7. Camino del restaurante con er Dani

Nos adentramos en terrenos cenagosos y en los que los conceptos del bien y del mal se cruzarán y copularán creando aberraciones de leyenda. Llegar a este punto no ha sido sencillo. El camino iniciático que te permitirá comprender las revelaciones de las que te has hecho merecedor comienzan con 1. Todos queremos ser como er Dani, continúan con 2. Conozcamos ar Dani, y se desarrollan plenamente en 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. Una vez has avanzado por cada una de esas etapas, sólo te queda 6. Er Dani y la metrosexualidad para estar preparado y poder recibir el conocimiento en su estado más puro y aterrador. Aquellos que han seguido el proceso en reducidas dosis, recordad que hemos abandonado el bar y vamos camino de la aventura

Abandonamos el local multiusos con la pena de quien deja atrás el paraíso sin haber tenido tiempo de explorarlo completamente. Quizás algún día el buen Dios me permita volver a respirar ese aire cargado de humo y echar unas partidas en ese bingo de barrio rodeado de todas esas mancebas pasadas de kilos y de lengua afilada. En el coche, er Dani se afanaba en hacer llamadas gratis aprovechando el teléfono de Sergio, un dispositivo de última generación del tamaño de un piedrafono de los picapiedra, porque imagino que fue última generación en el jurásico, antes de que se miniaturizaran los chips y se hicieran cacharros que se pueden llevar en el bolsillo. Con nuestro nuevo pasajero, opté por el asiento trasero. Er Dani hizo las veces de copiloto y comenzamos a recoger la ciudad, esa Málaga legendaria fuente de inspiración de tantos y tantos novelistas y presentadores de programas de televisión.

Er Dani contactó con la hembra que debía reunirse con nosotros, a la que quisiéramos proteger en la medida de lo posible de la infamia y el escarnio público y que por tanto denominaremos la Gayola. Ella se movía con su coche por las mismas calles y de alguna forma convergimos hacia un punto en el que se produjo el inevitable encuentro. Esperándola en una parada de guagua (eso que en la península y en otras tierras se llama autobús) consumimos los últimos instantes de sabiduría compartida con er Dani, que continuaba con su frenético agitar de la botella del doce años. Nunca antes un whisky sufrió tal meneo durante su corta y reposada vida.

Un coche de cristales tintados se colocó tras el nuestro. Tras haber escuchado tanto hablar del coche de la Gayola reconozco que me decepcionó bastante encontrarme con un vulgar SEAT. No es que tenga nada contra esta marca, pero en mi enorme cabezón asocio la potencia y las líneas deportivas con otras marcas de más solera y SEAT para mí no es más que el IBIZA y todos esos coches que han motorizado al español medio los últimos cincuenta años. Er Dani sin embargo parecía estar en extasis de puro placer al ver aquella máquina y no dejaba de repetir algo que sonaba como Peazo de máquina ¿ein?. No tuvimos el placer de ver a la conductora en ese momento. Quedó oculta tras sus tintadas lunas y decidimos que a partir de aquel momento nos dividiríamos en dos grupos. Sergio y Yo haríamos las veces de coche escoba y nuestro celebrado anfitrión y compañera de Kikis nos precederían hacia el destino, el cual no era más que un restaurante en el centro de la ciudad, uno de esos famosos locales que están atestados a esas horas y que basan toda su fama en Dios sabe qué porque al final uno siempre acaba algo decepcionado.

Después de esbozar las líneas de semejante plan lo llevamos acabo. La chica, envalentonada por la potencia sin límites de sus cuatro ruedas y por llevar a su lado a ese hombre que tanto gozo le había dado, no dejaba de dar tremendos acelerones seguidos de bruscos frenazos. Para ella debía ser eso que llaman conducción deportiva. Para nosotros no era más que otra mujer al volante. Sus maniobras sobraban y la convertían en un peligro público, aunque imagino que detrás de todo aquel alarde de superfluo e inútil espectáculo debía estar er Dani jaleándola para que nos mostrara lo mucho que podía dar de sí su vehículo.

