Nombres


El viernes pasado tuve una experiencia mística que no veas con algo que en los Países Bajos es como la norma pero que yo nunca he llegado a comprender del todo. En España, cada julay que nace, tiene su nombre o nombres y apellidos, que están en todos los papeles públicos y con ellos se vive y se malvive toda la vida, aunque después cada uno pueda tener un nombre de pila, que la RAE tira la keli por la ventana y lo define como nombre que se da a la criatura cuando se bautiza o el que se le adjudica por elección para identificarla junto a los apellidos. Y he marcado y remarcado lo de CRIATURA porque es que está en el diccionario y a mí me cuesta creer que no se podía haber usado cualquiera de los sinónimos que identifica la RAE, que son: niño, crío, muchacho, infante, pequeño, nene, chico, chiquillo, chiquilín, chamaco, chavo, carajito, güiro, chipilín, pelado, pibe, chango, purrete, gurí, pebete, cipote, guacho, patojo, bicho, chaval. Bueno, el punto es que todos sabemos que un Paco es en realiad un Francisco una Loli es una Dolores o un Pepe es un José. Por más que esa gente tenga sus nombres de pila, el nombre con el que se les ha registrado, permanece vinculado a ellos toda su vida en múltiples maneras.

Después llegamos a los Países Bajos. Aquí a la gente le molaba poner a los niños una retahila de nombres y en muchas ocasiones, son los nombres en latín y después, se le da al niño el nombre de pila, que puede no tener nada que ver con el nombre oficial y este último se usa tan poco y permanece tan oculto que te puedes pasar la vida hablando con una persona y en realidad no conocer su nombre, que es lo que pasa continuamente. Y con este preámbulo llegamos a la historia del viernes. Me llama la mucama por la tarde totalmente en pánico y me pide ayuda porque su macho y un primo del macho se iban al día siguiente de vacaciones a Tailandia y tenían problemas con sus billetes. La razón para pedirme ayuda es que yo hablo y entiendo mucho mejor que ellos el inglés y más concretamente, el inglés hablado por indios, no los de las pelis del oeste sino los que están en los centros de atención al cliente de muchas aerolíneas internacionales. Se vienen a mi casa y resulta que el primo, cuando compraron el billete, que lo hizo el macho de la mucama, dio el nombre que conoce del otro de toda su vida, porque son primos y amigos, sin saber que su nombre real es que no se parece en nada al nombre de pila y cuando escanearon el pasaporte para hacer la facturación onDEline, el sistema se lo rechazaba. Estuve una hora en una llamada con una india a la que hasta a mí me costaba entenderla, que mira que era enrevesado su acento y finalmente, la única opción era cancelar el viaje, que gracias a las guerras del orangután naranja, es algo que hoy en día se puede hacer gratuitamente en un montón de aerolíneas, con lo que han tenido que cancelar los billetes y retrasar sus vacaciones hasta que encuentren otros a buen precio. Yo alucinando, aunque esta no es la primera vez que descubro que alguien a quien conozco no tiene ese nombre, ni será la última, pero vamos, que estos eran primos cercanos. Estoy alucinando después del evento y chateando con uno de mis amigos neerlandeses, aquel que abandonó la chamba en enero y que está en medio de mis guerras con cierta joputa-terrorista-musulmana-de-mielda y en un momento determinado me empeta un mensaje diciendo todavía no sé como yo también acabé con mi nombre. Resultó que mi amigo, que tenía dirección de correo y de todo con el nombre que todos usamos con él, en realidad, en su pasaporte, tiene un nombre totalmente distinto y que no comparte la posición de una sola letra con el original, o los originales, porque hay tres, como los de mi vecino, que yo estaba convencidísimo que su nombre es Job y ahora resulta que su nombre no es ese.

Por culpa de estas coñas, mi amigo el Moreno, cuando nacieron sus hijos, tuvo tremendas agarradas con su hembra, con sus padres y con sus suegros porque exigió que tanto la niña como el niño tuvieran un único nombre, de no más de cuatro letras y que fuera tanto el nombre oficial como el nombre de pila. El Rubio también siguió el mismo sistema, con dos nombres de cuatro letras y uno de cinco, pero en ese caso y por presión popular, tuvo que añadir a las dos hijas un segundo nombre.

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