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A otro ritmo

En Holanda es muy popular el usar búfalos y otros herbívoros para controlar de manera relativamente natural zonas protegidas, que pueden ser de dominio público o de organizaciones privadas que compran los terrenos para convertirlos en parques o bosques semi-públicos, que aunque parezca algo imposible de creer, en los Países Bajos hay varias de esas organizaciones, con cientos de miles de socios que donan dinero cada año para mantener una parte significativa del país fuera del alcance del PoZero y similares. Algunos de esos bosques son gigantescos y tienen centros de recepción de visitantes, con algún café, hacen rutas para caminar por los mismos y son los lugares a los que va la gente a pasear en otoño o invierno. También los hay que se pueden acceder con bicis o incluso con caballos y estos tienen sus propias rutas. En otras ocasiones, en lugar de bosque, crean zonas con el tipo de vegetación que hubo desde siempre en los Países Bajos y que se perdió en gran parte en el siglo XX (equis-equis), zonas con dunas, matojos, hierbas y matorrales. En esos lugares, la hierba y los matorrales se desbocan y para controlarlos, liberan un grupo de herbívoros grandes y ellos pasan por el lugar días, semanas, meses o incluso de manera permanente y se comen todo lo que crece demasiado. Uno de los bichos más populares para estos menesteres es la vaca de las tierras altas, un bicho escocés que acojona porque tiene unos cuernos gigantes, pero son muy pacíficos. Seguro que ya lo he contado en el mejor blog sin premios en castellano porque yo soy así de espléndido, pero repito la anécdota. Allá por el año 2000, al llegar a Holanda, los fines de semana que no iba a hacer turismo por Amsterdam y alrededores me iba en bici por los bosques. Uno de esos días, pedaleaba tan feliz a las afueras de Hilversum con mi polar rojo sangre, cuando llego a una pequeña loma, como de cuatro o cinco metros de alta, que esto es Holanda y aquí es todo casi plano y cuando voy a descender veo un bicho de esos con los cuernos mirando hacia mí y bloqueando el camino de bicis. Hice aquello para lo que se nos entrena en las Canarias, solo que sin palmera. Frené en seco, solté la bicicleta y me eché a correr en dirección contraria sin dignidad ninguna y si llega a haber una palmera, LA TREPO, que de algo tiene que servir el entrenamiento que seguimos para dicho menester en la escuela. Después el bicho se fue alejando, yo regresé a coger mi bicicleta, hice un giro de ciento ochenta grados y me alejé del mismo y en el trabajo pregunté a la gente y me explicaron más o menos lo que puse antes. Podéis ver una foto de uno de esos bichos que me tropecé en el bosque en invierno del año 2010 en la foto Búfalo en la nieve.

Cerca de mi oficina, en una de esas zonas pusieron cuatro bichos, que puedo confirmar y confirmo que este año no son vaca de las tierras altas sino algún otro tipo de vaca. En agosto, cuando paseaba por el lugar siempre los veía, o comiendo o tumbados a la sombra de un árbol relajándose. Uno de los días los pillé en movimiento, cambiando de escenario, buscando una nueva zona para pastar, aunque van con una pachorra que no veas, así que usé mi telefonino con Androitotorota de dos perras gordas y que casualmente tiene una especie de modo de V-Í-D-E-O a cámara lenta para grabar la estremecedora secuencia en la que adelanto a los bichos. Por motivos religiosos que no vamos a discutir, me niego a explicar el concepto de vídeo y de la acción que requiere del dedo ese con el que os sacáis los mocos para poder ponerlo en movimiento. Si eres incapaz de realizar la acción, te mereces una paga por acarajotao. La secuencia transcurre durante más de un minuto pero en el tiempo real fue muchísimo más rápida y de ahí viene el título de esta anotación, de esa percepción del tiempo que probablemente para esos bichos enormes sin acceso al CaraCuloLibro ni al Tuiterota y que ni si quiera son conscientes que truscoluña no es nación, es distinta.

A ritmo pausado
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Cuando aquel se quedó en silencio

Hace unas semanas vivimos una situación inédita y que tenemos que resolver ya mismo para que la próxima vez haya un protocolo de actuación clarito, clarito, como el agua de naciente. Todos sabemos que el mejor blog sin premios en castellano lo leen cuatro julays y comentan dos, aunque mayormente comenta uno y la otra va al rebufo. Esto es así desde hace la tira de tiempo, vamos, no desde siempre pero desde hace un montón.

