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Macao

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Mi tercer día comenzó muy temprano. Me levanté sobre las siete porque tenía que ir al ferry para ir a Macao y quería llegar con tiempo. Salí y la calle estaba vacía, algo raro ya que hasta ese momento siempre había una multitud. Supongo que el domingo se lo toman más relajado.

El metro también iba vacío y llegué con abundante tiempo a la terminal del ferry a Macao, lugar en el que parecía que se habían juntado la mitad de los que han de atender el Juicio Final. Pregunté en una ventanilla porque no sabía si tenía que luchar con la multitud y me dijeron que fuera por la zona VIP. Allí pasé y ya pensaba que me ahorraba las colas cuando llegué a los mostradores de inmigración. Tuve que volver a rellenar el impreso de salida (ya que al parecer el del aeropuerto hay que entregarlo en el mismo) y para cuando había pasado faltaban cinco minutos para que saliera mi jet-foil, el cual iba petado de gente que a mi entender, iban a jugar a los casinos ya que Macao es el único lugar de China en el que está permitido el juego de ese tipo y esta gente está loca por los mismos. En el barco todos gritaban y se agitaban frenéticos y ni siquiera el meneo de las olas los calmó. Tardamos cincuenta y cinco minutos en llegar. Si tienes en cuenta el dinero que pagué, aún no entiendo como los de Transmediterránea los quitaron de la ruta Gran Canaria ? Tenerife, aunque supongo que los precios abusivos que cobraban tuvieron algo que ver. El servicio que tiene esta gente entre Hong Kong y Macao es de al menos cuatro barcos por hora en cada sentido y si es necesario se ponen más y salen llenos. Por la noche se reduce la frecuencia creo que a uno o dos por hora. El precio es muy barato, sobre todo si tenemos en cuenta que lo compré al final y sin descuentos de ningún tipo.

En la terminal de Macao tuve que pasar por la aduana de nuevo. Todo estaba escrito en Chino, Portugués e Inglés. Me llamó mucho la atención que tenían un mostrador reservado para minusválidos (la palabra en portugués es deficientes pero no creo que se refirieran a esos o todos podíamos haber pasado por la misma) y mayores de sesenta y cinco. Las chinas viejas se intentaban colar por allí y cuando les pedían la tarjeta de identidad o pasaporte gritaban y voceaban como ofendidas porque duden de ellas y cuando el funcionario finalmente lo miraba, las mandaba a las colas normales. Otras chinas (y chinos) se hacen los tontos e intentan colarse pero había un montón de policías que los placaban y los ponían al final. Pasé el trámite y añadí un nuevo sello a mi pasaporte que ya empieza a escasear de hojas libres.

Las de información turística me habían ayudado mucho y sabía en donde encontrar los autobuses, cual debía coger y demás, así que cuando salí y me asaltaron los taxistas y los tipos de los Tuk-Tuk, los ninguneé y me puse los auriculares para no escucharlos. También sabía que se podía pagar con dólares de Hong Kong y que te tienen que devolver el cambio en esa misma moneda. La diferencia entre ambos dólares es mínima pero por alguna extraña razón los chinos no han absorbido las monedas de sus dos últimas adquisiciones. Mirando más tarde en mi guía he descubierto que la razón es que el acuerdo con China, tanto del Reino Unido como de Portugal fue que ambas colonias mantendrán su estructura capitalista sin cambiar hasta cincuenta años después de la absorción, en un sistema denominado un país, dos modelos de sistema. En Macao las señales están en Chino y en Portugués (pero no en inglés). Por suerte para los españoles, el portugués es un idioma con el que nos podemos mover perfectamente por el lugar, al menos leyéndolo porque no vi gente hablándolo.

El autobús 15 me llevó al centro de la ciudad por unos treinta céntimos de euro. Yo era el único occidental ya que el resto habían caído atrapados en las redes de los touroperadores y similares y preferían que se lo den todo masticado. Para aquellos que hayan vivido en un universo paralelo, Macao fue una colonia portuguesa hasta diciembre de 1999 y en los últimos años se ha convertido en el equivalente a las Vegas de Asia, solo que aquí hay mar y la gente habla a gritos.