Pasamos el centro de la ciudad y decidieron buscar aparcamiento allí donde no lo hay, en la parte más concurrida. Dimos una y mil vueltas sin suerte. En cada paseo se ampliaba el radio de búsqueda. Tras lo que me pareció una eternidad, se decidió consensuadamente el buscar alguna plaza en barrios menos céntricos. Os puedo confirmar que incluso en Málaga existen zonas poco seguras y hacia allí nos encaminamos para dejar uno de los vehículos. Creo que lo dejamos en algún lugar cerca del estadio, no muy lejos de una urbanización en la que ni siquiera los cuerpos de operaciones especiales osan poner un pie. Obviamente, el coche que dejamos atrás fue el de Sergio y nosotros terminamos en el asiento trasero del coche de la Gayola. Si por fuera era ostentoso, su interior es definitivamente ostentóreo. Un alarde de falso cuero lo recubría todo y aquellos rincones a los que no llegaba la piel del bicho estaban forrados en algún tipo de madera exótica. Hasta esa noche pensé que el interior de los coches era uno de esos lugares a los que el mal gusto no había podido llegar, pero ahora sé que con algo de dinero y mala voluntad uno puede joder hasta su propio coche.

En el salpicadero, rodeado de caoba resplandecía un aparato de música multifunción, que hacía las veces de ordenador de abordo y sistema de posicionamiento global o aquello que los que se las dan de cultos llaman GPS. El trasto languidecía rodeado de tanto boato esperando que la inculta de la dueña se estudiara el manual para manejarlo, algo que la pobre juró hacer algún día antes de morir. Sobre la propietaria no hablaré hoy, que no conviene quemar toda la munición y aún queda mucho por contar. Con tres machos y un pseudo-deportivo entre sus piernas, la Gayola era imparable. En aquellos instantes en los que nuestras vidas pendían de semejante hilo, me dió por pensar que Dios creó el mundo en siete días y que esta hembra cañón se lo podía follar entero en cuatro, uno de esos pensamientos tontos que tenemos los cortos de cerebelo.

No quise mirar hacia el exterior y me concentré en algo que había en el techo sobre mí y que debía ser mi propio sistema de audio. Si ya desde fuera aquel coche se veía inseguro, ir en él sometido a bruscas aceleraciones y deceleraciones no es algo grato de padecer y mucho menos de recordar. Esos minutos que a mí me parecieron eones y en los que veía los callejones del centro de la ciudad pasar raudamente por los lados mientras tremenda hembra soltaba sapos por su boca cuando algún despistado peatón se ponía en su camino y amenazaba con mancillar la perfección de la pintura de su capó llegaron a su fin cuando finalmente la convencieron para entrar en un aparcamiento subterráneo. Siempre recordaré que mi profesor de autoescuela me decía con lágrimas en los ojos que lo peor era el que una mujer aparcara el coche en una de esas trampas diseñadas por algún mariquita que fracasó como artista y acabó como arquitecto y ahora sé a qué se refería. Pensé que empotraba el coche en la rampa. Llegué al interior abrazado a Sergio, llorando como un niño chico que espera que al abrir los ojos la pesadilla haya pasado. La chica, toda buena voluntad nos ofrendó un rally gratuito en aquel lugar, esquivando columnas por milímetros y cuando finalmente encontró una plaza en la que poner sus cuatro ruedas, consiguió desbocar nuestros corazones ante lo inminente del fin. Fue tan mala la cosa, que tras cinco minutos de batalla decidió que Sergio debía ser quien terminara de aparcar el coche, o más bien quien comenzara y finalizara la maniobra, ya que en ningún momento había conseguido apuntar con éxito hacia el hueco que quería ocupar. El por qué Sergio y no Er Dani parece ser que se debía a las nulas capacidades automovilísticas de este último, al menos según ella.

