le contó que a su marido le habían informado ese mismo fin de semana que tenía un cáncer en estado avanzadísimo y que le quedaban dos ratos, quizás tres, pero no más de unas pocas semanas.
Lo primero que nos asombró y escandalizó es que la mujer estuviese laburando. Si te dan esa noticia, te quedas en tu keli, llamas e informas que no puedes ir a trabajar. Resultó que tenían unas vacaciones programadas para la semana siguiente. Un par de compañeros la calmaron, hablaron con ella y la mandaron para su keli. Por la historia que ella contó, es el típico drama neerlandés, que aquí la gente parece que tiene aversión a los doctores. Resultó que ya hace tiempo que el marido tenía dolores y se sentía mal, pero claro, es un macho neerlandés y no está hecho de azúcar, que es una frase típica en este país para especificar que no son debiluchos, así que apechugó como un machote y cuando consideró que había apechugado bastante, llamó a su médico de familia y la asistente le dijo que tomara dos veces al día paracetamol y un vaso de agua, que eso seguro que lo cura y que si le seguía doliendo en una semana, que llamara para darle hora para una cita. Pasó la semana y llamó e hizo la cita, habló con el médico y el médico, sin tocarlo, le sugirió que tomara una dosis más fuerte de paracetamol, con muchos vasos de agua, que eso es muy importante y que seguro que se le quitaba. Pasó el tiempo, no mejoraba, volvió al médico, habló con él y le mandó alguna medicina, pero de las que se compran en droguería. Nada mejoró, volvió a pasar el tiempo, regresó al médico y ahí ya le dijo que le iba a mandar antibióticos y que lo derivaría al hospital.
La cita se la dan para unas semanas después, nada urgente, se toma los antibioticos, que le calman el dolor, llega a la cita, como él no le da mucha importancia le hacen un par de pruebas banales, llegan a un diagnóstico en base a lo único que probaron, le mandan un tratamiento y para su keli. Aunque el tratamiento lo ayudaba con el dolor, siguió empeorando así que vuelve al hospital, los médicos deciden hacer más pruebas, nuevo diagnóstico y para su keli. En la tercera visita, que fue antes de este lunes, ya le hacen un montón de pruebas, con todas las máquinas grandes e imponentes que tienen en el hospital y ahí si que descubren que el hombre tiene un cáncer que lo ha podrido por dentro, totalmente extendido, incurable y que el reloj de arena de su vida está prácticamente vacío y lo único que pueden hacer es paliar el dolor. No hay ni tiempo de eutanasia. Esto sucede con frecuencia en los Países Bajos, el país en el que la gente no está hecha de azúcar y en el que aguantar como un campeón es deporte nacional y todos y cada uno de mis amigos neerlandeses consideran que yo soy un ñanga porque yo siempre voy al médico y si no me convence, ya lo manipulo para que me mande al especialista y cuando ellos me dicen que yo soy una reinona dramática, yo les pregunto por qué cuando tienen un problema con sus ordenadores o sus telefoninos siempre vienen a mí y no los resuelven ellos y me dicen que es porque no tienen ni puta idea del tema y yo les explico que yo no estudié medicina, la asistente de mi médico tampoco y que si me pasa algo, yo quiero que sean los expertos los que lo evaluen, investiguen y lo resuelvan.
La chama se fue para su keli, todos en la oficina asombrados y apenados y comentando el pedazo de drama de esa mujer, con un marido que se había jubilado no hacía ni un año y mi compañero gallego me dice que se lo va a contar a nuestro jefe. Yo le comento que nuestro jefe está muy pero que muy adentro del espectro, que nunca lo equiparon con el módulo de emociones humanas y que no creo que le afecte, pero él, todo ofendido me dice que seguro que tiene un montón de humanidad, así que se va a su despacho, habla con mi jefe mientras él no deja en ningún momento de teclear en su ordenador y cuando le ha contado la noticia, el otro, sin mirarlo, le dice que vale. El gallego volvió cagándose en todos los muertos de nuestro jefe y hasta cabreado conmigo porque yo ya se lo había advertido.
Hoy, la señora le mandó un mensaje al gallego informándole que su marido murió anoche. Como trabaja para una empresa de limpieza que contrata nuestra compañía y en Europa tenemos las leyes de protección de datos, no tenemos dirección alguna para mandar una tarjeta de pésame. El gallego llama a la empresa de limpieza, concretamente llama a la jefa de la nueva viuda y la mujer le dice que obviamente no le puede suministrar la dirección por las leyes de protección de datos, que se lo preguntará a la viuda, pero que antes tiene que informar a recursos inhumanos del fallecimiento, porque casualmente esa es una empresa pequeña y el único de recursos inhumanos se cogió la mañana libre y aún no había podido informar del deceso. El gallego, que definitivamente no aprende o es masoquista, va a nuestro jefe, le dice que murió el marido de la señora y mi jefe, de nuevo tecleando, lo mira y le dice: VALE. Al gallego casi le da un infarto del empute que se cogió.