Comencé mi paseo en el centro de la antigua colonia, un lugar llamado Largo do Senado o la plaza del Senado, en la que por descontado se encuentra el edificio del Leal Senado, el cual se puede visitar gratuitamente. El nombre de Leal Senado viene porque se negaron en 1580 a ondear la bandera española después de que les diéramos candela a los portugueses y los absorbiera el reino de España. El edificio recuerda un montón al estilo portugués y ahora hospeda exposiciones de arte (o eso que llaman arte). En la misma plaza está la Santa Casa de Misericórdia, la cual no pude visitar porque no abren los domingos.

Desde allí me acerqué a la , la catedral, un edificio sin demasiado carácter en el que lo más relevante es que la misa era en portugués. Se nota que está decayendo el negocio porque no habían conseguido un lleno completo. Más interesante es la iglesia de São Domingos, construida en barroco del siglo XVII para los Dominicos. El exterior es precioso y el interior, aunque sencillo resulta también muy interesante.

Por la calle avanzaban enjambres de visitantes y todos iban en la misma dirección, hacia el monumento más famoso de la colonia y que por desgracia es una ruina. Se trata de la iglesia de São Paulo, construida en el siglo XVII por los jesuitas. La fachada, que es lo único que queda en pie, da cuenta de lo espléndida que tuvo que ser esa iglesia. Es de estilo español y de estar en pie, posiblemente sería una de las mejores iglesias de Asia. Por desgracia, después de que expulsaron a los jesuitas de la colonia la usaron para otros menesteres y un incendio en 1835 dejó únicamente la fachada. Por detrás de la fachada hay un museo de arte sacro y en la cripta han puesto los huesos y restos de algunos que estaban enterrados en la iglesia.

Justo al lado está la Fortaleza do Monte, un impresionante fortín que también pertenecía a los jesuitas. En su interior está en la actualidad el Museu de Macau, que repasa la historia del lugar desde el pasado hasta hoy en día. Desde la parte superior de la fortaleza hay unas vistas espléndidas de la ciudad y combinadas con los cañones las fotos quedan muy bien. El museo resulta bastante ameno y no se hace pesado.

Al salir del lugar me dirigí en dirección oeste hacia el templo de Hong Kung, el cual no tenía nada memorable. Mucho más curiosas eran las callejuelas que llevaban al mismo, llenas de casas destartaladas y que te hacían recordar a Oporto con tanta decadencia. Siguiendo con mi paseo llegué hasta la iglesia de Santo António, mediocre hasta el infinito y más allá en su exterior y en su interior. Al parecer esta es la cuarta encarnación ya que las tres anteriores han ardido así que imagino que se cansaron de hacerla bonita puesto que su Dios no la veía con buenos ojos.

Al lado de la iglesia está el Jardim Luís de Camões, un jardín tropical que se puede visitar lleno de terrazas con plantas y flores y que por ser domingo estaba lleno de gente que andaba por allí paseando y disfrutando del ambiente. El nombre le viene del poeta portugués del mismo nombre quien al parecer visitó Macao. Los jardines pertenecían a la mansión que está al lado y junto a ellos está el Cemitério Protestante, el cual se hizo porque se cansaron de que los chinos enterraran a sus muertos por todos lados ya que no lo podían hacer en el cementerio católico. Es muy bucólico pero no deja de ser un cementerio, con sus lápidas y demás. Hay una capilla en su interior y aparentemente, la parroquia la lleva una mujer sacerdote (supongo que anglicana).

Seguí por la calle y llegué al Museu dos Bombeiros con dos vehículos de apagar incendios de la época en la que Cristo aún andaba en la cruz y con un montón de fotos de los incendios que han asolado el lugar y sobre todo las casas de los pobres, que eran de madera y tendían a arder con facilidad.

En este momento me apetecía comer pero decidí retrasarlo y terminar la gira turística y seguí andando hacia el Cemitério São Miguel, el católico, entré pero salí con la misma. Muy cerquita está la biblioteca pública, en un edificio precioso de estilo colonial en una calle en la que todos los edificios son similares. La arquitectura de esa época era tan hermosa que no puedo entender como en lugar de respetarla y venerarla han acabado levantando esas moles amorfas en las que la gente se arracima.

