Tai O

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Tai O, originally uploaded by sulaco_rm.

Cuando fui en el 2010 a Hong Kong, mi avión aterrizaba a primera hora de la mañana (o más bien a primerísima hora) y como debía esperar un tiempo hasta poder entrar en el hotel, en lugar de irme a la ciudad y comenzar a patearla, opté por visitar un par de lugares en la isla de Lantau (junto a la que está la nueva isla del aeropuerto). Comencé por Tai O, un pequeño villorrio con casas de pescadores hechas en madera y que definitivamente no es lo que le viene a uno a la cabeza cuando le nombran Hong Kong. Este pueblito se conoce como la «Venecia de Hong Kong» y aunque se puede considerar un destino turístico, éramos dos personas las que lo recorríamos haciendo fotos esa mañana. El lugar es muy curioso y caminas muchas veces por plataformas de madera sobre el agua.

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El gran viaje de regreso a casa

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Después de veintipico días durmiendo en hoteles y moteles, comiendo en restaurantes y en donde se tercie y visitando lugares exóticos, el gran regreso a casa es algo que apetece. Al haber elegido una compañía que volaba por Hong Kong, mi regreso constaba de dos etapas y en total, incluyendo los tiempos de espera en aeropuertos y demás, rondaba las veinte horas.

En el hotel me permitieron dejar la habitación tarde, algo que es de agradecer. Me levanté temprano, como parece ser la costumbre por aquí y bajé a desayunar. En el restaurante estábamos unos pocos europeos y un grupo de hindúes. Estos parecía que estaban en la ?ltima Cena. Eran como una banda de langostas que cuando atacaba la zona de comida, la vaciaba, llevándose platos a reventar de los que no se comían todo pero que dejaban para traer otros nuevos a su mesa. El resto los mirábamos con curiosidad, diversión y desprecio a partes iguales. Por supuesto que se quejaron y querían hablar con el gerente el cual no les hizo caso porque él también es hindú. Mi desayuno fue bastante frugal ya que viajando te atiborran a comida y no me apetecía estar todo el día como un globo. Ese día me tomé la última pastilla para la malaria o el Cólera, la rabia o el tifus o la lepra, ya no lo sé. Tras el desayuno subí a coger mi cámara y me acerqué de nuevo a las Torres Petronas. El cielo tenía un color azul intenso y quería hacer unas cuantas fotos de día con el objetivo gran angular. La noche anterior la esposa de Mr. Hyde me había dicho que hay un túnel entre el Centro de Convenciones y la torres y traté de encontrarlo. Este es el descubrimiento del milenio ya que hace que salvo por unos cien metros hagas todo el recorrido bajo la bendita influencia del aire acondicionado y eso, con treinta y pico grados se agradece. Entré en el centro comercial Suria que está en la base de las torres por el sótano y después salí a la calle e hice más o menos el mismo recorrido que la tarde/noche anterior y posiblemente las mismas fotografías, solo que en esta ocasión con luz diurna.

Al ir a la parte delantera del edificio los taxistas me gritaban como poseídos tratando de llamar mi atención para pegarme la clavada y estafarme. Yo iba con mis auriculares haciéndome el loco y ninguneándolos hasta el infinito y más allá. Una vez terminada mi aventura fotográfica, regresé al hotel e importé las imágenes en mi portátil para elegir la que iba a enviar a la familia y amigotes. Tras esto, repartí todo sobre las camas, me puse el bañador y salí corriendo para la piscina para pasar allí las dos horas siguientes. Parte de la piscina estaba a la sombra de los edificios enormes que rodean el hotel y en ese lado se concentraban los chinos, que huyen de los rayos del sol como de la malaria. Los europeos nos agrupábamos en el que un sol de justicia nos regalaba su luz y su calor.

