Como vuela el tiempo. No he tenido ni tiempo para tupir más de dos retretes desde que mencioné lo de Mil ochocientos días de constancia en el Duolingo y esta mañana, en el tren, camino de Hilversum, crucé le épica y legendaria línea de los mil novecientos días y sigo con los mismos idiomas, aunque para practicar uno de ellos, el más nuevo, español para italianos, solo lo puedo hacer a través de la página web del duolingo, así que de cuando en cuando uso el ordenador personal para aprender el español, idioma que es muy importante que aprenda ya que el mejor blog sin premios en castellano se escribe en esa lengua. La cantidad de días en los que no he fachado para hacer mis ejercicios y que indica que es la cantidad de días que en algún momento he estado conectado a las internetes son cinco años, dos meses y dos semanas. Un auténtico pasote. Por supuesto, ha habido algún tropezón pero de esos baches se encarga el comodín, que te permite saltarte uno y no perder la racha. Creo que la última vez que lo usé fue en mayo, cuando estaba en Indonesia.
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El puente de los carniceros
Seguimos viendo puentes sobre el río Ljubljanica y hoy vemos el más joven de los mismos. En realidad hubo planes en los años treinta para poner un puente en el lugar pero se hizo finalmente en el 2010 y con un diesño distinto. El puente sin embargo mantuvo el nombre que le querían dar en los años treinta, el puente de los carniceros, aunque a mí me mola mucho más como suena en italiano, il ponte dei Macellai, que es mucho más musical que en la lengua aborigen del lugar, Mesarski most, que suena a maldición gitana. En la foto no se aprecia pero ese es el puente que eligieron los talibanes del falso amor para poner sus candados y proclamar su amor eterno que culmina en divorcio.
Y mira tú por donde, por detrás y de zorrudo se nos cuela el castillo de Liubliana, que tanto gusta a algunos comentaristas.
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Aquella ruta
Ayer, como casi todos los miércoles de la temporada escolar, fui a clase de italiano por la tarde, operación que requiere un traslado en bicicleta que puede ser de seis mil novecientos metros o más, dependiendo de la ruta. Cuando acabó la clase, salí a desbloquear mi bici, mientras escuchaba un audiolibro y perfectamente vestidito para el viaje a cuatro grados. Salí del aparcamiento del colegio en el que recibimos las clases y cuando enfilaba la calle, escuchando el audiolibro y pedaleando y con cuatro grados sin viento ni lluvia, una parte de mi cerebro, supongo, decidió que volvíamos por la ruta de siete mil quinientos metros, la más larga, pero también la más espectacular y bonita, pedaleando junto a algunos de los canales más bonitos de la milenaria ciudad de Utrecht y que por la noche, en invierno y en días así, es un festival visual, un regalo a la vista y como recorrer el interior de una obra de arte.
Iba por la ruta y seguramente la parte de mi cerebro que no había decidido el seguir aquel camino señaló algo importante, ese acto, el de elegir esa ruta que no tiene lógica porque toma más tiempo y más esfuerzo, eso es lo que hace que la inteligencia artificial consiga pensar como nosotros. En otros días, con las mismas condiciones, mi cerebro saldrá por otro lado, hará otra cosa distinta. Esto me llevó a pensar en el problema ese tan grande que GooglEvil no ha resuelto todavía con su falta de inteligencia artificial. Resulta que cinco días a la semana yo salgo de mi casa a la misma hora y voy en bicicleta a la misma estación en donde pillo el mismo tren, cambio a otro y al llegar a Hilversum hago el tramo final en otra bicicleta. Cuando expliqué al ente artificial de GooglEvil el trayecto de casa al trabajo, solo puedes indicar la dirección física del punto de partida y del de destino. Supuse que con la inteligencia que no tienen, ellos, tras unas iteraciones, captarían el concepto. Va a ser que NO. Han pasado años haciendo esa ruta cinco días a la semana y GooglEvil, cada mañana, me indica el horario de salida de la guagua que pasa más cerca de mi casa y que yo no uso porque voy en bici a la estación. Cientos y cientos de veces he hecho la misma ruta y ellos me siguen indicando la guagua, igual que en Hilversum e igual que al volver a casa. La inteligencia artificial, al menos en el 2020, no existe. Solo son capaces de resolver pequeñas tareas y en muchas ocasiones, de una manera chapucera. Al ritmo que van les queda décadas y aún así, jamás conseguirán emular a los humanos, que igual subimos pá’rriba que bajamos pá’bajo según nos salgaa de los mondongos, que la racionalidad la usamos en muy pocas ocasiones. Yo quiero ver a los expertos del tema el día que le tengan que explicar a una inteligencia artificial el concepto de la jubilación, que para la máquina, será un derroche total y tal y tal.
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El puente de los dragones sobre el río Ljubljanica

Ya vimos uno de los cuatro dragones del puente en la foto de hoy con el castillo al fondo y hoy nos centramos en el puente, que cumplió su primer centenerio en el 2001 y que ahí sigue. El puente fue uno de los primeros hechos con hormigón reforzado y la razón para elegir el villorrio este cuando el Emporio Austro-húngaro era enorme y tenía una capital fastuosa en Viena, fue que como la tecnología era desconocida, si aquello salía mal y la cosa se escoñaba no se iban a enterar muchos julays por falta de acceso a Internet. Hay una leyenda local que dice que cuando una virgen lo cruza, los cuatro dragones menean la cola pero aún no se ha podido demostrar por falta de hembras virtuosas. Otra leyenda dice que los dragones se emputan que no veas si un truscolán trata de cruzarlo y por eso, PuerKagón no ha visitado Eslovenia.


