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9. Richards Bay – Miércoles de calvario

memorias de sudáfrica 2005

Ya sé que es más cómodo comenzar más cerca del final ya que así caminamos menos pero te ruego y te pido que eches el freno y retrocedas al comienzo de los tiempos, al menos para esta historia qu e echó a andar con la Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar y llegó hasta Richards Bay – Martes negro.

El miércoles me jugaba todas mis cartas para poder volver a Holanda esa semana. Ya sé que muchos dirán que mejor te quedas allí y tal pero lo cierto es que el miércoles de la semana siguiente venían a mi casa a instalarme la nueva caldera mixta y cancelar la cita después de haberla hecho dos meses antes no era una opción válida. Con el invierno ya encima, quería tener mi calentador funcionando a todo trapo y ahorrando un veinticinco por ciento de energía.

Ese miércoles teníamos que actualizar todo el software del otro cliente. Por rabia con los que nos montaron el cirio el día anterior y nos engañaron no comunicando toda la información decidimos no ir por su empresa aquel día, para mostrarles un poco de desprecio y que captaran el mensaje. Los llamamos y les dijimos que si tenían problemas, que se jodieran por estar haciendo cosas no permitidas con nuestros servidores. Me pasé gran parte de la mañana con las chicas zulúes de la recepción. Me contaron que en su pueblo es la mujer la que lo hace todo. Ellas crían a los niños, llevan la casa, trabajan y sacan adelante el clan familiar. Sus maridos son guerreros que han de protegerlas de cualquier peligro. Ahora que han entrado en una sociedad más avanzada, ellos aún no han encontrado su sitio y se dedican al alcoholismo y la delincuencia. Algunos trabajan pero son los menos y están mal vistos. Para las mujeres zulúes es normal el tener que hacerlo todo y no les extraña que mientras ellas van por la calle con un perolo sobre la cabeza con veinticinco litros de agua y controlan cinco chiquillos que las siguen y corretean por todos lados mientras vuelven a casa, sus maridos se tocan los huevos y no hacen ningún esfuerzo por ayudarlas. Había una mujer limpiando los jardines del complejo de edificios en el que me movía que llevaba pintada la cara de blanco, una pintura como sucia. Parecía una mezcla entre fantasma de poca monta y folclórica en programa del corazón. Los blancos me dijeron que hacía eso para indicar a los machos en disposición de follársela que tenía la regla y ese chocho no valía la pena, porque según ellos esta gente no practica la penetración en vaginas con derrames sanguíneos. La explicación me dejó tan contento pero por si acaso les pregunté a las chicas de la recepción. Su historia fue totalmente distinta: la mujer se ponía ese ungüento blanco asesorada por el brujo de su tribu para evitar quemarse por el sol ya que trabaja en el jardín. El producto que pone sobre su cara está hecho de ciertos lodos que le proporciona el brujo y que debidamente mezclados con agua y extendidos sobre el careto, te transforman en folclórica fantasmal. Esta explicación también me dejó tan contento aunque despertó la duda sobre estos dos mundos condenados a entenderse y que pese a estar tan cerca uno del otro son tan ignorantes.

Por la tarde, a las cuatro cero cero tumbamos el primer nodo, el central y en quince minutos lo recuperábamos sin problemas. Mientras nosotros hacíamos esto teníamos dos equipos en los nodos dos y tres. Esos también se recuperaron y comenzamos con las estaciones remotas, salpicadas por toda la costa de aquella zona del país. Durante las siguientes horas fueron cayendo uno a uno y volviendo a la vida con una nueva versión de software. Todos salvo dos que dieron problemas y en donde tuvimos que aplicar algo de magia para resucitarlos. Cerca de las ocho nos faltaba solo uno y el tipo que tenía que hacerlo es un pejiguera de cojones, un gandul que se para a hablar hasta con las piedras y por eso no había terminado. El hombre ese funciona con pilas de las baratas porque se queda sin energía media hora después de entrar a trabajar y se pasa el resto del día hablando y tomando café. Visto que el cabrón pretendía que lo esperáramos decidimos dejarlo tirado y marcharnos a cenar, que las cocinas de los restaurantes cierran pronto y no era plan. ?l se rebotó un poco cuando le comunicamos la buena nueva pero se tuvo que joder.

