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Otro de esos saltos gigantescos

Toda gran aventura que comienza con un gran viaje requiere un gran salto. En todas mis visitas al suroeste de Asia salvo en una ocasión, Kuala Lumpur fue el punto de entrada elegido y en este ocasión se ha vuelto a convertir en la puerta que traspaso antes de visitar algún otro país. Me gusta porque es una ciudad moderna y porque desde su aeropuerto hay más conexiones con los países circundantes con AirAsia que desde ningún otro y no os engañéis, si queréis viajar barato por el suroeste de Asia, AirAsia es una de las alternativas más seguras, tanto porque tienen una flota gigantesca como porque sus aviones ni siquiera están vetados en Europa, como le pasa a algunos de sus competidores.

El billete a Kuala Lumpur lo compré desde el verano del año pasado y de esa forma me ahorré un montón de pasta. Después, no fue hasta febrero de este año en que decidí cual sería mi destino. En el tramo final, Filipinas competía con Tailandia y con Malasia (la parte de Sabah) y me acabé decantando por Tailandia por el tifón filipino y las noticias sobre asesinatos de turistas e inseguridad en el otro lado. Una vez elegido el lugar, quedaba montar un esqueleto básico y para ello, opté por entrar por el norte del país y desde allí ir bajando hasta cerca de Bangkok. En esta ocasión no iré a las islas más al sur y me quedaré por el norte. Finalmente, para los últimos días opté por ir a Singapore y así ver la ciudad estado de una vez, que el año pasado estuve a punto de hacerlo y al final lo deseché y después lo lamenté.

Con todo decidido y los billetes para los vuelos comprados (uno con AirAsia y dos con Tiger Air, la línea de bajo costo propiedad de Singapore Airlines), pasó el tiempo y el viernes me tocaba volar.

Salí de mi casa sobre las tres de la tarde, una vez acabé de trabajar y fui en tren a Schiphol. Allí facturé mi mochila de cuarenta litros con siete mil trescientos gramos, es decir, he logrado reducir en una barbaridad el peso de lo que me llevo. Tras la facturación, pasé el control de pasaportes y me acerqué a la zona en la que debía esperar el avión. Me puse en una de las mesas con conexiones eléctricas para mantener mis dispositivos mágicos y maravillosos bien llenos de jugo de la vida y ahí esperé. Lo voy a volver a repetir por si algún día algún comemielda en el poder lo lee. Conseguir que los pasajeros voten a un aeropuerto como el mejor de Europa no se logra contratando al arquitecto más maricón o famoso para que haga unas nuevas pirámides de Egipto. No tienes ni que hacer un edificio bonito. Puede ser horrible, horripilante y horroroso. Lo único que has de hacer es dotarlo con las cosas que necesitan los viajeros, con un buen y rápido sistema de control de seguridad, con salas de embarque amplias y cómodas, con baños en su interior y en donde haya abundante espacio para sentarse, con un sistema simple y sencillo que hasta un lerdo truscolán puede entender sin perderse y con muchas tiendas, muchos bares y lo más importante, con muchísimos lugares en los que sentarte a descansar o a esperar y en donde hayan puntos de electricidad a mansalva porque en el siglo XXI (equis-equis-palito), las cosas más imprescindibles en nuestra vida necesitan recargar sus baterías con cierta frecuencia. Schiphol lo tiene todo y por eso es el mejor aeropuerto de Europa.

Como el vuelo era a un destino fuera de la Unión Europea, los controles de equipaje eran en la misma puerta de embarque, algo a lo que se tendrán que acostumbrar los truscolanes en su momento, ya que no ser ciudadanos de la Unión tiene esas cosas. En el avión, yo había seleccionado un asiento casi al final del mismo, ya que estaba seguro de que así no se sentaría nadie a mi lado y así fue.

