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  • Mosteiro dos Jerónimos y caminando de vuelta a Lisboa

    13 de diciembre de 2019

    El relato comenzó en Llegando a Lisboa y quedándome en Belém

    Yo sabiendo que dormía tan cerca de la fábrica de los Pastéis de Belém, yo me despertaba mucho antes que mi Mi Band me agite la mano con las tripas ya gritando para que las lleve a comer. Por supuesto, todo esto sucede una purriada de horas antes de la Hora Virtuditas, que hay dos que probablemente jamás han visto un amanecer y se creen que el sol aparece mágicamente en lo alto del cielo. En mi último día en Lisboa, algo era diferente y finalmente lo identifiqué, no había tranvías yendo a Belém y en la calle parecían acumularse los pollardones que les priva el ejercicio colectivo para una maratón. Por supuestísimo, me jinqué mis dos pastéis de Belém con mi cortado y además me compré dos cajas para llevar y también un Bolo de arroz que ha sido el descubrimiento más importante que le ha sucedido a la humanidad desde que se hicieron los primeros gallumbos. El día estaba nublado y según la previsión meteorológica, podía llover. Tras el desayuno me acerqué al Monumento aos Descobrimentos, que era justo el lugar por el que comenzaban todas las maratones y con la niebla, no se podía ver el puente 25 de abril. Volví a la pensión, pillé mis cosas y me fui al Monasterio dos Jerónimos ya que lo quería volver a visitar. Compré mi entrada y como la vez anterior, me maravillé con ese claustro espectacular que tiene:

    Acababa de abrir así que en la foto faltan las doce mil personas que tenéis vosotros en las vuestras llegando un par de horas más tarde. En el cielo se puede ver la nube esa pegajosa que cubría el cielo. Desde una de los arcos con ventanas de la planta baja tenemos esta foto tan fastuosa y con tanto artisteo:

    Estuve un rato largo por allí antes de salir e ir andando por Belém hacia el Maat, el museo de arte moderno, ese que te deja helado y que no quería visitar, pero al que le quería hacer fotos. De entrada lo vemos con una imagen del día anterior cuando pasé en barco, para que se pueda apreciar al completo su forma:

    Nos olvidamos por el momento de ese edificio tan icónico junto al Tajo y justo a la izquierda de la imagen anterior está una central eléctrica que han transformado en museo, la Central Tejo:

    Ese museo sí que me interesaba y entré a verlo, que mi padre trabajó hasta retirarse para cierta compañía eléctrica española que cayó en manos de italianos y la están desmantelando y mi primer trabajo con mi amigo Sergio también fue haciendo instalaciones en centrales eléctricas. El museo es flipante, tienen toda la maquinaria y aquello es una orgía mecánica. Flipé y flipé y flipé. Creo que la cantidad de visitantes en aquel momento éramos dos. Cuando salí, iba bien de tiempo y decidí que en lugar de coger el tren para volver al metro que me puede llevar al aeropuerto, podía ir andando hasta allí.

    Antes de eso, tenemos un poco de artisteo desde el Maat con el puente en la neblina al fondo y también vemos la avenida junto a la orilla del río. El puente se merece una foto sin el mamotreto:

    La nube se movía continuamente y el puente aparecía y desaparecía. Según me acercaba al puente, el zumbido aumentaba. La culpa es que en lugar de carretera asfaltada, el puente está hecho de unas rejillas metálicas y el ruido es tremendo. Parece ser que por seguridad los coches no pueden ir sobre el mismo a más de setenta kilómetros por hora. Por supuesto, tenemos un documento espeluznante y original para probar lo dicho:

    Se puede ver la forma de al menos tres coches. Por debajo de ellos está el tren, que si hubiese estado pasando también lo veríamos. La foto, a propósito, la hice el día anterior en el paseo en barco a la hora de la puesta de sol. Seguí caminando en dirección a la estación de trenes, metro y ferries de Cais do Sodré y me acordé que el primer día desde el tranvía había visto un sitio llamado A Merendeira que despertó mi curiosidad porque vendían Pão com Chouriço, que yo desde que lo descubrí en mi anterior visita a Lisboa me hice fans de esa maravilla culinaria portuguesa. Almorcé allí y después me fui a la Mantegaira para comprarme un pastel de nata y ya puestos, me pillé otra caja con seis para llevar. Ya era la hora de tirar para el aeropuerto así que hice la ruta inversa al viernes, con metro y cambio de metro hasta el aeropuerto. Allí, como no necesitaba la tarjeta de embarque pasé el control de inseguridad y busqué un rinconcito en la terminal para apalancarme. El avión llegó con casi una hora de retraso por culpa de un temporal de viento en Holanda y salimos con retraso porque no le daban permiso desde Schiphol, aunque el piloto recuperó gran parte del retraso con el viento. El aterrizaje fue de esos en los que todo el mundo está callado con los cojones empujando las amígdalas porque el avión daba unos bandazos brutales. Comentar como de pasada que volvieron a darme asiento de ventana, así que cierto comentarista ya sabe lo que viene a continuación. El despegue fue una porquería por la niebla, pero lo tenemos y el aterrizaje es mucho más lindo porque no había nubes y pasamos sobre la Haya primero y después por la parte del muelle de Amsterdam. Ambos vídeos están incluídos en este resumen especial y espectacular amenizado con la canción From Now On del musical The Greatest Showman que tanto le gusta a Virtuditas:

