Veleros, recuerdos y una virgen aérea

Este último viaje a Gran Canaria ha sido algo atípico. En lugar del tradicional recorrido al aeropuerto, lo hice en dos etapas y primero estuve en Ámsterdam para ser testigo del Ámsterdam Sail 2005. Salí temprano de mi casa para poder verlo todo y cogí el tren para la estación de Ámsterdam Central. En los últimos días ha habido muchas dudas en el país sobre si iba a ser posible llegar en tren a dicha estación después del accidente del pasado lunes, cuando un tren de pasajeros descarriló y escoñó las líneas de tensión que alimentan a los trenes. Es el tercer accidente de este tipo que sucede en lo que va de año y comienza a levantar serias dudas sobre la profesionalidad de la compañía que se encarga del mantenimiento de las vías.

Una vez en la estación dejé mi equipaje en la consigna, lo cual no fue fácil ya que han puesto más controles de seguridad que los que se ven en el aeropuerto. Una vez pasas por este escrutinio has de encontrar la taquilla que vas a usar y meter los cachivaches dentro. A aquella hora ya no quedaban muchas libres, así que me imaginé que aquello más tarde sería el acabose.

En lugar de salir de la estación por la puerta principal, sales por la parte de atrás y ya estás en el Ámsterdam Sail 2005. Cada cinco años vienen veleros de todo el mundo y durante seis días Ámsterdam se convierte en la capital náutica del mundo. Ya estuve en el año 2000, recién llegado a Holanda y junto con la Floriade, que sucede cada diez años y el Keukenhof forma el trío de mis atracciones favoritas en este país. En esta ocasión se esperan unos dos millones de visitantes durante estos seis días.

Las siguientes tres horas fueron un paseo entre veleros y otros tipos de barcos, fotos que tendréis la ocasión de ver próximamente. La mayor parte de los veleros permiten la entrada y se forman grandes colas. Hace cinco años ya entré en bastantes de ellos y los restantes los he visitado en el puerto de Las Palmas de Gran Canaria. Este paseo ha abierto el baúl de los recuerdos. En el año 1992, durante las celebraciones del quinto centenario del descubrimiento de América hubo una regata que salió de la península, pasó por Gran Canaria y siguió rumbo hacia el nuevo continente. En aquella ocasión también fueron cientos de veleros y muchos buques escuela. El puerto de Las Palmas fue una fiesta gigantesca y recuerdo que pasé unos días geniales deambulando por allí y entrando a ver estas maravillas flotantes. También recuerdo que pude ver esos barcos enfilar hacia América desde Juan Grande. En aquel verano yo trabajaba con mi amigo Sergio en la puesta en marcha del primer turbo gas en la central eléctrica de ese municipio. Estábamos allá abajo cuando vimos los barcos llegar desde el puerto de Las Palmas de Gran Canarias, soltar velas y adentrarse mar adentro empujados por la fuerza del viento. Fue algo mágico.

La sensación hoy era la misma. Hueles la sal del agua, ves los barcos balanceándose suavemente y las tripulaciones siempre trabajando, siempre pintando y limpiando y arreglando esas joyas acuáticas. En lugar de hacer cola durante media hora o más opté por pasear y hacer fotos como un loco. Entré únicamente en un pequeño velero perteneciente al sultanato de Omán y en un barco de la armada neerlandesa llamado el Rótterdam. El barco omaní no tenía mujeres, como supondréis y los hombres iban vestidos con un traje diferente al que usaban los ciudadanos de su país. El barquillo no es muy grande pero estaba muy bien cuidado. El Rótterdam es una mole enorme que lleva en su interior un montón de tropas y equipamiento para desembarcos. Cuando estás en cubierta, a unos quince metros de altura, se pueden ver unas vistas preciosas de todo el evento.

En todo el recorrido habían puestos de comida, bebida y souvenirs. Hace cinco años no estaba tan mercantilizado como ahora. Es curioso porque no se puede pagar con dinero. Hay que comprar unas monedas que son el único medio de pago aceptado en todos estos puestos. De vez en cuando hay unos pequeños bancos en los que se compran las susodichas. También se paga por los baños, lo cual despierta siempre la picaresca de la gente, que aprovecha cualquier rincón para aliviarse.

