Esta es una de esas fotos que recibe multitud de visitas. Parece tener su encanto el buscar información sobre Nudos marinos. Hoy le damos la bienvenida en el Club de las 500
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Hazle caso
Este relato comenzó en La mensajera
Es curioso como reaccionamos ante las desgracias ajenas. Nuestra curiosidad nos puede y siempre queremos verlo todo con nuestros ojos, queremos ser testigos y dar nuestra opinión, aunque a la hora de la verdad no hagamos nada. Somos espectadores natos, mirones a los que la desgracia ajena atrae más que nada.
Con los gritos y los avisos se disparó ese sucio instinto de la gente que estaba en el centro comercial. El corrillo alrededor de la mujer caída iba en aumento pese a los esfuerzos de los agentes de seguridad, que intentaban convencer a los clientes para que se fueran a otro lado. La chica estaba bocabajo. Nadie la había movido. La ambulancia llegó pasado un rato. Comprobaron que estaba muerta, que no se podía hacer nada por ella. A su alrededor decenas de teorías eran formuladas por expertos instantáneos en el tema, gente que con un solo dato, el de la mujer muerta, montaban su teoría de la conspiración, veían sus peones negros y blancos y los movían por el tablero de la vida. Solo una persona en todo el centro comercial no parecía interesada. Ni siquiera estaba en esa planta. Mientras esto sucedía una mujer arrastraba a su hija en dirección opuesta. Iban contra corriente, aunque pasados unos metros ya nadie parecía saber lo que en esos instantes acontecía en la planta baja y se dedicaban a sus compras habituales, a mirar escaparates y probarse ropa que seguramente no comprarían.
La niña lloraba desconsoladamente. No ofrecía mucha resistencia a su madre pero tampoco cesaba su llanto. En la mano libre tenía un par de bolsas que arrastraba por el suelo. En un momento dado se pararon. La mujer se puso frente a su hija y cogió un pañuelo de su bolso para obligarla a sonarse. La chiquilla lo hizo. La tensión entre ambas era palpable.
– ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué le has dicho eso a la joven? ¿Qué es lo que te pasa? ? le gritó la madre.
– Yo no lo hice. Yo solo le dije lo que me dijeron las luces. Yo no quería que le pasara nada. Yo solo quería ayudarla ? respondió la niña llevándose las manos a los ojos mientras seguía gimoteando. Su respiración aún era agitada. Algunas personas las miraban con curiosidad al pasar pero seguían su camino sin más. Ver a una madre reprender a su hija no es algo extraordinario. Sucede todos los días, en todos lados. Forma parte de nuestra vida.
– Y deja de hablar de luces. No hay ninguna luz. Deja de decir mentiras. Me estás asustando.
– Si hay luces. Yo las vi. Vinieron y me hablaron. Son muy bonitas, como fuegos artificiales que lanzan chispas. Yo las vi ? confirmó la niña.
– No. No las hay. Basta ya. Déjalo. Se lo voy a decir a tu padre. Hoy te has pasado, has ido muy lejos ? le reprendió la madre.
– Pero ??
– Pero nada. Déjalo ya. Nos vamos.La mujer volvió a agarrar a su hija del brazo y cuando comenzó a tirar de ella la niña se quedó completamente quieta, como absorta, con la vista clavada en algún lugar perdido. Ella intentó moverla pero sin éxito. Le gritó para que se pusiera a andar pero la niña no parecía estar escuchando, parecía estar ida. Tras unos instantes una chispa volvió a lucir en sus ojos y empezó a llorar con más fuerza.
– ¿Y ahora qué? ¿Qué te pasa? Muévete que nos vamos, deja de comportarte como un bebé.
– No. No. No. No quiero. No quiero. Dejadme en paz. Marchaos. No quiero hablar con vosotros. Marchaos ya ? decía la niña hablando con alguien que no estaba allí. La madre miraba a su alrededor desconcertada, sin saber que hacer. Una mujer la miraba con el gesto fruncido, seguramente pensando lo mala madre que era, lo mal que estaba tratando a la niña. Ella no sabía que hacer, no sabía como reaccionar. Era un mal día.
– Vamonos. A casa. Ahora ? trató de razonar con su hija. Trató de convencerla para que reaccionara y se pusiera en marcha.