Tras dejar el coche a buen recaudo, paseamos por el centro de la ciudad hacia el restaurante en el que se desarrollará el siguiente acto. Fue una carrera a destiempo, con er Dani metiéndonos prisa porque llegábamos con más de una hora de retraso. Fue también mi primer y único paseo por el centro de Málaga, que en todos los años que he visitado a mis amigos en aquellas tierras jamás planté las pezuñas en aquel lugar.

Suspendemos aquí el relato, en la entrada del restaurante, a donde finalmente llegamos el equipo fantástico constituido por er Dani, la Gayola, Sergio y Yo. Lo que sucedió a continuación será relatado en La Gayola y los amigos der Dani.

6. Er Dani y la metrosexualidad

La serpiente de verano en la que se está convirtiendo la historia der Dani continúa su sinuoso curso, agradando a unos, indignando a otros y dejando indiferentes a la mayoría. Tras el último lavado de cara, fruto de vuestras quejas, han quedado numerados los diferentes episodios de forma que hasta cerebros uni-neuronales sean capaces de adivinar el orden correcto. Como estoy seguro de mis limitaciones y de las de los míos, vuelvo a repetir la secuencia lógica de lectura: 1. Todos queremos ser como er Dani, 2. Conozcamos ar Dani, 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. Hay gente que incluso llega a este punto de la lectura, sólo para recordar que en el pasado episodio er Dani contó la historia de la Carmen, su sufrida hermana sobrada de carnes.

Tras la historia de la Carmen llegó la calma o al menos eso quise creer. Hay escasos momentos en los que uno se siente poderoso y entre ellos están esos en los que nos reímos de la desgracia ajena. Es lo bueno que tiene el escarnio y la humillación del prójimo, que te hace sentir mejor contigo mismo. La Carmen se marchó hacia la zona del bar en la que el bingo continuaba con su letanía de números y quedamos los hombres en el bar. Er Dani seguía con su diabólico baile, recordando que tenía un doce años en sus manos y agitando el whisky como si de esa forma lo fuera a mejorar o dotar de burbujas.

Uno de los contertulios llamó su atención. Er Dani se acercó y nos deleitó con uno de esos momentos Dale, Don, Dale que lo han hecho legendario. Para aquellos que vivan en la más infame de las ignorancias, el dale, Don, dale es la postura básica del hombre que folla humillando a la hembra. Cualquiera de mis lectores, supremos expertos en el cine porno y conocedores de los nombres de todas las grandes actrices desde que Ginger Lynn se encumbró como la diosa de todas las diosas con aquel chochillo siempre dispuesto a ser penetrado sabe que la postura básica en toda película etiquetada para mayores de dieciocho años es aquella en la que la hembra se pone a cuatro patas, cual chucho callejero y el macho la aborda por detrás, sujetando y tirando de su pelo con una mano mientras la embiste y le golpea la nalga con la otra, procurando dejarla roja y mientras todos los espectadores de dicho arte aullan al ritmo del reggaeton gritando dale, Don, dale. Er Dani usaba la botella como si fuera una hembra, la sujetaba por su cuello y apoyándola sobre su aparato reproductivo, ese que vulgarmente se conoce como polla, embestía el doce años mientras lo cacheteaba a destajo. Esto lo hacía emitiendo alaridos que eran coreados por los dos contertulios.

Uno de ellos sacó a relucir su infinita sabiduría, adquirida patrullando las calles de Málaga como policía municipal y le dijo: Parezezzz un metrozezual de ezozzzz de mierda y se rió de su propia ocurrencia. El otro hombre, un funcionario que espera la llegada el retiro sin dar un palo al agua durante cuarenta horas cada semana mientras se queja de lo ocupado que está a los trabajadores eventuales que contrata el ayuntamiento para que saquen el trabajo adelante, ese trabajo que sus propios empleados son incapaces de hacer ocupados como están en mirarse el ombligo y admirarse de su perfección, dicho hombre agitó la cabeza negando vigorosamente y dijo: No, lo que pareze ez un homozexuá de ezoz. Las carcajadas sincronizadas de ambos atronaron en el local. Er Dani les repondió en lo que fue un intento de defensa poco ortodoxo: ¿Homozexuá Yo? y tú un gay de esos.