Embarcamos y despegamos en hora. Turkish Airline fue la mejor aerolínea europea en el 2013 y el premio se lo dieron por algo. El espacio entre filas es espectacular. Hasta una persona con muñones en vez de piernas lo nota. Además, tienen un espectacular sistema de audio y vídeo y según despegan pasan las azafatas regalando dulces y dándote el menú para que elijas tu plato principal. La cena fue de rescándalo y en menos que nada llegué a Estambul. Esta vez el aeropuerto era el de Ataturk y por eso, el avión dio una vuelta por encima de la ciudad e identifiqué el chabolo de mi amigo el Turco desde el aire, los centros comerciales a los que vamos al cine y muchos otros lugares. Cualquiera diría que he pasado por Estambul con frecuencia … coño, si creo que esta es la octava o la novena vez que paso por allí …

En el aeropuerto, como tenía el tripazo lleno, busqué un baño y me eché una jiñada turca y así vacié la recámara de aire porque a mí volar me infla como a un pez tamborín. En el retrete parecía que estaba ensayando alguien de la sección de viento de una filarmónica. Mi segundo vuelo salía a la una de la mañana, hora turca y el embarque comenzó casi una hora antes. Fue muy rápido y de nuevo elegí un asiento casi al final de avión, también porque si hay algo que se es que la parte delantera está petada y en la trasera, con suerte no se sienta nadie a tu lado y tienes dos asientos como así fue. A mi alrededor, las cosillas que iba a necesitar. El flotador para el cuello, el antifaz para dormir, el iPad y una vez me quité los zapatos y me acomodé tapándome con la manta que te dan, estaba listo.

El primer avión era un Airbus A321 y el segundo un A330. Tras despegar, nos volvieron a dar dulces y también una cajita de metal fastuosa que en su interior lleva unos calcetines largos y cómodos, un antifaz, tapones para los oídos, crema hidratante para los labios y un cepillo de dientes con un poco de pasta. Estos detallitos son muy de agradecer y los terroristas musulmanes malayos que iban en el vuelo lo guardaron para regalar. Se me ha olvidado comentar que tuve un momento de pánico mientras esperaba porque el vuelo tenía código compartido con Malaysia Airlines. Pensé que igual era uno de sus aviones y con mi suerte y todos los males de ojo que me han deseado últimamente, pilotaba el primo-hermano del julay que desapareció el otro avión y éste repetía la hazaña. Cuando vi a la tripulación venir y comprobé que ninguno era asiático y todos parecían terroristas musulmanes pero de las cercanías de Europa, respiré tranquilo.

Fui al baño para vaciarme de líquidos y al poco nos dieron la cena, apabullante. Me encochiné nuevamente y cuando acabé me puse la almohada del cuello, el antifaz y así sin más caí muerto. Dormí entre seis y siete horas con un par de minutos despierto de cuando en cuando. Casi que prefiero estos viajes larguísimos, yo en los aviones duermo como un bellaco truscolán. Aterrizamos en Kuala Lumpur sobre las cinco de la tarde hora local. Yo me conozco el aeropuerto así que salí y fui directo al tren que te lleva desde la terminal satélite a la principal y después pasé el control de pasaportes, recogí mi maleta, bajé a la estación de tren y compré mi billete para Kuala Lumpur. Tuve que esperar diez minutos por el tren y tras media hora en el mismo llegamos a la ciudad.

En todos mis viajes anteriores (salvo una noche cuando fui a Taman Negara), elijo el triángulo de oro para quedarme pero esta vez pasé, la zona la tengo muy vista y lo único que quería era algo cerca de la estación de tren. Encontré un hotel muy barato y que estaba muy bien y fue salir del tren y en menos de cinco minutos estaba en mi habitación. Tras una purriada de años, han inaugurado un centro comercial enorme junto a la estación de tren y conectado con la misma y con el Monorrail. Más tarde fui por allí y encontré un sitio para cenar antes de retirarme a la habitación. Conseguí dormirme a las once y dormir de un tirón hasta las siete de la mañana. Así acabó la primera etapa de mi salto a Asia. Al día siguiente seguía camino y por la mañana iba a ser un poco de turismo por la zona antigua de Kuala Lumpur.

El relato continúa en De Kuala Lumpur a Chiang Mai

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Estambul Otros mundos

Gatos junto a la luz

Gatos junto a la luz

Gatos junto a la luz, originally uploaded by sulaco_rm.

