Categorías
Memorias de Sudáfrica Viajes

Índice de las Memorias de Sudáfrica

memorias de sudáfrica 2005
El relato del viaje a Sudáfrica ha terminado y ya va siendo hora de agrupar todas las historias en un único índice que las una a todas. Un lugar para saber cual es el orden correcto y para poder descargarlas todas. Sin más, aquí está:
1. Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo
2. Por fin en uMhlathuze
3. Mi vida en uMhlathuze
4. Es un mundo lleno de zulúes
5. Hluhluwe Imfolozi Park
6. Greater St. Lucia Wetland Park
7. Richards Bay y una cena para recordar
8. Richards Bay – Martes negro
9. Richards Bay – miércoles de calvario
10. Richards Bay – Jueves de pasión
11. Richards Bay ? Todo comienzo tiene un final
12. Aeropuerto de Johannesburgo y un salto de once horas

Si quieres ver las fotos de este viaje, están agrupadas en el álbum de fotos de Sudáfrica.

Categorías
Memorias de Sudáfrica Viajes

12. Aeropuerto de Johannesburgo y un salto de once horas

memorias de sudáfrica 2005

Los mismísimos arcángeles del cielo cantan con gozo porque al fin ha llegado el final a esta historia. Te deben temblar las piernas de la excitación al saber que este es el último episodio, que ya no habrá que leer más nada sobre este viaje que comenzó en Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió con Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar, Richards Bay – Martes negro, Richards Bay – miércoles de calvario, Richards Bay – jueves de pasión y llegó hasta Richards Bay – todo comienzo tiene un final.

Nos habíamos quedado despegando de Richard’s Bay. La siguiente hora y media fue mucho más tranquila de lo esperado. No hubo turbulencias y nos limitamos a beber, como todo el mundo en aquel trasto. Yo procuré controlarme porque al llegar tendría que pasar solo unas horas en el aeropuerto y no era plan de estar muy pasado. ?nicamente hubo unos meneos del quince en el aterrizaje, con los turbopropulsores haciendo un ruido extraño como si perdieran el agarre del aire. Mientras aterrizábamos se veía una nube negra a lo lejos. Al tomar tierra nos quedamos parados en medio de la nada. El piloto nos informó que hasta unos minutos antes había habido una terrible tormenta sobre Johannesburgo y que el aeropuerto tenía todas las salidas canceladas hasta que mejorara la situación. Por culpa de esto tardaríamos en poder salir del avión porque debían buscarnos un lugar para aparcar ya que las zonas habituales estaban completas. Encerrados allí lo único que se podía hacer era beber y el azafato se dedicó a repartir cervezas a diestro y siniestro. Por la ventana se veía los aviones de aerolíneas africanas de las que nunca había oído hablar. si alguna vez os habéis preguntado sobre lo que sucede cuando los aviones se retiran, yo lo puedo responder: acaban en África. Una colección de viejos DC-8, DC-9, Boeing 727 y cacharros que ni siquiera puedo identificar pintados con colores exóticos y parcheados hasta el infinito estaba aparcada allí. Tras unos veinte minutos de espera nos dejaron desembarcar. Recogimos maletas, meamos y aproveché para meter el portátil en el trolley antes de salir fuera. Allí nos despedíamos. Mi escolta se iba a su casa a través de un servicio privado de transporte que lo llevaría (ya que allí todo es muy seguro) y yo me quedaba en el aeropuerto esperando las horas que faltaban para que despegara mi vuelo. Tenía que ir desde la terminal nacional a la internacional, una caminata de unos cuatrocientos o quinientos metros. El hombre me dijo que no la hiciera solo así que me planté por allí hasta que vi un grupo que iba en mi dirección. Me llamó la atención la gente que estaba en las cintas mecánicas. En cada una de ellas, al final de la misma, había uno o dos tipos que te agarraban y te echaban fuera de ella si te quedabas rezagado. Yo no tengo problemas de ningún tipo con este tipo de cacharros pero vi un negrito que debía ser la primera vez en su vida que se subía en semejante medio de transporte y la verdad que lo trincaron y lo pusieron fuera como si se tratara de un mueble. Una mujer peleaba con sus maletas y los tíos no tuvieron ningún tipo de miramientos. Atravesé el espacio entre terminales sin más problemas y nada más entrar en la Internacional busqué el mostrador de KLM para enterarme de la hora de facturación y comprobar que la gilipollas que cagó mi reserva no la había pifiado también con esta.

