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  • La campana en el Wat Benchamabophit

    15 de diciembre de 2022

    Cualquiera con una neurona activa ha notado lo mismo que yo noté cuando miraba esa especie de campanario de mármol con tejado tailandés y campana, pero como siempre hay alguno despistado, hay que volver a mirar la campana y ver lo que falta, que es la cuerda en el badajo o mismamente, el susodicho. El que la diseñó, o estaba convencidísimo que los mismísimos dioses budistas bajarían del cielo a tocarla o le tenía una alergia al ruido de campana que no veas, porque sin una escalera, está jodido lo de tocar esa campana.

  • Segunda inmersión en Sardina del Norte, tercera parte

    14 de diciembre de 2022

    Esta inmersión comenzó en Segunda inmersión en Sardina del Norte, primera parte

    Seguimos buceando en Sardina y llega el momento de escuchar el himno, sí, el himno de la mejor película de la historia del universo que todos sabemos que es Top Gun: Maverick y por supuesto, la canción de hoy es el Top Gun Anthem, el original, el de la primera película, ese que hace llorar a julays hechos y derechos cuando lo escuchan de pura emoción, que ablanda hasta los más brutos, aunque no parece funcionar con ignorantones. Como en esta inmersión me enralé a grabar, todavía queda tela marinera.

    Comenzamos buceando por debajo y junto a las piedras de la escollera, que por allí se pueden encontrar cosillas, aunque estábamos bastante cerca de la superficie. Sé de buceadores que no pueden hacer este tipo de maniobras sofisticadas bajo el agua, o les da miedo. Ya en la arena, banco de peces, que es que están ahí esperando por nosotros, que somos la alegría de su día. Cuando han pasado un minuto y tres cuartos, entre las rocas, rescondida, hay una raya, se puede ver la cola y como la pobre está convencidísima que no la estamos viendo. Después de esos volvemos con el banco de peces y me hago un autorretrato para que quede constancia que estuve allí. En la arena, escondida, hay una manta y la dive master mueve la arena tratando de que nos haga espectáculo, pero como que el bicho la ninguneaba, aunque igual la cosa cambia en el siguiente episodio.

  • El Buda Phra Chinnarat

    14 de diciembre de 2022

    Ya entrando en el templo Wat Benchamabophit, en su interior está el Buda Phra Chinnarat, o más bien una copia del original, que está en el norte del país y tiene setecientos años. Debajo de este Buda al parecer están enterradas las cenizas de uno de los reyes tailandeses y recordar que este es el más reciente de los templos reales y que se construyó en el siglo XX (equis-equis). El Buda lo vemos en la clásica postura truscolana-podemita de pedir con una mano mientras con la otra está preparado para afanar, que es algo que aprendió de los truscolanes. Personalmente, el detalle más bonito de la decoración yo creo que es ese ventilador histórico que podría estar en cualquier museo de la tecnología europeo y que seguramente ha movido millones de metros cúbicos de aire sudado hasta el infinito y diez metros más allá.

  • El casi-almuerzo navideño

    13 de diciembre de 2022

    Como quise de decir y dije, de alguna manera me las apañé para que con menos de dos meses en la nueva chamba, me invitaran al almuerzo navideño de la sede corporativa para Europa, Oriente Medio y África, hito que muchos no se explican pero que es tan sencillo como que mi capacidad para fascinar al populacho y alterar su percepción de mí, o eso que también se puede definir como manipulación, es bien grande. Este lunes tenía el almuerzo y al mismo también vinieron dos de mis colegas en la fábrica, que ya puestos, extendimos la invitación a todos los del equipo para que el resto de la miasma se sienta más afrontada, que eso siempre es bueno en los juegos de poder. Los otros dos se subían desde Bolduque justo para el almuerzo y yo opté por ir a trabajar allí, que a mí me da igual ir al norte o al sur porque el tiempo de conmutar de la keli al escritorio es el mismo, aunque en este viaje he descubierto una entrada super-hiper-mega secreta a la estación que me ahorra fácilmente cuatro minutos de pateo.