Hoy tenía pensado tratar asuntos más trascendentales pero al final me ha podido la pereza y después de visitar a mis vecinos y pegarme dos horas hablando en neerlandés se me ha fundido el cerebro así que vamos por lo fácil y aprovecho una foto que hice cuando estuve visitando el Interior de la iglesia de Santa Sofía ? Ayasofya Müzesi en Estambul y me tropecé con algo inesperado. Junto a un foco que iluminaba la zona en la que debería estar el áltar si aún ejerciera como iglesia cristiana había dos gatos aprovechando el calor del mismo. Los gatos estaban bien rollizos con lo que o les dan muy bien de comer o por la tarde, cuando cierra el lugar, aquello se convierte en un patio de recreo para ratones.

Los dos animales estaban con los ojos cerrados y no les importaba la luz explosiva que tenían delante. Ambos la preferían al frío de la catedral, ya que aquel día la temperatura en Estambul era de unos pocos grados y aún quedaba nieve por las calles de las nevadas de las jornadas anteriores.

Cualquiera que siga esta bitácora desde hace más de veinte días sabe que soy alérgico a los gatos y que reacciono violentamente a la presencia de alguno en un hogar. Es más, aparte de evitar a los fumadores, no tengo un solo amigo con un gato en su casa. Puede parecer drástico pero de intentar visitar ese domicilio, acabaría en un hospital y por más que quiera a mis amigos de corazón, mi salud está por delante.

Con esto dicho, reconozco que me gusta esta imagen tan extraña, con una obscuridad total en la parte inferior, una parte brutalmente sobre-expuesta y un fondo con una pared que parece más bien descuidada pero que lleva en ese lugar unos mil quinientos años y aún se ve muy bien.

Este es un buen ejemplo de uno de esos descartes que al final terminas salvando. Pensé en borrar la imagen de la memoria nada más hacer la foto porque no me convencía en absoluto pero al final se ganó el indulto y cuando la procesé descubrí que tiene algo que es imposible de escribir con palabras que la hace especial. No recuerdo haber puesto nunca una foto con gatos en la bitácora y dudo mucho que volvamos a ver otros.

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Estambul Reality sucks

Un regreso poco sincronizado

El relato comenzó en Otra vez hacia Estambul

Después de un fin de semana muy intenso en Estambul con mi amigo el Turco, su preciosa esposa y su hija, tenía que volver a los Países Bajos. De todo lo que sucedió con ellos no queda constancia alguna ya que es información encriptada y que algunos que están dentro del círculo de confianza ya conocen. Mi avión salía por la noche, a las nueve y pudimos hacer un montón de cosas. Sobre las seis de la tarde salimos para el aeropuerto ya que Transavia no permite la facturación a través de Internet en el aeropuerto de Sabina y no quería llegar tarde y quedarme en tierra.

Yo le sugerí a mi amigo de ir por el segundo puente que cruza desde Europa a Asia pero él se empeñó en usar el primero aunque veíamos coches de policía a la entrada del mismo. Primero paramos en una gasolinera Shell y como siempre aluciné con el sistema. El Turco no paga. Entra en las Shell, pone gasolina y por algún milagro tecnológico su empresa recibe la factura y él no tiene ni que bajar la ventana para dejar escapar una pizca del aire acondicionado del interior del coche. Según salimos de la gasolinera entramos en el monumental atasco para el puente y estuvimos en el mismo casi media hora. Para cuando llegábamos al comienzo del mismo, un helicóptero daba vueltas alrededor de la zona como una mosca cojonera, mil millones de policías gritaban y gesticulaban y cada veinticinco metros había un soldado en el puente. Obviamente, solo se podía tratar de una cosa: el hijoputa de Bono, el cantante de U2, se había salido con la suya y le habían permitido caminar en el puto puente, algo que está prohibidísimo por la de gente que se suicidaba. Hubiera estado bien que se tirase del puente y se estampase contra uno de los barcos de turistas que pasan por debajo pero no hubo suerte.