También recuerdo que hace cinco años el ayuntamiento recién comenzaba a rehabilitar esta zona, una parte del puerto que había caído en franca decadencia. En aquella época, sólo las pequeñas islas en las que vive un montón de gente estaban arregladas. El resto era un amasijo de ruinas y naves decrépitas y llenas de graffittis. Ahora tenemos la terminal de cruceros, el nuevo auditorio y un montón de edificios con espectaculares diseños. Hay también un nuevo puente para cruzar hacia esas islas y también han puesto líneas de tranvías. Me pregunto como estará dentro de cinco años cuando vuelva a celebrarse. Ya os lo contaré porque pienso volver.

En un par de momentos de este paseo hay que coger unos barcos de transporte que te llevan de una a otra isla y finalmente de vuelta a la estación central. Esos barcos, pagados con los impuestos de la ciudad operan todo el día con bastante frecuencia. Por culpa de este evento van como cualquier barcaza hindú, cargados hasta los mástiles. No lo he dicho, pero al mismo tiempo que la gente camina junto a los barcos, por el canal miles de pequeños veleros, motoras y cualquier cosa que se pueda mover en el agua se mueven en una cabalgata eterna mirando también esas naves majestuosas. Es como una gran avenida con un monstruoso atasco de tráfico, solo que la avenida es un canal. Los ferries han de cruzar cortando el tráfico y siempre se producen situaciones complicadas.

Al volver a la estación, con el tiempo más o menos justo para irme al aeropuerto, fui a recoger mi equipaje. De nuevo tuve que pasar por los controles de seguridad y cuando entré en la consigna estaban todas las taquillas ocupadas. Me dirigí a la mía y cuando la abrí para sacar mi equipaje llegaron tres negras corriendo. Saqué mis cosas y una de ellas lanzó su mochila dentro del casillero. La otra empezó a gritarle que ella estaba primero y acabaron a hostias, tirándose de los pelos y diciéndose unas lindezas que no veas. Yo me quedé a un lado viendo el espectáculo, mientras los de seguridad corrían a separar aquellas dos tipas que eran capaces de matarse entre ellas sólo por conseguir una taquilla en la que poner sus cosas. Cuando el espectáculo hubo acabado cogí el tren y me marché a Schiphol. Al contrario que en las ocasiones anteriores que he ido a Gran Canaria en el año en curso, en esta ocasión voy desde Ámsterdam. También vuelvo a volar con Martinair, posiblemente mi compañía aérea favorita. Vuelan directos a Gran Canaria, siguen dando comida y bebida en los aviones y las azafatas son unos soles.

Del vuelo poco que contar. Un MD-11 configurado con clase turista únicamente y 393 almas dentro. Son los modernos transportes de ganado. A mi lado se sentó una pareja en la que el tío debía rondar los cuarenta y la unidad femenina era de esas barely legal, si llegaba a los diecisiete era un milagro. Además de la diferencia de edad era la primera vez para la pipiola. Jamás antes había puesto su culo en el asiento de un avión. Estaba más tensa que los sostenes de Pamela Anderson. Lo miraba todo y el hombre la iluminaba con su docta sabiduría adquirida en vuelos anteriores. Cuando el trasto se empezó a mover, ese pajarraco enorme, la tía poco menos que gime del gusto y al entrar en pista y empezar a correr para levantar el vuelo, entre ella y una chiquilla gritaban como locas. Una lástima que ya no se permite fumar en los aviones porque esa una vez despegamos lo que necesitaba era un pitillo para sentirse realizada.

El resto del viaje pasó sin pena ni gloria, entre comida, película, aperitivos y tienda libre de impuestos con precios abusivos, o sea, lo habitual en estos casos.

