Hay que ver como pasa el tiempo. Ya hace dos años que estuve en Praga de visita. De aquel viaje quedaron fotos como la de hoy que pasa a formar parte del Club de las 500. Se trata de la Iglesia de San Nicolás y como estamos en verano y lo que apetece es leer relatos de viaje, os invito a pasear conmigo por Praga siguiendo el relato de dicho viaje.
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La Chimbacoa
Ya comenté en su día lo sacrificado que es hacer una barbacoa cuando uno es chino. Como todos los veranos mi amigo el Chino organiza el evento que revoluciona a toda la comunidad amarilla del país. Uno está tan tranquilo en su casa, comiendo su comida amarilla en su cuenco y con sus palillos y de repente oyes un chimpún característico y sabes que ha llegado un nuevo correo y te acercas a tu ordenador de penúltima o antepenúltima generación porque los Chinos solo compran máquinas malas que funcionen con güindous ilegal, casi como los españoles y cuando miran esa pantalla semiverdosa y que tiembla como si estuviera aquejada por alguna enfermedad papal ven que les ha llegado un correo del Chino. Lo abren temblando de la emoción y se encuentran con una invitación para dos días más tarde en Lunetten, al sur de Utrecht, en la casa del susodicho. Por la lista de invitados saben que serán al menos treinta asiáticos ya que nadie se atreve a rechazar el evento, que todos saben como se las gasta este hombre. Exactamente diez segundos después de haber leído el correo suena el teléfono y no tienen ni que mirar el teléfono para saber quien les llama:
? Mishi Mishi
? Mishi Misho. Aquí El chino por la de tu madre gloria. En momento de tu vida lejano no mucho correo mandar y en mi casa chimbacoa invitado ser y estar si querer tú y poder ? le cuenta el colega en ese idioma tan peculiar que han desarrollado todos.
? Nosotros compromiso tener pero pronto cancelar, que Chino más importante ser y por mundo del nada chimbacoa perder ? le confirma el que ha recibido la llamada.
? Bueno ser y en mi casa esperar, chimbacoa de este año nunca mejor que ser, treinta personas haber y abundancia en comida tener ? confirma para que se queden tranquilos.La escena se repite un montón de veces y con una lista de la que no se ha caído ninguno de los invitados el colega se acuesta tranquilo porque una vez más, el mayor evento veraniego tendrá lugar en su casa. Todos los invitados tienen algo en común, hablan Chiquistaní y Chino Mandarín en la intimidad, como el hombre me dijo una vez, él no se junta con Chinos cantoneses porque esos son gentuza de clase baja, el equivalente a los parias europeos (y os doy total libertad para que sustituyáis parias por aquella raza, subespecie o gremio a la que tengáis manía). La Chimbacoa está prevista para el domingo así que el sábado, se acerca al supermercado para aprovisionarse. Se va directo a la sección de carne y descubre que hay un montón de carne que caduca en el día a precio de ganga. La compra toda porque es bien sabido que lo de las fechas de caducidad es una leyenda urbana creada por las cadenas de alimentación y las cosas se pueden comer bien superada dicha fecha. Como son chinos no tiene que comprar cerveza y en su lugar se aprovisiona de Chimbacola y de todo aquello que está en oferta. Compra una botella de petróleo para encender el fuego y dos bolsas de carbón del malo. Dado que el evento es en veinticuatro horas, pone la carne en la nevera, la cual parece la boca de una cueva salvaje, con un musgo negro y feroz que crece en las paredes desde hace dos años y que al parecer es sanísimo y aporta iones positivos a todo aquello que guardas en el interior de la misma.
Entre los preparativos logísticos está el conseguir treinta sillas para que se sienten los treinta chinos porque una Chimbacoa no sería lo mismo si la gente se tuviera que quedar de pie. Me llama e ignoro la llamada. Tonto no soy y ya sé por dónde van los tiros. Previamente he bajado las persianas de la ventana delantera de mi casa y desconectado el timbre de la puerta. Ni de coña le dejo las sillas de mi comedor, ya que este hombre no parece captar el concepto y paso de explicarle que unas sillas que valen casi trescientos euros cada una no se sacan a la calle para una barbacoa de gentuza amarilla. Al final terminará pidiendo a los asistentes que traigan sus propias sillas ya que él solo tiene unas doce.