    Tras aterrizar, como iba en la punta de atrás del avión y es enorme no salí a tiempo de pillar el tren de las diez y veinte de la noche y tuve que esperar hasta las once menos diez, ya que justo el que perdí era el último de los trenes cada quince minutos y a partir de ese había dos por hora. El tren salió con cinco minutos de retrasos que hicieron que perdiera la conexión con la guagua a mi casa y tuve que esperar por la siguiente quince minutos, con lo que tuve una sucesión de desastres por retrasos en el vuelo de regreso que hizo que viniera entrando en mi casa casi a la medianoche. Mi siguiente destino son las vacaciones navideñas en Gran Canaria y para llegar allí, volveré a pasar por el aeropuerto de Lisboa.

  • Los azulejos del claustro de la Sé do Porto

    13 de diciembre de 2019

    De alguna manera cuando pasamos por la Sé do Porto se me olvidó poner esta foto de una de las paredes cubiertas con azulejos en el claustro junto a la catedral. Todo el claustro estaba rodeado con azulejos contando relatos bíblicos y similares, también en la primera planta.

  • Cruzando el Tajo dos veces y más

    12 de diciembre de 2019

    El relato comenzó en Llegando a Lisboa y quedándome en Belém

    Yo siempre que le rezo al niñito Jesús le pregunto por qué no me hizo a mi también culocochista como a Genín y Virtuditas y así iba a todos lados con el coche. Como se ensañó conmigo y me puso a caminar, digamos, como si dijéramos, que la cantidad total de kilómetros caminada en este relato fueron veintisiete. Todo comenzó tempranito porque la fábrica de los Pastéis de Belém abre a las ocho, así que a esa hora fui a desayunar mis dos pasteles con cortado. Después pasé por delante del Mosteiro dos Jerónimos y hasta le hice alguna foto que no veremos hoy aunque quizás sí mañana y desde allí regresé al Padrão dos Descobrimentos, del que no me canso:

    NO había nadie en el lugar, que es la ventaja de quedarte a dormir en Belém, que los turistas llegan después de las diez de la mañana y el cielo estaba precioso. A unos diez minutos andando está la estación del ferry para cruzar el río Tajo desde allí hasta Porto Brandão. Mi plan era ir al Santuário Nacional de Cristo Rei, con esa preciosa estatua en lo alto que ya vimos en el vídeo de ayer. Lo que hacía mi viaje especial es que en todas las internetes y por más que busqué, nadie lo había hecho desde Porto Brandão caminando, aunque GooglEvil da una ruta, así que debo ser un pionero y deberían renombrar algunas calles en la zona.

    El ferry llegó puntualmente y éramos cuatro gatos, un coche y dos bicicletas. Desde la planta en la que aparcan los coches, que está abierta por detrás, hice esta foto del Padrão dos Descobrimentos desde el agua, con Magallanes encabezando al resto de la basca. El cruza son unos diez minutos y en Porto Brandão es una pequeña parada y de hecho, bajaron la rampa, salí, la subieron y se piraron porque allí no había nadie más. Había un micro de alguna línea de guaguas regular que esperó por mí pero le dije al chamo que yo no soy culocochista como los comentaristas habituales. Durante la siguiente hora, caminé primero por una zona como de campo, muy bucólica y bonita y después de arrabales de ciudad, que la ciudad de Lisboa se extiende a esta parte a través del puente. Hay hasta tranvías. Cuando por fin llegué al Santuário Nacional de Cristo Rei, admiré el monumento antes de entrar y comprar mi acceso al ascensor que te lleva a la parte de arriba y tras subir unas escaleras, llegas a una terraza con unas vistas espectaculares de Lisboa y del Ponte 25 de abril:

    Una variante de la foto anterior es mi actual pantalla de bloqueo del telefonino. En la imagen se puede ver la sombra del santuario, yo estoy a los pies del Cristo ese tan grandes. El tráfico sobre el puente hace un montón de ruido y ya contaré por qué más tarde (o quizás me olvide):