– No mamá, mejor nos quedamos aquí. No quiero irme. No quiero que nos vayamos ? gritaba la niña bastante alterada.
– ¿Por qué? ¿Qué te han dicho esta vez?
– Nada. No me han dicho nada ? mintió la niña.
– Entonces nos vamos.
– No. Nos quedamos aquí. No podemos salir.
– Ya está. Ya tengo suficiente. Vamos ? y arrastró a la niña hacia uno de los ascensores que llevaban al aparcamiento. La empujó hacia el interior y bloqueó la puerta para que no pudiera salirse. La chiquilla forcejeaba y lloraba intentando escaparse. La puerta se cerró y la madre respiró aliviada.
– Vas a morir mamá. Vas a morir. Me han dicho que al llegar al garaje morirás, que te dará un infarto. Han venido a buscarte. No quiero que vayamos al coche. No quiero ? gritó la niña.El ascensor volaba hacia su destino. La mujer miró a su hija asombrada mientras bajaban y sentía un hormigueo en el estómago. Intentó pulsar el botón para detener el ascensor. Lo intentó. De verdad que sí. En algún lugar dentro de ella algo se rompió. Nunca llegó a hacerlo. Su hija fue lo último que vio mientras caía en el piso del ascensor y la puerta se abría en el garaje. Entonces pudo ver las luces.
Este relato continúa en Un marido abatido
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Flores rosas y amarillo en el Club de las 500
Este es el fondo de escritorio más popular de mi colección. No ha tardado mucho en conseguir su puesto en el Club de las 500. La foto la hice el año pasado cuando visité el Keukenhof.
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Quizás sea una pesadilla
Este relato comenzó en La mensajera
Había pasado un rato pero aún seguía con la impresión del suceso que habían presenciado anteriormente. La niña parecía más tranquila y había dejado de llorar. Ambas llevaban bolsas con las cosas que compraron, ropa y algo de maquillaje. Las rebajas incitan al consumo de quienes se dejan atrapar por ellas. Vas a una tienda con una idea muy clara de lo que quieres y sales posiblemente con un montón de cosas que no necesitas y sin aquello que buscabas. Le pasa a todo el mundo.
Entre la multitud del centro comercial te vuelves un desconocido. Nadie te mira, nadie te presta atención más allá de un instante y puedes moverte libremente. Ahora que terminaron de comprar subieron a la planta alta, a la zona de bares y restaurantes. Se sentaron en una cafetería que siempre está llena, con mucho movimiento y una falsa terraza en el exterior, en la amplia avenida cubierta de la galería. Pidieron chocolate con churros y la madre empezó a mirar las cosas que llevaba en las bolsas y enseñarle a su hija las que eran para ellas. Ambas parecían felices y despreocupadas pero no era así. La madre seguía dándole vueltas a la acción de su hija, seguía sin llegar a comprender como la niña había señalado al hombre, le había dicho que iba a morir atropellado y un poco más tarde así sucedió. Estas cosas no suceden en el mundo corriente. Esto es cosa de películas y relatos pero no te pasan a ti. Pero sucedió. Ella lo había presenciado. Lo podía negar tanto como quisiera y tratar de olvidarlo aunque había un hombre muerto de por medio. Una vida sesgada.
Al poco llegaron los churros y el chocolate y ambas se lanzaron a comerlos. Los agarraban con una de esas pequeñas servilletas que ponen en las cafeterías y que siempre tienen el nombre y la dirección del local. Si te paras a pensarlo no es algo que sirva de mucho porque nadie se las lleva para llamar más tarde y preguntar algo. A una cafetería se entra, se come y te vas. No le das más vueltas. Los churros estaban muy calientes pero eso no las detuvo. No hablaban. De cuando en cuando miraban hacia una televisión colgada del techo en la que daban vídeos musicales. Pronto no quedaron churros y la niña se acabó también su chocolate.
? ¿Quieres más churros? ? le preguntó la madre
? No, ya estoy llena. Estaban riquísimos. ¿Podemos comprar golosinas en esa tienda? ? y señaló hacia un local justo enfrente especializado en gominolas y frutos secos.
