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El Parque Marino Nacional de Ang Thong

El relato del viaje a Birmania y Tailandia del 2011 comenzó en la anotación De Utrecht a Bangkok pasando por Hilversum y Amsterdam

Uno de los días de mi estancia en Koh Samui me apunté a una excursión en barco al Parque Marino Nacional de Angthong, situado a unos veintiocho kilómetros de Koh Samui en dirección hacia la península de Tailandia. Me pasaron a recoger alrededor de las siete y media y pronto llenaron la furgoneta con turistas hasta que éramos once y allí no entraba más nadie. Por alguna desconocida razón, yo me había hecho la idea que el parque está al norte y en realidad es al oeste de Samui así que tardamos una hora en llegar hasta el embarcadero y el nuestro fue el último de los coches. Entramos en el barco y arrancamos. Elegí un barco “lento” al que le toma algo más de una hora en llegar al lugar. Hay también la posibilidad de ir en falúas rápidas y más en plan corrupción en Miami pero personalmente me gusta ir en barco y lo de la velocidad y el grupo pequeño no me atraía. Me puse en la cubierta inferior y según entramos en mar abierto comenzaron a bajar los que se marean mientras el resto dormíamos. Fuimos en primer lugar a la isla de Wua Ta Lap, la más grande de las cuarenta y dos que componen este archipiélago y en la que están los vigilantes del parque. Allí hicimos kayaking rodeando uno de los islotes. Me emparejaron con un chino con el que me lo pasé muy bien. La vuelta a la isla nos tomó unos tres cuartos de hora y al llegar a la playa nos juntamos con un joven inglés y decidimos subir al mirador que hay en lo alto de la isla y que está a quinientos metros. Te dicen que te toma hora y media el ir y volver y que la dificultad es máxima y la gente no se lo cree. Nosotros también dudábamos hasta que comenzamos a subir. En los primeros cien metros que hay hasta la primera terraza mirador perdimos quince minutos. Tienen una cuerda a la que te agarras para ayudarte y te indica el camino y el resto es empinado y lleno de rocas afiladas como cuchillos por las que yo iba con las cholas Moisés abre-las-aguas y cargando la bolsa impermeable en la que metí el objetivo de 24-70, la toballa, la cartera, la crema bronceadora, el spray para los mosquitos y una botella de agua y además llevaba la cámara colgando con el objetivo 11-16mm.

Después del primer mirador decidimos subir hasta la cima de un tirón, es decir, caminar los cuatrocientos metros que nos faltaban. Suena a poco pero lo peor estaba por llegar y doscientos metros más adelante nos cagábamos en todos los muertos habidos y por haber. Yo no sudaba porque más bien chorreaba agua como si acabara de salir de la ducha y boqueaba intentando recuperar el pulso que parecía el teletipo del Carrusel deportivo cuando marcan gol. Los otros dos tenían pájaras similares a la mía. Por unos nanosegundos envidié a los perdedores dosputocerolistas que gastan sus vidas encerrados en sus casas actualizando su CaraCuloLibro y soltando polladas en su Tuiterota, pero por suerte se me pasó en seguida al mirar hacia abajo y ver lo lejos que había llegado y lo absolutamente fabuloso que era el paisaje que tenía frente a mí.

Los cincuenta últimos metros son mortales, caminando entre rocas moldeadas como cuchillos, escalando una pendiente del 50 por ciento o más y con la única ayuda de la cuerda que marca el camino para no perder el equilibrio y desollarte vivo.