El tipo se tomó la réplica deportivamente y contraatacó: Yo no zoy gay, zoy un pedazo de maricón. Ahora todos se retorcían con sus carcajadas, riendo sus genuinas genialidades. Un servidor, sacrificado escriba que padece estos suplicios solo por poder contarlo intentó permanecer estoico pero finalmente sucumbí y me tuve que reír. Sergio se limitaba a mirarlos con sus grandes ojos, me miraba a mí, señalaba de nuevo hacia aquel trío y se reía. Si hubo alguna vez una conversación digna de un episodio de South Park en nuestro país fue aquella. La acabaron adjetivándose mutuamente: metrozexuá, maricón, homozexuá, gay. En ese instante noté que en el bingo se había hecho el silencio y las mujeres escuchaban con gran atención. Pasados unos segundos todas rompieron a reírse y a gritar todo tipo de lindezas, las cuales no transcribiré porque no pude entenderlas en la mayor parte de los casos, dadas mis tremendas limitaciones para extraer información cuando se abusa de la zeta al pronunciar la lengua de Corín Tellado.

No debían haber pasado más de quince minutos desde que cruzamos el umbral de aquel universo plagado de seres de otros mundos, pero finalmente llegó la hora de partir. Me quedó pena, ya que intuyo que podría continuar escribiendo el resto de mi vida cinco historias diarias solo con los sucedidos entre las paredes de aquel local. Atrás quedaron el poli, el funcionario, la Carmen y todas las mujeres que jugaban en aquel bingo de barrio. Nosotros partimos hacia la aventura, una partida de desalmados dispuesta a conquistar el mundo e integrada por Sergio, er Dani, la agitada botella de whisky y un servidor. Ya en el coche er Dani procuró abusar de Sergio y cogió su móvil para hacer llamadas gratuitas. Contactó con sus amigos, los cuales llevaban cerca de una hora esperando por nosotros en el restaurante y ya habían comenzado a celebrar el cumpleaños der Dani y contactó con la hembra que sorpresivamente iba a acudir a dicho cumpleaños, una hembra que según palabras del festejado individuo, follaba con todoz eza noche.

En este punto cerramos el primer acto de esta infame obra, que constará de dos más, aunque ignoro el número de sub-capítulos que los formen, ya que la escritura no es una ciencia exacta y la longitud de los escritos dependerá de mi concentración y del calor que tengamos por estas tierras. La continuación de esta legendaria obra tiene lugar en 7. Camino del restaurante con er Dani

5. La Carmen, hermana der Dani

El Dios de los buscadores me envía discípulos siguiendo misteriosos caminos aunque disfruta asignándome aquellos que para satisfacer sucios instintos buscan putillas y putonas en estos mares de la Internet. Habéis llegado a un lugar que se me antoja equivocado, queridos internautas pero os invito a que leáis esta historia desde su comienzo, lo cual os tomará vuestro tiempo y quizás logre arrancaros una carcajada. Tendréis que seguir los números: 1. Todos queremos ser como er Dani, 2. Conozcamos ar Dani, 3. Lugareños der Dani y 4. Conocidos der Dani. Para aquellos perezosos que han seguido esta historia por episodios, estamos en el bar con bingo al fondo y er Dani se dispone a contarnos una historia sobre su hermana, la Carmen, después de que esta tropezara con él tras la barra del bar.

Cuando se recuperó del golpe que le arreó involuntariamente su hermana, la miró y comenzó a reirse mientras la señalaba. Balbuceaba algún tipo de frase que no llegábamos a comprender, algo relacionado con agua caliente. Ella, sin embargo, si que captó de qué iba la jugada y puso tierra de por medio. Se atrincheró lo más lejos que pudo der Dani, abochornada por algo o por alguien. Conseguimos que el hombre se tranquilizara y no tardó en contar la historia.