Una vez me dieron garantías de que todo estaba en orden y de que tenía que esperar al menos cuatro horas para facturar me quedé más tranquilo. Inicialmente había pensado cogerme un tour e irme a ver la ciudad durante unas cuantas horas pero al final desistí. Estaba cansado y no me apetecía que la tormenta cambiara de rumbo y me tuviera que quedar allí. Al marcharme del mostrador noté que llevaba una nube de moscas a mi espalda. Eran como de metro ochenta o más y negras como el carbón. Me seguían por todos lados y puedo aseguraos que no era para pedirme autógrafos. Busqué la consigna y me deshice de la maleta allí mismo, quedándome solo con la mochila. Los moscones seguían detrás de mí y después de mirar vi que todos los blancos parecían estar agrupados en la zona de llegadas frente a las entidades de cambio de divisas. Me fui allí y me senté junto a una chica. Había un remolino de negros que circulaba alrededor de esos bancos como hienas esperando a tirarse sobre su presa. Nosotros éramos la presa. Nunca en mi vida me había sentido tan intimidado en un aeropuerto y os aseguro que he estado en muchos. Era una situación absurda y la policía del aeropuerto no parecía hacer nada para evitarla. Hablando de la autoridad, noté que cuando eran blancos patrullaban en grupos de dos y cuando eran negros en grupos de seis. Cada uno que ate cabos que después siempre me acusan de tener ideas locas. En un momento en el que un grupo se marchó hacia una cafetería me fui con ellos y me metí allí a almorzar. Los moscones se quedaban en la puerta y los empleados del local los echaban sin miramientos. Un hombre gritaba por un teléfono móvil porque le había desaparecido todo el equipaje y según la aerolínea había llegado sin problemas. El tipo estaba desesperado. Unas chicas habían acampado al fondo de la cafetería y daba la impresión que iban a pasar allí bastante tiempo. De alguna forma pasaron las horas y llegó el momento en el que se abrían los mostradores de facturación. Recogí mi maleta de la consigna y me puse en la cola. Jamás había visto un aeropuerto tan caótico, ni siquiera los americanos. Teníamos que pasar varios controles antes de llegar al lugar en el que se factura y como no hay espacio la gente se apiña con maletas y demás parafernalia, con familiares que se despiden y con rateros que buscan como levantarte las cosas.

El primer control era de pasaporte, el segundo para ver que estaba en la lista de pasajeros y en el tercero me pesaron el equipaje y me dieron un papel en el que decía el peso y que tenía que llevarme conmigo. Además me informaron que la compañía KLM había decidido plastificar todo el equipaje facturado para evitar los robos en el equipaje de sus pasajeros. El comunicado era muy frío y profesional pero la idea de fondo es que aquello está lleno de ladrones porque yo no veo a una línea aérea haciendo de organización no gubernamental a menos que no le quede más remedio. En el cuarto control me agarraron la maleta y me la devolvieron como un caramelo, recubierta de plástico. Facturé y conseguí asiento de pasillo, que era lo que esperaba. Una pareja en el mostrador de al lado montaba el cirio porque les querían cobrar una pasta gansa de exceso de equipaje y decidieron marcharse sin facturar, seguramente a aligerar la maleta y recargar el equipaje de mano. Tras quedarme más tranquilo por tener asiento asignado y mi maleta en zona “segura” seguí hacia el control de pasaportes de la policía de fronteras. El tipo me preguntó un montón de boberías y ni recuerdo lo que le respondí. Al final me estampó mi pasaporte y entré en la terminal. Aquello debía ser la zona segura. Aún me quedaban unas horas y mi instinto derrochador se desbocó. Me dediqué a gastar dinero. Compré regalos y demás. También me compré una almohada para el cuello y un antifaz, que el vuelo era de noche y mi empresa no paga clase business, que en eso sí que son miserables.