Después de dos años de intensas deliberaciones el Chino ha decidido abrir todas las persianas de su casa e incluso las ventanas para este evento. Es algo increíble y sin parangón, más si tenemos en cuenta que multitud de universidades le han pedido en repetidas ocasiones acceso a su casa para investigar la atmósfera que existía en esta parte de Europa hace dos años, ya que no quedan muchos lugares en los que ese aire se haya conservado sin renovar. El Chino está muy orgulloso de este aire corrupto pero como el año anterior hubo algunas habladurías entre los miembros de la comunidad ha querido cortar por lo sano y con las persianas levantadas y las ventanas abiertas la luz consigue entrar por fin en aquel lugar que tenía prohibido desde hace tanto tiempo. Algunos de sus vecinos se asoman a sus ventanas y lloran de la emoción porque ya habían perdido la fe en volver a ver aquella casa aparentar normalidad.
Para la Chimbacoa lo primero es lo primero y se ponen las tres barbacoas en paralelo, con el carbón debidamente mojado en petróleo y la carnaza encima desde el principio para ahorrar carbón y no desaprovechar ni una sola llama. Por supuesto al encender los fuegos sale un montón de humo que contamina esta primera carne pero a ellos no parece importarles porque al fin y al cabo, es una chimbacoa y han de hacerse así.
La Chimbacola llena los vasos, el Chiquistaní es el idioma más hablado y todo el mundo está comiendo contentos y debidamente protegidos del sol ya que no quieren tomar algo de color y ser considerados de clase baja por lo que hay varias sombrillas repartidas por el jardín. Es todo un éxito y el evento será recordado sin lugar a dudas por la perfección de la organización y la destreza y profesionalidad del anfitrión. Todo marcha sobre ruedas y ya queda menos de una hora para que acaben cuando una de las chinas más viejas sale corriendo y se mete en el baño de la planta baja, el único con un retrete operativo ya que el de la planta alta se rompió hace un año y aún no lo ha arreglado. La china sale al rato medio demacrada y confirma que lo ha chimbado todo, que ha jiñado como nunca antes en su vida. Aún está relatando con todo lujo de detalles como pensó que la había poseído uno de esos virus de ordenador y que moriría con su güindous contaminado porque el estómago se le agitaba sola cuando otro Chino se excusa y sale abierto para el baño. Desde donde están pueden oír la explosión producida por la mierda al superar la velocidad del sonido y se les ponen los vellos de punta por el ruido de las uñas negras y sin cortar del colega que rascan la pared al sujetarse a la misma para hacer más fuerza. El hombre está aún pujando cuando otro comienza a aporrear la puerta para que salga y lo deje entrar. Lo que era una chimbacoa maravillosa se convierte en un drama de dantescas proporciones con treinta chinos que se chimban por las patas pa’bajo.
Algunos acabaron acuclillándose en algún rincón del jardín y descargando su mercancía letal mientras los menos afortunados entraban en aquel baño que tras el quinto bombardeo despedía un hedor insoportable. La gente se marchó farfullando excusas por lo bajo y al día siguiente nadie respondió a las llamada ni a los correos. La chimbacoa se saldó con un cien por cien de bajas y un virus extraño que el Chino achacó a la lechuga aunque la mayor parte de la gente no la probó. Está claro que comprar carne caducada para una chimbacoa no compensa.
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Gran mezquita del Sultán Qaboos en el Club de las 500
Cuando visité Oman en el 2005 y narré el viaje puse las fotos intercaladas con el texto en lugar del estilo actual de una foto por día. La que para mi es la mejor foto de ese viaje ha llegado hoy al Club de las 500. Se trata de la entrada de la Gran mezquita del Sultan Qaboos, situada a las afueras de la capital y bastante cerca del hotel en el que yo me estaba hospedando. Si aún no lo has hecho, te sugiero que saltes a el Comienzo del viaje y pasees conmigo por la península Arábiga.
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Planta 33 – capítulo decimotercero
A trompicones y parando y arrancando de cuando en cuando pero aún así seguimos avanzando en esta historia que comenzó en Planta 33 – Capítulo primero y deja que te cuente un secreto, al llegar al final de cada capítulo hay un enlace para saltar al siguiente
Millones de personas han pasado por el Vaticano y seguro que hubo tantas razones como individuos. La mayor parte van allí porque es el corazón de la religión católica, el lugar en el que más de mil millones de personas depositan su fe y la casa del máximo gobernante de dicha institución. Para Paola y María la razón era mucho más sencilla, querían ver la Basílica de San Pedro, andar por ese espléndido templo construido entre otros por Rafael, Miguel Ángel o Bernini. Por eso, cuando llegaron a la parte superior de la cúpula diseñada por Miguel Ángel se miraron y se cogieron de la mano. Este era un momento mágico, uno de esos instantes que compartes con gente muy especial y que recordarás años más tarde en incontables conversaciones. Ellas salieron a la balconada en el instante en que uno de los últimos rayos de sol se abría camino entre las nubes y creaba un sendero dorado a través de la ciudad. Desde allí arriba Roma era un mar de cúpulas de basílicas, campanarios y edificios llenos de antenas de televisión y de satélite. Las famosas siete colinas y los edificios no muy altos le daban a la ciudad ese peculiar aspecto de ordenado caos en el que las iglesias parecían predominar y donde todo estaba presidido por el castillo de San Angel y el río Tíber. El instante era aún más especial porque estaban solas y allá arriba solo escuchaban el susurro del frío viento. La oscuridad comenzaba a ganar la guerra contra la luz y por todas partes se veían luces que se encendían para iluminar las calles.