Día 3. El fin del viaje

Praga Julio 2005

Llegamos al tercer y último día del fin de semana en Praga. Hasta este momento han sido dos días de mucho turismo y conversaciones de esas que todos negamos haber tenido. Esta pequeña opereta en tres actos comenzó en Nos vemos en Praga y continuó en El castillo de Praga y un millón de escalones

Kostel sv Mikuláše - Iglesia de San NicolásSi hay algo medianamente cierto es que el tercer día me desperté molido. Las subidas de escaleras del día anterior me pasaron factura, aunque no fue hasta un par de días más tarde cuando gocé del dolor de las agujetas en su gloriosa plenitud. Nos levantamos tarde. Ya no quedaba mucho por ver, sólo museos y esas cosas que interesan a los intelectuales y aquellos que quieren parecerlo. Yo ya me he curado bastante de museos de arte. Debo ser el único que lo reconoce públicamente, pero para mí el museo de Van Gogh en Ámsterdam es uno de los sitios más aburridos del mundo, con tanta pintura idéntica de ese tipo. Muy cerquita está el museo nacional y no hay comparación con Rembrandt y amigos. Esos sí que transmitían emociones, miradas, sentimientos y no los putos campos de tulipanes mal pintados.

Molino de agua en la isla KampaEn fin, dejemos atrás las limitaciones de uno y volvamos a retomar el hilo argumental. Nos levantamos tarde, como ya he dicho. En teoría teníamos que abandonar el lugar antes de las once, pero ya había apalabrado con la sustituta de los dueños el dejar nuestras cosas en la habitación hasta pasado el mediodía, cuando volveríamos a recogerlas. Después de las oraciones matutinas nos echamos a la calle. Como Kike se quedaba en la ciudad un día más, antes de continuar su peregrinación por Europa, buscamos un nuevo lugar para que pernoctara. Cumplida la formalidad, marchamos al centro, al casco antiguo. Estuvimos andando por calles desiertas, lo típico en un domingo por la mañana. Había una gran cola para entrar en el cementerio de los judíos y pasamos de visitarlo. Una curiosidad de esta ciudad es que el barrio judío de la ciudad sobrevivió intacto a la segunda guerra mundial. Los alemanes, tan puestos en eso de limpiar ciudades de dicha raza se abstuvieron de tocar o alterar nada en esta. La razón no era otra que los planes del señor Hitler de realizar un gran parque temático para mostrar a las generaciones futuras como vivía esta gente antes de ser reubicadas en universos paralelos.

Nuestra reposada caminata nos llevó junto al río Moldava, en donde nos sentamos en un banco a disfrutar de la mañana y ver pasar los barcos por el río. Flotaba en el ambiente una golosa humedad que se pegaba al cuerpo. El agua bajaba plácidamente, ajena a las gentes que habitan en la ciudad y a los numerosos visitantes. Estuvimos allí bastante tiempo, hablando y disfrutando del día sin más, sin prisas y sin agobios. Praga es un lugar que se puede visitar en tres días sin muchos problemas, cuatro si se quiere ir sobrado de tiempo.

Escaleras del metroPara comer fuimos a un bar de bocadillos muy popular en la ciudad y de precios muy económicos llamado Bohemia Bagel. Tras la pitanza comenzó la operación salida, un poco ajustada de tiempo. Primero fuimos a buscar nuestras cosas al hostal, después a dejar la mochila de Kike en su nuevo alojamiento y tras eso, tranvía, metro y autobús al aeropuerto.

Ir con gente al aeropuerto es abrir las compuertas de la tristeza. Cuando uno va solo no es más que el paso intermedio al salto que te llevará hacia otro lugar. Cuando vas con alguien, dejas algo atrás, si lo miras desde el punto de vista del viajero y pierdes algo cuando lo miras desde el punto de vista de la persona que acompaña. Facturé y nos sentamos en una de las cafeterías para apurar los últimos momentos. Había llegado la hora de decir adiós a la ciudad y volver a casa. Atrás quedaron tres fantásticos días en una de las grandes ciudades europeas, un lugar que merece la pena visitar y al que espero volver de nuevo algún día.