La prohibición para caminar sobre el puente que se aplica a todos los mortales salvo a comemierdas líderes de banda musical que llevan gafas horteras y no ha eliminado los suicidios en el puente aunque la mecánica ha variado. Ahora coges un taxi y le pides que te lleve a una dirección del otro lado y cuando está a la mitad amenazas al taxista y le obligas a parar, sales, corres unos metros, saltas y acabas con tu vida de forma rápida y con la satisfacción de saber que tu último acto fue joder a un taxista, algo que te envía al otro lado con una sonrisa en la cara. Técnicamente al tratarse de un suicidio estás condenado al infierno, si es que de verdad existe ese timo creado por los folladores de niños y sus amigos los terroristas musulmanes de mierda y uno no deja de preguntarse la vara que usan si follando niños vas al cielo y decidiendo soberanamente poner punto y final a tu vida consigues billete para el infierno. En mi caso me temo que iré a la nada más absoluta porque no creo ni en un lugar ni en el otro y prefiero vivir la vida que me ha tocado y que le den por culo a la que prometen los pederastas.

Sobre el puente nos cruzamos con el tocagüevos de Bono cruzando el puente con cien políticos por lo menos y unos quinientos soldados. Tremendo despliegue, cualquiera diría que el tío ese ha salvado al universo del desastre total. Hice alguna foto con mi teléfono pero no quedaron bien.

Una vez dejamos atrás el puente la autopista volvió a la normalidad y recuperamos parte del tiempo perdido gracias a la potencia del BMW del Turco y a su ligereza a la hora de conducir. Por supuesto escuchábamos música de Eminem como en los viejos tiempos y agitábamos la cabeza como los muñecos esos que la gente pone en la parte trasera de sus coches.

En el aeropuerto nos despedimos con un gran abrazo y la promesa de volver a vernos pronto y preferiblemente en los Países Bajos. En este aeropuerto pasas el control de seguridad antes de facturar y con todo tu equipaje. Después vuelves a pasar un nuevo control solo con el equipaje de mano al llegar a la puerta de embarque. En el primero la gente como siempre parece que es retardada y dejan portátiles en las mochilas, no se quitan los cinturones ni las joyas y lo que debería ser una dinámica fluida se convierte en un atasco eterno. Una vez lo dejé atrás me acerqué a los mostradores de facturación y allí un empleado te pide el pasaporte y el billete para comprobar que estás en la fila adecuada. Después te mandan a uno de los mostradores y cuando me preguntaron si quería ventana o pasillo le respondí que quería sentarme tan adelante como se pudiera y me la sudaba el lugar y el hombre se me bloqueó y hubo que resetearlo. Finalmente le pregunté por la fila más adelante con ventana, la fila más adelante con pasillo y la fila más adelante sentado en el medio y resultó que podía ir en la fila 6 en pasillo y esa fue la que escogí. Pasé el control de pasaporte en el que la ley de Murphy me jugó una mala pasada. Habían tres colas con varias personas y una con una pareja y dos niños turcos y yo elegí esa. Las otras se movían pero los turcos con los turcos son como perras en celo y le hicieron un cuarto grado a aquella familia y estuve esperando casi diez minutos. A mí me despacharon en menos de cuarenta segundos, los que tardaron en encontrar la visa en mi pasaporte y la sellaron.

Los aeropuertos de Estambul son bien conocidos por tener los precios más caros de Europa (y Asia) en los bares y restaurantes y como lo sabía opté por tomar un cafelito y nada más. Un grupo de franceses pidieron cuatro cervezas y cuando les trajeron la factura con casi treinta euros no veas como gritaban y se lamentaban, parecían plañideras. A otra francesa le levantaron siete eurolos por medio bocadillo y a la mujer se le cayeron los pelos del coño del susto que se llevó y yo creo que hasta se pensó el vomitar y devolver el bocadillo que ya se había comido para no pagarlo.

A una hora de comenzar el embarque comenzaron a llamarnos para pasar el control de seguridad y allí me encaminé. Imaginaba que el avión iría lleno y así fue. En el segundo control de seguridad solo llevas el equipaje de mano y es más rápido. Me senté a jugar en la sala de espera con mi iPad y al rato aquello se llenó de gigantes que debían volver a los Países Bajos después de haber estado viendo partidos del mundial de Baloncesto que se celebra allí en estos días. Nuestro vuelo se retrasó media hora y eso caldeó el ambiente, con la gente poniéndose nerviosa.