La vista que hay desde la cima es INCREIBLE, dicen que una de las mejores que se pueden ver en el golfo de Tailandia. Los cuarenta y un islotes restantes parecen animales extraños que surgen del agua, todos verdes y con formas fascinantes. Es un capricho de la naturaleza. Nos hicimos fotos los tres juntos y tengo una en la que se ve lo bien que me sienta el exceso de calor y lo escurrido que me quedé y que por supuesto solo verán algunos miembros de mi familia y un reducido grupo de amigos que da la casualidad que no tienen cuenta en ninguna red a-social. La bajada fue igual de horrible o peor, sobre todo los primeros cincuenta metros, en los que reculé como un cangrejo después de ver a una chica zajarse la patota. Cuando llegué al nivel del mar ya sabia que entre el kayaking y la escalada, las agujetas de los dos días siguientes iban a ser legendarias.

Volvimos al barco para almorzar, un bufé con varios tipos de curry y sandia de postre. Después el barco se desplazó hasta Ko Mae Ko y allí fuimos a ver el lago Esmeralda, un lago salado absolutamente precioso en el medio de un islote, de unos 350 por 250 metros de largo y ancho. Está prohibido bañarse en el mismo pero en la playa a la que arribamos sí que se podía y eso hicimos, además de bucear un poco, aunque las aguas estaban revueltas y no se veía nada. Este lago apareció en la película The Beach, así que ahora, tanto Leo como yo podemos decir que estuvimos allí. Desde el almuerzo trabé conversación con una brasileña que vive en París y ya seguimos hablando hasta regresar, haciendo eso que resulta muy difícil de explicar a un dosputocerolista y que se llama mantener una conversación. Todos los viajeros tenemos una historia que contar y otra que escuchamos y como los caminos que se cruzan van y vienen en direcciones diferentes, siempre recibes algún consejo sobre algo que tienes que ver o que puedes dejar de ver.

En el viaje de regreso, además de hablar, vimos peces voladores y disfrutamos del sol. Después, cada uno a su furgoneta y comenzó el reparto hasta los hoteles. Ya en Chaweng, me fui a la playa con la cámara y el trípode para hacer fotos al atardecer y en la penumbra y después cené en un restaurante sobre la arena de la playa dándome un atracón de marisco. Ese día caí muerto en la cama o más que probablemente, mientras caía sobre la cama ya estaba en el otro lado …

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Días de playa en Koh Samui

El relato del viaje a Birmania y Tailandia del 2011 comenzó en la anotación De Utrecht a Bangkok pasando por Hilversum y Amsterdam

Mi estancia en Koh Samui fue plácida y relajada. Desayunar e ir a la playa a recibir una sesión masiva de sol y poco más, o eso creía yo. Lo primero que me sorprendió de Chaweng, la playa en la que me quedé y principal destino turístico de la isla, es que una vez te metes en el agua, no hay demasiada profundidad y terminas chapoteando sin poder nadar, algo que quizás a otros les guste pero no a mí. En Samui hay una mafia de taxistas que cobran precios galácticos a los turistas, precios que no pagas ni en Holanda, y mira que en los Países Bajos los taxis son caros, así que para poder nadar, cada día caminaba la playa de Chaweng hasta el extremo sur (yo me quedaba en el norte) en donde la playa es más normal. Son unos cinco kilómetros de playa totalmente construidos y en los que te cruzas con multitud de vendedores de morralla variada, como bebidas, helados, jaikes para las pibas, trapos, pulseras y otra parafernalia, gafas falsas de sol, flotadores, pelotas y unos que llevan braseros y preparan comida allí mismo, ademas de los que venden fruta. Son un tanto agobiantes pero con los auriculares puestos y las normas básicas que ya explicaré, les puedes amargar el día y vencerlos.

Cuando uno se mueve entre los profesionales del carroñerismo, la regla maestra y fundamental es no hacer nunca contacto con los ojos. Ya te griten, te hablen, te supliquen, se meneen, se la saquen, te enseñen una teta o lo que quiera que sea que hagan, tú no los mires a los ojos porque la habrás cagado. Contacto ocular equivale a invitación. La segunda regla y casi tan importante como la primera es no mostrar que los escuchas o detectas, no girar la cabeza ni mirar en su dirección. Si haces como que no existen podrás pasar a su lado sin más problemas. Yo recorría cada día cinco kilómetros de playa sin que ni uno de ellos me molestara mientras a otras personas tan estúpidas como para mirarlos los acosaban hasta el infinito y más allá y creedme, esa gente sabe muy bien como romper tus defensas y sacarte el par de euros que buscan.

