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  • Encontronazo

    25 de abril de 2019

    Mi rutina de transporte público para ir al trabajo y regresar a casa es una maquinaria perfectamente engrasada y que puedo hacer hasta sin tirarme peítos. Son dos bicicletas, en dos ciudades distintas y dos trenes y desde el origen hasta el destino, si la parte del transporte público sale bien lo hago en algo más de media hora en la ida y en unos cuarenta minutos en la vuelta, aunque seguramente podría rebañar cinco minutos en ese segundo trayecto si llegara a la estación con menos tiempo de espera, algo que añado porque el aparcamiento de bicicletas no está del lado de la calle por el que llego y a veces el tráfico en la zona es muy intenso. Ayer la maquinaria funcionaba perfecamente, con los trenes saliendo y llegando con precisión fabulosa y al volver a casa, en el punto en el que llego a la estación final, salí del tren y comencé a caminar hacia las escaleras. Todos sabemos que yo no estoy enganchado como las perras esas que ya solo miran a la pantalla de su móvil y por delante de mi iba una y detrás de ella y a corta distancia, se posicionó un chamo cabeza-de-queso, de esos de metro noventa y pico, tamaño muro y que seguro que tenía ese color de ojos tan chungo que es o verde o azul. En el sistema ferroviario holandés, como en los metros, hay que pasar la tarjeta de transporte por un lector al comienzo del viaje y de nuevo al final para que calculen la tarifa. Existen dos tipos de lectores. En las estaciones grandes, como en Utrecht Centraal, son portones que al pasar la tarjeta, se abren brevemente para dejarte entrar y si ese es tu punto de destino, cuando sales de la estación vuelves a pasar la tarjeta y el portón se abre hacia el otro lado para dejarte salir. En las estaciones más pequeñas, como las mías de origen y destino, en lugar de usar los portones solo tienen el lector, normalmente ubicado cerca de las escaleras o las rampas de acceso y tú, casi sin reducir tu velocidad, pasas la tarjeta cerquita del mismo y gracias a algo mágico y maravilloso llamado comunicación de campo cercano o NFC en la intimidad, el sistema la detecta y te pita una vez con un sonido agradable para informarte que todo salió bien o te pega un horrendo pitido doble para llamar tu atención. El chamo muro pasó su tarjeta, yo pasé la mía, unos dos metros por detrás de él pero la chama que estaba enganchada como una perra a su telefonino no lo hizo y avanzó a las escaleras para salir de la estación. Comenzó a bajar y después de unos escalones se dio cuenta del garrafal error y se paró en seco y se giró ciento ochenta grados en una maniobra brusca. El chaval, vio que la tipa lo encaraba y levantó las manos hacia la cabeza añadiendo un efecto sonoro con un ¡Eeeey! El gesto tiene que ver con la lacra esa del jashtag mitú, ya que después de la movida aquella que organizó la penca esa que después de descubrió que follaba adolescentes y se quejó porque ella se ofreció a putiar con viejos para medrar en su profesión, pues bueno, después de eso, todos hemos pagado y la educación y la caballerosidad han acabado en el baúl de los recuerdos, en el mismo en el que echamos los pantalones de pata ancha y los teléfonos fijos en las casas con botones para los números y sin pantalla. El chamo redujo su velocidad pero como la pava no había desviado sus ojos de la pantalla en ningún momento, chocó contra él, que estaba con las manos en la cabeza como si un poli gringo lo confundiese con un negro y le fuera a dar candela de la peor. La lerda esa chocó con él, perdió el equilibrio y por si hemos perdido el hilo, aquello es una escalera, así que se fue hacia atrás. El chamo es mi nuevo héroe porque en ningún momento bajó las manos de la cabeza, para que quedara claro que no pretendía hacerle un jashtag mitú de esos y magrearla. El resultado fue épico con la hostia que se dio la pava mientras yo lo veía todo desde una posición privilegiada porque estaba unos escalones por encima y me cagaba en todos los muertos de puerkagón y su puta rumana por no llevar una cámara soldada al cráneo grabando la escena para ponerla en el blog y descojonarnos de aquella bosmongola. Como las reglas del jashtag mitú son muy específicas, tuvieron que ser otras portadoras de hachazo las que se lanzaron a ayaudarla, aunque ella estaba más preocupada por el estado de su telefonino que de saber si se quedaría renqueando para los restos. Tuvo un montón de suerte porque en ningún momento soltó su telefonino, ya que las escaleras están sobre un canal y si se le llega a caer, existía una probabilidad bastante alta de caer y acabar a unos metros de profundidad.

    Lo triste de esto no es que no la ayudemos porque ahora está mal visto, lo triste es que la acarajotada esa, la próxima vez que salga a la calle, seguirá con la vista clavada en la pantalla, que el gen del aprendizaje parece que lo han perdido por completo en algún cambio evolutivo de nuestra especie.

