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  • Activando el piloto automático

    21 de diciembre de 2018

    Hay semanas que se me complican que no veas y esta que está entrando en su fin de semana hoy es una de ellas porque combina el final del año empresarial con la masiva preparación de anotaciones para que el mejor blog sin premios en castellano no afloje el ritmo y siga navegando sin rumbo fijo durante los próximos diez días. Tengo una saturación brutal de escribir cosas para el blog, mi vida parece estar formada de momentos en los que me siento y sale una o salen dos o salen cuatro anotaciones.

    Hasta aquí hemos llegado. Una gran parte de lo que está por venir ya está escrito y bien escrito y el sabor favorito de estas navidades será el del cine, ya que voy a vaciar mi despensa y el problema lo tendré porque pienso ir a ver alguna película española y es probable que incluso las empotre en esos mismos días, con lo que a ninguno le debería asombrar si hay hasta tres anotaciones diarias.

    Queda poco más que decir. A esta hora yo estoy en un hotel cercano al aeropuerto para comenzar a saltar como un saltapaises mañana a primera hora, pre-desayunando en Holanda, desayunando en Portugal y almorzando en Gran Canaria. Es la magia de los regresos a casa por Navidad, que nos llevan por todo el mundo.

  • Monumento a Johannes Gutenberg y el Regensburger Hof

    21 de diciembre de 2018

    En una de las calles del centro hay una pequeña plazoleta con un monumento a Johannes Gutenberg, que no nació allí ni nada por el estilo pero levantaron el monumento para conmemorar los quinientos años de la invención de la imprenta, un evento casi tan significativo como el de la invención del Tuiterota que tanto os gusta a algunos. Detrás del monumento está el Regensburger Hof, que se ve fastuoso. 

  • Sábado de turismo por Salónica y regreso a casa

    20 de diciembre de 2018

    El relato comenzó en Llegando a Salónica y paseando por la ciudad hasta el anochecer

    El sábado era el gran día para hacer turismo por Tesalónica y por supuesto, no me quedé en el catre hasta la hora Virtuditas y salí a la calle temprano. Lo primero es lo primero y como la tenía muy cerca, me fui a la Agora Romana y puedo confirmar y confirmo que fui el primer visitante y quizás incluso el único que tuvieron ese día. En la taquilla había dos empleados tomándose un cafelito y charlando y la tuvieron que abrir para darme mi entrada, que creo que me costó dos leuros, con lo que allí pierden mucho dinero. Me lancé a piñón a las ruinas, que ya había fotografiado desde afuera pero ahora podía incrementar mi colección de fotos con otros puntos de vista. Hay una parte que en su día era como una calle comercial y al final de la misma han hecho un museo medio enterrado. Allí habían cuatro chamas más, dos estaban limpiando los suelos y las otras dos son las funcionarias. Como yo era el único cliente, las funcionarias me iban siguiendo mientras charlaban supongo que temiéndose que les robe las ruinas o así. Las limpiadoras terminaron más o menos cuando yo acabé la visita al museo.

    Después me acerqué de nuevo a la Iglesia de San Demetrio e hice más fotos en la misma y esta vez pude bajar a la Cripta, que el día anterior ya estaba cerrada. Yo me esperaba mucho hueso y demás pero no, aunque sí que tenían algunas coñas raras. Al salir y mientras iba hacia mi siguiente destino vi una dulcería y me jinqué un par de dulces que estaban del quince. Mi destino era la Rotonda de Galerio, que esta vez estaba abierta para visitas, así que entré para ver su interior y caminar por su micro-jardín. Después también repetí con el Arco de Galerio para hacer fotos de día y sin lluvia. De alguna manera el día anterior pasé de largo el palacio de Galerio o sus ruinas y esta vez si que las vi en detalle, aunque desde afuera, que se ven perfectamente. Yo habría entrado pero o cierran en invierno o han desistido de sacarles dinero porque la zona de la entrada no parecía en uso.

    Tras esto bajé al paseo marítimo y visité de nuevo la Torre Blanca de Tesalónica, solo que esta vez entré a verla. Todo está en griego así que a los turistas nos dan una audioguía en inglés con la que recorremos el interior de la torre mientras ascendemos a su azotea para ver las vistas desde allí y hacer fotos. La exposición interior es interesante y breve, lo cual es un punto a su favor. Básicamente estaba siguiendo la ruta del día anterior y al salir volví a pasar junto a la estatua de Alejandro Magno y por allí habían unos barcos para dar paseos a turistas pero vamos, que con la visibilidad que teníamos no merecía la pena. Fui al Museo arqueológico de Salónica y esta vez estaba abierto y entré. Muy pero que muy interesante, del tamaño justo para no agobiarte y parece que lo mío son los museos de ruinas y las esculturas de Bernini y Miguel Ángel y de lo demás, paso. Me pasó un grupo como de un club de Yudo que visitaba el museo y flipé con los chiquillos. Van expositor tras expositor haciendo fotos a todo y ni se paran, ni lo miran ni leen nada, simplemente coleccionan cientos de fotos. Al salir del museo fui al Museo de la cultura Bizantina, que también me gustó mucho, sobre todo las salas con ruinas y tumbas que han vuelto a montar allí. Con todas estas coñas el día había ido pasando y al salir y de camino a la zona del centro, entré en una dulcería cafetería y me tomé un capuchino con tres dulces griegos que estaban del copón o más bien de puta madre.