Cuando comenzó el embarque el tipo dijo que lo haríamos por zonas y pidió que se acercaran los de la fila 6 a la quince, lo cual nos sorprendió a todos pero hacia allí comenzaron a ir. Resultó que o tenía frenillo en la lengua o es tonto del culo porque lo que en realidad quería decir es que se acercaran la gente con asiento entre las filas veintiseis y la quince, claro que con su cagada consiguió crear un embotellamiento del copón y el supuesto embarque ordenado se convirtió en una muchedumbre empujándose para llegar al avión a cualquier precio. Al parecer no saben que no volábamos con Ryanair y que por mucho que te adelantes, tu asiento está asignado.

Los gigantes estaban esparcidos por todo el avión y salían como medio cuerpo por arriba del asiento. Por suerte a mí no me tocó ninguno ni delante, ni detrás ni al lado. Con el avión lleno cerraron las puertas y nos tuvieron más de quince minutos hasta que arrancaron los motores y enfilamos hacia la pista de despegue. Nada más levantar el vuelo pillamos unas turbulencias del copón, de esas con las que se puede hacer un cóctel pero tras un par de minutos desaparecieron y el resto del viaje fue bastante relajado y aproveché para ver un par de episodios de series y echarme unas cuantas partidas. Por culpa del retraso a la hora de salir toda mi planificación se fue a tomar por culo y sabía que al llegar a Holanda lo tendría complicado. Tuvimos un poco de suerte y no aterrizamos en el Polderbaan, la pista que está a varios kilómetros del aeropuerto y que te obliga a permanecer en el avión veinte minutos hasta llegar a la terminal después de aterrizar. En realidad nos echaron bien pronto y corrí soltando el gas adquirido en el vuelo y fui el primero en pasar el control de pasaportes. Compré mi billete para el tren y a las doce y veinte estaba en uno con dirección a Utrecht via Hilversum que debía llegar a la una y veintiuno a mi ciudad. A medio camino existía la posibilidad de transbordar a otro que me debería ahorrar seis minutos y eso hice, solo que ese llegó con cinco minutos de retraso y finalmente llegué a Utrecht a la una y veinte en lugar de la una y veintiuno. A esa hora no hay autobuses en dirección a mi casa así que tomé un taxi y diez minutos más tarde cruzaba el portal de eso que llamamos hogar. Lo solté todo y fui directo a la cama en donde caí muerto en cuestión de segundos y así acabó mi escapada de fin de semana a Estambul para visitar a mi amigo el Turco

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Estambul

Paseando por los Distritos Occidentales de Estambul

El relato comenzó en Otra vez hacia Estambul

Habiendo visitado Estambul en dos ocasiones, en esta tercera visita ya se me escapaban pocas cosas importantes de la ciudad para ver (o eso creía yo). Como en las dos visitas anteriores, mi objetivo era ir a las Islas Príncipe o Adalar. En el avión miré mi guía de viaje y consulté lo que quería y podía ver. Sin embargo, al encontrarme con mi amigo el Turco los planes cambiaron por completo porque él quería venir conmigo y me pidió que lo hiciéramos el fin de semana. Por suerte yo tenía un plan alternativo que consistía en visitar los Distritos occidentales (Western Districts) de la ciudad. Por la mañana refiné mi plan y cuando salí de la casa aproveché para bajar andando hasta la Büyük Mecidiye Camii o la mezquita de Ortaköy, la cual he fotografiado varias veces pero nunca por dentro. Según el Turco suele estar cerrada y no se permite el acceso a los extranjeros pero debía ser mi día de suerte porque no solo estaba abierta sino que pude hacer unas fotos increíbles con un solo hombre rezando que le da un aplomo y magnificencia al lugar asombroso y si hay suerte, algún día se podrá ver esa foto por aquí. En el interior de esta mezquita hay una zona reservada para la familia Real ya que solían venir a rezar aquí cuando estaban en el palacio que está en la otra orilla del Bósforo a la misma altura.