Cené en uno de los restaurantes que había por allí. Sabía que en el avión me iban a dar comida pero así y todo comí. En una de las veces que fui al baño me encontré que había un tipo con un trapo que acosaba a la gente y pretendía que le dieras dinero por limpiarte las manos después de mear o cagar. El tío seguía a la gente hasta los retretes y se quedaba detrás de la puerta hablando con ellos tratando de hacerse el chachi y el amable. Salí por patas de aquel baño. Más tarde veo que la mujer que se encarga de la limpieza estaba limpiando las papeleras. Rebuscaba en ella y se echaba en los bolsillos todo lo que veía que le gustaba. Estamos hablando del interior de la terminal internacional del aeropuerto de Johannesburgo, no de una calle en una ciudad con problemas. La cosa era un poco patética. A la hora de entrar en el avión, cuando vamos a entregar las tarjetas de embarque me quedé blanco: el tipo que las recogía era el mismo que te intentaba limpiar con un trapo en el baño. Imagino que se gana un sobresueldo entre vuelo y vuelo con ese otro trabajo.

Me atrincheré en el avión. Como siempre, yo no hablo con los que se sientan a mi lado y ni les eché un vistazo. Bueno, uno sí. Eran dos tipas blancas, sudafricanas, que debían ir a Europa por vacaciones y que antes de salir el avión ya se estaban emborrachando a base de vinito. Otra colega, unas filas más atrás pasó corriendo hacia el baño pero no consiguió llegar y vomitó antes de alcanzarlo. La azafata le echó una bronca. Al otro lado del pasillo (ya he dicho que tenía asiento de pasillo) había dos negras con un bebé. No hace falta mucho intelecto para saber que era la primera vez que volaban en un avión. Saltaban al mínimo ruido. Les dieron el cinturón para bebés y la azafata no les explicó como usarlo así que la tipa se lo puso al chiquillo mal. En una de las ocasiones en que pasó la azafata le expliqué el problema y más tarde lo corrigieron. Despegamos con casi una hora de retraso. Ya era cerca de medianoche y nos dieron la comida enseguida para que la gente se pudiera dormir.

Las sudafricanas a mi lado se estaban poniendo ciegas a botellitas de vino y las negras al otro lado optaron por poner al chiquillo a dormir en el suelo y usar la cuna que les puso la azafata delante de ellas para guardar las cosas. En ese ambiente me quedé dormido. Me desperté cerca de las cuatro de la mañana. La azafata pasaba dando helados y cogí uno y un par de vasos de agua. Me lo tomé y decidí caminar un rato. Conecté mi iPod y escuchando el hang up de Madonna me fui de paseo. Trataba de desperezar los músculos que de tanto estar sentado se terminan atrofiando. Encontré que en uno de los habitáculos de las azafatas se estaba tranquilo y me puse a bailar allí mismo. Según el GPS estábamos en algún lugar del centro de África, en el medio de la nada. Yo me dejaba llevar por la música bailando sabedor de que todos dormían y mi sentido del ridículo no tenía nada de lo que preocuparse. Una mano se posó en mi hombro y un sudor frío me recorrió. Era una azafata joven. Me quitó uno de los auriculares y se lo puso. Comenzó a bailar conmigo. En algún lugar a once mil metros de altura en medio de un continente muy oscuro yo bailaba una canción de Madonna con una perfecta desconocida. Fue un momento mágico. Cuando acabó la canción cada uno siguió por su lado y no volvimos a cruzarnos. Ella debía atender en otra parte de aquel monstruo enorme.

Conseguí dormir un par de horas más y después de eso ya no pude y me tuve que conformar con ver películas, escuchar audiolibros y hacer sudokus. De haber tenido el portátil operativo habría escrito algo pero como dije un par de capítulos atrás se escoñó el penúltimo día y no había forma de que el maldito trasto arrancara. Vi que las negras se levantaban buscando el baño pero no daban con él. Me acerqué a la puerta y se lo indiqué a una de ellas. Entró pero no puso el fechillo así que me tuve que quedar allí guardando su decencia. Por la mañana nos dieron un desayuno copioso y entre pitos y flautas llegamos a Ámsterdam. Tras once horas un jumbo es un chiquero en el que todos los pasajeros han ido almacenando mierda durante todo ese tiempo y las mantas andan regadas por todo el suelo.

Así fue como acabó el viaje a Sudáfrica y así es como terminan estas Memorias de Sudáfrica.

Fin.

Si quieres ver las fotos del viaje a Sudáfrica las puedes encontrar en el álbum de fotos de Sudáfrica.