Muy cerca está el Jardim Lou Lim Leoc, un jardín de estilo chino con sus laguitos, rincones idílicos y gente practicando artes marciales. Las chicas de la oficina turística me habían dicho que ese día era el único que abría en todo el año el faro de la isla y que de ninguna de las maneras me lo tenía que perder, así que llegué hasta la colina de Guia y me compré mi billete para el mini-teleférico que te ahorra el pegarte el palizón y subir. Es una especie de parque mezclado con cutre-zoológico en el que lo más relevante es la Fortaleza da Guia, de la que hay unos túneles en donde se refugiaban en los bombardeos y para almacenar munición y una pequeña capilla en la que restaurante han encontrado las pinturas originales. A su lado, un pequeño faro y como estaba abierto, para arriba. Se escribe fácil pero la ejecución fue complicada. La escalera es minúscula así que repartieron gente por varios puntos y se gritan unos a otros controlando el flujo. El problema es que a los chinos les dicen que tienen que bajar y ellos pasan de todos y en ese momento deciden ponerse a hacerse fotos, a hablar o a pensar en las musarañas y el resultado es que los tíos gritan y gritan sin que a nadie le importe y te quedabas atascado en cada tramo. De alguna manera conseguí llegar a la parte superior en la que éramos como treinta personas en un espacio minúsculo de un faro hecho hace la retira de tiempo y que me hizo temer por mi vida porque allí nadie tenía en cuenta el peso y dudo que lo hicieran pensando en un montón de gente visitándolo. Logré escapar y regresé al teleférico para bajar al nivel del pueblo y desde allí anduve un rato larguísimo hasta el restaurante que había elegido, uno de comida que mezcla la portuguesa con la local y que estaba recomendado en mi guía. En el camino paré de nuevo en la catedral para descansar y hacer fotos ya que con la misa no las pude hacer. El restaurante estaba en el quinto coño pero mereció la pena por la cigala crecida que me comí junto con un caldo verde. Salí de allí inflado y tras otro paseo volví al centro y compré el dichoso plato que mi madre siempre me obliga a conseguir y una camiseta y de paso me comí unas natas, dulce supuestamente importado de Portugal y que viene a ser un flan metido en algo de masa. Está rico y creo que lo probaré a cocinar cuando vuelva.

La zona del centro estaba animadísima, con una banda tocando en la plaza principal y miles y miles de chinos moviéndose sin orden ni concierto. Bajé hasta el Hotel Lisboa el cual tiene el edificio con el diseño más curioso y cachondo que he visto en mi vida. El interior es de decir ¡guau! y quedarte corto y el casino es brutal y abarrotado de chinos que juegan como locos gastándose todo el dinero. Estaba llenísimo.

Después de un rato noveleriando y como ya lo había visto todo decidí volver y tomé el autobús para ir a la estación de los ferrys. Les dije que me quería ir antes y no hubo problema. Volví a pasar el control de pasaporte, de nuevo esperando un rato y me dirigí hacia el siguiente jet-foil que salía. Tenían una zona reservada para los pasajeros que querían ir en lista de espera y te pones allí y se va entrando por estricto orden de llegada. Si tienes suerte consigues un sitio y si no pues a probar en otro ferry. En mi caso hubo suerte y salí una hora antes de mi salida oficial.

Llegué de vuelta a Hong Kong y tras volver a pasar el trámite de la aduana, pasé por mi hotel a dejar algo de carga y como estaba nublado opté por irme al mercado nocturno de Temple Street, en Tsim Sha Tsui. Como en los otros mercados, es de ropa falsa, imitaciones de relojes y bolsos y camisetas y similares.´También hay muñecos de Bruce Lee, películas pirateadas y demás. El mercado está bien pero lo mejor son los puestos que hay hacia la mitad con comida. Son unos cutre-restaurantes de marisco y pescado en el medio de la calle, con mesas y sillas de plástico. Me pedí un plato de langostinos, un arroz cocinado con tinta de calamar y un plato de mejillones que estaban para morirse. Lo acompañé de cerveza china, nada del otro mundo. El precio era de risa y salí como un boliche. Paseé un rato más por el mercado y después regresé al hotel para dar por concluido mi tercer día en Hong Kong.