El día estaba soleado e increíble y la luz casi perfecta. Decidí caminar como siempre hacia el tranvía, un paseo muy agradable y en el que todos los taxistas que llevan el coche vacío son como mis mejores amigos y me pitan para ver si quiero que me lleven a algún lugar. Por desgracia para ellos a mí me gusta caminar. Una vez en el tranvía me bajé en Sultanahmet porque la vez anterior llovía y estaba muy gris y quería tener fotos con un cielo azul bonito de la zona de la Mezquita Azul. Estando allí me acerqué a la oficina de turismo y me explicaron como ir a los Western Districts usando el transporte público. Aproveché para almorzar a la holandesa (o sea, temprano) y entré en el Tarihi Sultanahmet Köftecisi para comer las albóndigas tan deliciosas que preparan allí. Que nadie piense que tuve algún remordimiento por los musulmanes y su absurdo ayuno. Es más, la comida me supo a gloria. Al salir de allí fui paseando por el recorrido del tranvía hasta la parada del Gran Bazar o Kapal?çar?? y junto a la misma encontré las guaguas. Me habían dicho qeu tenía que tomar la 39 y que le dijera al conductor que quería ir al museo Kariye, el cual está en la antigua Iglesia de San Salvador en Chora. La guagua hacía unos amagos de parada en los que el tío reducía la velocidad y la gente se lanzaba al interior y solo si te veía impedido o con niños se detenía por completo. En un momento determinado el hombre se puso a gritar todo histérico y al poco todo el autobús al completo gritaba histérico mirándome y en un instante de lucidez tremenda me di cuenta que me estaba avisando para que me bajara. Pensé que yo también tendría que saltar como una cabra loca en marcha pero detuvo el vehículo en el medio del tráfico, abrió la puerta y todo el mundo empezó a señalarme hacia donde debía ir en un momentazo de vídeo musical como los de los come-mierda de los hindúes que me dejó flipando. Los saludé a todos para despedirme y miré mi mapa para orientarme (aunque es bien conocida mi incapacidad para este menester). Cuando trataba de decidir el lugar exacto en el que estaba vi un cartel que indicaba la dirección del museo y que casualmente iba en el mismo sentido en el que me habían señalado las cincuenta y pico personas de la guagua así que opté por hacer caso del saber colectivo y bajé una cuesta y casi sin darme cuenta llegué hasta el museo/iglesia.

La entrada me costó 15 Liras turcas o unos siete euros y pico. No hay palabras para describir el lugar, es la polla divina y mucho más. Tiene los mejores mosaicos que he visto en mi vida. Aunque la iglesia original databa del siglo VI (seis para los incultos), la mayor parte de lo que se puede ver es del siglo XI (once si te falta masa cerebral). Está abierta como museo desde 1958. No es una iglesia particularmente grande pero lo que le falta en tamaño le sobra en la calidad y la cantidad de arte que alberga en sus paredes y techos. Se ha convertido directamente en una de las tres cosas que más me gustan de la ciudad. Aunque si eres inculto o tienes perfil en el caraculolibro se puede ver en cinco minutos, yo pasé casi una hora dejándome llevar por las historias que susurran esas paredes que tanto han viso y que pese a todo, jamás han sentido la presencia de ningún Dios, ya sea cristiano o terrorista-musulmán.

Al salir decidí hacerme la ruta andando que recomendaba mi guía de viaje y que me obligaba a retroceder un poco para ver las antiguas murallas de la ciudad y una mezquita. La mezquita es la Mihrimah Sultan Camii, la cual es la que está en el punto más alto y prominente de la ciudad pero no pude entrar porque la están restaurando aunque a cambio tuve una imagen increíble de los terroristas rezando en la calle. Después retrocedí hasta la Iglesia de San Salvador en Chora y continué mi ruta por callejones de uno de los barrios más religiosos de la ciudad y en el que hay un montón de historia cristiana y judía. Mi amigo me había dicho que tuviese cuidado porque la gente por allí es muy fundamentalista y por ejemplo me prohibió terminantemente comer en la calle o mear en la pared de las mezquitas como suelo hacer con cierta regularidad. Las calles eran estrechas y fantásticas, con liñas que cruzan por lo alto de edificio a edificio y con mujeres con burkas como las de afganistán. En la puerta de un garaje se montó una gresca del copón entre el mecánico y un cliente insatisfecho y llegaron a las manos para regocijo mío y de las emburkadas, que nos reíamos con los manotazos que se arreaban mientras un montón de tíos los trataban de separar e intentaban acallar los gritos ya que en una mezquita cercana estaban rezando. Tras este momentazo de inmersión total en la cultura bárbara local seguí el paseo y llegué a la mezquita en el momento en el que salía la gente.