Categorías
Memorias de Sudáfrica Viajes

11. Richards Bay – Todo comienzo tiene un final

memorias de sudáfrica 2005

Ya casi hemos llegado. Puedo oler esas tres letras mágicas que concluirán esta sucesión desafortunada de eventos. Me preocupa que no seas capaz de encontrar el camino entre tanta letra sin ton ni son así que te quiero indicar la ruta y para ello deberás retroceder a Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después seguir con Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar, Richards Bay – Martes negro, Richards Bay – miércoles de calvario y finalmente llegarás a Richards Bay – jueves de pasión.

Me levanté más excitado que las amígdalas de Garganta Profunda y tarareando el Siete Horas de Bebe. Me duché, obré por última vez en aquel retrete e hice la maleta. Fui a desayunar saltando como como un cabrito de contento. Me empaqué a comer: huevos revueltos, tostadas, salchichas, panceta de cerdo, zumo, café con leche, cereales y yogur. Me tuvieron que sacar de la mesa a rastras porque estaba que no podía moverme.

El plan era sencillo: si no sucedía nada antes de las doce de la mañana me podría marchar. Si había un problema, por pequeño que fuera, me tenía que joder y quedar otra semana. Una mente maquiavélica como la mía a estas alturas ya no se permitía errores y decidí jugar sobre seguro. Tras más de una semana y media en Sudáfrica ya conocía más o menos como pensaban los zulúes y cuales son sus puntos débiles. Camino de la oficina del cliente le pedía al colega que me llevara a una tienda. Compré una caja de bombones para cada operadora y otra para la chica de seguridad. Hice lo mismo con las operadoras del otro cliente. Pensé en flores pero no estaba muy seguro de que funcionaran. Anteriormente había visto que los zulúes tienen muy desarrollado el instinto de la propiedad y que les gusta recibir regalos. Cuando le di a la vigilante los caramelos Fisherman’s Friends, los guardó sin echar una mirada a las demás y jamás les ofreció uno y desde ese momento yo obtuve ventajas muy evidentes en mi trato. Lo mismo pasó cuando le regalé a otra de las chicas una moneda de un euro. Así que opté por el chantaje emocional que esto no podía fallarme.

Llegamos a las oficinas y mientras mi colega se iba a la sala de servidores yo regalé los bombones. Una caja para cada una y otra para la que me permitía pasar sin ningún control. Cada una de las cajas envuelta en papel de regalo. Desaparecieron en milisegundos de la vista y todas se desvivieron en atenciones hacia mí. Les expliqué de una forma clara y sencilla que si se producía algún problema ese día y yo no me podía marchar, tendrían que devolverme los bombones. Me aseguré de que captaran el concepto. Después de eso me fui a despedirme de los jefes. Me di el paseo de rigor por la planta de los directivos estrechando manos y escuchando buenos propósitos. Todo el mundo parecía encantado de la vida porque los problemas se habían solucionado. Yo parecía ser el único que dudaba pero lo cierto es que comparado con el sistema que me encontré, aquel era mucho más estable y gracias a pequeñas modificaciones las chicas podían hacer su trabajo más fácilmente. Allí todo el mundo daba por supuesto que volveré para la segunda fase, término con el que se refieren a las inversiones programadas para el año 2006 en las que incorporarán una nueva tanda de aplicaciones de mi empresa y lo complicarán todo aún más.

La despedida de las chicas fue muy tierna, con todas cantando algún tipo de canción zulú tradicional y despidiéndonos en zulú. Les prometí que las llamaría de vez en cuando para hablar con ellas y he cumplido mi promesa.

Nos fuimos al otro cliente, los que usaban nuestro servidor para otras cosas. Por allí también todo estaba tranquilo desde que les prohibimos eso. Les di a las chicas su regalo y les conté las condiciones para recibir el mismo. Mientras hacía la gira de los gerentes y estrechaba manos a diestro y siniestro me mandaron un mensaje al móvil dándome las gracias. En el caso de este cliente también tenían que ampliar la memoria de varios de los equipos y allí todo el mundo juró por las bragas de Madonna que así lo harían. Ya eran las diez de la mañana y solo quedaban dos horas hasta que pusiera tierra de por medio. Sobre las once nos despedimos de la tropa para ir al aeropuerto. Con sólo tres vuelos regulares al día no es que sea un lugar muy concurrido pero uno nunca sabe y como sigan el black empowered podemos tener algún problemilla. La segunda despedida fue tan entrañable como la primera solo que estas no me cantaron. Siempre tuve más confianza con las otras.