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La isla de Hong Kong

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Después de tantas horas sin dormir cuando caí en el catre estuve en estado comatoso casi diez horas. Me desperté cerca de las nueve de la mañana (hora local, seis horas menos en los Países Bajos) y tras darme una ducha salí a la calle a desayunar. El hotel está en un edificio de veinte plantas y solo cuatro de ellas pertenecen al mismo y no tienen restaurante aunque al parecer un restaurante que está en la quinta planta del edificio puede suministrar comida. Salí a la calle y por todos lados tenía opciones para comer. Encontré un Delifrance y allí tomé un desayuno más europeo antes de comenzar mi andadura. Mi plan era recorrer la zona ya que es en la isla de Hong Kong en donde están casi todas las atracciones turísticas y en la península es más bien para comprar.

Fui hasta el muelle del Star Ferry por el que había pasado la noche anterior al volver del show de luces e hice unas cuantas fotos del otro lado de la ciudad y también de los rascacielos de la parte en la que me encontraba. Para llegar al ferry una vez sales de la estación de metro caminas por pasillos en el aire reservados a los peatones. Son enormes avenidas cubiertas que conectan todos los edificios y hoteles de la zona y vas pasando por ellos según la dirección que tomas. Está todo muy bien señalizado y salvo por el problema de esta gente a la hora de caminar, es fantástico. Los chinos parecen ser asíncronos, a veces reducen el paso sin motivo aparente, otras se embalan, de cuando en cuando comienzan a hacer eses y cuando entran en trayectoria de colisión no los detiene nadie. Si a eso añades que parece que la proporción de cojos es mucho más alta que en Europa y que estos últimos a veces se agrupan y prácticamente bloquean el paso mientras se bambolean, hay que tomárselo con calma cuando uno va por los mismos.

En el muelle de los ferrys además de cruzar al otro lado se pueden tomar otros que llevan en diferentes direcciones y salen y llegan continuamente. Solo el que va hasta la otra parte de la ciudad mueve unos cien mil pasajeros al día. La vista desde el lugar es más bien un homenaje a los grandes arquitectos de nuestro tiempo, cada uno de los cuales ha dejado su firma en uno o varios de los edificios. Destaca entre todos ellos la torre IFC2 que con sus cuatrocientos veinte metros es la más grande de la isla y la parte superior de la misma muchas veces ni se ve porque queda por encima de las nubes. Es tan alta que queda incluso por encima del famoso The Peak, el mirador desde el que hay unas vistas apabullantes de la ciudad. La zona del muelle está en obras masivas ya que le están haciendo un nuevo frente más turístico a la ciudad. Otro de los edificios que llaman la atención desde allí es el edificio HSBC, diseñado por Sir Norman Foster que si no recuerdo mal es un julay que empala a una cristiana española regularmente. El edificio tiene un diseño alucinante y que impresiona de lejos y de cerca.

Desde el muelle volví andando hacia la zona de este edificio y pasé por varios centros comerciales y por el interior del hotel Mandarin Oriental, uno que suele ganar con frecuencia el título del mejor hotel del universo conocido y en el que todo es opulento. La gente entra a mirar los baños públicos porque dicen que son espectaculares. Yo aún no he llegado a tanta curiosidad así que me temo que no puedo dar fe.

Salí del hotel frente al edificio HSBC, en la plaza Statue, en la que hay una estatua de Sir Thomas Jackson. La plaza es muy bonita y frente al hotel está el edificio LEGCO (cuando lo leí, mi cerebro formó la palabra LEGO), un superviviente de la época colonial construido en 1898. No se puede visitar por dentro pero merece la pena verlo. En la misma plaza tenemos el edificio HSBC y si de lejos es im-presionante, de cerca es im-pre-sio-nante. El edificio está suspendido en pilares y se puede subir al vestíbulo, el cual es de cristal y mirando desde la calle se puede ver un atrio fabuloso. En el nivel de la calle hay dos leones enormes de bronce que al parecer fueron lo único que salvaron del edificio antiguo que tenía el banco allí.

El edificio de al lado es del Banco de China y estos no se quedaron cortos a la hora de competir. Acaba con forma de cuchillo mirando hacia el cielo.