Al ser noche cerrada y estar a veintipico kilómetros de la ciudad con un gueto entre nosotros y la misma, los de seguridad nos escoltaron de vuelta. Dos vehículos de esos que suelen ir a la guerra a matar a la morisma, uno delante y el otro detrás de nosotros, con negros feroces encaramados en ellos con unas metralletas impresionantes. Esos negros son zulúes, guerreros. Las empresas de seguridad los contratan porque para este tipo de trabajo son los mejores. Aquellos antes de preguntar se aseguran de incorporarte unos cuantos agujeros nuevos y una vez dejas de moverte vienen a hablar contigo. Los tíos además son chulos de cojones, supongo que porque ellos siguen haciendo lo que un buen hombre zulú debe de hacer.

La gente que vive en las chabolas a lo largo del camino se escondían a nuestro paso y los que llegamos a ver procuraban caer sobre las luces de los vehículos para que se viera que no llevaban arma ni suponían ningún peligro. A la salida del gueto nos despedimos de nuestra escolta y nos encaminamos a uno de los restaurantes en los que ya había comido, uno que se encuentra sobre la bahía y tiene unas vistas del puerto y la ciudad preciosas. Ese día no llovía y cenamos en la terraza. El atracón de comida lo regamos con cervezas africanas (yo, ellos preferían Amstel holandesa pero yo no viajo hasta allá abajo para tomar cervezas de mi país). En los sitios en los que cenábamos siempre hay que dejar alrededor de un diez por ciento de propina, que es lo que se llevan los camareros porque parece ser que su sueldo es miserable (y en algunos casos me han dicho que trabajan solo por las propinas). El resultado de esto es que la camarera o el camarero que te toca se desvive para que te sientas contento. La tía que estaba en nuestra zona, además de estar como para untarla con nocilla y merendar, cada vez que venía parecía Kim Basinger en nueve polvos y media corrida. Se restregaba y se agitaba como una bandera en un mástil. Era una cosa increíble. Tenía unos pezones como chinchetas de duros y unas micro-bragas que no dejaban ningún espacio a la imaginación. Una vez consiguió nuestro dinero ni nos miró más la muy puta y centró su atención en los que aún no habían pagado. Sobre las once de la noche nos dedicamos a llamar a nuestros jefes para informar del éxito de la misión, que si uno se jode y trabaja hasta tarde lo menos que ellos pueden hacer es mamarse esas llamadas fuera de hora.

Si conseguía que aquel sistema funcionara bien hasta el viernes (o sea dos días), entonces podría marcharme sin problemas. Los sudafricanos querían cuatro días de prueba pero con encanto y con sibilinas palabras conseguí rebajarlos a dos. Ellos ni se dieron cuenta de que se las metí doblada. Como este famoso parche número siete era vital, también informé a los programadores holandeses, americanos y japoneses que como aquello no funcionara tarde o temprano me verían la jeta y les cortaría los huevos uno a uno y los pisotearía, freiría, asaría y aplastaría para asegurarme que ningún hijoputa con título de médico se los volvía a pegar. A mi jefe, hombre cándido donde los haya, le dije que como yo no saliera de Sudáfrica esa semana se podía olvidar de mí en dos meses porque pensaba agarrarme una depresión y al jefe de mi jefe le dije que ya podía movilizar a las tropas de rescate porque allí se podía montar el Belén como me tuviese que quedar. Es siempre bueno tener a la gente despierta y mantener el espíritu de alegría y felicidad alto. Las llamadas entre jefillos de aquí y de allá se sucedían y todos estaban consternados, palabrota que no tengo ni puta idea sobre lo que significa pero que a los jefes les llena la boca.

Esa noche me fui a dormir más tranquilo sabiendo que de una forma o de otra me quedaban cuarenta y ocho horas en sudáfrica. Antes de cerrar los ojos y encontrarme con Morfeo apagué el móvil por si algún amigo sentía la imperiosa necesidad de enviarme un mensaje.

Ha sido bien duro pero habiendo llegado hasta aquí quiero darte ánimos y reconfortarte porque el final está bien cerca y pronto podrás cerrar este capítulo de mi vida y seguir adelante. Te invito a que continúes con esta historia en Richards Bay – jueves de pasión

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8. Richards Bay – Martes negro

memorias de sudáfrica 2005

No querido, este no es el comienzo. Prepárate porque tendrás que embarcarte en un viaje muy largo antes de llegar a este punto. Al principio estaba Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park y Richards Bay y una cena para recordar.