Samui se supone que era un paraíso hasta que por culpa del tsunami que asoló Asia fue objeto de la especulación urbanística y ahora está demasiado construida. En la playa conviven complejos hoteleros de cien mil estrellas con otros cochambrosos aunque no es probable que veas a famosos ya que con la profundidad del agua, se quedarán en la piscina o alquilarán algún barco para ir a alta mar y poder bañarse, ya que lo de chapotear en el agua tampoco lo hacen las estrellas y queda muy mal en las revistas de verduleras.

El segundo día, mientras caminaba por la playa me desvié para pasar por el Samui Institute of Thai Culinary Arts el cual leí que organizaba cursos de comida tailandesa y fui para recoger información y de ser posible apuntarme para esa tarde. El menú que cocinaban ese día era el que más me llamaba la atención. El precio de los cursos es algo salado pero como a mí lo de comer es algo que no me duele pagar, puse con gusto los 1950 Bhats que equivalen a unos cuarenta y cinco leuros. Por ese dinero preparas cuatro platos que después te comes y puedes invitar a alguien más a comerse las cantidades ingentes de comida que haces. Tenían plazas disponibles y me apunté para esa tarde y lo que hice fue regresar al hotel temprano, ducharme, vestirme y regresar al sitio en el que daban las clases. Nuestro grupo constaba de tres danesas hiper-mega desarrolladas o eso que hoy en día se ha dado en llamar vaca-burros, cada una debía mover una tonelada de aire cuando caminan. También había una pareja norteamericana compuesta por dos hombres o eso que la iglesia católica de los tocadores de niños considera una aberración y a los demás simplemente es una opción sexual. La clase la dirige una profesora muy salerosa que por supuesto te intenta vender todo tipo de productos que tienen allí pero que con los fabulosos Tokos que hay en Europa no hace falta (Toko = tienda/supermercado de productos asiáticos normalmente regentada por un susodicho). Comenzamos preparando un pollo al vapor con mezcla de hierbas que se tenía que cocinar durante hora y media. Hicimos el mejunje y pusimos el pollo a cocinar. Después hicimos la pasta para el Curry Penang y una vez hecha preparamos Cerdo con curry Penang y a esto le siguió un arroz frito con gambas y finalmente una sopa de pescado picante con albahaca. Aquellos que siguen mi bitácora como debe ser habrán visto las fotos de todos estos platos ya que los he cocinado en más de una ocasión desde que regresé. Las danesas eran más secas que una finca en la Mancha pero los americanos eran la monda y nos estuvimos riendo las tres horas. Al acabar de cocinar nos lo comimos todo y fue un ágape de cuidado.

Al salir regresé paseando por la calle principal (y prácticamente la única calle) de Chaweng. Ya había obscurecido y la iluminación de la calle no era muy buena. Un tipo con una chocha de esas que alquilas por las vacaciones iba en una motocicleta a todo meter y no vio el tremendo agujero que había en el asfalto a tiempo y se dio una hostia épica. Los vi salir por el aire, caer y arrastrarse por el asfalto durante varios metros y casi acabar bajo un taxi que se detuvo bruscamente. El chamo era del tipo Farruquito y se levantó haciendo como que no le pasaba nada y estaba bien mientras yo y decenas de personas más nos partíamos la polla de risa, requisito previo a ofrecer ayuda, ya que se sabe que primero te ríes del prójimo y después lo que haga falta. Los sacaron de la carretera y ahí se le fue pasando la euforia del bochorno al inglés y fue comprendiendo que su brazo no respondía y que estaba más bien malherido. Yo seguí andando, ninguneando a los vendedores que salen de las tiendas a capturarte y que buscan a cualquier precio que entres en las mismas y a los Leidibois o travelos que trabajan en un teatro y que antes de la función promocionan el espectáculo y tratan de conseguir espectadores. Igual es porque trabajé con uno que se puso el rabo entre las nalgas y se declaró mujer y después de un montón de años de hormonas se cambió el sexo pero yo lo identifico al vuelo y no entiendo como la gente puede decir que parecen mujeres de verdad. Por Dios, la nuez de Adán es patrimonio exclusivo nuestro y lo mismo las manos enormes, por no decir que a menos que una mujer sea anoréxica con restos de bulimia, no consigue esa figura ni de coña.