Desde por allí subí a la Saint John?s Cathedral, una iglesia no muy grande pero muy bonita construida en 1847. Entre tanto edificio mastodóntico, resalta por sus proporciones humanas. Cerquita estaba el funicular para ir al Peak y decidí subir ya que estaba más o menos despejado. Me compré un billete de ida y vuelta con acceso al mirador y por suerte no había cola así que en unos minutos estaba en camino. La subida es empinada, con tramos de 27º de pendiente. Tiene algo menos de un kilómetro y medio y te deja unos cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. Arriba construyeron la Peak Tower, un edificio de diseño horrendo que en su azotea tiene las terrazas para mirar. Estuve haciendo fotos hasta hartarme y cuando me cansé fui a la oficina de información al turista y me dieron un mapa para hacer una caminata alrededor de la montaña y que tomaba una hora. Fue un paseo muy agradable en el que hice un montón de fotos y disfruté con las vistas. Cuando regresé, almorcé en uno de los restaurantes que hay en un centro comercial junto al mirador y después tomé el funicular para volver a la parte costera.

Volví a pasar junto a la catedral de San Juan y seguí por Queen?s Road serpenteando de cuando en cuando en otras direcciones. Así pasé junto a un viejo edificio que en su época era el Old Dairy Farm y que hoy en día tiene un club exclusivo y por detrás del mismo llegué a Lan Kwai Fong, que lo único especial que tiene es que es un grupo de calles llenas de bares para los occidentales y es a donde va todo el mundo por la noche a emborracharse y decir boberías. No tiene nada de especial a la luz del día.

Pasé por varios centros comerciales y al final llegué al mercado central (Central Market), en donde mi capacidad para discernir olores se colapsó completamente. Enfrente del mismo salen unas escaleras mecánicas gigantescas llamadas (Central-Mid-Levels escalator link) que suben a la gente que vive o va de compras por la colina. Tienen ochocientos metros de largo, transportan unas 30.000 personas al día y solo hay una así que o la ponen de subida o de bajada según el momento del día y si vas en el sentido opuesto pues que Dios te asista subiendo o bajando. El viaje completo toma media hora usando las escaleras.

Alrededor del Central Market hay un montón de callejuelas con mercadillos en los que se venden ropa y chorradas y por supuesto, bolsos y relojes de imitación. Es un poco agobiante porque los pasadizos para la gente son muy estrechos y tienes a todo el mundo encima de ti continuamente. En esa zona también está el edificio The Centre, otro que merece la pena destacar por su diseño y que surgió de la imaginación del arquitecto Denis Lau. Es uno de los edificios que mejor queda en el espectáculo de luces nocturno.

Seguí por Wing On Street, otro mercadillo y por Wing Kut Street en donde hay más de lo mismo, aunque también hay coñas hechas con caligrafía y se veía que estaba más pensado para los turistas. Después me acerqué a la terminal del ferry para Macao, estuve en la oficina de turismo de esa isla y me dieron un montón de información. Sobre la marcha me compré mi billete para el jet-foil de las nueve de la mañana del día siguiente y decidí volver hacia la zona de mi hotel en uno de los tranvías de dos pisos curiosos que van desde esa zona a Wan Chai aunque primero me acerqué a ver el templo de Man Mo, muy decorado y por supuesto con incienso quemándose por kilos.  Alrededor del templo hay unos edificios enormes que lo aplastan.

Una vez en el tranvía, pasé de largo mi hotel y seguí hasta la zona de compras, con los grandes centros comerciales japoneses. En el sótano del Sogo me compré un montón de bollos deliciosos para desayunar al día siguiente ya que tenía que ir al ferry temprano. En la puerta del centro comercial había un chino como haciendo de cirujano con una paciente que no se movía, todo muy raro. Al parecer denunciaban el robo de órganos de gente pobre en el país. Les hice un par de fotos y me dieron un folleto en inglés. Después fui a dos calles que tienen otro mercado local, Jardine?s Bazaar y Jardine?s Crescent. Estaban petados de gente y como siempre se vendía de todo y se cocinaba por las esquinas. Los olores son muy intensos y la presión de la multitud resulta casi inaguantable.