Aunque el relato de este viaje termina aquí, en el año 2009 volví a la ciudad de Praga y hubo un nuevo relato y más ideas, sitios que ver y cosas que descubrir. En Mi segunda visita a Praga comienza esta nueva historia.

Día 2. El castillo de Praga y un millón de escalones

Praga Julio 2005

Mis memorias de Praga comenzaron en Nos vemos en Praga. Forman parte de mi diario y de las cosas que me gustaría leer y recordar en el futuro. Al igual que otros viajes que he contado, son memorias sueltas de esos días contadas con muy poco orden.

El sábado nos despertamos temprano, aunque no mucho. Yo ya llevaba una hora escuchando un libro cuando Kike se decidió abandonar el mundo de las vivencias oníricas. Nuestro plan para ese día incluía el castillo de Praga. Tras las abluciones matutinas y lidiar con la hordada de chinos que habían llenado el hostal, salimos a la calle. Debo tener algún tipo de implante neuronal que atrae a los chinos, porque de todos los hostales de la ciudad, seguro que aquel era el único que tenía una banda de chinos, algo nuevo para mi amigo pero habitual para mí, acostumbrado como estoy a vivir entre asiáticos.

La guía Lonely Planet de la ciudad nos permitió encontrar la ruta más óptima al castillo. Fue un paseo por la parte alta de la ciudad, paseo correctamente señalizado y que nos dirigía hacia nuestro destino sin más problemas. Al llegar a las puertas del castillo te encuentras con una multitud. Aprovechamos para desayunar en una cafetería que estaba justo a la entrada. Después vimos un cambio de guardia en una de las puertas, rodeados por una multitud. Lo del cambio de guardia es siempre igual, sólo cambian los uniformes. En todos los países tienen la misma ceremonia y las mismas multitudes se apilan para disparar sus cámaras. Cuando acabó la ceremonia tratamos de encontrar el lugar en el que comprar las entradas. La oficina de información estaba cerrada, aunque en su puerta nos cruzamos con un grupillo de japonesas, algo que a mí me pierde. Les hice una foto. Después de recorrer plazas dentro del castillo encontramos el lugar en el que vendían las entradas, fácilmente reconocible por la cola kilométrica. No nos quedó más remedio que disfrutar de esos veinte minutos de pausa, con una sola empleada atendiendo a todo el mundo. La pobre mujer hacía lo que podía. Como curiosidad decir que además de la entrada hay que pagar un euro adicional si se quieren hacer fotos dentro del lugar, aunque sólo se controla en las puertas, con lo que os podéis ahorrar la pasta si algún día vais por allí.

Pražský Hrad - Castillo de PragaEl primer lugar al que entramos fue a la catedral de San Victor o Chrám Sv Víta. Como toda catedral que se precie, tiene espectaculares vidrieras, rincones de una belleza sobrecogedora y santos enterrados por todos lados. Para aquellos que deciden no pagar hay una parte que se puede visitar, aunque se pierden lo mejor. Una vez entras en la zona protegida, puedes ver frescos fascinantes, tumbas de hombres que lo dieron todo por la iglesia y similares. Detrás de nosotros venía un grupo de monjes italianos, varios de ellos bien jóvenes y bien alimentados. Traté de hacerles una foto, pero es difícil con el pedazo de cámara que tengo, al menos si no quieres que se den cuenta. En los sótanos de la catedral visitamos unas cuantas tumbas. Estas cosas a mí siempre me han producido una sensación extraña. Me pregunto que pensarán los muertos cuando ven que están como en un escaparate y que sus huesos vibran al son de los pasos de los visitantes durante todo el día.

Río Moldava desde la Gran TorreEl momento cumbre de la visita a la catedral fue cuando comenzamos a subir las escaleras de la gran torre. Aquello no parecía tener fin. Fueron 399 escalones, encerrados en un cilindro que apestaba al sudor de todos los que lo llenaban, con gente subiendo y bajando al mismo tiempo por aquellos escalones diminutos. De vez en cuando la lenta procesión que de la que formábamos parte se detenía sin razón aparente. Tras unos segundos de desconcierto volvíamos a arrancar y seguíamos la ascensión.

