Más jiñotes

El problema de abrir la caja de la mielda es que cuando uno empieza, ya no hay manera de cerrarla. Después de escribir una clásica anotación de una bitácora personal que nos recuerda que el género, por más que muchos lo hayan dado por muerto, sigue vivito y jiñando, esta mañana en la playa pensaba en lo que escribiría hoy, al mismo tiempo que escuchaba el audiobook Whispers at Moonrise, tomaba el sol y controlaba el patio, ya que por desgracia mi cerebro es multitarea y puede y quiere hacer un montón de cosas en paralelo. Pensaba que acabaría de macerar lo que quiero escribir sobre la manía de afeitarse el cuerpo entero que hay en Gran Canaria y en muchos lugares de España pero mira por donde, a la cabeza solo me vienen algunas de las historias que no escribí ayer y que también están relacionadas con el asunto. Como no quiero que se me atrofien las chakras, lo mejor será continuar y sacar toda la mierda de la caja esa.

Retrocedemos al verano antes de entrar en la universidad. Uno de mis amigos quería ir a la facultad de informática para verse con uno que estudiaba allí y que le iba a pasar un montón de programas en floppies, que eran las cosas horrendas que usábamos en aquella época y que tenían una capacidad de risa. No estoy hablando de los chiquititos sino de aquellos que parecían discos sencillos y que eran flexibles. Lo del pájaro que fuimos a ver daría para otra bitácora alternativa ya que acabó resultando un psicópata que se obsesionó conmigo y que pensaba que yo estaba detrás de todas las desgracias de su vida, además de torturar y seguramente maltratar a la pava a la que tenía aterrorizada como novia y que era la razón por la que yo me aseguré que se le cerraran todas y cada una de las puertas a los círculos en los que yo me movía. Volviendo al asunto, fuimos a la facultad de informática en la guagua 12, ya que en aquel entonces estaba junto a derecho y medicina al lado del hospital Insular. Al llegar, en aquel edificio resultado de una cagada de políticos corruptos que compraron un edificio por módulos diseñado para Suecia para ponerlo en Gran Canaria, con sus soportes para los esquís y todo, nos encontramos con el psicópata y mi amigo comenzó su mercadeo de programas, actividad probablemente ilegal. Lo que ni él ni yo sabíamos era el giro que tomaría el día. Por la mañana, antes de salir de mi casa, había visto unos caramelos en la cocina de mi casa y decidí comerme uno que estaba en el pollo de la cocina. Pensé que mi hermana o mi madre se lo habían dejado allí y me lo jinqué. Ya en informático, el tiempo pasaba y en mi barriga comenzaba un fenómeno para-anormal. La barriga crujía, gritaba, gemía y las tripas se desplazaban todas juntas de derecha a izquierda igualito que lo que les pasaba a los julays que pillaban bicho en la película Aliens antes de parirlo. Aquello no solo no paraba sino que iba a más. Mi barriga seguía rechinando y moviéndose de una forma escandalosa y la hora que íbamos a pasar en Informática se convirtió en dos y luego en tres. Yo comencé a sudar y a perder color y temperatura pero me mantenía impertérrito para no aguarle la fiesta de los floppies a mi colega. Tras eones de sufrimiento, acabó la transacción y teníamos que volver a la Isleta. Yo para entonces ya sabía que lo que necesitaba era jiñar, pero el entorno universitario me era hostil y no me visualizaba a mi mismo preguntando por los baños y soltando lastre allí. Salimos y tomamos la guagua y me tuve que sentar y ningunear a los viejos que me miraban para que les dejara el sitio. Yo solo me concentré en mantener la caja de la mielda sellada. Salimos de la guagua por el mercado de la Isleta y después vino lo peor, subir la calle Luján Pérez andando, en procesión de difuntos, despacio y andando como CTresPeO, medio despatarrado y pasito a pasito. A esas alturas, el sudor era un río continuo y tenía fatigas y bajonas como de desmayarme ya mismo. Conseguí llegar a mi casa y tenía que subir los tres pisos, actividad que se convirtió más bien en arrastrarme por las escaleras escalón a escalón pensando que no llegaría a mi casa. Al entrar, me arrastré como pude al baño, cerré la puerta y fue poner el culo en el retrete y desatarse un temporal de fuerza siete en aquel mismo lugar. Jiñé lo que no se ha escrito, estuve más de dos horas soltando mierda de la buena y de la mejor. Comencé con texturas normales y al final era pura diarrea y no paré hasta que dentro no me quedaba ni aire. Como lo único que había comido era la pastilla que pensé que era una golosina, encontré la caja que tenía las mismas y resultó que me había tomado un laxante y puedo jurar y juro que no veas lo bien que funciona esa medicina. Creo que su nombre era sure lax y en total perdí dos kilos en una sola sentada.