  • La entrada al Lago Barracuda

    25 de abril de 2019

    Cualquiera diría que si llegas al final del pantalán que está por la izquierda y subes los escalones que hay junto a la cabaña que también se puede entrever, por detrás de las rocas está el lago Barracuda. Cuando buceamos en el lago hicimos la ruta cargando con todo el equipo. El nombre del lago viene porque habían barracudas en el mismo pero vamos, que se las deben haber comido porque en mis dos visitas si hay algo de lo que tengo una certeza absoluta, es que no hay ninguna en el lago. El lago está comunicado con el mar, aunque no directamente abierto al mismo. Después de que se ahogaran dos turistas borrachos, ahora hay que usar siempre un chaleco salvavida cuando te bañas en el mismo.

  • Te lo he visto

    24 de abril de 2019

    Si Genín o mi madre o alguno de mis amigos de las Canarias se quejan de la calima, es comprensible porque vamos, de la casa de Genín a la morería hay tan poca distancia que en las noches sin viento y silenciosas puede escuchar hasta los peos que se tiran los terroristas-musulmanes mientras se revuelcan en sus dunas y desiertos. Las Canarias pillan los vientos alisios y en un rato les trae un arenal desde el Sáhara y en ocasiones hay tanta tierra que la visibilidad llega a ser peor que en días con niebla o bruma, con el añadido de la temperatura alta del aire y el moqueo por toda la tierra que bloquea tu nariz. Ambos son escenarios normales. El que no lo es resulta ser el nuestro, que estamos a casi dos mil kilómetros del norte de África, que ni siquiera del desierto y entre hoy y mañana tenemos una alerta por CALIMA y seguramente esto explica el por qué llevamos varios días a veintipico grados, que esto parece Vecindario pero sin orcas peludas y desbaratadas vistiendo lycras de colores vistosos, esto es más bien gente pálida como la luna quemada porque son incapaces de procesar un rato de sol y que se pone sus sandalias con calcetines y sale a la calle sin vergüenza alguna o como uno que vi ayer que casi me quemó las retinas porque tenía lar piernas totalmente quemadas HASTA la marca de los calcetines, que al parecer no se quitó cuando tomó el sol y ahora le ha dejado unos pies que parecen trasnplantados de otro ser inhumano. Con tanta calor, a nadie le extraña que ayer cuando iba al cine, circulando en bicicleta por Kanaalweg, sobre las seis de la tarde, veo a una pava venir hacia mi con ese desparpajo de las holandesas que viviendo el frío, nunca saben como conjuntarse cuando hay buen tiempo y se olvidan que la bicicleta no perdona y la pava decidió ponerse una minifalda y circular contra el viento. Veo que ya va luchando con una mano mientras con la otra habla por teléfono, que Dios los libre de tocar el volante que a muchos por aquí arriba les da asco y la mano única no parece ser capaz de realizar la tarea con propiedad, o quizás se acaloró con la conversación. La chama se acerca y se acerca, yo ajusto mi visión central, periférica y ultraperiférica en un único punto, ese que todos sabemos y tengo tanta suerte que cuando estamos en el segundo y medio del cruce, ese momento en el que pudiera o pudiese suceder algo, pues saltamos del subjuntivo al indicativo y nos ahorramos incluso la ayuda del verbo poder porque sucedió algo, el aire hizo que la pava me enseñara el coño que trataba de ocultar y sabía que yo no estaba mirando hacia el agua del canal, que no me regodeaba con el azul del cielo o la hierba junto al canal o las florecillas o incluso el camino. NO. Mis ojos estaban enfocados en aquel potorro afeitado y se lo vi. Después de pasar, giré la cabeza para darle un segundo baño de realidad y tocarle los ovarios y la chama miró hacia atrás para ver si había notado algo y cuando vio mis ojos directamente enfocados en los suyos supo que la flor de su secreto ahora es más bien la flor que me mostró, que se la he visto. Seguro que en días sucesivos, aunque mucho me temo que la buena racha de récords de temperaturas altísimas que por supuesto no se deben al cambio climático, que no quiero enojar al ignorante hipócrita que dirige el país supuestamente más poderoso del mundo, la racha está a punto de acabar y con ella volverán los pantalones y las hembras se cubrirán de nuevo, pero quiero que quede constancia que este año, el primer y seguramente no el último avistamiento fue en un día de abril.

  • Lago Barracuda

    24 de abril de 2019

    Ya dice el refranero que se va de lago a lago y tiro porque me toca y por eso, saltamos del lago Kayangan al lago Barracuda, el cual es más pequeño pero quizás más espectacular como lago. Este está muy cerca del mar y se puede acceder al mismo subiendo creo que diecisiete escalones, con lo que no solo lo he visitado para nadar en él, también he buceado en la experiencia más fabulosa y fantástica de buceo de mi vida. Las aguas del lago tienen mezcla de agua dulce y salada y hay aguas termales, con lo que la temperatura varía entre los veintiocho y los treinta y ocho grados y al bucear, lo notas ya que pasas capas de agua a temperaturas muy diferentes. Se bucea con poco peso y flipas con las estructuras rocosas bajo el agua hasta que te quitas las aletas en el fondo y comienzas a saltar como si estuvieras en la luna. Para los turistas que solo van a ver y nadar en el lago, ellos no viven los cambios de temperatura del agua ya que la zona superior está a unos veintiocho. Si algún día vuelvo a Corón a bucear, procuraré pasar por el lago una o dos veces más.

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