Después del tremendo susto de la noche anterior tendría que haberme imaginado que aquel día no iba a transcurrir por un buen camino. Nos desayunamos con la noticia de que una conocida del hombre que trabajaba conmigo había sufrido un accidente en una carretera y casi no lo cuenta. Además de dejar su coche inservible los que se pararon no sólo no la ayudaron sino que robaron todo lo que pudieron. El sentimiento de rabia y frustración entre los blancos era palpable y también el odio de los mismos hacia los otros, esos que controlan de facto el país y que lo están conduciendo lentamente hacia el caos y la destrucción. Volví a escuchar las típicas retahílas y los deseos de que el Sida acabe con esos que jamás deberían haber salido del bosque. Cada cuerda tiene dos lados y seguro que las historias del otro lado serán por el estilo pero yo no las he podido oír así que he de juzgar parcialmente y condenar desde el lado que conozco.

Ese día llovía con rabia y saña desde por la mañana. Era una lluvia pesada y consistente, como si alguien se hubiera dejado un grifo abierto en el cielo y no hubiera forma de cerrarlo. El calor le daba un sabor dulzón al aire y lo pegaba a tu cuerpo con una humedad cansina que parecía disfrutar arrancando toda la energía de uno. Salté del coche y corrí a refugiarme en las oficinas de nuestro cliente. Me debí levantar con el pie izquierdo porque esa mañana nuestra aplicación reventó tantas veces que hubo momentos en los que se activó el modo nocturno y los clientes recibían un mensaje de que aquello estaba cerrado por haber llamado fuera del horario de oficina. Se desencadenó el infierno allí dentro. La tensión subía por segundos. mi billete para volver al día siguiente se canceló y oí por primera vez que quizás tendría que quedarme una semana más. Las operadoras estaban con los nervios a flor de piel y su jefe andaba como un gato en un tejado, caminando sigilosamente y dispuesto a saltarnos a la yugular. Hacia medio día hablé con uno de los jefes de desarrollo en Holanda y le expliqué lo que quería de ellos: todo el equipo de desarrollo software trabajando por turnos si era preciso así como los equipos japonés y norteamericano. Le expliqué que me importaba una puta mierda la diferencia horaria y que hiciera lo que quisiera pero que quería todo funcionando como la seda para el día siguiente o yo empezaría a señalar gente con el dedo. También le conté un par de detalles extraños que vi en la sala de servidores y de los que nadie nos había hablado anteriormente.

Una hora más tarde habían sacado de la cama a dos japoneses, el americano iba camino de la oficina y en Holanda tocaban las campanas a rebato. Mis colegas comenzaron a llamarme preocupados. Los cuchillos volaban por el edificio a diestro y siniestro y los gritos y desplantes eran la tónica. Investigué el problema de la sala de servidores y descubrí una tabla a la que agarrarme en caso de hundimiento. Comuniqué la noticia a los Holandeses y comenzaron a volar los correos sobre África, el Atlántico y el Pacífico. Esa noche varios colegas del trabajo no durmieron y al día siguiente a las ocho de la mañana hora sudafricana, las siete en horario central europeo, teníamos un nuevo parche en nuestro poder, denominado parche siete.

Me dediqué a estudiar más cuidadosamente los hábitos de trabajo de la gente allí y descubrí la lógica que explicaba las reventadas de nuestra aplicación y pude provocar esos accidentes sin problemas. Es la primera vez que eso sucedía en más de un mes y el hecho de que alguien pudiera hacerlo despertó la esperanza ya que saber como se produce es el primer paso para repararlo. Sobre el funcionamiento incorrecto se podía trabajar de una forma técnica pero sobre el mal uso de los equipos solo hay una solución y es humana. No les gustó escuchar mi informe y tuvieron que reconocerlo a regañadientes. El tipo que estaba conmigo estaba asombrado porque él tampoco se esperaba que ellos estuvieran haciendo aquello. De hecho, se agarró tal rebote que nos marchamos de allí para visitar al otro cliente no sin antes expresar nuestra decepción con ellos y particularmente con el cabrón que un par de horas antes quería nuestras cabezas.

