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  • Los turcos

    20 de mayo de 2020

    El domingo el Turco se deshizo de su novia después de ocho semanas de cinquentena, casi sesentena. Sucedió que en la última semana antes de que nuestras vidas cambiaran, ella viajó a Portugal para trabajar y en lugar de volver a su keli en Alemania, voló a Amsterdam para pasar el fin de semana con su chamo y el domingo cuando se fue todo a tomar por culo, se vio en Holanda y al principio pensaron que sería una semana, quizás dos y acabaron siendo ocho y para volver a Alemania, tendrá que estar quince días de semi-quincentena, en la que no podrá entrar en supermercados o tiendas o en su trabajo, pero sí podrá salir de la casa para pasear, en uno de esos inventos tan curiosos que se han descubierto en los veintiocho países de la Unión Europea, con cada uno poniendo reglas a su manera.

    Después de dejarla en el aeropuerto, que ahora es más bien como un laboratorio de alto riesgo en el que no dejan pasar a la gente más allá del vestíbulo de la estación a menos que tengas billete, se vino para mi casa, aprovechando que teníamos un día fabuloso y yo lo había convencido de irnos a dar un paseo en bicicleta, básicamente mi ruta favorita. El chamo, en estas ocho semanas, no ha hecho ejercicio y está como toro sentado y de mi plan original de treinta y siete kilómetros, tuve que modificarlo sobre la marcha y dejarlo en diecinueve kilómetros con trescientos metros. Cruzamos el Amsterdamrijnkanaal un puente antes de lo esperado y no llegamos a ir al río Lek. Sobre el puente, paramos y el Turco, el auténtico, hizo la siguiente foto:

    Se ve perfectamente la gloriosa campiña neerlandesa a la vera de todas las ramas del río Rín cuando se desmembra en su delta. El color que predomina es el verde. La foto, como siempre que aparece el Elegido, il Scelto, de Uitverkorene o the Chosen One, sufre una transformación digital sin parangón en la historia de la ciencia y ni siquiera podemos ver el único barquillo que venía por el río, cuando hace unos meses, el tráfico de barcos por el mismo no paraba, iban en fila. La imagen también tiene una paradoja, la del título, ya que muchos pueden pensar que hay dos turcos, pero en realidad solo hay uno y es el que menos lo parece, el rubio y con gafas de sol, que el otro con barba es africano, que no turco. Cuando llegamos a mi casa, el estaba intentando convencerme que hicimos al menos cuarenta kilómetros, quizás más y cuando después de pasar la tarde tomando el sol y después cenar se fue, me metí en el googlevil mapas, tracé la ruta y el resultado fueron los diecinueve kilómetros y trescientos metros y entonces el chamo me dijo que seguramente eran millas, que mira que es tozudo.

  • Buda sentado en tunel del templo Wat Umong

    20 de mayo de 2020

    En la próxima foto veremos uno de los túneles del templo Wat Umong más o menos al completo pero hoy tenemos un Buda sentado en uno de ellos o en una de las salas a las que se llega por los túneles. El chamo está en la modalidad sentada, tiene la boca cerrada porque los monjes budistas no dejan de quitarle dientes para tener reliquias y eso que hay por detrás de él no se sabe muy bien si son algún tipo raro de flores asiáticas o cipotes cambaos. Detrás de él parece que hay algún tipo de cuarto secreto, seguramente un escondrijo de truscolanes, pero el que hizo el Buda como que no calculó bien el tamaño y se puede ver parte del agujero por el lado superior.