Alrededor del mediodía subí a la habitación, me duché y comencé a hacer el equipaje. En mi bolsa a prueba de agua metí toda la ropa sucia incluyendo el bañador mojado. El resto fue ocupando su sitio y en menos de quince minutos tenía mis dos bolsos llenos con todo y con los cepillos de dientes que regalaban en el hotel, los champús y todo los productos de higiene minúsculos que me vienen perfectos para pequeñas escapadas. Cuando estaba por bajar a la recepción me llamaron para informarme que mi limusina ya había llegado. En Malasia tienen un concepto de los taxis muy relativo. Si son específicos y no de los que van por las calles normalmente los llaman limusinas pero sigue siendo el mismo coche Protón a gas. Bajé y en recepción me indicaron que un tipo que parecía un ogro de grande era mi conductor. El hombre tenía un cuello más grande que mis muslos.

Subí al coche y los siguientes tres cuartos de hora los pasamos hablando y explicándole que hoy en día, las marcas comparten las fábricas y de las mismas salen varios modelos. No se lo podía creer y llamó a su primo para que escuchara mi explicación y así restregarle que en realidad sus lavadoras eran de la misma factoría. Me contó que es de Melaka y que su familia vive allí. Le alegró mucho el saber que me ha parecido una de las ciudades más bonitas de Malasia y me dijo que la próxima vez que vaya tengo que llamarlo y él me enseña un montón de rincones que seguro que no vi. Por supuesto que esto nunca pasará porque ni siquiera tengo su teléfono. El coste total del viaje al aeropuerto, el cual está a unos 75 kilómetros de distancia fue de 64 ringitt o unos dieciséis euros. A medio camino paramos en una gasolinera para repostar gas y aluciné porque no para el motor para hacerlo. Unos seis litros de gas le costaron 4 ringitt. Desconozco la distancia que podrá recorrer con esa cantidad de gas ??

Al llegar al aeropuerto los mostradores de facturación todavía estaban cerrados así que aproveché las máquinas para sacar las tarjetas de embarque y dejar para más tarde lo de facturar la mochila. Los asientos los elegí a conciencia. En el viaje a Hong Kong voy en la primera fila para tener más espacio y mover las piernas y lo mismo en el viaje a Ámsterdam.

El Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur (KLIA) es espectacular y muy agradable y además tiene Wifi gratuito por todos lados así que la espera se me hizo muy tranquila navegando por internet y matando el rato. Al ver que las empleadas estaban tomando posiciones me puse en la fila, el primero. Una china se plantó delante mía haciéndose la lolaila y mandó llamar a su marido con tropecientas mil cajas y maletas. Yo mantuve el contacto de ojos con la empleada del mostrador y cuando empezó a trabajar mandó a tomar por culo a la china y me pidió que fuera el primero. La China echaba fuego y humo por las orejas de rabia pero no pudo hacer nada y más sabiendo que se pasó por el forro de la pipa del coño la línea que se había formado.

Tras facturar, hice unas cuantas fotos en el aeropuerto, cambié parte de la moneda local a euros y me comí una micro-hamburguesa porque tenía algo de hambre y eran las tres y pico de la tarde. Después crucé el primer control de seguridad, el control de pasaporte en donde el empleado me recordó que España es el país que ganará el mundial de fútbol (me pregunto si seguirá en la lucha para cuando aparezca esto publicado o incluso si habrá ganado) y después de añadir un nuevo sello a mi pasaporte crucé el segundo control de seguridad, en el que todavía te dejan pasar líquidos.

