La conexión


Hoy viví una experiencia que seguramente podría archivar como religiosa, definitivamente mística. Aunque yo vi Top Gun (Ídolos del aire) – Top Gun en el año de su estreno, gracias al cine digital y tal y tal la volví a ver cuando la reestrenaron UNA SOLA VEZ en el año 2016, como quedó constatado en mi anotación sobre ese clásico y por culpa de la pandemia podemita y truscolana, hemos tenido que esperar dos años, dos putos años, para ver la segunda parte, de la cual puedo anticipar y anticipo que hablaré el fin de semana, ya que cumple con la condición para saltarse la cola y tendrá la máxima puntuación y además, para cuando hable de ella, no la habré visto una vez, ni dos, ni tres veces, en el momento en el que aparezca la anotación yo la estaré viendo por cuarta vez en el cuarto día después de su estreno.

Vamos ahora al tema que realmente quería tocar y que estoy seguro que ya he tocado en alguna anotación anterior, que la desventaja de tener doce mil setecientas cincuenta y tres anotaciones en el mejor blog sin premios en castellano es que ya está todo dicho al menos dos veces. Podría haber ido a ver la película anoche, pero para mi primera vez quería que fuera muy pero que muy especial y compré entrada para verla en la sala 4DX y si alguno no sabe lo que es eso, que lo busque, pero básicamente son salas con unos asientos especiales y motorizados en las que a la imagen se añaden efectos en la sala, como el movimiento de las butacas, aire, vibraciones, agua, nieve, niebla, relámpagos y hasta olores, entre otras cosas y convierten la película en toda una experiencia. Me vuelvo a desviar del tema así que vamos al tercer párrafo y ya no me desvío.

En nuestra memoria hay cosas grabadas a fuego, recuerdos que nos marcaron y que tienen un efecto instantáneo sobre nosotros. Yo desde siempre he adorado el cine y lo vivo como una experiencia muy intensa, me gusta pasar miedo en las películas de terror, me gusta descojonarme en las comedias, llorar a moco tendido en los dramas y angustiarme en las persecuciones y agitar la pata como si fuera un dictadorzuelo joputa asesino ruso que se merece que le maten a toda su familia mientras él lo ve y después lo degüellen y tiren en una granja de cerdos para que se lo coman. Ya he dicho que en las películas de la Guerra de las Galaxias, cuando comienzan, que todas empiezan de la misma forma y suena la fanfarria de John Williams y salen esos cutre-títulos de crédito que suben por la pantalla, yo, sin ni siquiera leerlos, me echo a llorar, algo salta dentro de mí que provoca la reacción instantánea e incontrolable, está ligado a muchísimos recuerdos fabulosos de cuando era niño y toda esa emoción aflora igualmente. Me sucede también con la película el color púrpura de Steven Spielberg, que tiene una escena, una sola escena, cerca del final, que me hace llorar más que una plañidera profesional, se me desbordan los ojos y lloro con ganas y cuando estudiaba en la universidad y hacía exámenes, los amigos siempre me preguntaban por la película que había visto el día que hice el examen, porque sabía que si veía Aliens: El regreso, el examen me había salido bien y si elegía el color púrpura, mejor no hablábamos del tema. Curiosamente, Aliens: El regreso y Top Gun (Ídolos del aire) – Top Gun son del mismo año y ambas las vi en los Estados Unidos mientras pasaba el verano allí. Cuando hoy comenzó la película que continúa Top Gun (Ídolos del aire) – Top Gun y que seguramente se puede llamar una segunda parte, aunque con la distancia tan grande entre ellas como que no pega, bueno, cuando comenzó y para hacerlo eligieron poner la misma música, el himno de Top Gun de Harold Faltermeyer, la misma música, con el mismo texto en pantalla, comenzando la película exactamente de la misma manera, ese fusible que provoca estas reacciones emocionales vinculadas con recuerdos pasados se disparó y yo lloro en el inicio de la película, toca fibras dentro de mí que saturan por completo el sistema emocional y lo desbordan y se que mañana o el viernes o el sábado, cuando vaya a ver la película de nuevo, esa reacción se repetirá en cada ocasión. Uno de mis amigos, que según él no lloraba en el cine porque eso era cosa de débiles y que flipaba y me miraba cuando yo me descomponía emocionalmente a su lado, finalmente le llegó su hora cuando fuimos a ver Cinema Paradiso y en un punto determinado de la película, que es un clásico que todo el mundo debería haber visto no una, sino varias veces, se echó a llorar desconsoladamente a mi lado mientras yo llevaba ya un rato llorando y si no es porque todo el mundo en la sala estaba igual o peor, habríamos montado un numerito en el cine. Años después, cuando yo ya había emigrado a los Países Bajos, en unas vacaciones navideñas en las que lo vi, estábamos cenando con su esposa, que no nos conocía en aquella época ni sabía de nuestra existencia y me regaló la película en DéuVeDé y su mujer flipó porque los dos prácticamente nos echamos a llorar en el restaurante y ella era incapaz de comprender que el día que vimos esa peli juntos en el cine, ese día se marcó a fuego en nuestras almas y el mero hecho de tener aquel objeto en las manos desempolvaba y sacaba a relucir aquel recuerdo fortísimo y nos descomponía a ambos. Desconozco si mi amigo le llegó a explicar más tarde a su mujer la razón para aquello que vivió incrédula y alucinada.

Me alegra enormemente saber que tengo una nueva conexión emocional a algo del pasado y que puedo ver la nueva película de Top Gun y regresar, en mi kabezón, un montón de años hacia atrás en el tiempo.


2 respuestas a “La conexión”

  1. Además es curioso ver como ciertas escenas afectan a algunas personas y a otras no tanto, por ejemplo, cuando estrenaron Braveheart, mi amiga lloraba tanto que quiso esperar a que saliera todo el mundo del cine para que no le vieran la hinchazón de la cara, se hartó de llorar, y todavía hoy nos acordamos de la historia, y sin embargo yo, aunque emocionada, nada de lágrimas. Y luego me pones otras escenas se supone mucho más ligeras y me deshago… que cosas.

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