Regresé a mi hotel, descansé un poco y para el anochecer quería volver a subir al Peak para ver la ciudad de noche. En lugar de ir con el tranvía tomé el autobús número 15 que pasa cerca de mi hotel y que resulta mucho más barato pero tarde más. Al llegar arriba estaba totalmente nublado (en realidad la nube descansaba en el lugar) y no se podía ver nada, así que opté por bajar, busqué un lugar para cenar y di por concluido mi segundo día en Hong Kong.

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El gran Buda de Lantau

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En el mostrador de información turística me pusieron al día de lo que tenía que hacer y gracias a la servicial chica fui directo a dejar la mochila en la consigna, me compré un Airport Express Travel Pass y salí a buscar el autobús S1 que hace una ruta circular hasta la estación de Tung Chung. El aeropuerto de Hong Kong es una pasada, posiblemente el mejor que he visto en mi vida. Además de Wifi gratuito por todos lados, es inmenso y al mismo tiempo acogedor. Las avenidas por las que caminan los pasajeros parecen autopistas y no se hizo pensando en llenarlo todo de puestos de venta justo en donde tienen que estar las personas. El aeropuerto tiene un montón de niveles y según lo que pretendes hacer vas a unos o a otros. Al salir a tomar el autobús me golpeó el calor. Venir de Holanda, con 9 grados cuando salí de mi casa y plantarme doce horas más tarde en otro sitio a 26 es un cambio drástico. En el autobús tenían el aire acondicionado en las condiciones óptimas para preservar pescado fresco pero a nadie parecía importarle. La guagua nos dio un paseo por las instalaciones del lugar antes de cruzar el puente que separa la isla del aeropuerto de la de Lantau y en la estación Tung Chung nos bajamos todos.

Desde allí sale el teleférico hacia el Monasterio de Po Lin que es en donde está el Gran Buda pero no comenzaba a funcionar hasta las diez de la mañana (y eran alrededor de las ocho en ese momento) así que opté por tomar el autobús número 11 e ir hasta Tai O, un poblacho de pescadores que tanto la Chinita como otro de mis compañeros me habían dicho que visitara. En la guagua todos eran chinos salvo por otro occidental que llevaba una Canon 5D Mark I. Aunque las distancias no son muy largas, la carretera sube un montón y serpentea por la costa y tardó casi cuarenta y cinco minutos en llegar. Este pueblo es uno de los asentamientos de pescadores más antiguos de Hong Kong y también tenían salinas.

Paseé entre chabolas, casas desvencijadas en las que malamente parece que se pueda vivir. En algunas de ellas un grupo de viejas jugaba a algo sin determinar y en otras las veías preparando comida o acumulando basura. El pueblo está dividido en dos, con una de las partes en otra islita y ambas se unen por puentes y también sobre el agua hay más casas. Aunque el sitio es pobre de vicio no notas ningún tipo de inseguridad y la gente no te mira como si fueras el pan para hoy, algo que sí que te pasa en algunas calles de Madrid o Barcelona (o las Palmas ??) Anduve por el mercado del pueblo alucinando con las cosas que comen. Secan pescado al sol y os podréis imaginar que el tamaño de las moscas es antológico. También había mucho gato a los que se les permitía pasearse por los mismos lugares en los que luego exponían los productos y los pescados y mariscos los mantenían vivos en peceras, algo que me llamó mucho la atención. Visité el templo dedicado a Kuan Ti, el dios de la guerra y uno al que la gente le reza para pedirle protección. Aunque era temprano, aquello ya apestaba a incienso.

Después fui a ver el templo de Hau Wong para el que tuve que caminar un ratillo por un callejón y por las calles de casas sobre el agua, llenas de perros, gatos sin cola y viejas sin dientes que me miraban con curiosidad. En el templo tenían una especie de barco, algunos huesos de tiburón y la cabeza de una ballena que se encontraron los pescadores al fundar el villorrio.

Tras ver lo que había que ver y como no tenía hambre (aún estaba embuchado con el desayuno del avión), volví a la parada de autobús y allí me encontré con el otro occidental. Seguramente ambos teníamos la misma idea, tomar el autobús 21 al monasterio Po Lin pero nos quedamos con las ganas porque ese día no circulaba y tuvimos que regresar en el 11 a la estación de Tung Chung. Allí me dirigí al teleférico en el que ya había cola y compré mi billete. Tras esperar unos quince minutos me tocó el turno. Caben unas ocho o diez personas sentadas y los llenan meticulosamente. En el mío, además de los chinos estaba el otro occidental, en nuestra tercera coincidencia. El recorrido es bastante largo y espectacular. Pasa muy cerca del aeropuerto y después sube hasta las cimas en las que está el monasterio. En total son unos veinticinco minutos. En el tramo final se podía ver el inmenso Buda sentado tocándose los mondongos.