Tras este estás en la terminal de salidas propiamente dicha y tomé el tren que me llevaba hacia la terminal remota desde la que salía mi avión. Ya la conocía del año pasado y tengo que reconocer que la han reformado y han puesto un montón de tiendas nuevas en las que por supuesto no compro nada porque son libres de impuestos pero con precios abusivos. Llama la atención que en las tiendas de ropa y complementos para señoras atienden unos callos malayos de vomitar de asco, unas musulmanas de esas que se ponen el trapo de limpiar el piso alrededor de la cabeza y que parecen sacadas de una aldea de orcos o mismamente de Vecindario en Gran Canaria. Había una que pedía a gritos un bozal porque parecía un Pittbul. Imagino que las eligen así, del lado de los orcos para que las tías que compran no se sientan intimidadas ya que en las tiendas de ropa y complementos para caballeros ponen unas pencas increíbles que te la ponen dura solo aleteando las pestañas, unas tías que más que vendedoras parece que están allí para que les taladres el potorro y sudes un poco con ellas. Me reía por lo bajini con mis pensamientos barriobajeros cuando llegué al lugar en el que hay unos asientos que permiten tumbarte y con una buena conexión Wifi. Me puse a enviar correos y a lanzar hacia el universo de Distorsiones todas las anotaciones de los días anteriores que no aparecerán hasta el veintipico de junio cuando un grupo de empleados del aeropuerto hindúes llegaron al lugar y uno de ellos se sentó a mi lado directamente a mirar la pantalla, en un acto de violación de intimidad que merece un juicio y pena de muerte. El hijoputa apestaba a sudor hasta niveles que no se pueden cuantificar y le tuvo que tocar un montón los güevos verme ignorarlo completamente y seguir escribiendo porque eso era lo que estaba haciendo y en la pantalla solo habían letras y palabras en español que no podía comprender. En un momento determinado se aburrió y se volvió al árbol del que debe colgar en la selva. Quiero recordar que después de los cabezudos de los coreanos, los hindúes ocupan la segunda posición en mi lista del eje del Mal y no seré yo el que llore por ninguna de esas sub-especies si algún Dios decide un día erradicarlas del universo y restaurar el equilibrio.

Me despisté y para cuando me di cuenta ya casi era el momento del embarque así que recogí mi chiringuito y me acerqué a la puerta. Lo bueno de llegar tarde es que no había cola. Pasé el control de seguridad y me pusieron en un pasillo de la sala de embarque. Lo tienen muy bien organizado y van abriendo pasillos según la zona del avión con lo que evitan a los que se quieren colar y se hacen los tontos cuando llaman a otras filas. Al ir andando al avión una señora china que está más cerca del reino de los muertos que del de los vivos corrían despatarrada como si le fueran a quitar su asiento. Mi teoría sobre el porqué andaba con las patas abiertas es que se endiñó por la pipa del coño la botella de agua para que no se la quitaran y no quería sacársela hasta estar en la zona segura del avión.

A mi lado se sentó una pareja con dos niños pequeños y me imaginé que una vez estábamos en vuelo les pondrían la cuna para que al menos uno de ellos pueda dormir, lo cual no me preocupaba ni lo más mínimo porque quería aguantar despierto hasta el segundo vuelo y así ir adaptándome al horario europeo. Crucé los dedos y deseé que los chiquillos lloraran con ganas las tres horas para así no caer en la tentación del sueño.

Cuando iban a explicar las boberías de siempre, lo de los salvavidas y las puertas de emergencia, una de las azafatas se vino junto a nosotros y lo dejó todo en el suelo. Al agacharse para recoger el cinturón por culpa de la micro-falda que usan de uniforme y la dirección de sus piernas, ante mí quedo expuesta su almendrilla. Creo que ella se dio cuenta y miró para mi y sonrió. Al levantarse me fijé en la chapa con su nombre y vi que se llamaba Almendra, lo cual le viene como anillo al dedo. La señorita Almendra se portó conmigo como una campeona y se deshizo en atenciones durante todo el vuelo.

A la hora de la comida, los dos niños estaban con el mal de San Vito y no se paraban quietos. Yo a esas alturas ya había deducido que eran gemelos. La chiquilla estaba con la madre sentada a mi lado y las azafatas le pusieron la cuna pero la niña no entraba allí ni con calzador, estaba ya un poquito talludita para una cuna de bebé. La azafata sacó mi mesa del brazo del asiento (os recuerdo que iba en la primera fila) y al hacerlo le trilló los dedos a la puta niña que no dejaba de moverse. Ahí sí que comenzó a gritar y llorar y empezó la fiesta. En las siguientes dos horas los chiquillos no pararon de correr por el avión, gritar, saltar al asiento de detrás y hacer todo lo que les vino en gana mientras el padre pasaba olímpicamente y la madre controlaba uno y se le escapaba el otro.