Un rato más tarde llegué a la Sultan Selim Camii, una mezquita situada en lo alto de la quinta colina de la ciudad y que por su posición junto al Cuerno de oro es muy fotografiada ya que desde la Torre Galata se ve perfectamente. La mezquita es bastante grande y tiene un interior muy bonito. Está dedicada al padre de Solimán el Magnífico. El padre de este hombre era un bicho de cuidado que hace parecer a terroristas más actuales como angelitos. El tío se cargó a su padre envenenándolo y mató a dos de sus seis hermanos, a seis sobrinos y tres de sus hijos. Y para que veáis lo generosos que son los empleados de los dioses en la tierra, acabó con su propia mezquita dedicada y para colmo es de las más populares y queridas de la ciudad. Desde la terraza de la mezquita hay unas vistas fantásticas del cuerno de Oro y del otro lado y tras las fotos de rigor continué mi camino, ahora en plena bajada por callejones estrechos en los que el camión de la basura competía por llegar primero a la misma con unos hombres que van recolectando cosas de la basura. Al llegar al final de la cuesta fui hacia el Patriarcado Ecuménico Ortodoxo pero no se podía visitar. Es una especie de bunker feo y hortera en el que se refugia un amigo de los griegos y odiado por el resto de ciudadanos de la ciudad. No pude entrar a verla y seguí hacia mi siguiente parada que estaba bastante cerca y es la Sveti Stefan Kilisesi o Iglesia de San Esteban de los Búlgaros, un exótico edificio construido totalmente en hierro y que se trajo pre-montado en 100 piezas desde Viena a través del río Danubio y el Mar negro. Aparte de lo curioso de ver un edificio hecho totalmente en hierro, la iglesia tiene su encanto y está en un rincón de esos que algunos con sangre real denominarían entrañable. Cuando llegué había una excursión pero tuve paciencia y cuando se fueron disfruté del interior en solitario.

Allí acababa mi paseo y muy cerca está el puerto de ferrys de Fener pero llegué cinco minutos después de salir el barco y en ese lugar la frecuencia es de uno por hora así que como hacía buen tiempo y el paseo era por una avenida pegada al agua del Cuerno de Oro de Estambul, opté por caminar un rato. Fue un paseo muy agradable y casi sin darme cuenta llegué a la zona del Bazar de las especias y aproveché para comprarme dos camisetas ya que con las restricciones draconianas de las líneas aéreas de clase baja, no tenía kilos suficientes para traerme las necesarias desde Holanda. Estando allí estuve tentado de cruzar al lado asiático de la ciudad y ver otro barrio pero al final me pudo la pereza y opté por hacerme un crucero por el Bósforo, un paseo que vale 10 liras y que tarda alrededor de hora y media. Estambul es una ciudad que hay que ver desde tierra y desde el agua.

Al regresar me pasé por otra oficina de información turística y pregunté si se podía ir en ferry desde allí hasta Be?ikta? y me lo confirmaron y me explicaron el que debía tomar. Cuando compré mi billete la empleada estaba medio histérica y me apuraba y se puso a gritar como loca. Pensé que era vidente como Carlos Jesús el de Raticulín y había descubierto que el Reverso Zarrapastroso es muy fuerte en mi pero no, al final resultó que el barco se marchaba y lo detuvieron y se quedó esperando por mi y fue entrar y arrancar. A esas alturas el sol se estaba poniendo y la luz era de esa dulzona y fantástica que cambia los colores de las cosas y les añade un manto de oro.

Volví a pasear hasta la casa de mi amigo el Turco en el barrio de Ortaköy y tras llegar a su casa planeamos el lugar al que íbamos a cenar con su mujer y lo que íbamos a hacer, pero esa es una historia que me guardo para mí.

El relato finaliza en Un regreso poco sincronizado