He de decir que mereció la pena. Las vistas desde allá arriba eran espectaculares. Todos esos tejados rojos, el río marcando el paisaje, las cúpulas, los puentes. Se puede rodear la torre y hay vistas hacia los cuatro puntos cardinales. Todas tienen algo hermoso, algo pintoresco y que te deja pensativo unos instantes. Allá arriba éramos legión.

Río Moldava y puente de San CarlosAntes de bajar estuvimos un rato mirando el mecanismo del reloj que se encuentra en la gran torre. Aparte del retraso que arrastraba, pensamos que no estaba funcionando ya que no se apreciaban partes móviles, pero de vez en cuando el trasto se activaba y se movía un poco. La bajada se me hizo tan pesada como la subida. Deshacer los 399 escalones, sumergidos de nuevo en ese hedor a sudor de otros no fue agradable. Llegamos a la salida desesperados por salir de allí.

Vladislavský sál - Salón de VladislavNuestra siguiente parada era en el Starý Královský Palác o Antiguo Palacio Real. También se necesita entrada para acceder a su interior. Lo mejor del edificio es el inmenso salón de justas y celebraciones. Se nota la grandeza del lugar y mientras caminas por él te imaginas como tuvo que ser cuando entre aquellas paredes los que vivían eran reyes y princesas. Hay unos balcones con unas vistas preciosas de la ciudad y varias salas con armas y armaduras medievales. Todo este paseo lo hicimos leyendo la guía Lonely Planet y alternando estas lecturas con conversaciones más mundanas. En algunos puntos nos quedamos un rato quietos, admirando las vistas.

Bazilika sv Ji?í - Basílica de San JorgeCuando acabamos con el palacio real nos fuimos a la Basílica de San Jorge o Bazilika sv Ji?í, una pequeña iglesia preciosa tanto por fuera como por dentro. A su lado hay un convento convertido en parte de la Galería Nacional. Pasamos por las exposiciones que allí habían como un suspiro. Es lo bueno que tiene la incultura, que sólo aspiras a cruzar las salas y te importa un pimiento el contenido. En una de ellas, había uno de esos cuadros horrorosos que a mí no me dicen absolutamente nada pero que más de uno y de una contemplan extasiados durante minutos. Estábamos Kike, una mujer y Yo. Hice mi típico comentario inapropiado para demostrar lo limpio e inmaculado que tengo mi cerebro y resultó que la mujer era española y lo entendió todo. Os podréis imaginar la gama de colores que alcancé.

Zlatá Uli?ka - Callejón del oroYa nos faltaban solo un par de puntos por visitar del castillo, que más que eso es un complejo de edificios detrás de una muralla. Paseamos por el Callejón del oro o Zlatá Uli?ka e hicimos las fotos de rigor frente al número 22, en donde vivió Franz Kafka. Si el hombre viera en lo que se ha convertido aquello, seguro que vuelve a caer muerto del susto. En una de las tiendas tienen una colección increíble de armaduras y armas medievales. Esta parte del castillo aunque está camuflada es básicamente un montón de tiendas para turistas.

Tras esta pausa vimos la torre del polvorín o Prašná V?ž. Nada del otro mundo, sólo más escaleras que subir y un par de muñecos vestidos con trajes de época. Con esto completábamos la visita al castillo. Nos quedamos un rato sentados en uno de los patios recuperándonos del empache cultural entre las multitudes.