otra experiencia, aún más friki y en la que yo no soy el protagonista, me sucedió cuando entraba en la adolescencia y aún íbamos al camping. Con mi amigo Vicen nos marchamos a la zona nudista, pasado el Bufaero, a la busca de coños peluditos al sol. Era algo que hacíamos todos los fines de semana, rastrear aquella zona que aunque no era nudista estaba llena de gente en pelotas buscando chochitos peludos, ya que aún no se había puesto la moda que casi acabó con las liendres y las ladillas en el universo. Antes de que se construyera la actual playa de Amadores, aquello era un lugar lleno de rocas enormes junto al agua, lajas y otras piedras de tamaño brutal y que seguramente cayeron por los riscos cuando dinamitaron la zona para hacer la carretera. Habíamos visto una posible piba algo lejos de nosotros y como pumas nos movíamos entre las rocas escondiéndonos, ya que el objetivo era ver el chochito sin que éste nos viera a nosotros y así poder apreciarlo durante más tiempo. Íbamos sigilosamente, saltando piedras, agachándonos, ocultándonos y en un cierto momento tenemos un pedrolo enorme delante de nosotros. Lo rodeamos con cuidado y sin hacer ruido y al salir al otro lado, casi nos quedamos ciegos con lo que vimos. Una hembra nudista estaba jiñando, de espaldas a nosotros y por donde salimos nos topamos con el culo de ella y un montón de mierda cayendo de aquel agujero como cuando Juan Luis Guerra pedía que ojalá llueva café en el campo, un jiñote que no veas que estaba teniendo lugar prácticamente sobre nosotros. El shock fue tan grande que a uno, no se si a mi o a Vincen, se le escapó un ÑOOOOOOOÓSS que hizo girarse a la mujer, con cara de pánico, terror y vergüenza de la más absoluta que te puedas imaginar y nosotros que con semejante jiñada delante mismo de la cara, abortamos la aproximación, comenzamos a salir por patas y como allí había un charco con algas, resbalé al adquirir velocidad para huir y acabé dándome un trompazo del quince, con Vicen teniendo que retroceder para ayudarme a huir y seguir corriendo hasta que entramos al camping. Un jiñote terrorífico por lo inadecuado del punto de vista.

Otro jiñote que no salió como esperaba me sucedió en Maspalomas. Yo iba los sábados a la playa, estamos hablando de la época universitaria, a veces solo y a veces con amigos. Una de las veces creo que el bocadillo de la Garriga me sentó mal y me entraron unos retortijones del copón. Estábamos por las dunas y como los matorrales en las mismas son peligrosísimos porque están llenos de pervertidos que buscan sexo, opté por la única vía posible. Supuse que igual que los peces de mi acuario jiñaban y caía al fondo, sería más de lo mismo, así que me fui al agua, nadé hasta una zona profunda, me quité el bañador que me puse en la cabeza, y mientras hacía brazadas por los bajos empezó a salir mierda a tutiplén, el típico jiñote de autoreparación. El plan no funcionó como yo esperaba y pronto la mierda comenzó a aparecer al lado de mi cabeza en la superficie. Quien me iba a decir a mí que la mielda flota. Tuve que comenzar a nadar y a huir del lugar mientras seguía soltando truscos que corrían a la superficie y que se querían venir conmigo. Entre eso y la sensación de tener el culo cagado por no tener papel para limpiarme, salí del agua cabizbajo y después encima tuve que hacerme el inocente y decirle a mis colegas que alguien había jiñado en el agua y que mejor no se metieran por allí porque aquello era un campo de minas. Fue un jiñote horrendo.

Bueno, con esto espero que mi cabeza se despeje y poder hablar de las boberías habituales mañana.

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Por sulaco

Maximus Julayus

3 comentarios

  1. Aunque no tiene la frescura de la primera entrada, me he echado unas buenas risas con las dos últimas anécdotas. Especialmente con las flotocacas. ¿Quién, que viva en costa, claro, no ha engendrado alguna serpiente marina marrón en su más tierna infancia, o entrada la pubertad e, incluso, en su hormonada adolescencia? Es el ciclo de la vida: uno se alimenta (además de otras cosas) de peces, y ocasionalmente les devuelve de primera mano parte de lo digerido. 😀

  2. jajajaja Me acordé de cuando no hace tanto me dio un apretón diarreico y como me dan mucho asco los WC playeros, los demás también, pero los playeros especialmente, opté por ir al mar y claro, me pasó lo mismo, no era la primera vez pero tenia olvidado lo de la flotadera, así que la técnica fue ir soltando lastre mientras nadaba en U para regresar a la orilla una vez pasado el apretón, aquel día tuve que ir al agua varias veces porque me cagaba vivo, no hace tanto de eso, encima recuerdo que el agua estaba fría que jode, fue en una visita de mis hijas porque es solamente cuando voy a la playa.
    Salud

  3. Madre mía qué entrada. Aquí dicen que hablar de mierda da buena suerte, así que a ver si me toca el cupón o la primitiva, me conformo con cualquiera de las dos.

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