Al llegar al aeropuerto nos ponemos en la cola para facturar. Esto suena normal pero no lo es. Se trata de un avión con cuarenta asientos, así que dice muy poco del aeropuerto el que haya cola cuando casi no tienen que hacer nada. Al llegar mi turno la chica me dice que no encuentra mi reserva. ¡Plof! Ese fue el sonido de mis huevos al desprenderse. Llamé a Holanda a la agencia que nuestra multinacional tiene contratada y les expliqué en pocas palabras el problema. Una vez lo comprendieron también les dije que como yo no saliera de allí, mejor se marchaban del país porque volvería dispuesto a liquidarlos a todos. Desde los Países Bajos llamaron a la aerolínea y en diez minutos estaba todo solucionado, mi maleta facturada y mi móvil sobre la mesa junto a una cerveza de medio litro. Todos los pasajeros estaban en el bar bebiendo y fumando. En la media hora que tuvimos que esperar nos tomamos un litro de cerveza. Allí todo el mundo hablaba y miraba las oscuras nubes que cubrían el cielo. Algunos pensaban que el viaje sería movido y otros que no pasaría nada. Nos llamaron para pasar el control de seguridad y entrar en el avión, que todo se hacía de un tirón. El control fue de risa porque pitaran o no pitaran los arcos los policías te dejaban seguir. Nos fuimos andando al avión. Antes de despegar la mitad del pasaje ya había ido al baño, un pequeño cuarto con una puertita plegable situado en la parte delantera. El piloto nos dijo que no había que preocuparse, que no habría muchas turbulencias y a falta de otra cosa tuvimos que creer en su palabra. Cuando el avión comenzó a correr y nos alzamos sobre el lago que está junto a la ciudad, respiré tranquilo. Richards Bay era historia y comenzaba la vuelta a casa.

Sólo queda un episodio y habrá terminado todo. No te detengo más, salta y corre hacia Aeropuerto de Johannesburgo y un salto de once horas

Categorías
Memorias de Sudáfrica Viajes

10. Richards Bay – Jueves de pasión

memorias de sudáfrica 2005

Siento una perturbación en la fuerza que me confirma que está cercano el final de este viaje, que la historia está a punto de llegar a su fin y podremos continuar con nuestras plácidas vidas una vez le hayamos dado carpetazo. También presiento que quizás andas leyendo esto porque el supremo hacedor de los buscadores te depositó aquí sin advertirte que el comienzo está en Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar, Richards Bay – Martes negro y el último episodio ha sido Richards Bay – miércoles de calvario.

El día anterior hice un gran envite. Además de actualizar las centrales telefónicas y ponerles la última versión del software disponible, implementamos un nuevo parche para los equipos de las operadores y el servidor. Habitualmente tocamos uno sólo de esos puntos y vemos lo que pasa pero el tiempo iba en contra y ya era la hora de las bravuconadas. Lo mejor de los jefillos es que te dejan tirado a las primeras de cambio y aunque se movilizaron ejércitos de desarrolladores en tres continentes, si salía mal yo sería el único culpable y pagaría quedándome una semana más. Por la mañana, sobre las siete hora local, seis en Europa, el parche final estaba listo. Lo instalé y cruzamos los dedos de los pies, de las manos e incluso los huevos. Si hubo un día en el que necesitaba mi suerte a mi lado, era ese. La dueña del sitio en el que nos hospedábamos sabía que ese día era el envite final y nos preparó un almuerzo para llevar de escándalo, con mis bocadillos favoritos.

El plan era sencillo. Nos dividíamos en dos grupos. Dos tipos se iban al cliente que hacía trampa y yo y el sudafricano que me hacía de sombra al otro lugar. ?l se parapetó en la sala de servidores y yo en la recepción con las operadoras. Así pasaron las horas. No hubo un solo problema durante todo el día. El servidor parecía funcionar como la seda al igual que las máquinas de las chicas. La gente que trabaja en este negocio es de memoria corta y a poco que todo va bien comienzan a montar bulla, felicitarse unos a otros, congratularse y chuparse las pollitas por haber triunfado. Yo no doy nada por supuesto y mucho menos cuando todo está tan suelto y tan en el aire. Por la tarde, a las cuatro, aquello iba viento en popa. Desde Holanda nos llegaban correos de todo tipo de gerentes felicitándose por tamaño triunfo. Los japoneses también mandaban correos pero su inglés es aún peor que el de mi amigo el chino y nunca tenemos muy claro lo que quieren decir. Los americanos preparaban una nueva versión de su parte por si fallaba la que teníamos. A los demás eso les parece normal pero a mí cuando alguien hace eso me está diciendo que no tiene fe en la que ha hecho y sospecho. De cualquier forma no pasó nada en ninguno de los dos sitios.