Cerca de mi hotel hay un hospital internacional y cuando pasaba junto al mismo veo llegar la motocicleta con la novia de alquiler conduciendo y el inglés agarrándose el brazo y llorando detrás de ella. Ese se jodió sus vacaciones, seguramente por no leer la sección de las guías de viaje que dicen que las carreteras son terribles y que en esa isla hay una de las mayores tasas de accidentes en motocicleta de Tailandia por culpa del estado de las vías. Supongo que los tres o cuatro hospitales de la isla que trabajan a piñón harán lo imposible para que no las arreglen nunca.

Y así más o menos transcurrió uno de los días en los que mi rutina era ir a la playa, tostarme durante unas horas y regresar al hotel, ducharme y salir a cenar.

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De Bangkok a Koh Samui

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Después de dormir cerca del aeropuerto, me levanté temprano y a las siete y media me llevaban junto con otros tres viajeros hacia el aeropuerto de Bangkok. Allí, facturé mi mochila en los mostradores de Bangkok Airways y me fui directo a pasar el control de seguridad. Como era un vuelo “doméstico“, estábamos en una parte aislada del resto del aeropuerto. Desayuné en la zona de restauración y después me fui a la sala de embarque a esperar por mi avión, el cual era un turbohélice ATR-72. La compañía Bangkok Airways se jactan de ser la mejor aerolínea regional de Asia y para diferenciarse del resto, sus salas VIP son para todos, lo cual le quita la gracia ya que la plebe y el populacho entran allí a sudar los sofás y encochinarse. Comentar también que esta empresa es la dueña del aeropuerto de Samui y que eso hace que no haya competencia, ya que le ponen un precio tan alto al aterrizaje de aviones de la competencia que ha desanimado al resto de aerolíneas.

A la hora a la que debía comenzar el embarque, se cerró el cielo y comenzó a diluviar. Bajamos a la guagua que nos llevaría al avión y no se veía ni la carretera ni los otros aviones, pero para cuando llegamos al aparato, la lluvia era mucho más ligera y nos fueron dejando salir de dos en dos para evitar que te quedaras expuesto a la lluvia. Con todo el mundo dentro, cerraron puertas, encendieron motores y arrancamos. El despegue fue algo movido pero sin que se te clavaran las unas negras de los pies a las suelas de los zapatos. Una vez en el aire la azafata comenzó a servir el desayuno pero llegaron más turbulencias y no nos dieron café, supongo que para evitar que te abraces vivo si el liquido te cae por encima. El vuelo duró una hora y cuarto y al aterrizar pasamos por encima de la playa y tienes una vista fantástica del lugar. La pista no es excesivamente grande y de hecho, uno de estos avioncillos se pasó de largo en el 2009 y se estampó contra la torre de control, matando al piloto (se lo mereció por ser un puto inútil). En nuestro caso, frenaron masivamente y llegamos bien. Para llevarte a la terminal de llegadas te recogen en unos coches cachondos que parecen sacados de un parque temático o de la película Jurassic Park. Son muy divertidos pero hace que el aeropuerto se vea poco profesional. El edificio de la terminal está totalmente abierto, parecido a una cabaña y sin paredes laterales. Las maletas llegaron al momento y todos los que teníamos reservas ya hechas fuimos a la sala en la que nos esperan para llevarnos a nuestros hoteles. El mío era el Pandora Resort & Spa y el viaje no tomó más de diez minutos. Es un boutique hotel con muy pocas habitaciones, cada una única en su diseño. En todas y cada una de ellas, ademas de las cosillas que uno siempre espera encontrar en un hotel tienen un ordenador y te suministran una cuenta de Skype con llamadas gratuitas a teléfonos fijos de medio mundo.

