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Mantecados de Gran Canaria

Cuando era pequeño e iba al colegio Galicia en la Isleta, una de mis rutas me llevaba por delante del colegio José Antonio Primo de Rivera, que era al que iba mi hermana porque era solo para portadoras de potorro y enfrente del mismo estaba la PISCINA, una piscina que yo conocí ya abandonada y en la que después, en el mismo solar, construyeron un deportivo. Al lado de la piscina había una fabrica de mantecados, en el bajo de una casa y de aquella empresa y su horno salía un aroma que yo asocio con la niñez. Cuando tenían la puerta abierta, les dabas unas pesetas y ellos te daban unos cuantos mantecados y yo me encochinaba, para mí ese era el momentazo del día, vamos, que me corría de puro gusto con aquellos mantecados. El progreso barrió la fábrica, que también hacía unas tortas como de aceite que algún día investigaré y jamás de los jamases volví a saber de mantecados como aquellos, que están grabados a fuego en mi código genético. Hace año y pico, regresando de Gran Canaria a los Países Bajos tras las vacaciones navideñas, compré una caja de mantecados en una de las tiendas de la zona insegura del aeropuerto y cuando los probé, el recuerdo de aquellos mantecados volvió a mi cabezón de papagüevo. He estado catorce meses haciendo una infinidad de pruebas en base a los ingredientes que tenían los mantecados que me compré y multitud de recetas que me han pasado y he visto de los auténticos mantecados de Gran Canaria. Por descontado, los míos no son los auténticos pero son de sabor idénticos a los de aquella fábrica que había junto a la Piscina. En estos catorce meses he probado diferentes proporciones de manteca, harina y azúcar, he probado a tostar la harina en múltiples grados, he probado diferentes temperaturas en el horno, con aire, sin aire y tras éxitos y una ingente cantidad de fracasos, llegué a la receta de estos mantecados de Gran Canaria, sencillos de hacer y que no parecen gustar a nadie más, ya que a todo el que le ofrezco alguno, me lo agradece pero no repite, ya que no los disfrutaron de niños. En los Países Bajos conseguir manteca de cerdo es difícil y al principio de las pruebas incluso compré más de un kilo de grasa de estómago de cerdo y preparé mi propia manteca. Finalmente he optado por traerla de España y si la consigo, siempre elijo manteca de cerdo ibérico. Esta receta, de tres ingredientes, sigue la proporción 1-1-2, se puede preparar la cantidad que quieras siempre que respetes esa regla. Yo hago unos siete con las cantidades de la receta y me obligo a no comer más de uno por día con lo que me duran una semana.

Los ingredientes: 70 g de manteca de cerdo, 70 g de azúcar, 140 g de harina.

La implementación: Encendemos el horno a 180 grados con aire caliente. Para preparar los mantecados yo no me ayudo de nada que no sean mis manos y un bol. Se hacen en un momento y como la manteca se derrite fácilmente, procuro no sacarla de la nevera hasta que no la voy a usar y según tengo la bandeja con los mantecados, los horneo. Ponemos en el bol la manteca, el azúcar y la harina y lo mezclamos con la mano un poco. En un minuto o menos tenéis una masa que seguramente tiene partes pegajosas por culpa de la manteca de cerdo.

Uso un molde circular y por precisión matemática, tomo unos cuarenta gramos de masa y pongo el molde sobre una bandeja que he recubierto con papel de hornear, pongo la masa en su interior y aplasto hasta darle la forma, pero sin perder mucho tiempo para que el calor de la mano no derrita la bandeja. Cuando los tengo todos hechos (aquellos más espabilados deducirán que 70 + 70 + 140 y finalmente dividido por 40 es lo que da la cantidad de 7 mantecados), pongo la bandeja en la parte baja del horno durante quince minutos. Según acaba el horneado la saco y los dejo enfriar sobre la bandeja. Aguantan una semana en un envase sin aire, si eres capaz de controlar tus instintos y de sabor, son fabulosos. Todo un dulce mágico hecho solo con tres ingredientes.

Por sulaco

Maximus Julayus

2 respuestas a «Mantecados de Gran Canaria»

Mmm… tanta manteca con azúcar me echa para atrás… los probaría, pero creo que tampoco serían santo de mi devoción.

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