Er Dani y familia viven en uno de esos pisos en los edificios que nos rodean, pisos con paredes de papel que te ayudan a convivir con tus vecinos, a los que escuchas con claridad en todos y cada uno de los momentos de su vida. En casa der Dani son un montón, entre hijos y padres. Perdí la cuenta del número de individuos pero se me antoja que más de cinco. La convivencia en una casa así no es fácil, con todos los vástagos chupando de la teta paterna y echándose al gaznate las comiditas de mamá.

Esa tarde, antes de ir a trabajar ayudando al padre, la Carmen decidió darse una ducha. Cualquier mujer de envergadura media no tendría más problemas, pero estamos hablando de una chica que malamente cabe por el marco de una puerta, una chica que cuando se mueve consigue someter los cimientos de un edificio a tensiones jamás soñadas por los arquitectos. Así que ahí la tenemos, entrando en ese baño en el que ya no queda tapa para el retrete después de que una tarde la reventara con su peso mientras obraba leyendo el ¡Qué me dices! emocionada por el último de los rumores del Bustamante. La Carmen se quitó la ropa, liberando esos kilómetros de piel y tras inspirar profundamente se metió en lo que antiguamente había sido una bañera pero que tras años de abuso por parte de la chica se había convertido en un achaparrado plato de ducha, una chapa aplastada contra el suelo.

Ese cuerpo desnudo y ansiando ser purificado se retorció al contacto con el fría agua. Al dar un pequeño brinco hizo temblar todo el edificio y su vecina, que estaba tomando el té de las cinco vio como su juego favorito de té caía al suelo. Dicha vecina nopudo hacer otra cosa que maldecir su suerte al haber comprado una casa junto a esta gente y se resignó cristianamente. La Carmen esperó pacientemente a que el agua se tornara tibia. Los segundos caían como estrellas fugaces y nada cambiaba. Despuésde lo que le pareció una eternidad comprendió que algo había sucedido. Cogió aire, lo que dada la ingente capacidad de sus pulmones supuso una gran corriente aspirada por su cuerpo y gritó: Paaaaaaaa, Paaaaaaa, enciende errrrr termo pa’ calentá eragua Fue esta frase o algo parecido, ya que mis dotes para entender la información suministrada por er Dani no estaban totalmente desarrolladas.

Er Dani gesticulaba y se reía mientras lo contaba, señalando a su hermana que parecía estar disminuyendo por momentos, avergonzada por la historia. Todos los que estábamos en el bar observábamos fascinados como se desarrollaba el drama antes nuestros ojos. Después de otro ataque de risa volvió a repetir: Paaaaaaaa, Paaaaaaa, enciende el termo pa’ calentá el agua que estoy en la ducha y aún otra vez Paaaaaaaa, Paaaaaaa, calienta er agua que me estoy duchando. Yo espero que Dios me perdone algún día, pero me reí. Quiero que os pongáis en mi lugar y cerréis los ojos y os imaginéis la escena en aquel bar, con el bingo al fondo cantando números, con todos aquellos seres extraños rodeándome y aquel hombre sacado de algún lugar del inframundo contándonos la historia.

Retornó al relato. La chica continuó gritando, pidiendo agua caliente mientras reventaba tímpanos por todo el edificio y todos los vecinos de esa torre y las cuatro circundantes eran conscientes de la necesidad de agua caliente para aquella hembra desnudae indefensa en esa ducha. Finalmente el padre reaccionó. El hombre, que hasta momentos antes había estado durmiendo la siesta vio como su sueño era interrumpido abruptamente por su hija, esa carne de su carne que se había multiplicado por millones de veces y que amenazaba con devorarlo todo. Se levantó de la cama con un humor de perros, ese que sólo podréis comprender aquellos que hayan estado en una situación parecida. A gritos respondió a su hija, unos gritos que cruzaron a la velocidad del sonido el espacio distribuyendo la buena nueva: Agua caliente, agua caliente hijaputa, espera que voy ahí y te voy a calentá a hostias cabrona y dicho y hecho, se escucharon por todo el edificio los pasos del hombre que acudía hacia el baño a ajustar cuentas.