? Sí, ahora cuando pague vamos. No, mejor aún, si quieres vete tú primero y así vas eligiendo lo que quieres. Yo voy en un segundo.La niña sonrió y salió disparada hacia la tienda. El camarero ya estaba en camino con el pequeño plato en el que traen la cuenta. Ella sacó el monedero, rebuscó entre las monedas y pagó dejando un poco de propina, lo justo. Tres céntimos. Como decía su hermana, eso es un duro de los de antes. A ella nadie le daba propina por su trabajo y si alguien la merecía era ella. Continuamente lanzaba miradas hacia el local donde se encontraba su hija para asegurarse que no se marchaba. Cuando ya se levantaba vio que se había echado a llorar y se echaba las manos a los ojos. Agarró las bolsas y cruzó la distancia que las separaba, que no era mucha. Entró en el local y la niña lloraba mientras una mujer trataba de calmarla.
? ¿Qué te pasa mi amor? ¿Te han hecho algo? ? le preguntó la madre sin prestar mucha atención a la mujer que estaba junto a su hija. La chiquilla negó con la cabeza mientras gimoteaba y aspiraba los mocos. Parecía desolada, mucho más mayor de lo que realmente era. Se giró hacia la mujer y le preguntó:
? ¿Usted vio lo que le ha sucedido?
? No. Yo estaba comprando cuando he visto que la niña se echaba a llorar y como miraba hacia mi he venido a ver que le pasaba ? dijo la desconocida, una chica rubia y bastante atractiva de aspecto cuidado y una melena preciosa.En eso la niña señaló hacia la mujer mientras aún seguía llorando
? Ella también, mamá. Ella también. Es la hermana. Ella es la hermana ? dijo mientras se echaba a llorar nuevamente.
? ¿Qué dice su hija? ¿a qué se refiere?
? A nada. Cosas de niñas. No le haga caso ? estaba perdiendo el color y solo le apetecía salir de allí dentro lo antes posible y marcharse a casa. Aquel día se había convertido en una pesadilla que quería terminar.
? No mamá. Es la hermana. Ella es la hermana del señor que murió atropellado. De Arturo.Ahora la que puso cara de sorpresa fue la desconocida. Primero las miró extrañada y después, poco a poco fue torciendo el gesto.
? ¿Qué sabe ella de Arturo? ¿Por qué conocen a mi hermano? ¿Acaso esto es un juego o una cámara oculta? ? preguntó un poco alterada.
? No sé de donde ha sacado mi hija ese nombre. Se está refiriendo a un hombre que nos cruzamos hace un rato. Después de hablar con nosotros salió al aparcamiento a buscar su coche y lo atropellaron. Murió allí o al menos eso decían los de seguridad. Nosotros lo vimos en el suelo.
? Sí se llamaba Arturo. Arturo Pérez. Como ella. Ella es su hermana. Ellos me lo han dicho ? dijo mientras la señalaba con el dedo.
? Esta es una broma de muy mal gusto ? les gritó perdiendo la compostura. Sus ojos comenzaban a volverse acuosos. Estaba a punto de echarse a llorar. También se podía notar por el tono en falsete de su voz. Se dio la vuelta y se marchó corriendo sin volverse a mirarlas.
? ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has dicho eso? ? le preguntó la madre con un tono de voz un poco enfadado.
? Porque las luces me lo han dicho ?Se echó a llorar de nuevo y entre sollozos dijo ? Las luces dicen que ella también va a morir ahora, que han vuelto para recogerla.La madre miró horrorizada hacia su hija. No se podía creer lo que estaba escuchando. Debía estar soñando, esto no podía ser real. Pero justo en ese instante se comenzaron a oír gritos que llegaban desde abajo, gente pidiendo una ambulancia, otros simplemente dando órdenes y exigiendo a los mirones que se apartaran. Agarró por el brazo a la niña y fueron a las escaleras. Desde arriba podían verlo todo. En la planta baja, tirada en el suelo estaba la mujer con la que habían hablado hasta hacía unos momentos. Estaba de espaldas. A su alrededor se congregaba una muchedumbre curiosa. La niña volvía a llorar.
Tiró de su hija y se volvió para buscar las escaleras que estaban en el otro extremo del centro comercial. Ella también lloraba, en silencio.
Este relato continúa en Hazle caso