Sucedió que el ancestral comentarista desapareció de súbito sin dejar una nota comunicando su ausencia como es de rigor. Simplemente, un día comentaba con su fertilidad habitual y al siguiente nada, ni al otro, ni al otro, ni más allá. Lo mismo sucedió en su blog, que se quedó congelado en una anotación. El módulo de comentarios de ésta bitácora está ahí mayormente para él y al dejar de comentar, nos quedamos con mi ego infinito y sin réplica. Tras un tiempo, la segunda comentarista indagó a través de comentarios pero resultaba que yo sabía lo mismo que ella ya que no hubo aviso previo y asumía que la diñó, solo que al movernos en el entorno digital y tal y tal, estamos fuera del grupillo que se entera y si ninguno de ellos lo anuncia al menos en los comentarios de su blog, pues no nos enteramos. En la segunda semana de silencio digital y tal y tal le hice una búsqueda al nombre que tengo de cuando enviaba las postales para ver si pillaba la esquela, si es que todavía se hacen esas cosas y entramos en la fase dos, el finiquito digital y tal y tal. Esto coincidió con mis vacaciones a Gran Canaria y en esos mismos días decidí que TRES SEMANAS es el límite tras el que se puede dar por finiquitado digitalmente a cualquier comentarista extremadamente regular que desaparezca. No parece existir un código de conducta que hay que seguir para dejar de comentar en bitácoras y la gente como que desaparece de súbito y en el pasado todos recordamos a Darliz, que desapareció digitalmente hace más de un año y a la que me refiero de cuando en cuando como la digitalmente difunta, ya que no sabemos si en la otra dimensión, que también es real, sigue de carne y hueso o allí también se desvaneció y o la enterraron o la quemaron o le congelaron la cabeza, como a Disney. Mientras estaba de vacaciones y antes de recuperar el contacto, determiné el protocolo a seguir en este caso con la fase dos. Como sé que tiene fotos suyas en sus anotaciones, la idea era saquear y afanar algunas de ellas y montar un vídeo de estos lacrimógenos con una música que ya tengo elegida y que no pienso rebelar. Por supuesto y conociendo sus gustos, el vídeo acabaría con un despegue, un avión elevándose al cielo y ahí terminaría. Mientras me atorraba en la playa de la Garita a base de bien y escuchaba audiolibros ya lo tenía todo maquinado cuando respondió al correo electrónico que le había mandado y tuvimos que posponer la operación.

Esto puede suceder en un futuro, que siempre esperamos que sea muy lejano pero que igual no lo es, así que confío que de la otra parte se hayan tomado medidas para que cuando le de el jamacullo, que alguien informe al menos a través de los comentarios de su blog de lo sucedido, o que se lo digan a la otra comentarista en el CaraCuloLibro del que está tan enganchada, que yo de eso no tengo.

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Otra vez helado

VW en versión esfera

El sábado estuve en Amsterdam para ir al cine y entre películas pasé por el Kalvertoren, un pequeño centro comercial en la calle Kalverstraat que recientemente ha sido remodelado y ahora lo llaman Kalverpassage, pero vamos, que sigue siendo una colección de tiendas en las que gastar tu dinero. El cambio más drástico parece ser que ahora, el pasillo por el que se circulaba es el Art Passage y lo están decorando con arte moderno, ese que se hace para HELARTE y que tiembles con el súbito bajón de temperatura corporal. La pieza principal era una esfera hecha con un VW escarabajo, aquellas preciosidades de hace mil años y que aquí un artista indonesio destruye y convierte en una bola, en la que aún se puede reconocer el coche pero que da pena, ya que esto, más que arte, es un atentado contra un objeto que ya era bello.

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Hey Joe tu pomada

Hey Joe tu pomada

Una de las cosas que hago siempre que paso por Gran Canaria es ir a la barbería, que ahora y gracias al modernismo y al CaraCuloLibro se llama peluquería pero que allí siguen afeitando a gente y cortando el pelo y tienen hasta la cosa esa que da vueltas con colores a la entrada, con lo que ha sido, es y será una barbería.

Mi cabezón lleva en las mismas manos una purriada de años, ya que llegué a ellos después del periplo del Éxodo, que hasta se escribió y se han hecho películas. Mi Éxodo no comenzó en Egipto sino en la calle Rosiana, donde yo iba a un barbero que además era testigo de Jehová y trataba de convertirme y me regalaba sus biblias falseadas y todo. Los nietos de este señor iban a mi colegio y de cuando en cuando jugábamos juntos, pero me acabaron cansando con tanto panfleto de su Dios y tal y tal, que entre su casa y la mía no había ninguna papelera disponible y cuando mi madre me los interceptaba, me echaba un rollo que no veas y hasta me amenazaba con llamar a Don Manuel para que me exorcizara o me diera una jalá, según le conviniera más. Volviendo al barbero, el éxodo llegó cuando a aquel hombre como que se le notaban demasiado los síntomas del Parkinson, que cogía la tijera y empezaba a agitarla alrededor de mi cabezón y yo me meaba allí de puro miedo, así que anuncié a mis padres que ni jarto de Clipper de fresa volvía allí. Entonces mi padre me llevó a su barbero, que estaba en la punta de abajo de la calle Luján Pérez, y que era un chamo muy dicharachero. Todo fue bien por un par de años hasta que el colega trincó un cáncer o algo así, seguramente porque respiraba tanta laca y durante unos meses lo sustituyó una chama. La japuta era mala, mala, mala, pelando y después de que una de las veces que fui me dejó peor que como entré, renuncié y continué el éxodo hacia la calle Faro, muy cerquita de ellos y en donde comencé con otro peluquero. Este tenía un asistente que después de unos años lo traicionó y montó su negocio en la cercanía pero yo seguí con él y su tropa, que tenía a tres jóvenes trabajando con él. Después, allá por el 2010 o así la palmó y de repente desapareció la barbería y dos de los barberos abrieron otra en la misma zona, también en la calle Faro, que es a la que voy desde entonces, con lo que pese a los cambios de ubicación, se puede decir que en el árbol de los barberos, continúo en mi tercera iteración. Es rara la ocasión en la que acudo y aquello está vacío, son muy populares y siempre está petado y hay que esperar. Cuando estoy allí sentado, matando el rato con las asombrosas conversaciones de las barberías, que son casi lo mejor del universo, enfrente de mi y colocado bajo el mostrador para que los que estamos sentado lo veamos está el cartel de la foto, ese que dice HEY JOE tu pomada y siempre que lo veo me parto de risa porque me imagino que al pobre Joe le tienen que dar por el orto que no veas y por eso va a todos lados con su pomadita, para que le duela menos.