El desesperado mensaje que se escuchó a continuación marcó las pesadillas de los niños de aquel barrio durante meses: Paaaá, nooooo, Paaaaá, enciende el termo que el agua está fría y la rápida respuesta, cada vez más cercana: Te voy a calentar los huesos hijaputa que me has dejado sin siesta. Vas a veeeeé y el contraataque rápido de aquel paquidermo sabedor de su mala suerte: Nooooooo Paaaaá, Nooooooo

La puerta se abrió de golpe y el hombre avanzó con paso firme hacia su aplastada bañera. De un manotazo apartó la cortina y en auténtico sonido digital con decenas de canales de audio, se pudo escuchar el manotazo al tiempo que ambas voces gritaban: Noooooooo Paaaaá, Toma agua caliente hija puta, No me pegues Paaaaaaá, Toma pa’ que te calientes, Paaaaaaá por favoooooooó, Tomaaaaaaa, Paraaaaa Paaaaá, Tomaaaaaa

En este punto er Dani interrumpió la narración. Las lágrimas me caían por los ojos y el resto de la clientela gritaba y se reía a carcajadas, señalando hacia aquella pobre desgraciada y gritándole: Nooooo, Paaaaá, Nooooo. La chica trató de aparentar que nada sucedía, pero la vergüenza la cubría de arriba a abajo. Er Dani se volvió satisfecho hacia nosotros, con su botella de whisky en la mano y volvió a agitarla en el aire en plan victorioso.

Es aquí, entre dos historias, cuando estamos a punto de asistir a uno de los momentos más surrealistas de la noche, donde detenemos la narración y nos quedamos a la espera del próximo episodio, aquel llamado Er Dani y la metrosexualidad

4. Conocidos der Dani

Hay que dar más de un paso para que podamos decir que estamos caminando. Esta historia se compone de pequeñas partes que podemos ver como los pasos necesarios para llegar a algún sitio, si es que realmente conduce a algo. Comenzamos a caminar en todos queremos ser como er Dani, dimos el segundo paso en conozcamos ar Dani y el tercero en lugareños der Dani. Hay quien piensa que el camino hacia er Dani forma parte de la misma, aunque yo sinceramente lo dudo. Si ya no recuerdas de que iba la cosa y no te apetece volver a leer lo anterior, te recuerdo que estábamos en el bar y que en el mismo se encontraba un bingo de mujeres poseídas por la fiebre del juego.

Al brindis para celebrar el cumpleaños der Dani se unieron los tertulianos que estaban en nuestro lado de la barra. Yo no había recaído en ellos puesto que siempre pensé que formaban parte del mobiliario. Ahora que el alzamiento de vasos nos había hermanado, los miré de reojo, intentando no resultar novelero. Uno de ellos era el tipo de animal sudoroso que uno se encuentra en cualquier bar español de barrio. De su tupido bigote negro, claramente teñido con alguno de esos productos que anuncian por la tele y que el individuo olvidó aplicar al poco pelo que le quedaba en la cabeza, colgaban unas cansadas gotas de cerveza, o quizás de sudor. Su nariz aguileña se abría como las compuertas de cualquier canal holandés tratando de coger aire y forzaban el balanceo de las gotas colgantes al inspirar. Su camisa se veía sudada por todos y cada uno de sus rincones, con esas marcas sobaquiles que engrandecen a cualquier obrero. Todo el pelo que tenía aquel individuo en el mostacho le faltaba al otro en su cabeza. su calva relucía como un redondeado panel solar que trataba de coger energía de la luz de los fluorescentes. en semejante superficie blanca también habían perlas de sudor, ya que intuyo difícil que la cerveza alcance esas regiones. Los pocos pelos que tenía se encontraban espaciados, como peleados entre ellos y parecían haber sido abandonados mucho tiempo atrás, con sus puntas abiertamente estropeadas. La camisa de este otro sujeto era tan horrorosa como la del primero, de un zafio color que intuyo fue blanco el día en que cayó en sus manos y que tras innumerables lavados había adquirido un tono amarillo que parecía irradiar desde la zona en la que los brazos se unen al tronco.