Al aterrizar el niño casi se va corriendo por el avión mientras tomábamos tierra. Una vez en el aeropuerto de Hong Kong, pasé por un mini control de seguridad y entré en la mega-hiper-terminal. Está claro que este aeropuerto lo hicieron pensando en los pasajeros. Además de increíblemente agradable es práctico y lo encuentras todo fácilmente. Me pregunto porqué no le pagaron un viaje al pollaboba que hizo la nueva terminal de Madrid Barajas para que aprenda algo.

Tenía veintitrés dólares de Hong Kong de mi paso por allí (unos dos euros) y los usé para comprarme un helado y un trozo de tarta de manzana. Después me acerqué a uno de los numerosísimos puntos con enchufes para que puedas recargar tus aparatos electrónicos, me conecté al Wifi gratuito del aeropuerto y maté dos horitas navegando y charlando con lo amigos.

El embarque de los Boeing 747 de Cathay Pacific es alucinante. Lo hacen en un periquete. Yo estoy acostumbrado a la hora larga que les toma a los de KLM hacer la misma tarea y todavía no me termino de creer que puedas hacer lo mismo en quince minutos pero es cierto, lo he vivido dos veces. De nuevo tenía una fila sin nadie delante, con más espacio para las piernas y con una buena separación del tipo de al lado ya que en esa fila la mesa está en el reposabrazos.

Despegamos y nos trajeron la cena casi al momento para que la gente se acueste a dormir. Yo me tomé cuatro pastillas para el sueño, me puse la almohada del cuello y el antifaz para los ojos y así maté las siguientes seis horas. Me desperté todo doblado porque dormir en los asientos de los aviones es criminal. Después seguí dormitando un par de horas más, a ratos despierto y a ratos dormido. Me levanté, paseé, comí galletas y chocolatinas que dejan en varios puntos del avión para los pasajeros y también me dediqué a ver episodios de las series que tenía conmigo.

Dos horas antes de llegar comenzaron a despertar a la gente, abrir las ventanas y a servir el desayuno. Después vinieron las maniobras de aterrizaje y el Gran Pájaro se posó en el aeropuerto de Schiphol alrededor de las seis y cuarto. Como estaba en la parte delantera no tardé mucho en salir y mientras leía mi correo me acerqué al control de pasaportes y después fui a buscar mi mochila, la cual eligió salir pronto y así, a las 7.58 estaba en un tren Intercity que me llevaba a Utrecht y a las ocho menos cuarto entraba en mi casa después de veinticinco días fuera. Largué los bolsos, me di una ducha, me vestí, cogí mi bicicleta y me fui a trabajar y así acabaron las vacaciones y el relato de las mismas.

Fin.

Tránsito de Hong Kong a Kuala Lumpur

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Como en mi viaje anterior hay días que son de transición y en ellos cambia el escenario. Este es uno de ellos ya que por la tarde a primera hora volaba a Kuala Lumpur. Aún así, me dio tiempo a ir a la oficina de correos de Wan Chai y enviarle a mi madre los regalos que le compré y de paso visitar el templo de Hung Sheng, el cual es pequeño y está construido directamente en la roca. Está dedicado a Hung Sheng, el cual viene a ser el patrón de los pescadores gracias a sus dotes para predecir el tiempo. Desayuné por la zona y después me di un paseo por el mercado de Wan Chai pero tuve que salir pronto porque en algunos puestos (particularmente en aquellos en los que hierven carne de todo tipo) el hedor es insoportable.

Más tarde volví al hotel, hice la maleta y tomé un taxi para ir a la estación de tren en donde tomé el expreso que lleva al aeropuerto en media hora. Se puede facturar en la misma estación y eso fue lo que hice para ahorrarme el cargar con dos mochilas. En el aeropuerto busqué la oficina de correos y me mandé a Holanda la guía de Indonesia, un ladrillo de más de un kilo que como no voy a usar no quiero estar cargando. Después pasé los controles de seguridad y pasaporte y me senté en la fantástica terminal a esperar el avión mientras navegaba por el WiFi gratuito que hay en el aeropuerto (y que también hay por toda la ciudad).