    El pedazo de Cristo tiene veintisiete metros de largo, es gigantesco. Desde allí quería seguir hasta la terminal de ferry de Cacilhas y según las internetes, la ruta es más bien de interior hasta un ascensor. Sin embargo, GooglEvil daba una ruta peatonal por una carretera abandonada y bajando al nivel del río, que decidí seguir y en el peor de los casos tendría que retroceder. Resultó que la carretera lleva a la Quinta da Arealva, que está en ruinas y abandonada pero es flipante y me permitió bajar al nivel del mar y ya seguir siempre pegado al agua del río y el mar. El recorrido es precioso y finalmente llegué al dichoso ascensor y posteriormente a Cacilhas, en donde había un submarino y un velero a los que les hice fotos y una iglesia preciosa. En el lugar hay cienes y cienes de millardos de restaurantes de pescado y marisco, así que aproveché para almorzar y pedí pulpo, que los portugueses lo cocinan de otra forma pero también está rico.

    Desde allí hay un ferry hacia Cais do Sodré cada veinte minutos o así y pillé el siguiente. Enfrente de la estación de ferries, de trenes y de metros y autobuses está el Mercado da Ribeira, que ahora en una de sus mitades son sitios para comer y aproveché y me jinqué dos pasteles de nata de Mantegaira. Después decidí subir al barrio alto, con esas calles superempinadas y sus ascensores y funiculares para que la gente pueda moverse, sobre todo los culocochistas como esos dos que todos sabemos:

    Sobre las tres de la tarde salía un barco que te lleva durante setenta y cinco minutos por el río haciendo paradas, creo que es el barco amarillo o algo así y lo calculé para llegar al mismo. Cuando seguí la ruta hacia el lugar que indicaba su mapa, al llegar al sitio está en obras y allí no está el barco y me quedan menos de cinco minutos, así que con tremendo agobio fui a una cercana estación de ferries y en ella me indicaron que lo habían trasladado más al oeste. Gracias a Dios que yo entreno porque de no ser así no llego hasta el barco a tiempo, solo para descubrir, cuando estoy a punto de embarcar, que solo se puede pagar la entrada en efectivo y yo soy de los de tarjeta, con lo que no pude entrar. Estaba con tremendo cabreo cuando veo que un par de cientos metros más al oeste llega otro de otra empresa. Me acerco y veo que tienen el mismo crucero saliendo a las cuatro y con puesta de sol. Me dijeron que aceptaban tarjeta, así que compré mi entrada y me fui a jincarme un helado y después disfrutar del sol junto a los miles de personas que estaban por allí y que en su mayoría eran españoles.

    A las cuatro salió nuestro paseo e hice cienes y cienes de fotos, como la que tenemos sobre este párrafo con el puente cuando se pone el sol. Aquello fue un acierto total y tal y tal y seguro que mi Ángel de la Guarda fue el que provocó que no me pudiese montar en el otro barco, que tiene una ruta muchísimo peor.

    El punto más alejado al que fuimos fue la Torre de Belém que vemos aquí desde el agua cuando el sol ya se había puesto y la luz comenzaba a esfumarse. Después volvimos hacia el puerto de salida con otra tanda de imágenes espectaculares que quizás ponga algún día. Vine llegando a las seis menos diez al puerto y después fui a la estación de Cais do Sodré y elegí el tren para volver a Belém, ya que salía uno en ese instante. Desde la estación, ya de noche, fui paseando al Padrão dos Descobrimentos, para hacer fotos con la cámara grande, ya que el día anterior solo llevé el telefonino y también fui a la Torre de Belém, para hacer el mismo ejercicio y sin darme cuenta ya eran las siete menos diez y tenía reserva en un restaurante para las siete, con lo que trote de vuelta a la pensión, dejé la cámara y fui al restaurante, que estaba cerquita. La cena fue con bacalao, deliciosa y por supuesto, no quise postre para ir a la fábrica de los Pastéis de Belém y jincarme dos más. Después de cenar caminé un rato más y así fue como llegué a los veintisiete kilómetros en un día soleado y muy agradable en el que no visité mil cosas, pero todo lo que vi fue a un ritmo pausado y con gusto. Huelga decir que esa noche caí en la cama y dormí mis ocho horitas como un campeón.

    El relato acaba en Mosteiro dos Jerónimos y caminando de vuelta a Lisboa

  • Praça da Ribeira

    12 de diciembre de 2019

    Junto al Duero nos encontramos la Praça da Ribeira que existe porque allí se fusionan dos calles y hay algo de espacio. Subiendo por la de la izquierda se llega al hospital y la iglesia. Cuando visité el museo que hospeda hoy en día, tenían una película muy interesante de esa calle y lo que significaba. Hoy en día, significa sitios de copas y tapas y tiendas de souvenirs.

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