Ese dúo nos miraba con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Parecían haber estado toda una vida allí, hablando entre ellos indiferentes al tiempo. En ese momento se abrió la puerta y entró una nueva binguera acompañada de un niño pequeño. Saludó a los conocidos. El bigotudo le dijo algo que no pude comprender y también se dirigió al niño. El niño sonrió, sabedor de algún secreto que yo era incapaz de atisbar. El tipo saltó de su taburete, se acercó a una de las máquinas, de esas en las que hechas una moneda y puedes tratar de capturar un premio y agarrando al niño con un brazo, lo aupó, puso una moneda en la ranura y trató de conseguirle un regalo. Tras unos instantes en los que todos pensamos que iba a triunfar, el juguete resbaló del gancho que lo sujetaba y volvió al montón. El tipo, echó otra moneda y volvió a intentarlo. Otro regalo ascendió y volvió a caer entre maldiciones de aquel hombre. Puso una tercera moneda, dejó al niño en el suelo y cuando el juguete estaba en el aire y a punto de resbalarse del garfio que lo sujetaba, le arreó una hostia a la máquina con tan certera puntería que el preciado objeto fue a parar al punto de recolección de premios. Lo cogió victorioso y se lo entregó al niño, no sin antes volver a colocar la máquina en su posición original.

Yo vi lo que hizo, Sergio también fue testigo y creo que todos en el bar, pero nadie dijo nada. El chiquillo corrió hacia el bingo con su regalo en las manos, gritando para llamar la atención de su madre. Después de semejante acción benéfica, el tipo volvió a su asiento, se sentó y siguió bebiendo cerveza como si no hubiera pasado nada. Er Dani había desaparecido hacia el interior del local y después de unos momentos de silencio lo escuchamos volver con su cantinela, gritándole a alguien. Resultó ser su padre. Había cogido una botella y se la restregaba al hombre por las narices, riéndose como un loco. Cogía la botella, se la llevaba a la entrepierna, hacía como que se la estaba follando y volvía a pasársela al hombre por la cara. El padre de tamaña criatura trataba de espantar a su vástago a manotazos, igual que alguien espantaría un molesto mosquito, aunque sin mucho éxito, ya que er Dani no parecía arredrarse. Cuando volvió a nuestra zona, después de conseguir atravesar el espacio que llenaba su hermana, nos enseñó la botella mientras gritaba:
Un doce años, un doce años.

Efectivamente, era una botella de Whisky de doce años. Aquello parecía un logro impresionante. Yo, acostumbrado a los precios del alcohol en las Canarias, no terminaba de apreciar lo extraordinario del evento. De hecho, creo que en casi todos los asaderos a los que he tenido el gusto de acudir en mi vida, siempre hubo botellas similares o mejores. Ni siquiera cuando era estudiante y mi presupuesto limitado me permití beber nada que no hubiera disfrutado del envejecimiento en barriles que proveen los años. Para er Dani sin embargo era un evento único e irrepetible. Llevó la botella frente a la cara de su hermana, que se afanaba en servir una tapa de ensaladilla rusa adobada. Los ojos de la chica se notaban excitados ante la proximidad de la comida y se veía que estaba haciendo un gran esfuerzo para contenerse y no hincarle el diente. Su hermano continuaba con su juego, follando la botella e inmediatamente levantándola en el aire con grandes risotadas y exhibiéndola como un triunfo.

Desde el fondo del local se oyó el vozarrón del padre diciendo que se la cobraría. El no demostró haber oído la amenaza y continuó con su salvaje baile, observado por mis atormentados y asombrados ojos y por los dos tipos que estaban a nuestro lado. La hermana se acercó a recoger el plato de manises que nos había puesto y de un barrigazo casi lo estampa con su botella contra la barra. La maldijo en voz alta y siguió riéndose de algún chiste que posiblemente cruzó por su cabeza y del que por suerte nunca supimos.

Después de recuperarse del golpe, comenzó a contarnos una historia sobre ella. La historia la podréis conocer en el próximo capítulo, aquel que es conocido como La Carmen, hermana der Dani.