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Reality sucks

No hay nada eterno

Hace unos años me podía pegar toda la noche en vela para ver la Gala de los Oscars y vivir cada segundo de la misma intensamente. Era una especie de ritual sagrado y si al día siguiente tenía que ir a la universidad o a trabajar, pues iba y punto. Después me fui dando cuenta que los premios no son nada, está bien recibirlos pero hay tal comadreo y mercadeo de favores que uno nunca sabe si un ganador realmente lo merece o simplemente supo tocar las teclas adecuadas. Hoy en día ya ni me molesto en mirar la lista de ganadores nada más levantarme. Mis prioridades son otras y le asigno el tiempo normalmente dedicado a la prensa diaria y sus titulares.

Lo de los Oscars es un ejemplo de otras actividades que pasan de ser sagradas al ninguneo de una manera gradual. Si alguien me hubiera dicho cuando estaba en el instituto que los carnavales me la traerían totalmente floja, lo habría llamado truscolán antes de escupirle a la cara por semejante ofensa. Cada año, planeaba desde meses antes los disfraces que iba a volver a utilizar o los nuevos y se montaba una operación a gran escala para diseñarlos y fabricarlos, con mi madre, mi abuela, María la costurera o quien hiciera falta. Además, en muchas ocasiones eran actividades coordinadas con amigos. En un cierto momento comenzamos a dejarnos ir y hoy por hoy, ni viajo a Gran Canaria por carnavales y solo me entero de la existencia de los mismos cuando veo gente disfrazada en la estación de tren o en los trenes. Otro de esos eventos antes sagrados y que ahora pasan sin pena ni gloria es la noche de San Juan. Antes siempre procuraba estar en Gran Canaria o en Málaga el 23 de junio para celebrarla, ir a la playa y meterme en el agua a medianoche, saltar una hoguera o lo que se terciara. Formaba parte de mi DNA. Ahora, ni se me cruza por el cabezón que deba viajar a España para vivir ese momento tan mágico que no sirve para nada, ya que mira que he pedido deseos que nunca se cumplieron ni se cumplirán.

Con mi amigo el Rubio, cuando nos conocimos, los martes eran sagrados. Cada martes, nos íbamos juntos del trabajo, cenábamos con o sin la que posteriormente sería su Primera Esposa y después asaltábamos los bares y baretos de Utrecht hasta que los cerraban y al día siguiente disfrutábamos unas resacas épicas. Esa cita migró a los miércoles después de un año, iguales de sagrados y luego se ubicó en los jueves. Después llegó el bodorrio al que no fui, la Gran Guerra de Silencio por no ir al bodorrio, llegó la Primera Unidad Pequeña y se acabaron las salidas y acabamos en su casa, muchas veces en fin de semana, quedándome a dormir, con un servidor preparando la cena y según pasan los años, reduciendo la cantidad de alcohol y aumentando la calidad del mismo, con cervezas de esas que cuesta encontrar pero que son deliciosas. Ahora lo de las resacas es en ocasiones muy especiales y preferimos levantarnos el domingo con la cabeza bien centrada e ir al cine o a la piscina con los chiquillos o que cada uno siga su camino.

Soy una máquina que cambia continuamente, que evoluciona, muchas veces hacia peor y cosillas así lo demuestran.

Por sulaco

Maximus Julayus

3 respuestas a «No hay nada eterno»

Yo creo que con la edad cambian las prioridades. Por ejemplo, a mí me encantaba tanto la Semana Santa como la Feria de Sevilla (había ferias que me quitaba el traje me duchaba y me iba a trabajar), pero en estos últimos años me da una pereza que te cagas ambas celebraciones y hace ya varios años que la Feria ni la piso porque no me apetece nada. Me hago mayor, me temo, y no quiero aperreos, ni hacer algo que no me apetezca sólo porque sí.

Yo antes salia un viernes hasta las 7, 8 de la mañana y el sábado volvia a hacer lo mismo. Ahora salgo un día y al día siguiente no quiero ver a nadie ni que me llamen ni ná de ná.
Eso sí, cuando pongo el pie en la calle no hay forma de hacerme regresar y mira que las intenciones son buenas, pero termino llegando a las y tantas.

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