Desde donde se encontraban hacían fotos y señalaban edificios que podían reconocer. Los jardines de la Ciudad del Vaticano se veían preciosos, exquisitamente cuidados y solitarios. En la Plaza de San Pedro los últimos turistas hacían fotos y los destellos de sus flashes se podían ver desde allá arriba como diminutas explosiones. Algunos operarios colocaban vallas en la plaza seguramente preparando algún evento del Papa y desde aquella privilegiada posición parecían un ballet que ejecutaba una curiosa coreografía.
Seguían admirando la ciudad desde allá arriba cuando escucharon un sonido peculiar que venía del otro lado de la cúpula. Paola tardó un rato en reconocerlo porque no es el tipo de ruido que uno espera en un sitio como ese pero al final dedujo que se trataba del timbre de un ascensor al abrirse la puerta. Escucharon voces quedas que comentaban algo en algún idioma extraño. Después de unos segundos las voces dejaron de oírse y se escuchó claramente la puerta de un ascensor que se cerraba.
De entre las cosas prácticamente imposibles en este mundo que haya un ascensor en la parte superior de la cúpula del Vaticano es una de ellas. Por algo es de pasar por una taquilla en la que ya te advierten que hay que subir un montón de escalones. Sencillamente eso no puede ser. Paola siempre ha sido la más osada y sin dudarlo un solo instante avanzó para ver lo que había al otro lado. María dudaba un poco pero cuando vio que se quedaría sola decidió seguirla. Dieron la vuelta al lugar y allí no había nada, ninguna puerta de ascensor que pueda traer visitantes de cualquier tipo.
?¿Qué crees que ha sido? ? preguntó María
? No lo sé. Sonaba a un ascensor y gente que se bajaba pero aquí no hay nada. Es imposible, estamos en la cúpula del vaticano y hasta aquí no llegan ascensores ? respondió.En ese instante volvieron a oír el sonido de la campana del ascensor y el sonido provenía del otro lado, de aquel en el que habían estado hasta unos segundos antes. María sujetó la mano de Paola y se miraron desconcertadas. Algo extraño estaba sucediendo allí. Fueron avanzando lentamente hacia el lugar en el que se encuentra la entrada. Esta vez no se oían ruidos, estaba todo en silencio. Todo parecía normal con el aire frío golpeándolas y recordándoles que era invierno y que incluso en la Ciudad Eterna hay estaciones. María apretó fuertemente la mano de Paola cuando lo vio, clavándole las uñas. Se quedó quieta y si no es porque Paola la arrastraba no se habría movido. En el lugar en el que debía estar la puerta ahora podían ver no la familiar entrada de las escaleras sino un moderno ascensor, vacío y esperando a sus pasajeros. En el indicador luminoso aparecía el número treinta y tres. Se pararon frente a la puerta sin saber muy bien que hacer.
? Antes no estaba aquí y ni siquiera debería estar ahora. Esto debe ser una trampa, un truco de algún programa de esos en los que se ríen de la gente ? dijo Paola
? Pero en el Vaticano, en este sitio, no es posible, no creo que los curas lo permitan. ? dijo María.
? Vamos a entrar y comprobarlo, si es una broma, hagámoslo con estilo y que no vean solo nuestras caras de pánico ? animó Paola.
? No sé, no me hace gracia, esto no debería estar aquí
? Venga mujer, anímate, vamos dentro del ascensor y veamos que pasaEntraron despacio y de verdad que parecía un ascensor, quienquiera que lo hizo realizó un trabajo perfecto. Cuando ya estaban dentro miraron el panel y Paola pulsó el botón de la planta baja. Un par de segundos después la puerta se cerró y el ascensor se puso en movimiento.
??
La cúpula del Vaticano estaba vacía. No había nadie ni nada anormal. El vigilante la rodeó un par de veces y cuando estuvo seguro se acercó a la puerta de bajada y comenzó el descenso.
Este relato continúa en Planta 33 – capítulo decimocuarto
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