  • Tremenda distancia cristiano

    19 de mayo de 2020

    Por circunstancias de la vida que vienen al caso, yo llevo casi cuatro años corriendo, ya que no quiero ser obeso como algunos comentaristas que no vamos a mentar o culocochistas, como quizás sean los mismos comentaristas u otros. Comencé en algún momento del final de la primavera del 2016 con un programa para llegar a los cinco kilómetros en doce semanas y tal y tal y tal, aunque llegué mucho antes. Después pasé por la fase esa de querer correr más y más kilómetros hasta que descubrí que me aburro si corro más de media hora, con lo que mi distancia quedó fijada en los seis kilómetros y el objetivo es hacerlos en menos de treinta minutos. Al final de ese 2016 me compré una Mi vand de esas, el primer modelo, sin pantalla ni nada y comencé a usar su programa en mi androitotorota para saber las rutas que hago, los kilómetros, el tiempo y en versiones posteriores hasta las pulsaciones de mi corazón durante ese ejercicio y los peítos que me puedo o quiero tirar, que puede suceder y posiblemente suceda que el esfuerzo físico te lleve a soltar gases que te lastran. Desde aquel momento hasta ahora pasé de la Mi vand a la tres y después a la cuatro, creo que me salté la dos y como siempre soy el mismo usuario, cambio de una a otra y me mantienen lo recorrido, con lo que podemos saber que en ese tiempo he hecho ciento sesenta y seis carreras y recorrido novecientos tres kilómetros, casi novecientos cuatro. Han habido meses en los que paro, particularmente en invierno porque no me mola nada correr de noche ni si llueve y puede suceder y sucede en los Países Bajos lo segundo, que lo primero sucede siempre entre noviembre y febrero y me obliga prácticamente a dejarlo o a reducir la distancia. También he tenido alguna lesión y las susodichas vacaciones que me distraen del tema, pero siempre regreso al mismo. Hasta el enclaustramiento, el objetivo era correr dos veces por semana, aunque en la actualidad se ha convertido en correr cada dos días, es decir, con cuarenta y ocho horas entre ellas. Además y gracias a la ausencia de lluvia, estoy consiguiendo hacer seis kilómetros desde algún momento de abril, salvo por una ocasión en que me llovió. El lunes y con los últimos seis kilómetros superé los novecientos, distancia que medida linealmente va desde la puerta de mi keli hasta Venecia, si lo hiciese de un tirón. En el camino cambié de zapatillas deportivas, ya que gasté las primeras y ando por mi segundo par, aunque que nadie se piense que me gasto un pastón en las mismas que yo no compito ni quiero ganar medallones porque sé que no son de oro puro del que cagó el moro y a mí las medallas esas falsas no me motivan, igual que no me molan las masas de chusma y gentuza que se apelotonan en esos eventos populares. Yo voy a mi aire, casi siempre en un descanso por la mañana y tampoco me estoy preocupando de mejorar la velocidad, así que me mantengo rondando los veintinueve minutos, bien por debajo de los fatídicos treinta que corren los perdedores. En ocasiones, como el lunes pasado, bajo a los veintiocho pero sucede raramente porque ya procuro regularme y evitar el ir más y más rápido, que la tentación existe, pero no sirve de mucho y se trata de hacer algo de deporte y nada más. Esta semana, al ser el primer día el lunes, caerán cuatro entrenamientos y la semana que viene será de tres, siguiendo un ciclo que no sabemos cuando decaerá. Siempre, siempre, siempre me da pereza para ir y mi cerebro se inventa dieciséis excusas para no hacerlo que tengo que ningunear, igual que cuando llego al cuarto kilómetro me dice que pare inmediatamente y después resulta que el quinto kilómetro suele ser siempre el más rápido y al acabarlo me suplica que lo deje y yo sigo por no tener que caminar durante diez minutos y llego al sexto también con muy buen tiempo. Hace un tiempo expliqué el circuito que hago y sigue siendo el mismo, con sus tres posibles variantes y la ruta la determina la posibilidad de lluvia o de viento. Al ritmo que voy, es posible que este mes el total alcance los noventa kilómetros o sea, el diez por ciento de toda esa cantidad la habré hecho solo este mes, ya que nunca jamás me pude imaginar un escenario en el que no tendría cines abiertos ni iría a la oficina o a salir por ahí. En junio, cuando abran los cines, la cosa cambiará y me temo que reduciré el ritmo porque sé de uno que irá al cine todo lo que pueda, pese a la limitación de treinta julays por sala independientemente del aforo, la reserva previa de la entrada y la movida de la desinfección al llegar al cine, que están convirtiendo toda la experiencia en algo que recuerdas para los restos y todo para poder ir a ver películas viejunas, que van a arrancar sin estrenos. Acabando con el tema, que estoy hecho un máquina y que al contrario que muchos, que han preferido incrementar las lorzas, yo opté por comer bien, jiñar mejor y equilibrar el desfase haciendo gimnasia todos los días y yendo a correr en días alternos.

  • Llegando al templo de Wat Umong

    19 de mayo de 2020

    Básicamente, se acabó lo que había que ver en el centro de Chiang Mai y fui de excursión a un templo que está en las afueras de la ciudad, cerca del aeropuerto, llamado Wat Umong. Este templo tiene unos setecientos años y también lo llaman el templo de los túneles. Tiene su monasterio activo y está pegado a las montañas, con lo que está rodeado de verde. Tiene una enorme valla que vemos en la foto con uno de los túneles de entrada. En el interior hay un lago artificial que creo que veremos en otra foto.

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