Pensaba que sería un avión pequeño pero me equivoqué. Era un Boeing 777-300 que iba lleno hasta la bandera y que después de Kuala Lumpur hace escala en Penang para regresar a Hong Kong, así que intuyo que al volver a los Países Bajos pararé en Penang ya que el avión es el mismo.

El vuelo se me pasó muy rápido, escribiendo todo lo relativo a la estancia en Hong Kong ya que entre mis planes para el día siguiente estaba el mandarme por correo la guía de Hong Kong y Macao y así seguir aligerando equipaje.

De entre las reflexiones finales de esta parte de mi viaje, sé que volveré a Hong Kong porque me quedó mucho por ver y porque es un punto perfecto para alcanzar otros destinos. Me gustó lo seguro que resulta todo, lo fácil que es moverte con el transporte público y lo bien que se come (si te gusta el marisco). En el lado menos positivo está el agobio con tanta gente y lo rudos que son cuando se mueven (sobre todo en el transporte público). También la gente parece un poco gritona y aunque muchos dicen que hablan inglés, si les preguntas algo o no te entienden o te responden algo que tú no entiendes pero de esto me culpo a mí mismo y a mi inglés más diseñado y orientado hacia otros acentos de esa lengua. A veces resulta difícil encontrar la información (porque solo está en chino) pero con una buena guía turística se suple y no hay más problemas.

Al llegar al aeropuerto de Kuala Lumpur llovía con fuerza y como la cola de control de pasaportes era apoteósica, aproveché para conectarme al Wifi gratuito del aeropuerto y lanzar otra andanada de anotaciones que escribí mientras esperaba en Hong Kong y volaba. En el momento en el que leáis esto habrán pasado diez días desde que lo escribí, lo cual os puede dar una idea de la cantidad de contenido que he ido escribiendo.

Una vez terminados los trámites de inmigración, tomé el tren Express que lleva a KL Sentral, la principal estación de trenes de la ciudad y allí cogí un taxi para mi hotel. Tuve que pagar los más caros porque en el mostrador de los ?económicos?? tenían un cartel diciendo que por la lluvia la espera era de unos cuarenta y cinco minutos. El taxista se metió en el tráfico e intentó hacer una pirueta y colarse por donde no debía pero la policía estaba en el lugar y terminó dando un rodeo del quince hasta dejarme en el hotel, algo que no me preocupaba demasiado porque el precio es fijo.

En la recepción, la chica me pidió el ?voucher?? (¿alguien sabe como se dice en español?), el cual no tenía y tuvimos que ir a los ordenadores que tienen para que los clientes se conecten a Internet, entrar en mi correo e imprimir el correo de confirmación, que no es ningún tipo de factura. Esto que suena rápido tomó algo de tiempo porque delante de mi en la cola había unos hindúes intentando que les cambien la habitación sin razón aparente y esa gente es incansable en estas tareas y solo cuando la empleada los mandó al carajo y los reenvió a su jefe, el cual también era hindú, pudo seguir con la cola de clientes. Me asignaron una habitación en la planta 24 y cuando tomé el ascensor y llegué a la misma, veo que la numeración va de la habitación 01 a la 35 y yo tengo la 36. Vuelta a la recepción y allí me explicaron que el hotel tiene una numeración extraña y las plantas de fumadores están marcadas con números raros. Resultó que mi planta es la 24a y mientras subía y miraba los botones de los números vi que no tenían demasiada lógica, se saltaban algunos y en otros los llenaban de letras, como la planta 35, la cual tiene el 35, 35a, 35b y 35c.

La habitación es grande pero se ve que el hotel está más pasado que el coño de la Veneno. El baño tiene un retrete de la época en la que Torrebruno triunfaba en la única televisión que había en España y el aire acondicionado pasó sus días de glorias tres o cuatro años atrás y ahora a lo único que aspira es a lanzar una brisa de aire fresco cuando lo pones a la máxima potencia.