Una vez tomé posesión de mi nuevo reino, en el cual iba a permanecer seis días, bajé a la playa a darme el primer chapuzón y a partir de aquí mi rutina consistió en ir a la playa todos y cada uno de los días a disfrutar del sol y el mar.

Y así acabó este relato corto sobre el penúltimo cambio de escenario en mis vacaciones en Asia en este 2011.

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De Yangon a Bangkok

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El día que me marchaba de Birmania comenzó con una buena ración de lluvias monzónicas. En Yangon, como en toda Birmania, la electricidad se va continuamente y lo normal es tener varios apagones al día. Las infraestructuras no son capaces de copar ni con la demanda ni con las condiciones extremas a las que están sometidas día tras día. En las habitaciones del Winner Inn tienen linternas con baterías recargables que usas hasta que arrancan sus generadores. Fue poner un pie fuera de la cama y llegó el apagón. Un par de minutos más tarde recuperamos ese intangible elemento tan necesario para nuestras vidas y retomé la rutina mañanera con mis abluciones matutinas y esos instantes en los que tomas las decisiones importantes sentado en el trono o si lo decimos más al estilo de la Isleta, jiñas. Este es un buen momento para repetir algo ya dicho en varias ocasiones anteriormente. Cuando era un infante, a mí me sacabas del retrete de mi casa y yo me trincaba y me volvía un agarrado de cojones y no había manera de soltar lastre. De esa época guardo dos récords históricos: 10 días sin jiñar en un campamento al que fui 20 días (la siguiente fue 10 días más tarde al volver a mi casa, con lo que posiblemente me convertí en campeón europeo) y el otro fue en mi primera visita a Estados Unidos en casa de mi tío. En esa ocasión engordé siete kilos en veintiún días pero durante los siete primeros no obré nada. Llegado el momento del parto (porque fue un parto y creo que el retoño pesó al menos dos kilos) tupí el retrete y no veas la vergüenza que pasé. Ahora, voy dejando la semilla en baños de Yangon, Mandalay, Bagan, el lago Inle o Bangkok sin problemas. Aún me falta mucho para alcanzar los niveles de mi amigo el Turco, que obra cinco veces diarias o del Niño que le va a la saga con cuatro o el Rubio con sus tres veces diarias.

Regresando al viaje y dejando estas historias colaterales que no interesan a nadie, me comí el escaso desayuno y lo completé con un montón de galletas de sésamo. Estas galletas han sido el descubrimiento máximo, saben igual que unas que hacían en una pequeña fabrica que había cerca de la calle Serdeto en la Isleta y que tengo idealizadas en mi memoria. Por desgracia no hay forma de averiguar la receta. Me quedé repantingado en mi habitación hasta las doce, básicamente tocándome los mondongos porque no me quedaba nada interesante que ver en la ciudad. Quince minutos antes del check-out me trajeron la ropa que había dejado para que me la lavaran. Al parecer se les había traspapelado. Me quedé una hora más en el hotel, surfeando un poco con su cutre-conexión a Internet y a la una un taxi me llevó al aeropuerto.