    Por una vez y sin que sirva de precedente, todo el transporte público funcionó sin incidencias y pese a que durante la noche la temperatura bajó hasta los cuatro grados bajo cero, pude llegar a la estación con la Zarrapastrosa, pillar el tren hasta la estación de Utrecht Centraal y allí cambiar al tren que me llevó al aeropuerto de Schiphol y en el mismo andén, cambiar al tren que me llevó hasta la siguiente estación, que era mi destino final. Todo, bicicleta, primer tren, segundo tren, tercer tren y caminata me tomó unos cincuenta minutos. En mis visitas anteriores el lugar era un erial sin empleados, pero la llamada de comida gratis total con el jefe supremo funcionó y allí apareció todo el mundo, aunque mosqueaba el ver al gran jefe con una mascarilla de esas de las celeste que se pone la gente cuando han sido infectados con el virus truscolán y podemita, que yo no sé como será en el sur de Europa pero en los Países Bajos se puede trabajar siendo positivo si usas mascarilla, incluyendo el personal hospitalario, que es algo que a mí personalmente me fascina.

    Yo me dediqué a practicar mi magia habitual y a las doce y cuarto, llegaron los que venían del sur y quince minutos más tarde, íbamos al comedor, el cual, después de dos años cerrado por culpa de cierta pandemia truscolana y podemita, volvieron a abrir. Allí habían puesto una mesa gigantesca, larga, en la que nos sentamos todos. Cuando ya nos habíamos ubicado, apareció el jefe supremo europeo, aún con la mascarilla y nos dijo que por desgracia, estaba en modo positivo-total desde una semana antes y no podría comer con nosotros, en el que era el primer almuerzo navideño desde el año 2019 y nos deseó una infeliz navidad y un desgraciado año nuevo y que disfrutáramos de las vacaciones y se marchó corriendo para no pegarnos el virus truscolán y podemita. Si el chamo se pensaba que lo íbamos a echar de menos, se equivocó. Allí estábamos todos para llevarnos el disgusto con la pitanza y efectivamente, nos lo llevamos. Era un almuerzo neerlandés, que es un concepto muy diferente de ese en el sur de Europa, con poca comida. Aún así, como era un bufete, algunos se encochinaron a conciencia, los había que parecía que no habían provado bocado desde que subieron a Cristo Rey a su cruz, era increíble ver como volvían a llenar sus platos una y otra vez. Como me temía, la mayor parte de la gente allí son de los que creen en los beneficios terapeúticos de jincarte un tampón por el orto y estaban todos estirados, así que en menos de tres minutos, quizás solo dos y medio, mis colegas y yo nos convertimos en el centro del almuerzo y los que se sentaron lejos de nosotros se cagaban en todos sus pasados y futuros muertos porque no podían oír bien la alegría y cosa buena que aportábamos, que en nuestro lado de la mesa todo el mundo se lo pasó bomba, que era la idea. Después de acabar, hice el paseíllo por el edificio con uno de los que vinieron, que nunca había estado allí y flipó con la cantidad de gente que me conoce y saluda. En una de las plantas me encontré con uno de los colegas de aquella movida que relaté hace un par de semanas y el chamo estuvo hablando con nosotros un rato y super-hiper-mega contento, que cualquiera que nos ve se puede pensar que es que está viendo al mismísimo niño Jesús, así que le expliqué al otro que no se agobie, que eso sucede siempre conmigo, que si estoy por la labor de fascinar al populacho, lo consigo sin mucho esfuerzo.

    Después de que los colegas se marcharon, yo seguí trabajando desde allí y aluciné cuando todo el regreso a la Zarrapastrosa también sucedió sin incidencias, es que todavía no me puedo explicar ni me explico mi suerte, que en día con temperaturas bajo cero yo me esperaba todo lo peor. Al llegar a mi Keli, con tres grados bajo ese mentado cero, me cambié, me puse la ropa de correr y salí a hacer mis seis kilómetros y los culminé con mi ducha de agua fría, que no quiero ablandarme. Prefiero mil y un millón de veces correr con esas temperatura y aire seco que con siete grados y llovizna, eso sí que es una pesadilla, pero el frío seco es algo que no molesta para nada, el cuerpo genera el calor que necesito e hice mi ruta, en la oscuridad en veintiocho minutos, que no es un tiempo para estar orgulloso, pero si hay alguno aquí que hace seis kilómetros con un tiempo medio de cuatro minutos y cuarenta segundos en la oscuridad y con esas temperaturas, que lo diga que se merece que lo feliciten. Y así acabó el primero de los dos eventos navideños de la empresa, que también estoy invitado a la cena de la fábrica, que será en una sala de fiestas o algo parecido, aunque ya puedo adelantar y adelanto que lo de la comida será similar, que los neerlandeses no son famosos ni aquí ni en ningún otro lugar del universo conocido por su gastronomía.

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