Adiosito Lucas

Todos somos conscientes que yo no quiero ser obeso mórbido como algunos comentaristas y por eso, no solo me hago una caminata de más de veintiséis kilómetros, al día siguiente salgo a correr y hago mis seis kilómetros como casi siempre, aunque esté más cansado. Así, el lunes, después de levantarme, la parte que odia correr de mi cerebro comenzó su bombardeo sistemático para recordarme que estaba cansado, que el día anterior ya hice bastante ejercicio, que en la cama se está tan a gustito, que mejor me hacía un glorioso desayuno y lo disfrutaba y así hasta el fin de los días. Ya estoy acostumbrado, así que la ignoré, me levanté, hice los mínimos ejercicios de precalentamiento y me fui a correr. Pese al palizón del día anterior, mis tiempos eran bastante decentes y similares a los de días anteriores. Hice mi ruta habitual y avanzaba sin problemas hasta pasado el cuarto kilómetro. Estaba escuchando un audiolibro, con uno de los juegos de auriculares bluetú que tengo y durante gran parte del recorrido, voy cerca, pero no muy cerca del agua, salvo en el punto en el que tengo que pasar por un túnel que hay bajo una autopista, momento en el que el agua está a mi derecha mientras comienzo mi descenso. Fue en ese instante, en el único lugar en el que lo más terrible podía suceder, cuando mi auricular derecho decidió saltar del orejón y fue directo al agua, en donde lo oí golpear la superficie y hundirse. ¡Tremendo drama, cristiano! Como son de esos de los nuevos que se conectan independientemente al telefonino, el izquierdo siguió funcionando, sin saber que su mellizo nos había dejado por siempre y para siempre, que en ese agua turbia yo no me meto ni jarto de calimocho y menos por un chisme que puedo reponer relativamente fácil.

Estas cosas yo creo que siempre están interconectadas. Yo uso cuatro juegos distintos de auriculares de tres marcas diferentes y casualmente, un par de semanas antes, decidí comprarme unos nuevos porque de los cuatro, dos están siempre en la mesa del escritorio y en la mesa de la cocina y los uso cuando ando por esos lares y los otros dos son los más nuevos y los que me llevo cuando salgo de mi casa. Uno de los viejos está mostrando señales de agotamiento, le deben quedar muy pocas lunas y por eso había comprado otro, que debería llegar a mi casa en algún momento de las próximas dos semanas y que iba a provocar que justo el par del que he perdido a uno de sus miembros, pasara al escritorio o la mesa. Después de llegar, hacer mis ejercicios con la rueda de abdominales, ducharme y desayunar, me compré otro par que también llegará en algún momento del mes de mayo, ya que sigo teniendo que reponer un par. Por ahora, los viejos, con sus tres añitos, tendrán que seguir dando el tipo durante unas semanas más.

El martes cuando volví a salir a correr, al llegar a la zona lo hice con muchísimo cuidado, pensé en agarrarme los orejones hasta pasar ese vórtice de peligro que confirma la ley del joputa de Murphy, que de seis kilómetros que corro, hay unos ciento cincuenta metros en total en los que si se me cae, seguramente lo pierdo, porque o estoy en el puente sobre la autopista o pegado al agua y mira que bien que funcionó la puta ley esa y como se me cayó el cacharro en el sitio adecuado, aún más difícil que la autopista porque el tramo junto al agua deben ser unos veinte metros.

Esperemos que esto no se convierta en un vórtice de desgracias y que el gaferío ya se haya ido hacia truscoluña, que no es nación.

Por sulaco

Maximus Julayus

2 comentarios

  1. Obeso no serás, pero pesao mórbido con esa vaina, un rato largo… 🙂
    Por eso fuiste castigado, por calumniador, y perdiste el cacharro ese por eso mismo… 🙂
    Salud

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