Bajé a la recepción y allí me encontré con Mr. Hyde, el cual vive ahora en Kuala Lumpur y acompañado de su esposa fuimos a cenar a un lugar que ellos llaman el Steamboat y en donde te ponen una sopera eléctrica grande en la mesa, la sopera está dividida en dos y tienes una mitad con sopa de pollo y la otra con una picante y después vas echando en cada sopera la pitanza y lo cocinas antes de comértelo. Estaba muy rico. La pitanza consistió de verduras, fideos, marisco y pescado que dieron para casi hora y media de sopita.

Luego me dejaron en el hotel y así concluyó mi día de transición. Volveré a ver a Mr. Hyde al final del viaje, cuando regrese a Kuala Lumpur antes de seguir camino hacia Hong Kong y Ámsterdam.

El relato continúa en Las cuevas Batu y una de piscina

Kowloon

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

La península que está frente a la isla de Hong Kong se llama (o le dicen Kowloon), la transformación inglesa de la fonética de la palabra nueve dragones. En esta parte de la ciudad están los principales mercados y es la zona en la que los turistas van a comnprar, comprar y comprar más. Básicamente es lo que hay en esta parte de la ciudad.

Comencé alejándome lo más posible para ir volviendo desde ese lugar y mi primera parada fue el templo Wong Tai Sin el cual se construyó en 1973 y es el mayor de los templos taoístas de Hong Kong. Está dedicado a Wong Tai Sin, del cual trajeron un retrato a Hong Kong en 1915 que es la reliquia que tienen allí. Millones de personas pasan por allí cada año. Este dios fue un mítico niño pastor que tenía poderes para curar y es famoso porque da buena suerte a los jugadores, así que ya os imaginaréis quienes son los que se pasan por allí a quemar incienso a destajo. El templo es enorme y la visita está muy bien organizada. Aún más espectacular que ver el cuadro es la gente que está realizando sus oraciones y quemando el incienso. Es fascinante. En el templo hay otros altares y por detrás está el Good Wish Garden (Jardín del Buen Deseo), otro jardín típico chino al que hay que pagar 20 céntimos para entrar y en el que se alternan laguitos con puentes y rincones tranquilos. Me gustó más el jardín que el templo en sí mismo. Entre ambos hay una zona del templo llena de adivinadores y herbalistas (lo cual yo traduzco como curanderos). Los primeros te dicen si vas a tener suerte y aparentemente algunos hasta son buenos en su trabajo y de los segundos no puedo decir nada.

Desde allí retrocedí hasta Mongkok, una zona de la ciudad que hasta hace unos años estaba llena e bloques inmensos y controlada por las tríadas pero que ahora bulle de actividad con los mercadillos aunque aún se pueden ver esas colmenas en las que se arracima la gente. La zona es muy segura. Comencé en el mercado de las Señoras (The Ladies? Market) en el que se vendía lo de siempre y en cada puesto alguien te enseñaba un panfleto con relojes y bolsos y te preguntaba si querías comprar relojes, bolsos o carteras de imitación. En los diferentes puestos tienes tus calzoncillos Calvin Klein a precio de risotada, tus gafas Rocío Jurado por medio penique o ese bolso que vale miles de euros y que allí no supera los quince. Está lleno de extranjeros que pululan mirándolo todo y regateando para conseguir mejores precios. Las camisetas estaban tiradísimas de precio y lo mejor es mirar y comparar precios antes de entablar la conversación con alguno de los vendedores.

En una calle paralela está llena de tiendas vendiendo productos de electrónica, supuestamente auténticos y a buen precio. Me compré una bolsa para la cámara (sin marca) por cuatro perras gordas que me permitirá salir con la cámara y un objetivo sin tener que cargar toda la mochila. Tiene un buen tamaño y en ella entra con holgura mi 24-70mm que es como un cañón gordo y grande.

