El domingo el Turco se deshizo de su novia después de ocho semanas de cinquentena, casi sesentena. Sucedió que en la última semana antes de que nuestras vidas cambiaran, ella viajó a Portugal para trabajar y en lugar de volver a su keli en Alemania, voló a Amsterdam para pasar el fin de semana con su chamo y el domingo cuando se fue todo a tomar por culo, se vio en Holanda y al principio pensaron que sería una semana, quizás dos y acabaron siendo ocho y para volver a Alemania, tendrá que estar quince días de semi-quincentena, en la que no podrá entrar en supermercados o tiendas o en su trabajo, pero sí podrá salir de la casa para pasear, en uno de esos inventos tan curiosos que se han descubierto en los veintiocho países de la Unión Europea, con cada uno poniendo reglas a su manera.
Después de dejarla en el aeropuerto, que ahora es más bien como un laboratorio de alto riesgo en el que no dejan pasar a la gente más allá del vestíbulo de la estación a menos que tengas billete, se vino para mi casa, aprovechando que teníamos un día fabuloso y yo lo había convencido de irnos a dar un paseo en bicicleta, básicamente mi ruta favorita. El chamo, en estas ocho semanas, no ha hecho ejercicio y está como toro sentado y de mi plan original de treinta y siete kilómetros, tuve que modificarlo sobre la marcha y dejarlo en diecinueve kilómetros con trescientos metros. Cruzamos el Amsterdamrijnkanaal un puente antes de lo esperado y no llegamos a ir al río Lek. Sobre el puente, paramos y el Turco, el auténtico, hizo la siguiente foto:
Se ve perfectamente la gloriosa campiña neerlandesa a la vera de todas las ramas del río Rín cuando se desmembra en su delta. El color que predomina es el verde. La foto, como siempre que aparece el Elegido, il Scelto, de Uitverkorene o the Chosen One, sufre una transformación digital sin parangón en la historia de la ciencia y ni siquiera podemos ver el único barquillo que venía por el río, cuando hace unos meses, el tráfico de barcos por el mismo no paraba, iban en fila. La imagen también tiene una paradoja, la del título, ya que muchos pueden pensar que hay dos turcos, pero en realidad solo hay uno y es el que menos lo parece, el rubio y con gafas de sol, que el otro con barba es africano, que no turco. Cuando llegamos a mi casa, el estaba intentando convencerme que hicimos al menos cuarenta kilómetros, quizás más y cuando después de pasar la tarde tomando el sol y después cenar se fue, me metí en el googlevil mapas, tracé la ruta y el resultado fueron los diecinueve kilómetros y trescientos metros y entonces el chamo me dijo que seguramente eran millas, que mira que es tozudo.