En ese punto elegimos hacernos una caminata de unos cuatro kilómetros que nos llevaría hasta la torre Pet?ín o Pet?ínská rozhledna. Bueno, para ser honestos lo elegí Yo, que Kike no dijo ni esta boca es mía. En este paseo de un par de horas vimos jardines y parques muy bonitos, como la isla de Kampa. Estuvimos junto a la escalinata que aparece en Misión: Imposible y recorrimos rincones que no son muy visitados por los turistas. Hay un momento en el que comienza la ascensión hacia la torre Pet?ín. Al principio pasas junto a las embajadas de varios países, entre ellos los Estados Unidos, con sus estúpidas y extremas medidas de seguridad habituales. Tras dejar las embajadas atrás, la calle se empina de mala manera y cuando crees que no puede ser peor, se convierte en unas escalinatas interminables. Pensé que me moría, pero por orgullo y porque el otro cabrón parecía más fresco que una rosa no dije nada. Llegamos a los pies de la torre reventados. Nos compramos las entradas, yo feliz pensando que habían ascensores y me llevé el palo del milenio cuando me entero que hay que subir a pata. Otros 299 escalones. Los músculos de las piernas ya ni respondían. Subí porque Dios es grande y me quiere. Al menos las vistas fueron muy buenas y la bajada ni la noté de lo reventado que estaba. Volvimos a la civilización en un funicular cercano, que es lo que usa toda la gentuza que sube hasta allá arriba para hacer sus fotos.

Después del palizón, estuvimos por la zona del puente de San Carlos haciendo las típicas compras de turista, particularmente aquello que mi madre siempre me obliga a comprarle y más tarde volvimos al hostal. Tras la ducha de rigor y recuperarnos un poco, volvimos al casco antiguo para la cena. Pražský Hrad - Castillo de Praga de nocheIntentamos ir a un sitio que según la guía estaba muy bien, pero nos lo encontramos cerrado y liquidado. Mirando los lugares que tenían música Jazz en vivo, terminamos en el Red, Hot & Blues, en donde además de disfrutar de una cena con comida estilo Cajún pudimos escuchar música en vivo. Ya entrada la noche volvimos al puente para las fotos nocturnas de rigor. Nos lo encontramos igual de animado que durante el día. Terminamos en uno de los bares que están en la plaza del casco antiguo.

Ya tarde, cuando queríamos volver al hostal tratamos de buscar los tranvías que funcionan por la noche. Por supuesto elegí el camino equivocado y acabamos andando un huevo para tener que deshacer el camino. Preguntamos a un taxista pero el hijoputa intentó estafarnos y poco después encontramos la parada del tranvía. Por suerte pasan cada media hora así que no tuvimos que esperar mucho. Esa noche caí muerto, aún más cansado que la anterior.

Este relato continúa en Día 3. El fin del viaje.

Día 1. Nos vemos en Praga

Praga Julio 2005
Mis memorias de Praga comienzan entre tinieblas y sueño. Levantarse a las cinco de la mañana es algo que no sienta nada bien. Ya he hablado del viaje así que iré directamente al grano. Digamos que he llegado al aeropuerto de la ciudad y que gracias a mi guía Lonely Planet, estoy muy puesto en todo lo relativo al villorrio. Busco el mostrador de la empresa de transporte público y me compro un bono para tres días de transporte ilimitado. Mientras hacía la cola pude ver como un montón de españoles eran timados miserablemente. Hay dos compañías vendiendo esos billetes. La buena es la empresa que regula el transporte en autobús, metro y tranvía. La mala es una que sólo te vende un servicio de autobús al centro. No sólo vale más caro sino que una vez estés allí tendrás que usar el transporte público y por tanto pagar. Eso lo sabíamos todos salvo los de la piel de toro, que demostraban una ignorancia que rozaba el escándalo.

Cogí la guagua que me llevaría al metro junto con otro montón de turistas. Fuimos apelotonados hasta la puerta del metro y allí nos lanzamos escaleras abajo. En estos casos lo mejor es seguir a la plebe, aunque como la línea terminaba allí, era algo bastante sencillo. Me llamó la atención lo limpios y nuevos que se veían los vagones, sin grafittis, sin suciedad aparente. Lo mismo he de decir de las estaciones. En un punto tenía que hacer transbordo a otra línea. Salí, encontré los nuevos andenes y después de un estudio profundo del tema averigüé cual era el sentido que debía tomar. Esa segunda línea me llevó a la estación central de trenes, llamada Hlavní Nádraží. Allí debía coger un tranvía que me llevaría junto al hostal.

