Este pedazo de templo venía a ser la residencia oficial del Supremo líder de los budistas tailandeses, algo así como su Vaticano. La parte principal del templo está colapsada, creo que veremos alguna foto, pero en este rinconcito tenemos la torre esa que se ve en la parte de atrás y que es un Prang, una estructura que copiaron de los Kmers y que está hueca. Delante se puede ver un Buda en postura pedigüeño y está flanqueado por un montón de figuras que estaban sentados, como la que está justo delante de la imagen a la derecha y descabezada. De esas, no queda ninguna entera. El templo ha sido restaurado varias veces pero como que el Dios ese no está por la labor y cada vez que lo hacen, alguien ataca y lo destruye de nuevo.
Sucede cada año casi sin que nos demos cuenta, sobre todo aquí arriba, ya que cuanto más pa’rriba estás, más visible es. El verano es luz y calor y un día, son las ocho y media de la tarde, vuelves a casa en bicicleta y te das cuenta que las luces del jardín están programadas para las once menos veinte y allí ya hay una noche cerrada. También en ese instante te explicas como es que ya no te despiertas a las cuatro de la mañana cuando un montón de luz entraba en tu dormitorio. Estamos ya inmersos en el ciclo de obscuridad y cada día que pasa, perdemos cuatro minutos de luz, cuatro, que se dice pronto pero intenta aguantar la respiración todo ese tiempo, o no parpadear. Es una cantidad considerable, doscientos cuarenta segundos. También, las noches enfrían y aparecen, cuando se da la correcta combinación de lluvia y sol, las setas.
Hoy paseando al mediodía me tropecé, en la hierba, con una colonia bastante grande de setas, de la que aquí vemos uno de sus grupos familiares. Las señales están ahí, a la vista de todos y aunque aún en nuestros cabezones pensamos en términos de verano, el otoño llama con fuerza a la puerta y pronto nos será imposible detenerlo, aunque mucho me temo para el susodicho que la semana que viene vamos a tener un post-veranillo fabuloso, que aprovecharé para absorber todo el sol que pueda.
Ya pronto tocará empezar a preparar el jardín para el invierno, podar algunos árboles, arbustos y plantas y quitar la mesa y las sillas del jardín porque ya no las usaré hasta la primavera del año que viene. También las velas, que llevan meses esperando que las encienda, verán su sueño cumplido y volverán esas tardes tan bucólicas con el fluctuar de la llama de una o varias velas y que de alguna manera, le dan algo de calidez a una estancia.
Este Buda le tuvo que hacer alguna trastada a algún julay local o quizás se proclamó truscolán y alguien lo decapitó, le pusieron la cabeza junto al árbol y este se encargó de atraparlo. Está a la entrada del Wat Mahathat y supongo que salvo los ciegos, todos los demás paramos a hacerle una foto y reírnos de él.
Prácticamente todos somos como mulas cuando se trata de las cosas que nos gustan. Yo por ejemplo, he ido al Café Cartouche una cantidad ingente de veces en los veinte años que he vivido en Holanda y jamás, jamás, jamás, he pedido otra cosa que no sean costillas y por más que algunos me juren que las otras están ricas, yo voy allí a lo que voy. Con las heladerías, la gente es muy similar y siempre van y siempre piden el mismo (o los mismos) sabores, sin explorar todo lo que tienen para ofrecer. Para mí, los mejores helados en las Palmas de Gran Canaria son los de la heladería Peña la Vieja, en la playa de las Canteras, aunque se pueden comprar en otros sitios en la ciudad y tienen una cantidad dantesca de sabores y yo puedo confirmar y confirmo que los he probado todos y aunque tengo mis favoritos, sigo saltando de sabor en sabor porque no me los quiero perder e intento aplicar ese gesto de evitar la estrechez de miras en algunas otras cosas y sitios (pero ni de coña en el Cartouche, que lo sepáis).
Como a todos los helados les hice foto (y algún comentarista Ancestral las ha visto), he decidido, con mucho arte y sufrimiento, agruparlas en un pequeño homenaje a todos esos helados que me comí y a los que los hicieron y hacer un vídeo para celebrar casi treinta días de helados fantásticos. Cometí, al menos dos traiciones, en otras dos heladerías isleñas y esos no aparecen por aquí.
Para un documento tan fastuoso y estremecedor, la música no podía ser otra que la canción Any Way You Want It cantada por The Rock Of Ages Movie Band y que formaba parte de la banda sonora de la película musical tan celebrada por Virtuditas Rock of Ages:
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