    Mi siguiente parada fue para ver la iglesia de Santa Sofía, una de las más antiguas de la ciudad y que ha tenido una vida muy azarosa. La versión actual es del siglo VIII (uve-palito-palito-palito), aunque allí había una iglesia desde cinco siglos antes y por supuesto el edificio es patrimonio de la humanidad de la UNESCO excluyendo a truscoluña. En el 1205 se convirtió en catedral de la ciudad durante la Cuarta cruzada, después fue mezquita y ahora es de nuevo iglesia, pero creo que no tiene el rango de catedral. Por la zona hay varias iglesias bizantinas con mil años o casi de historia, todas minúsculas y cuando las pillaba abiertas, entraba aunque no reflejaré por aquí sus nombres.

    El paseo me llevó de vuelta a la plaza de Aristóteles y allí me entró algo de jilorio y aproveché para comer una especie de cosa que parecía una pizza pero no lo era, más bien era similar a la turca en el Mono, que está en la misma plaza y tiene muy buena calidad. Después entré en la oficina de información turística pero la pobre que trabajaba allí no tenía muchas luces. Estuve un par de horas deambulando por los barrios de esa parte de la ciudad, pegada al mar, una zona muy bonita y también entré en el mercado Modiano y me compré un kilo de castañas, que si nos ponemos a comparar, aquí el único que ha comido castañas holandesas, francesas, portuguesas, irlandesas, griegas y ahora comerá españolas este año es un servidor, the Chosen One, que yo no le hago asco a castañas de ningún lado y sufro las consecuencias de su ingesta con gran dignidad, o más bien, las distribuyo, que yo no las sufro. En ese deambular también me compré dos camisetas turísticas para complementar las dos irlandesas y las dos portuguesas que he comprado este otoño. Alrededor de las siete de la tarde regresé al hotel y cuando entro en el ascensor y voy subiendo a mi planta, tuve uno de esos efectos colaterales de la ingestión de castañas y me tiré un peo épico en el ascensor cuando casi llegaba a mi planta. Al abrirse la puerta había una chocha esperando el ascensor que yo creo que tuvo que oír el peo. Yo salí, ella entró y cuando caminaba hacia mi habitación pude oír claramente como gritaba algo que sonó a Calimero tu-puta-madre con lo que la misión fue un éxito.

    Para cenar elegí el restaurante Tripia Potiria que tiene un nombre que suena fatal pero es uno de los más recomendados y por dieciséis leuros me encochiné a conciencia y con una comida fabulosa. Salí de allí tan lleno que tuve que volver a pasear hora y media más, con lo que cerré el día con casi veinticinco kilómetros andados, que no es lo mismo que hacen los culocochistas que no mentamos y que hacen esos kilómetros sin que se les cambe la peluca porque no hay esfuerzo.

    A la mañana siguiente me levanté temprano para ir al monasterio Vlatadon y pillé a los monjes en plan misa cantada y tal y tal pero el lugar en si no me gustó demasiado. Desde allí bajé en línea casi recta a la plaza de Aristóteles y regresé al Mono para desayunar antes de volver al hotel y sobre las diez y media pillaba la guagua al aeropuerto. Una vez allí, pasé el control de inseguridad y a esperar el avión, que llegó en hora pero salió con cuarenta y cinco minutos de retraso por culpa de la intensa niebla en Holanda. Una vez en el terruño, tren a Utrecht y bicicleta a casa y así cerramos esta última escapada del año.

    Todas las fotos que hice (o casi todas, ya que he excluido las del papeo), las he puesto en un pase de diapositivas que viene con la canción Any Way You Want It (World Championship Medley):

    De Salónica, decir que no recuerdo haber comido tanto en un fin de semana de turismo en muchísimo tiempo y por culpa de la gula de la comida, engordé kilo y medio en dos días, de los que ya me he deshecho de más de uno a base de tremendos jiñotes. La comida de esa parte de Grecia es lo mejor de lo mejor. El lugar también merece una visita, aunque mejor en otra época del año con mejor clima.

  • Pestsäule

    20 de diciembre de 2018

    La columna de la peste es un monumento dedicado a la Santísima Trinidad y está en el centro de la ciudad en una de las calles principales. Cuando yo pasé por allí la estaban restaurando y aparecía parcialmente cubierta, algo que notaréis en la parte inferior. Es un monumento barroco y recuerda la peste de 1679, año en el que los visitaron unos truscolanes y el emperador juró levantar esta columna cuando acabara la epidemia. La columna también celebra la victoria sobre los otomanos y truscolanes que asediaron la ciudad en 1683 y asocia todo esto en el conocido como eje del mal.

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