Mi capacidad para orientarme es legendaria. Todos mis amigos saben que si yo soy el guía, al menos caminaremos como cabras y conoceremos el sitio porque estaremos perdidos todo el tiempo, o medianamente perdidos. El tranvía debía encontrarse cerca de la estación, pero por supuesto, cogí la ruta equivocada y tras andar medio kilómetro decidí volver al punto de partida. Me fijé en la gente y al seguirlas, encontré la dichosa parada, la cual tendría que haber visto cuando salí. Una vez allí tenía que decidir cual era el sentido correcto. No es fácil. Estuve tentado de preguntar pero los gitanos rumanos no me inspiraban confianza. En mi guía ya hablaban de ellos, pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Los españoles tienden a quejarse mucho de los gitanos, pero los nuestros son limpios y educados en comparación con los de aquella ciudad. La raña parecía haberse convertido en parte de su piel y sus dientes negros y amarillos intimidaban a cualquiera. Fijándome bien encontré la pauta al sistema de indicaciones y me encaminé hacia el hostal. Encontrarlo no fue difícil. Me habían enviado un correo explicándome el camino y con esas instrucciones fue suficiente. Yo me esperaba ser recibido por una checa espectacular, una diosa de facciones hermosas y manos de ángel, que para algo decían que la dueña del lugar daba masajes tailandeses. La que me recibió era una prima del muñeco michelín, redonda, sudorosa y carnosa. Ella misma me contó que los dueños no estaban en la ciudad ese fin de semana y que por ser amiga les estaba haciendo el favor y encargándose del lugar. Me llevó a la habitación y me tanteó sobre cuantos y de qué sexo. Cuando le dije que éramos dos amigos retrocedió y me asignó una nueva habitación. Por lo que se ve pretendía meternos en una cama de matrimonio, a pesar de que en la reserva elegí una habitación con dos camas. Tras marcharse, me organicé, dejé la mochila, agarré la cámara y el libro y me fui al centro.

Starom?stské nám?stí - Plaza del casco viejoTenía poco más de dos horas hasta que Kike llegara a la ciudad, tiempo más que suficiente para encontrar los caminos a los lugares más relevantes. Armado de mi guía hice la ruta inversa y conseguí encontrar la estación Starom?stská, la cual me debía dejar bastante cerca del centro. Seguí las indicaciones que encontré en la estación y casi sin problemas fui a parar a Starom?stské nám?stí, o la vieja plaza del casco antiguo. Después de deambular un rato por el lugar y disfrutar del solito que Dios nos ha negado en Holanda este verano, viendo que aún tenía tiempo decidí ir hacia el puente de San Carlos. Miré mi mapa y basándome en mis soberbias dotes de orientación me eché a andar. Supuestamente estaba como a medio kilómetro, así que cuando llevaba andados dos kilómetros decidí que había cometido un error.

Como estas cosas me suceden todos los días no me asusto ni pierdo los papeles. Encontré una esquina con nombre, busqué en el plano y descubrí el punto en el que había terminado. Karl?v most - Puente de San CarlosComo estaba cerca del río Moldava aunque bastante más al norte de donde debía haber ido opté por seguir la rambla que delimita dicho río y de esta forma no jugármela de nuevo. Tras una señora caminata acabé llegando al puente de San Carlos o Karlúv most. Paseé por el mismo, me paré a escuchar la música que varias bandas tocaban, admiré las vistas del castillo desde allí y al mirar la hora vi que ya tenía que ir hacia la estación.