En el otro cliente las cosas iban de puta madre pero ellos no estaban infringiendo las reglas del juego. Las zulúes de la recepción estaban encantadas de verme por allí. Creo que ya he contado que en aquel lugar la seguridad es máxima y los controles son frecuentes y exhaustivos. No recuerdo haber dicho que la chica de seguridad estaba media mala, al igual que una operadora y yo les regalé una bolsa de caramelos Fisherman’s Friends. La de seguridad a partir de entonces cuando me veía llegar me abría la puerta para que pasara sin comprobar mi permiso, sin mirar mi equipo y sin hacerme pasar el control obligatorio de alcoholemia que debía pasar el resto de la gente. Todo el mundo me miraba asombrado porque ella simplemente me sonreía, abría la puerta y yo tiraba para dentro. Algunos dirán que es potra o una trola pero lo cierto es que cuando quiero puedo ser encantador, aunque el encanto me dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio de estudiantes japonesas en edad de menstruar. Al día siguiente íbamos a realizar la actualización del software de esta gente, tarea que nos tomaría varias horas y para la que se requerían varias personas porque eran cuatro ubicaciones diferentes y más de dieciocho nodos. Yo coordinaría desde allí y me encargaría de recuperar los sitios con problemas en caso de que hubiera alguno. Dos equipos saldrían en Jeeps a través de las dunas hacia los sitios remotos y con suerte en unas cuatro horas tendríamos todo acabado. Nos dedicamos esa tarde a comprobar los servidores, preparar las cosillas y verificar por enésima vez que todo el mundo sabía lo que había que hacer y como hacerlo.

Después de la tensión de la mañana tuve una nueva conferencia con los americanos, los japoneses y los holandeses cerca de las cinco de la tarde. Sabiendo que todo el mundo estaba trabajando y la cosa volvía a estar bajo control nos fuimos a cenar. Esa noche optamos por uno de los bares en el muelle, un lugar famoso por sus cócteles y por los postres. No teníamos reserva y nos pusieron en la terraza. Normalmente esto no es ningún problema, pero cuando ten encuentras en medio del diluvio universal y la lluvia parece no tener fin, no mola mucho el tener que comer fuera bajo unas sombrillas de madera que amenazaban con venirse abajo en poco tiempo. Nos escoramos todo lo que pudimos y cruzamos los dedos. Sin viento no había problemas pero como soplara algo de brisilla estábamos bien jodidos. Al menos con esto hubo suerte y pudimos cenar sin más problemas. Mientras cenábamos la mujer de mi compañero lo llamó para contarle que una de las madres de sus alumnos (ella es la dueña de un colegio) se había cargado la puerta de seguridad de la escuela al salir con el coche, la puerta se había cerrado y ahora no la podían abrir estando todos los chiquillos dentro del colegio y los padres en la calle con sus coches esperando. Aquello tenía pinta de desastre máximo y el hombre se amargó del todo y puesto que no conseguimos animarlo, lo emborrachamos.

Llegamos a nuestro hospedaje tarde y más pasados que las bragas de Marujita Díaz. Allí nos dedicamos a beber chupitos de Amarula, que es lo más delicioso que he tomado en mi vida en lo referente a licores. No recuerdo cuantos fueron pero sí os puedo decir que esa noche me importaba un carajo si alguien quería entrar en mi habitación y limpiarla de cualquier traza de aparato electrónico, dinero o cualquier otra cosa.

Y así transcurrió el día que todo se torció y mi feliz horizonte se llenó de oscuras nubes.

Prepárate para dar un nuevo salto si quieres continuar con la lectura de este relato. En esta ocasión irás hacia Richards Bay – miércoles de calvario

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7. Richards Bay y una cena para recordar

memorias de sudáfrica 2005

Tras una pausa eterna de la que sólo yo soy responsable, retomo el relato de este viaje que me llevó a Sudáfrica a finales del 2005. No me sorprendería que hayas caído aquí siguiendo alguna extraña marea de esas que sacuden frecuentemente la red. Como seguro que querrás leer esto desde el comienzo de invito a saltar a Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y si quieres seguir el orden correcto después deberás leer Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park y Greater St. Lucia Wetland Park.

Ha pasado un tiempo desde que dejé estancado el relato del viaje a Sudáfrica y de alguna forma siento que quiero acabarlo y completar ese capítulo de mi historia. Como los siguientes cuatro días no fueron muy significativos, los voy a sintetizar en una única historia y dejaré el día del retorno para el final. Rectifico, mi locuacidad no me lo permite y de una sentada solo he podido condensar las cosas de un día así que me temo que seguiremos con el ritmo de una historia por día. Dios, mi memoria no me perdona ni esto.

Habíamos acabado el fin de semana en el que conocí a los hermanos león, leopardo, rinoceronte, hipopótamo, jirafa, búfalo, elefante, impala y a muchos más. Ver los animales tan de cerca y en su ambiente natural es algo que marca, al menos en mi caso.

