Observando a los conectados

Ayer al salir del cine iba a la estación de tren de Amsterdam Bijlmer Arena y al subir al andén, flipaba porque había como cuarenta personas y todas, absolutamente todas, miraban a sus pantallas. Hemos pasado de una sociedad curiosa y que presta atención a lo que sucede a su alrededor a una en la que todos miramos una especie de pequeña televisión por la que nos llega información constantemente. O quizás debería decir habéis pasado, ya que yo, sin perfil en el caraculolibro, tuiterota y limitado al güatzap, soy terrible en lo que respecta a esa necesidad imperiosa de saberlo todo de todos. Prefiero escuchar libros, de cuando en cuando hacer ejercicios de italiano y por lo demás, poco más. Mi teléfono está en permanente estado de silencio, no suena, no vibra y no tengo ningún tipo de notificaciones activadas porque procuro que mi vida la guíen mis gustos y mi voluntad y no eventos disparados por el prójimo.

Mirando a la gente me di cuenta que si en ese momento allí sucede algo y todos ellos son testigos, de lo único que podrán declarar es de lo que estaban leyendo en sus teléfonos ya que ninguno controlaba su entorno. Al llegar el tren, algunos pretendían entrar leyendo cosas en sus teléfonos y otros salir de la misma manera. Esta mañana, en otro tren, camino del trabajo, una julay se dio cuenta que el tren había llegado a su parada cuando ya la dejábamos. Corregir su error le iba a tomar más de media hora, ya que es un lugar en el que solo se detienen uno de cada dos trenes. Si simplemente hubiese estado atenta y no queriendo saberlo todo sobre sus trescientos mejores amigos, hubiera salido del tren sin problemas en el minuto que estuvo en la estación.

Durante las dos semanas pasadas conduje dos coches de alquiler y he descubierto [horrorizado], que han sustituido todos los carteles que había en las autopistas para que la gente no conduzca cuando bebe por otros en los que les dicen que permanezcan OFFLINE/desconectados/fuera de juego mientras conducen. Me pregunto si ya hay estadísticas de la cantidad de conductores que sufren accidentes por no prestar atención a la carretera por estar distraídos con sus teléfonos.

En Londres, el fin de semana pasado, veía gente por todos lados haciéndose fotos en todos y cada uno de los lugares y grabando vídeos sin parar de todo. No se ve el lugar, lo que quieren es que otros vean que publican algo. Es como una intromisión obligada en sus vidas privadas, quieren que todos los demás vean lo que hacen, en donde están y si pudiesen seguro que tendrían cámaras orbitando a su alrededor y transmitiendo sus vidas las veinticuatro horas y además esperarían que todos y cada uno de aquellos que los conocen se conectasen regularmente para seguir la transmisión. La sociedad de la comunicación en la que nos ha tocado vivir se ha vuelto una locura. Tarde o temprano, toda esa gente que está continuamente abusando de sus aparatos tendrá que pagar las consecuencias, por más que hagan estudios de la Tasa de absorción específica, lo cierto es que no hay datos de lo que sucederá después de quince, veinte o treinta años de uso continuado.

En fin, que este es el mundo en el que nos ha tocado vivir, un mundo de locos en el que todos tienen una necesidad imperiosa de estar conectados.

Por sulaco

Maximus Julayus

2 comentarios

  1. Pues ya somos dos, bueno, yo ni siquiera controlo el guasap en el teléfono, lo hago en el ordenador, soy incapaz de acostumbrarme a ese teclado de los mobiles para dedos microscópicos… 🙁
    Salud

  2. Somos tres raritos. Yo no tengo redes sociales en el móvil, ni Instagram…. ni siquiera tengo configurado el mail. Este mismo fin de semana alguien me echó la bronca porque me había mandado un mensaje el viernes y lo leí el domingo cuando me acordé que lo tenía sin batería desde hacía dos días…. y me la sopla.
    La cuestión es que, por estadística, si que somos extraños.
    La mayoría de la gente que me rodea solo mira la pantalla. El jueves me fui a tomar algo a la terraza de un bar, yo era la única que estaba sola en una mesa, y a pesar de eso, también era la única que no miraba el teléfono. El sábado cogí un tren y un periódico por la mañana (sobre todo porque me había ido de cena el viernes y no me había enterado de nada de lo de París), y volví a coger el tren y una revista por la tarde. Y no llevé mi móvil porque ni me acordé, ni lo cargué, ni me importa un carajo.

Los comentarios están cerrados.