Allí me dijeron que hasta las tres y media no podía cruzar a la “Zona Segura“. Encontré un sitio para sentarme en el que podías apoyar la espalda contra la cristalera y me dediqué a escuchar un audiobook y jugar con el iPad. La terminal internacional tiene DOS puestos para comprar comida y ninguna tienda por fuera de la zona controlada. Además, está dividida en dos, la mitad izquierda es salidas y la mitad derecha es llegadas. Yo estaba sentado justo al empezar las llegadas y la separación es a través de unos cristales enormes por los que puedes ver a la gente al llegar. Comentar también que la cantidad de vuelos internacionales que llegan a Yangon diariamente es de unos diez. Sobre las dos y media de la tarde se comenzó a llenar la zona en donde yo estaba de gente, con niños y todos muy nerviosos, más o menos lo que sucedía en Europa hace veinte años cuando ir al aeropuerto a recoger a alguien era un evento memorable. Efectivamente, un empleado apareció y encendió la escalera mecánica (y yo que pensaba que era de esas con sensores de seres inhumanos) y la plebe se alborotó al máximo. Cuando el primer pasajero apareció fue la locura y les daban unos recibimientos que ya quisieran para ellos los primeros astronautas que fueron a la luna. Después, la gente caminaba en paralelo junto a sus familiares mientras estos pasaban el control de pasaporte y recogían su equipaje. Viendo toda esta ceremonia maté el rato y a las tres y veinte fui a pagar el impuesto de aeropuerto para dejar el país, que vale diez dólares y es el ultimo momento en el que sientes que te están ordeñando. Pasé el control de seguridad con todo en los bolsillos y una botella de un litro de agua en la mano (como debería ser en todos lados) y me acerqué a los mostradores de facturación, lugar en el que los empleados nos hicieron esperar media hora antes de comenzar el proceso.

Ya tenían las tarjetas de embarque de todo el mundo impresas pero como no saben en cual de las tres colas te vas a poner, una vez comienzan hay un mercadeo de tarjetas entre los empleados. Como en Birmania para yodo parece que hace falta un montón de gente, uno hace el embarque y otro le pone la etiqueta de facturación a la maleta. Como siempre, me pusieron diez kilos de peso, una falsedad intolerable porque mi maleta no llega a los nueve.

Fui al baño, en el que lo tenían todo inventariado y un empleado limpiaba detrás de ti (y estaba inmaculado) y después pasé el control de pasaportes, en el que volvieron a hacerme una foto (¡Vete a saber para qué!) y después de eso, unas pocas tiendas que según mi guía de viajes tenían precios abusivos. Me acerco a la primera y alucino en colores, los precios son inferiores a los que me pedían en los mercados y tiendas incluso cuando los mandaba a tomar por culo y comenzaban a rebajar. Me gasté todos los kyats que me quedaban comprando cosillas para la familia y una camiseta, la única que me llevo de Birmania ya que estoy intentando dejar mi adicción a las camisetas y porque tengo una pila de unas treinta sin estrenar ?? y unas sesenta en rotación en mi armario ??

Con los últimos 5000 kyats cené y después bajé a la sala de espera y eché raíces allí hasta que llegó el avión y embarcamos, el cual aterrizó puntualmente. El viaje de vuelta se me pasó en un suspiro y lo más memorable fue ver la Pagoda Shwedagon al despegar en el atardecer, un punto dorado en medio de un universo caótico y algo obscuro. Me llevo muy buenos recuerdos y grandes experiencias de Birmania ??

Aterrizamos diez minutos antes de la hora prevista y al salir pasé el control de pasaportes, recibí mi visa GRATUITA y entré nuevamente en Tailandia. Como viajaba de nuevo por la mañana y aterricé casi a las ocho de la noche, reservé un hotel cerca del aeropuerto y que tenia transporte desde y hacia el mismo. Me acerqué a la zona en la que están los representantes de todos los hoteles y encontré al que me correspondía. Había otra gente esperando pero en mi caso fue llegar y salir. El hotel era el Regent Suvarnabhumi. Me registré, encontré un supermercado cercano en el que repuse las cosas que se me habían acabado durante las dos semanas anteriores y así acabó esta jornada de transición que comenzó en Myanmar y acabó en Tailandia.

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