Siguiendo por la calle del mercado de las Mujeres, llamada Tung Choi se llega al Goldfish market, el de los pececillos de acuario. De repente la calle se llena de tiendas con acuarios y bolsas pequeñas en las que hay peces, tortugas, plantas y de todo para montarte tu fantástico acuario. Este me pareció fascinante y he de reconocer que lo disfruté mucho y al llegar al final de la calle, muy cerca está el Flower Market Road o la carretera con el mercado de las Flores, en donde pasamos de los peces a las flores y en particular a los puestos en los que se venden ramos y adornos para las novias.

Continúas avanzando por la calle y al terminar te encuentras con el mercado de los Pájaros (Bird Market), en un edificio con un jardín en el que se venden miles de pájaros y a donde la gente trae sus pájaros en jaulas para ponerlos junto a los otros y que así canten. Al parecer, sacar a tu pájaro a pasear y cantar es un pasatiempo muy popular entre la gente ya mayor de Hong Kong y efectivamente, por allí andaban. Esto sí que resultaba curioso.

Después me desplacé hasta el Kowloon Park, una parque en el centro de la zona de rascacielos muy popular entre los locales. Caminé un poco por allí y fui a comer a un local de Dim Sum recomendado por mi guía y llamado Tao Heung. Según la guía tenían el menú en inglés y efectivamente, junto con todos los papeles que te dan para pedir me dieron uno con las cosas en inglés. Me sentaron en una mesa con vistas al parque y la llenaron con niñas de algún colegio cercano y empleados de algún negocio de los alrededores. Todos se portaron muy bien y me ayudaron a elegir y lo organizaron todo para mí. Tenía una selección fantástica de Dim Sum que devoré con ganas y que me costó en total cuatro euros. Al salir me acerqué a la zona cercana al embarcadero del Star Ferry que es por donde están los monumentos. Aparte de las vistas del otro lado, por allí está la mole horrenda del Hong Kong Cultural Centre, un edificio sin ventanas que más bien parece un muro. A su lado está la torre del reloj (Clocktower) de cuarenta y cinco metros de alto y que se debe estar preguntando qué hizo mal en otra vida para que la castigaran con ese edificio.

Siguiendo por el paseo te encuentras con el Paseo de las Estrellas (en el que ya estuve la primera noche) y otros edificios representativos como el museo de Arte. Cuando acabé de deambular por la zona y hacer fotos regresé al hotel ya que aunque no lo parezca, estaba agotado. Organicé mis siguientes segmentos del viaje, comprando billetes y reservando hoteles y al atardecer decidí ir a ver de nuevo el espectáculo de las luces. Fui en metro y cuando llegué a la zona casi me caigo muerto. ¡No había niebla! de repente se abrió el cielo y la vista era preciosa. Hice fotos del espectáculo hasta hartarme y salí corriendo para ir en el primer ferry de vuelta, en el mismo muelle tomé el autobús y media hora más tarde perdía la dignidad corriendo hacia el mirador que hay en The Peak para hacer mis fotos nocturnas desde allá arriba. Gracias a Dios que me traje mi gorillapod el cual engancho en cualquier barandilla y las fotos no me salen movidas (y me sirve de substituto de un trípode). Todavía temblando de emoción y con la suerte de cara veo que no hay casi gente para el funicular así que bajé por ahí y en un salto me puse en la estación de metro y volví al mercado nocturno de Temple Street para cenar de nuevo en el mismo sitio. Esta vez me pedí un plato de cangrejos, unos fideos fritos y un plato de almejas (o algo parecido). El chino me miraba con incredulidad pero cuando vio el arte que tengo para chupar y romper los cangrejos y la cara multiorgásmica que se me pone comiendo esos bichos, se quedó asombrado. En la mesa de al lado unos franceses me miraban con cara de asco pero ellos nunca sabrán lo que se estaban perdiendo.

Para cuando terminé de comer eran más de las once y después de pasear un rato y comprarme un par de camisetas turísticas regresé al hotel. Así acabó mi cuarto día en Hong Kong, bastante lleno de actividades como todos los anteriores.

El relato de este viaje continúa en Tránsito de Hong Kong a Kuala Lumpur

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