El lunes, tras ese fin de semana tan apoteósico, llegué a la empresa que habíamos parcheado la mañana anterior y la gente poco menos que me adoraba. Yo ya les advertí de que el problema no estaba solucionado pero que íbamos por el buen camino. El tío que me acompañaba de nuestro socio sudafricano no se cansaba de decirles que aquello estaba solucionado en un noventa por ciento o más. Le tuve que advertir que dejara de dar porcentajes porque la informática no es una ciencia exacta y además yo conozco a nuestros equipos de desarrollo. Las zulúes ya andaban encantadas conmigo y ahora que estaban más relajadas me contaban cosillas más interesantes. Creo que ya he dicho que una de ellas iba a ir a un evento en otra provincia, a tres horas de allí, durante el fin de semana. Me contó que era un acto de orgullo minusválido en el que gentes de todo el país con algún tipo de minusvalía se reunían con el presidente y cantaban, bailaban, comían y demás. Ella camina de una forma rara, según parece por un amigo cocodrilo que se le antojó probar su carne. La chica lo lleva muy bien y suple ese problema con alegría y encanto. Está muy orgullosa de su problema porque le permitió conseguir el trabajo y ahora que gana dinero puede ayudar a otros con problemas. Personalmente creo que esa chica podría conseguir cualquier cosa en la vida si se lo propusiera. Los zulúes son muy territoriales y no tienen una clara noción del mundo, incluso los que han ido a la escuela y han recibido educación. Debe ser algo relacionado con su idioma porque no conciben la idea de grandes continentes. Saben que vengo de Europa pero lo ven como algo que puede estar veinte kilómetros más arriba. Traté de conseguir un mapa mundi pero hasta que encontré uno me conformé con enseñarles la ubicación de Holanda, España y las Canarias con un billete de diez euros. Saber que soy de África también los unía a mí de una forma extraña. Uno de los blancos me dijo que esa gente me trataba con una afinidad que daba miedo. Además se hablan entre ellos y en esta segunda semana ya me saludaba todo el mundo por allí.

Como llevaba las fotos de los safaris fotográficos en el portátil se las enseñé pero no conseguí impresionarlos porque ellos se han criado entre esos animales. También tenía las fotos de Valencia, las de mi casa y algunas de Bélgica y Holanda. Esas sí que les impresionaron. Fliparon con la nieve, con las calles holandesas y con el agua y los canales. Me preguntaban si no era peligroso andar por allí con esos canales en los que los cocodrilos te pueden atacar tan fácilmente y no creo que me creyeran cuando les dije que nosotros no tenemos cocodrilos. De Valencia se quedaron boquiabiertos con los grandes edificios. Una de las chicas me confesó que algún día quería ir a ver una isla que esa era su máxima aspiración. Habiendo nacido en una no entiendo cual puede ser la atracción pero ella lo tenía idealizada. La otra chica, la simpática me dijo que estaba ahorrando dinero para ir dentro de cinco años a Europa con su marido para ver ese gran país. Será la primera vez que viajen en avión y que salgan de su provincia.

Sobre el medio día me fui a un centro comercial a comprar un par de CDs para hacer una copia de seguridad de las fotos del fin de semana, que uno es de natural precavido y hace siempre copias de seguridad de los documentos importantes, algo que os recomiendo encarecidamente. El centro comercial está cerca de donde estamos y fuimos andando. Con más de treinta grados las calles son bastante interesantes. Todos esos zulúes con sus paraguas negros para ir a la moda y los blancos sin embargo sin paraguas o gorros disfrutando del sol de verano. Las tiendas estaban concurridas y me llamó bastante la atención que casi no habían negros y los que se veía estaban trabajando. Otra pruebilla de que el sistema no anda muy compensado. aproveché para comprar alguna cosilla de higiene en el supermercado Spar que había allí. Es increíble como las cadenas estas están de norte a sur por todo el universo. De vuelta al trabajo me pegué el maravilloso almuerzo que me preparaba cada mañana la señora del hotel y esperé hasta que llegó la señora del café por nuestro despacho. Es una mujer vieja, muy vieja, negra como un tizón y arrugada hasta el infinito y más allá. Llega con el sonido de una campana arrastrando un carrito en el que trae el café y el té. Todos los empleados de aquel lugar tienen sus propias tazas que probablemente se han traído de casa. Ella ya sabe lo que quieren y se los pone sin mediar palabra con ellos. Conmigo no habla y son las chicas zulúes las que le piden lo que quiero en zulú. Supongo que no habla inglés. Ella me prepara mi café, le pone azúcar, me lo revuelve y te lo da sin la cuchara. Más tarde vendrá a buscar las tazas y se las lleva para lavar devolviendo las que son de la gente de por allí.