Decidimos celebrarlo a lo grande, con un opulento banquete y una borrachera de las de resaca legendaria. Salimos del hotel en dirección al restaurante, porque el tipo que me llevaba privaba como un príncipe y conducía, algo al parecer normal en aquel país. En el restaurante la camarera nos dio el disgusto de la noche: tendríamos que comer rápido y salir por patas porque en una hora y media comenzarían los controles de alcoholemia en las carreteras de la ciudad y serían masivos. Así no me extraña que la gente beba, si ya se sabe cuando te van a controlar no hay gracia. El restaurante además preparó una serie de platos que ya tenían listos y de esa forma todo el mundo comía más rápido. En una hora estábamos cenados y servidos. Opté por una cesta de frutos del mar, llena de langostinos, cangrejos, calamares, pescado y demás delicias marinas fritas y servidas sobre un lecho de papas fritas y cubierto por una salsa. La presentación era en una cesta, como decía el nombre del plato. Me quedé bien lleno y al mismo tiempo que todo el mundo salimos a escape del local. En todos los restaurantes de los alrededores parecía estar sucediendo lo mismo. Según me dijeron los controles son para los pollabobas que no van a comer a restaurantes y no se enteran de este tipo de eventos. A propósito, pagué yo, como habíamos acordado antes de conocer el pequeño problema técnico.

Como ese día deambular en el exterior iba a estar complicado nos fuimos al hotel. Allí nos servimos cervezas, biltong y comenzamos con el ritual de la bebida social sentados en la piscina, con los pies dentro de ella porque el tiempo estaba muy bueno. Los mosquitos eran como abejas de grande y yo me dedicaba a estallarlos con la palma de la mano. Ni os creeríais la cantidad de sangre que pueden llevar esos cabrones. Uno de los tíos me preguntó si me había puesto la vacuna contra la malaria y le dije que no. Todo el mundo se quedó en silencio y me aconsejaron que en caso de tener migrañas al volver que fuera al médico y pidiera que me hagan la dichosa prueba. No es que vaya a pasar nada pero por si acaso. Se me puso un mal cuerpo de cojones. Para este tipo de cosas yo soy muy aprensivo y pese a haberme criado en la Isleta, que es un lugar en el que te curtes, siempre te queda la duda sobre si me habré ablandado con mis años de estancia en el primer mundo.

La dueña del hotel nos regaló una botella de amarula que nos bebimos allí mismo. Yo a esas alturas ya era adicto a ese licor. También nos regaló un montón de cervezas y en mi caso un bote de la salsa que tanto me gustaba para los bocadillos, una salsa llamada Blatjang (africaner) o Chutney (inglés) que me traje conmigo de vuelta y que estoy racionando para que me dure el resto de mi vida. Arrasamos con el bar. Cuando me fui a la cama caminaba cambado por el pasillo y echaba burbujitas por la boca. El que se quedaba al final del corredor iba a cuatro patas para evitar caerse con el terremoto. A la mañana siguiente mi portátil estaba roto, su disco duro había dejado de funcionar. Me pregunto si fue por tenerlo continuamente encendido y trabajando al 100% de CPU o por alguna hostia que pude haberle dado al llegar a la habitación en tan deplorable estado. Eructaba como una soprano que ensaya para la ópera y parecía un surtidor de cerveza a pleno rendimiento, largando amarillo espumoso a destajo.

Y así, semiconsciente me fui a dormir en la que esperaba fuera mi última noche en Sudáfrica. Ni siquiera me molesté en apagar la luz o detener la máquina de aire acondicionado.

Sigue adelante y salta conmigo hacia el siguiente capítulo de este relato de mis viajes. Lo encontrarás en Richards Bay – todo comienzo tiene un final