4. El campo

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Antes de seguir avanzando en la historia, me gustaría también mencionar otros lugares que fueron parte fundamental de la infancia. Mi vida no solo transcurría entre el colegio y mi calle, los fines de semana alternábamos el campo con la playa. Cuando tocaba el campo, subíamos a Valsendero, un barrio periférico de Valleseco en donde mis padres tenían una casa que con los años fueron mejorando y agrandando. Comenzó como dos edificios separados por un patio, sirviendo uno como cocina y el otro de dos plantas como dos dormitorios, aunque todos dormíamos en el dormitorio de la planta alta, que parecía una casita de cuento con sus camas repartidas por la estancia. El lugar tenía las camas de hierro originales y otras que le regalaron a mis padres y yo siempre me pregunté cuanta gente murió en las mismas, ya que por la edad de las camas, debían llevar varias generaciones durmiendo sobre ellas. Allí teníamos una tele pequeña en donde me sentaba los sábados por la tarde a ver la película que daban por la tele.

En el campo la libertad era casi absoluta. Correteaba y me perdía por los montes, casi siempre con Juanca, el hijo de la vecina Piluca, una mujer poco de fiar pero muy afable casada con un alcohólico conocido que cuando se cogía una buena moña le arreaba una buena paliza a su mujer y a sus cuatro hijos y los amenazaba a todos con el rifle que usaba para cazar conejos. Eran otros tiempos y se veía en la facilidad para poner en las manos de alguien tan inestable un arma de fuego y en la naturalidad con la que todo el mundo asumía los malos tratos. Recuerdo el día que Juanca esperaba mi llegada de las Palmas con una caja de galletas danesas en la que tenía un tesoro que quería enseñarme y como al abrirla me topé con un pedazo de mierda enorme en el que vivían y prosperaban las lombrices que tenía el chiquillo, que era lo que quería que yo viera. En otras ocasiones corríamos junto a acequias, saltando por los montes y haciendo cabañas escondidas por todos esos lugares. Cuando íbamos al campo, el chucho que tenían los abuelos de Juanca se venía a vivir a nuestra casa. El pobre animal lo pasaba tan mal en aquella casa que para él los dos o tres días con nosotros eran un descanso y cuando nos veía montarnos en el coche y marcharnos se volvía resignado a la casa en la que tan poco lo querían. En Valsendero vivía muy poca gente y todos se conocían y después de un tiempo yo pasé a ser parte de la fauna local, me reconocían y toleraban. Todos trabajaban sus tierras y eran capaces de matarse por alguna pelea relacionada con los lindes, que eran algo mágico y misterioso hasta que averigüé su significado. De los años de aventuras en el campo atesoro varias cicatrices y recuerdos como el del día en el que me corté con un hacha rumbiento, que era como ellos le decían a oxidado y que motivó que me pusieran la vacuna antitetánica, todo un trauma que quedó grabado a fuego en mi memoria por el pavor cerval a los pinchazos con agujas, algo que siempre lograba que me desmayara y que hizo que el practicante de mi barrio se negara a ponerme inyecciones porque yo caía siempre al suelo como un plomo.

Llegar a Valsendero era una aventura que vivíamos por pequeñas carreteras, atajos que le contaban a mi padre y que nunca eran por las vías principales, sino por antiguos caminos que el progreso asfaltaba e introducía en la red de comunicación de la isla. En esas carreteras tortuosas yo me mareaba en el coche pero por suerte (o por desgracia) nunca vomitaba, ya que ese pequeño gesto me fue negado al nacer y nadie me ha visto jamás vomitar y mira que hubo gente que más adelante me metió dedos en la boca para provocarlo y así intentar minimizar el daño de alguna borrachera. Debo pertenecer a un selecto grupo de individuos incapaces de vomitar y a otro grupo aún más selecto de gente que se marea hasta conduciendo, algo que nadie me cree hasta que me ven parar el coche para recuperarme y observan como pierdo el color.

4 respuesta a “4. El campo”

  1. Que asco lo de la mierda con lombrices, coño, yo que iba a cenar ahora… PuaggggGGGggg!!!
    Yo vomito rara vez, de hecho no recuerdo la última vez que lo hice, pero me pongo a morir, lo paso fatal de la muerte…
    Salud

  2. Yo también. Preferiría vomitar. Parece que he desarrollado una ruta alternativa y si algo me sienta mal, en 5 minutos estoy jiñando hasta el DNI. Por desgracia no funciona con las vomitonas para amortiguar borracheras.

  3. A mí no me cuesta nada. Con un simple olor desagradable…ya estoy dando arcadas. Y si la cosa continúa…la vomitera es instantánea. Con los desmayos me pasa lo mismo. Cuando voy a hacerme análisis de sangre, ya les aviso… me ponen en una camilla, y me tratan como a una reina. jajaja.

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