Ese fue uno de los pocos días que acabamos temprano y con ese glorioso día terminamos en la piscina del sitio en el que nos quedamos tomando unas cervezas Hansa bien frías y comiendo Biltong, esa carne seca que está tan rica. Para celebrar el éxito del día anterior y la paz de aquel día reservamos mesa en un restaurante llamado la pequeña Suiza que según parece es de lo más exclusivo de la ciudad. Está cerca de la bahía en un lugar precioso. Es pequeño y parece que sirven la mejor carne de aquella zona. Cuando llegamos aquello parecía cualquier antro europeo, lleno de posters en los que mezclaban paisajes suizos con holandeses, ingleses, franceses o belgas y adornado con todo tipo de chorradas sacadas de visionar con iteración y alevosía la serie Heidi durante varias veces seguidas. Todo lo que me habían dicho fue poco. La carne no estaba buena, estaba de morirse de buena, deliciosa, sublime, imperiosa. Me quedé encochinado. En el local había una separación entre fumadores y no fumadores bastante drástica. Los que le dan al humo estaban encerrados en otro cuarto con cristales en el que se veía una nube tóxica por no tener ventanas. La gente entra allí con los chiquillos que disfrutan y gozan de ese aire tan saludable obligados por sus padres, que por supuesto saben lo que es mejor para sus vástagos. Cuando nos trajeron la cuenta y vi el precio me quedé blanco. Era uno de los sitios más caros de aquella área, uno de esos lugares a los que no se puede ir todos los días porque te revienta el presupuesto. La cena para tres personas costó TREINTA ??uros, dinero con el que en Holanda malamente pagas los entrantes en cualquier restaurante medianamente decente. Les dije que a esa cena pagaba yo, que mi empresa me devuelve el dinero y por tan poca cantidad no voy a desajustar el presupuesto de esa gente.

Desde allí nos fuimos a un pub y estuvimos bebiendo hasta que pasábamos más tiempo de camino al baño que sentados en la mesa. Esa noche me acosté y sobre las tres de la mañana fui arrebatado de los brazos de morfeo bruscamente. El shock fue brutal. Pensé que era el fin de mis días, que una banda de forajidos había entrado en mi habitación y tenía que rendir cuentas al altísimo. Salté de la cama y sin pensármelo corrí hacia el Panic Button dispuesto a pulsarlo y solicitar la ayuda del equipo de seguridad con sus fusiles y todas sus armas. Cuando ya lo iba a pulsar vi algo iluminado sobre la mesilla de noche. Era el puto teléfono móvil. Para poder oírlo cuando mi jefe y amigos me llaman le había puesto el volumen al máximo y alguién había decidido mandarme un mensaje de madrugada. Me cagué en todos los muertos de quien quiera que sea y cuando miré el mensaje se trataba de mis amigos holandeses que estaban tomando un capuchino en Sydney y me comunicaban tan importante noticia. A veces me pregunto por qué no puedo tener amigos normales y por qué no vivo en mi barrio, sin dejar nunca mi tierra como los zulúes. En lugar de eso peregrino por el mundo y mis amigos andan desperdigados por cinco continentes. Corremos siguiendo al sol y a los vientos alisios y mantenemos el contacto de mil formas distintas. Somos una generación atípica y creo que no nos damos cuenta de ello, lo vemos como algo normal. Les devolví el mensaje dándoles las gracias por haberme despertado y contándoles que ayer mismo merendaba entre hipopótamos y cocodrilos.

Y así sin más acabó este nuevo día en Sudáfrica.

Para continuar con la lectura de este relato tendrás que seguir leyendo Richards Bay – martes negro

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Albúm de fotos de Sudáfrica

Elefantes jugando

Soy consciente de que aún no he terminado de relatar el viaje a Sudáfrica y creedme si os digo que las pesadillas que tengo por sentirme tan culpable no me dejan dormir. La semana que viene haré un esfuerzo infrahumano y terminaré aquello que debería haber acabado hace cosa de un mes. Para que veáis mi determinación y mi falta de alevosía, comenzaré por poner el álbum de fotos de Sudáfrica. Si quieres leer el relato de dicho viaje, tienes su índice en Memorias de Sudáfrica.

Elefantes jugandoImpalaJirafaNidos de pájaros tejedores
Búfalos junto al aguaRinoceronteCebrasImpalas
Monos babuinosÁrbolHipopótamoAtención peligro: Hipopótamos y cocodrilos
CocodrilosNialasKudúsOutboards
Panic Button