Para cuando llegamos yo estaba deshidratado y hambriento así que lo primero que hice fue buscar el sitio en el que iba a almorzar, un menú vegetariano que incluía una sopa que estaba de cambarse de buena y un plato de verduras con langostinos y tofu (creía que los vegetarianos no comen marisco pero debo estar muy equivocado). Me quedé bien lleno y aproveché para comprar una botella de agua.

Una vez mi tripa estaba contenta, fui hasta el gran Buda, cuyo nombre científico es Tian Tan Buddha, el cual se encuentra al final de una escalera con 268 escalones y mirando hacia el monasterio. La figura es de bronce, tiene unos treinta y cuatro metros de altura y pesa 250 toneladas, según mi guía turística más o menos lo mismo que un Jumbo. Costó una purriada de millones y cuando se abrió al público después de consagrarlo en 1993 se convirtió en la mayor atracción de Lantau. Subí las escalinatas haciendo fotos a destajo y disfruté como un enano en el lugar.

Después fui al monasterio Po Lin y también es espectacular, sobre todo para lo que es habitual por Hong Kong. Es enorme y tiene dentro tres estatuas de unos tres metros de alto. Allí queman incienso por kilos cada minuto y la gente hace unas ofrendas ostentóreas que dirían algunos intelectuales.

Merodeé por el lugar, hice todas las fotos que quise y cuando me aburrí me dirigí de nuevo hacia el teleférico, en donde la cola de bajada era más considerable. Me metieron en uno en el que había seis rusas y al poco trajeron al otro tío y también lo entraron. En total nos cruzamos como cinco veces y ahí intercambiamos unas frases de cortesía. Si me lo vuelvo a tropezar otro día, le doy mi dirección de correo y le regalo un pase para ser mi amigo porque tanta insistencia del destino tiene que tener algún propósito.

La media horilla de bajada la pasé tratando de superar el cansancio del día gigantesco y cuando llegamos a la base salí escopeteado para coger el autobús circular que me llevó de vuelta al aeropuerto en donde recogí mi equipaje y me monté en el tren que me llevaría hasta la estación de tren de Hong Kong Central. Es un viaje de media hora en el que iba durmiéndome de puro cansancio. Allí tuve que esperar un rato para tomar un taxi que me dejó en el hotel, el cual está en el barrio de Wan Chai y se llama JJ Hotel.

JJ Hotel Hong Kong

Un rato más tarde salía a coger el metro e ir hasta Tsim Sha Tsui y disfrutar desde allí con la sinfonía de luces que hacen con los rascacielos. Aún no lo he comentado pero aquí se construye hacia arriba y los edificios de cincuenta plantas o más florecen como setas en el bosque. Ha habido también alguna guerra entre arquitectos y han hecho que la vista desde el otro lado de la bahía sea espectacular. La sinfonía quedó un poco desmerecida por la bruma pero aún así estuvo genial y después, paseé un rato por el paseo de las estrellas en el que la de Jackie Chan es la sensación máxima. La gente adora a ese hombre. La de Bruce Lee también tenía sus seguidores pero ni punto de comparación.

Totalmente agotado volví al hotel y así acabo mi primer y larguísimo día de vacaciones en Asia. 

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El comienzo de otro gran viaje

Parece que fue ayer cuando fui a Malasia pero ya ha pasado un año y durante ese tiempo he tenido frecuentes picores que me instaban a volver a ese país o alguno de los alrededores.

Es una tierra tan increíble, tan distinta a lo que conocemos que solo se puede ver para creer. La semana pasada, después de meditarlo durante ocho o diez horas decidí comprarme un billete e ir hacia ese lado del mundo.

Como siempre, las señales están ahí para quien las quiere ver. KLM había puesto ofertas de vuelos muy baratos pero al mirar descubrí que por un poco más podía ir vía Hong Kong y salir unos días antes y así llegué a comprar mi billete con Cathay Pacific.

