La falla

Ayer era un día más. Me levanté como siempre, eché el jiñote como siempre, aunque todos y cada uno son especiales y diferentes y a todos los quiero igual, salí de mi casa como siempre y mi rutina era la habitual. Hay días en los que después de un tiempo como que presientes o notas que la perfecta sincronización del universo falla y las cosas se tuercen. Al mediodía, el Moreno no salió a caminar conmigo porque tuvo que volver a su casa para ayudar a su hija con algo. En la oficina, las cosas se complicaban y teníamos que desenmarañar el problema y encauzar el barco nuevamente. Por lo general, sobre las tres y media de la tarde abro la página de la empresa ferroviaria para controlar los trenes que pasan por Hilversum Sportpark y así anticiparme a cancelaciones o cualquier otro problema. De alguna manera, presentí que la cosa iba mal sobre las dos y media y cuando abrí dicha página, NO HABÍAN TRENES. Por un fallo eléctrico en Hilversum, todo el tráfico ferroviario desde y a la ciudad estaba suspendido. Básicamente esto es lo que se califica como ¡DRAMA TOTAL! y aún más dramático cuando el tiempo estimado para resolver la incidencia es desconocido. Se lo comenté a dos compañeros que también se mueven en tren y resultó que uno tenía entradas para ir al cine esa tarde y el otro tenía el coche en el taller para pasar la revisión y lo debía recoger antes de las cinco. Comenzamos a estudiar alternativas y todo pintaba negro o marrón clarito ciertamente mierdoso. Buscando estaciones de tren que todavía tuviesen tráfico de trenes encontramos que la del sur de Soest era una posibilidad y hasta podíamos llegar allí en guagua, con una cada media hora, aunque ya no llegábamos a la siguiente. La duración del viaje, que normalmente hago en trece minutos, se estiraba como el chicle por encima de una hora y diez.

Organizamos el éxodo y fuimos a la parada de la guagua mientras seguíamos controlando la información de los trenes. Llegamos casi quince minutos antes y mientras, más gente parecía que había llegado a la misma conclusión que nosotros. En los paneles electrónicos de la parada de guaguas te informan del tiempo que falta hasta que lleguen y a la hora estipulada, seguían añadiendo minutos, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno de los compañeros se temía lo peor y nos dijo que seguramente iría llena y no pararía. Efectivamente, cuando aparece por la calle, en el panel en el que indican el número de línea y el destino aparecía el mensaje SORRY, de bus is vol, que aunque en nuestras cabezas lo traducimos por Mámatela, la guagua está petáa, también puede significar truscoluña no es nación. El joputa del conductor ni se molestó en reducir la velocidad, siguió de largo. Ante la perspectiva de esperar media hora para obtener el mismo resultado, decidimos ir a la estación central de Hilversum, lugar que además de los trenes salen las guaguas. Nos echamos a andar y llegamos cuando la siguiente de las guaguas de esa línea abandonaba la estación. Media hora más de espera. En los paneles informaban que había un tren viniendo desde Utrecht y otro que llegaría desde Amsterdam e iba en dirección a Amersfoort. Nos quedamos en la estación para ver si restablecían el servicio ferroviario con la opción de ir a la parada de la guagua, que está a menos de cien metros cinco minutos antes de la salida de la misma de no ser así. Por suerte llegó el tren que veía de Utrecht, con lo que se confirmaba que en ese sentido ya había electricidad en las líneas y a los tres minutos llegó el que venía desde Amsterdam, eventos que incrementaron nuestra confianza e hicieron que nos quedáramos en la estación arriesgando otra media hora de retraso. Finalmente, a las cuatro y media de la tarde, apareció el primer tren que iba en dirección a Utrecht y nos montamos en el mismo con la misma eficiencia que los indios, con cienes y cienes de millones de julays apretaditos, aunque nadie se sube en el techo porque esto es el primer mundo y esa es una línea que no queremos cruzar.

Las leyes del puto Murphy ese que también hacía cerveza son rastreras y el segundo tren, el que me debía llevar hasta la estación en la que aparco mi bicicleta también lo cancelaron pero tuve suerte y logré ir en uno que llevaba veinte minutos de retraso. Cuando salí del tren, cogí mi bici y no miré ni para atrás, me piré hacia mi casa porque en días así, lo mejor es atrincherarte y esperar a que las cosas se vuelvan a poner en su sitio.

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