Busqué mi teléfono y ¡mierda! Me lo había dejado. Empecé a recordar el punto exacto en el que lo había usado por última vez. De alguna forma no tenía conciencia de haberlo tocado en todo el día, así que era posible que lo hubiera dejado en Holanda. Se me hizo un nudo del tamaño de una manzana en la garganta. Por desidia, dejadez y gandulismo no había apuntado el teléfono de Kike. Con todas las señales de alarma sonando me fui a la estación de tren. Supuestamente él llegaba a las tres menos cuarto. Lo primero que hice fue tratar de averiguar el anden por el que llegaba. Fue imposible. Los paneles sólo indicaban las salidas y no las llegadas. Al final, en uno de los andenes encontré un papel que indicaba horarios de llegadas. La siguiente mala noticia es que a la misma hora llegaban tres trenes. No tenía ni idea de cual debía ser. Para hacerlo más difícil, cada anden tenía tres bajadas hacia los pasadizos subterráneos y estos tenían salidas por ambos lados. O sea, un desastre. Me puse en el punto de encuentro cruzando los dedos. A las tres decidí que o bien había llegado y estaba en otro lado o había perdido el tren. Como una hora más tarde volvían a llegar tres trenes de los mismos sitios, me quedé esperando. Paseé por la estación mirando por si me lo encontraba, aunque sin suerte. Habían cuatro policías equipados para repeler un ataque terrorista que patrullaban tanto como yo y que estaban medio mosqueados por verme rastreando anden tras anden, pasadizo tras pasadizo, en busca de algo desconocido. La verdad es que lo pasé un poco mal.

Maquiné un plan alternativo buscando un ciber café y enviando un correo a Kike, aunque decidí llevarlo a cabo más tarde. cuando llegaron los siguientes trenes volví a apostarme en el punto de encuentro y de nuevo no apareció. El pánico recorría las paredes del estómago a velocidad crucero. Mi monstruoso cabezón seguía dándole vueltas al asunto y finalmente me acordé que había dejado el móvil en la chaqueta, en el hostal. Salí corriendo para allá y nada más entrar, encendí el puto trasto diabólico. Me llegaron inmediatamente dos mensajes avisándome que llegaría dos horas tardes por haber perdido el tren. Mi suspiro de alivio se pudo escuchar con claridad en toda la ciudad. Como faltaban quince minutos, volví a la estación. En esta ocasión tuve suerte y sólo llegaba un tren a esa hora. Esperé en el anden y finalmente nos encontramos.

Hasta ese instante nuestra amistad había circulado siempre por las líneas de banda ancha. Era la primera vez que nos veíamos. Nos dimos el abrazo de rigor y de esa forma sellamos nuestra amistad. Ni tuve ni tengo ninguna duda de que Kike y Yo seríamos y seremos grandes amigos. Salimos de la estación contándonos nuestras respectivas aventuras hasta ese momento y respirando aliviados. Al contrario que Yo, que viajaba con una mochila pequeña, el hombre parecía más cargado que una mula, aunque claro, estaba recorriendo Europa y hay que ir equipado. Fuimos al hostal y dejamos los bártulos. Después decidimos volver al centro y pasear por la zona, algo fácil y que no pondría en evidencia mis facultades para la orientación.

Starom?stská radnice - Reloj astronómicoEn la Plaza del casco viejo vimos al reloj astronómico dar la hora. Deambulamos sin rumbo fijo, buscamos el puente de San Carlos, algo trivial ahora que sabía por done no ir y por la tarde acabamos paseando por las calles del barrio judío. Para cenar optamos por un restaurante de comida checa llamado Kolkovna. Ambos nos pedimos un plato que parecía ser un popurrí de lo más típico del país. Una hora más tarde seguíamos esperando por la comida mientras la gente a nuestro alrededor que había llegado más tarde ya estaba terminando de comer. Nunca supimos la razón, pero cuando llegó la comida, eran unos pedazos de fuentes con una animalada de comida para cada uno. Visto que Kike llevaba ya diez días cruzando Europa, al menos esos tres días me aseguré de que comiera decentemente. Salimos de allí en plan naranjito, redondos como bolas de billar de tanta pitanza. La comida fueron más de dos horas creo yo, entre la espera por el plato, la operación para engullir todo aquello y la espera para pagar y marcharnos, que también les tomó lo suyo a los camareros.

Después creo que nos tomamos una cerveza y acabamos volviendo temprano al hostal, que ambos estábamos en planta desde las cinco y tampoco era plan. Todo el tiempo que pasamos desde que nos encontramos lo pasamos hablando, poniéndonos al día de nuestras respectivas vidas. Así fue el primer día en Praga.

Este relato continúa en Día 2 – El Castillo de Praga y un millón de escalones.