Los preparativos son siempre estresantes, apilando cosas, sabiendo que olvidas otras y desechando todo lo que puedes para evitar cargar mucho ya que si hay algo que aprendí es que lo de mochilero puede ser muy cansado si tu mochila está requintada de cosas innecesarias. La mañana del día de mi partida me desperté una hora antes de que sonara la alarma. Mientras dejaba pasar el tiempo aproveché para escribir un poco y también para pensar en posibles cosas que me dejaba atrás.

Después de levantarme, desayuné, me duché e hice un repaso final de todo lo que llevo. Las dos mochilas abultan un montón pero no son demasiado pesadas y se pueden cargar sin problemas. El año pasado recuerdo que vi una chica en las islas Perhentian que llevaba una mochila más grande que ella, una cosa monstruosa que nos gritaba que hay algo mal en esa mujer si su equipamiento mínimo es tan pesado. Yo tengo dos lados: con la cámara me dejo ir y añado peso y con la ropa y lo demás lo elimino.

Antes de salir de mi casa hice una ronda para comprobar que no queda nada enchufado, ajusté la calefacción para que no funcione y visité a mis vecinos para que sepan que han de echar un ojo a mi reino. Después cogí las dos mochilas, volví a mirar por si acaso y cerré la puerta. Ese es siempre el paso más difícil, el momento en el que dudas y se te cruza por la cabeza el dejarlo todo, esconderte y decirle a todo el mundo que estás de viaje mientras en realidad estás en tu casa. No dura más de un instante pero es un punto significativo ya que ahí vences a tu miedo, lo pones en su sitio y desde ese momento sabes que lo que quiera que suceda, será una aventura que no te querrías perder por nada del mundo.

Mientras esperaba por la guagua mandaba mensajes a los amigos y comenzaba la ronda de despedidas telefónicas. Ya en la estación compré mi billete y me senté en el primer vagón, el cual iba vacío. Ese jueves es festivo en los Países Bajos, uno de los cinco escasos días de fiesta que tenemos este año. Creo que se celebra la ascensión de un julay o algo así, no lo tengo muy claro porque no soy religioso y particularmente no sigo a esa secta que cuando ven un niño se les pone como un garrote y se lanzan a por ellos. El tren me llevó en media hora al aeropuerto y allí busqué el mostrador de facturación de Cathay Pacific, el cual encontré sin problemas. No había cola y aunque solo quedaban dos horas para la salida del vuelo, la cosa estaba tranquila. Inmediatamente pasé el control de pasaportes y me acerqué a la puerta desde la que salía mi avión, un Boeing 747 enorme y en el que yo iría sentado en la penúltima fila. Seguí con el festival de despedidas de los amigos que sé que me echarán de menos, esos con los que hay un contacto frecuente y con los que comparto todo tipo de vivencias. El Niño me reprochó que tendría que ir al cine solo durante tres semanas y mi amiga la Chinita me mandó un montón de correos con información útil sobre Camboya, ya que ella estuvo por allí en diciembre del año pasado.

Al entrar al avión, busqué mi rinconcito, monté mi tinglado y lo que viene después son once horas de tedio, ver películas, escribir un poco, dormir, caminar, volver a dormir y demás. Los sillones de Cathay Pacific son algo raros y en lugar de reclinarse hacen otra cosa que evita que el de delante te ponga su pelo en la cara. Cuesta acostumbrarse pero me gusta. Por lo demás, el servicio a bordo es excelente, tienen buena comida y si no fuera por las turbulencias que de cuando en cuando te despiertan, el vuelo sería una delicia. Y vaya si hubo turbulencias. El piloto directamente desistió de encender las luces y por allí caminaba la gente como si no nos estuvieran agitando en una coctelera. Las últimas cuatro horas, con meneo o sin meneo las pasé durmiendo.

Llegamos a Hong Kong a las siete de la mañana, pasé el control de pasaportes, recogí mi mochila facturada y me acerqué al mostrador de información. Como era muy pronto para ir al hotel y estaba en una de las zonas que quería visitar había optado por dejar en consigna el equipaje y hacer una escapadita de unas horas que contaré en el próximo capítulo …

El relato de este viaje continúa en El gran Buda de Lantau