Te lo he visto

Si Genín o mi madre o alguno de mis amigos de las Canarias se quejan de la calima, es comprensible porque vamos, de la casa de Genín a la morería hay tan poca distancia que en las noches sin viento y silenciosas puede escuchar hasta los peos que se tiran los terroristas-musulmanes mientras se revuelcan en sus dunas y desiertos. Las Canarias pillan los vientos alisios y en un rato les trae un arenal desde el Sáhara y en ocasiones hay tanta tierra que la visibilidad llega a ser peor que en días con niebla o bruma, con el añadido de la temperatura alta del aire y el moqueo por toda la tierra que bloquea tu nariz. Ambos son escenarios normales. El que no lo es resulta ser el nuestro, que estamos a casi dos mil kilómetros del norte de África, que ni siquiera del desierto y entre hoy y mañana tenemos una alerta por CALIMA y seguramente esto explica el por qué llevamos varios días a veintipico grados, que esto parece Vecindario pero sin orcas peludas y desbaratadas vistiendo lycras de colores vistosos, esto es más bien gente pálida como la luna quemada porque son incapaces de procesar un rato de sol y que se pone sus sandalias con calcetines y sale a la calle sin vergüenza alguna o como uno que vi ayer que casi me quemó las retinas porque tenía lar piernas totalmente quemadas HASTA la marca de los calcetines, que al parecer no se quitó cuando tomó el sol y ahora le ha dejado unos pies que parecen trasnplantados de otro ser inhumano. Con tanta calor, a nadie le extraña que ayer cuando iba al cine, circulando en bicicleta por Kanaalweg, sobre las seis de la tarde, veo a una pava venir hacia mi con ese desparpajo de las holandesas que viviendo el frío, nunca saben como conjuntarse cuando hay buen tiempo y se olvidan que la bicicleta no perdona y la pava decidió ponerse una minifalda y circular contra el viento. Veo que ya va luchando con una mano mientras con la otra habla por teléfono, que Dios los libre de tocar el volante que a muchos por aquí arriba les da asco y la mano única no parece ser capaz de realizar la tarea con propiedad, o quizás se acaloró con la conversación. La chama se acerca y se acerca, yo ajusto mi visión central, periférica y ultraperiférica en un único punto, ese que todos sabemos y tengo tanta suerte que cuando estamos en el segundo y medio del cruce, ese momento en el que pudiera o pudiese suceder algo, pues saltamos del subjuntivo al indicativo y nos ahorramos incluso la ayuda del verbo poder porque sucedió algo, el aire hizo que la pava me enseñara el coño que trataba de ocultar y sabía que yo no estaba mirando hacia el agua del canal, que no me regodeaba con el azul del cielo o la hierba junto al canal o las florecillas o incluso el camino. NO. Mis ojos estaban enfocados en aquel potorro afeitado y se lo vi. Después de pasar, giré la cabeza para darle un segundo baño de realidad y tocarle los ovarios y la chama miró hacia atrás para ver si había notado algo y cuando vio mis ojos directamente enfocados en los suyos supo que la flor de su secreto ahora es más bien la flor que me mostró, que se la he visto. Seguro que en días sucesivos, aunque mucho me temo que la buena racha de récords de temperaturas altísimas que por supuesto no se deben al cambio climático, que no quiero enojar al ignorante hipócrita que dirige el país supuestamente más poderoso del mundo, la racha está a punto de acabar y con ella volverán los pantalones y las hembras se cubrirán de nuevo, pero quiero que quede constancia que este año, el primer y seguramente no el último avistamiento fue en un día de abril.

Los chochos

Hace ya casi un año que hay una cosa que no falta nunca en mi cocina: los CHOCHOS. Los descubrí haciendo una redada en el supermercado turco, revisando todo lo que traen por si veo algo que me interese. Allí, por ejemplo, he descubierto que tienen atún en conserva español, que también prefieren los garbanzos españoles y que hay otras cosillas que traen de la península ibérica y en una de esas rondas, en la sección de legumbres, veo algo que me suena familiar y cuando confirmé que eran chochos lo flipé en colores y compré un bote y desde entonces, nunca me faltan. Desconozco quién los comprará ya que al menos en Turquía jamás los he visto.

El sábado venían unos amigos a cenar y se me ocurrió que molaría poner en las tapillas de los previos un plato de chochos y eso hice, con todo el mundo asombrado y mirando aquellas extrañas creaciones de un color amarillo sucio. Les expliqué que esto es casi que lo tercero mejor que te pueden poner en España cuando estás en un bar bebiendo y cuando me levanto a pillar el bote para enseñárselo y que así aprendan y lo busquen, al volver a la mesa veo que todo el mundo los está comiendo. Les grité: ¿Pero qué hacen, malajes? La piel no se come, que no somos cabras ni de monte ni de ciudad. A ver si alguno se pensó que el platito vacío que había en la mesa era una tapa de aire de serranía. Lo más complicado fue explicarles lo del nombre, con el nombre técnico de altramuz, para los finos y delicados y el de CHOCHO para el resto del populacho, como incluso reconoce el RAE, que le da a la conocida palabra como primer significado el de altramuz y tienes que llegar a la cuarta tanda de acepciones de esta palabra para enterarte que también significa coño, tanto los peludos como los afeitados, que la lengua no distingue entre unos y otros a un nivel tan primario. Claro, la dificultad está al traducirlo, ya que altramuz directamente no existe en holandés, así que tengo que optar por el termino del populacho y como en el neerlandés se abusa de los diminutivos para todo, endiñarle un -jes al final de la palabra, con lo que me referí a ellos como KUTjes y a algunos casi se les saltan las pupilas de los ojos, así que los tuve que ilustrar y explicarles que las lenguas superiores como el español son tan versátiles que te permiten referirte a dos tipos de alimentos distintos con la misma palabra y casi todos distinguiremos perfectamente en base al contexto el fruto que estás comiendo, que no es lo mismo pedirle al camarero un platito de chochos que decirle a tu parienta que le vas a comer el chocho.

Lefadas corporativas

Como casi todo el mundo, yo también me prostituyo y gracias a esa labor tan lucrativa, todos los meses, unos días antes del final de los mismos, cae una cantidad de guita en mi cuenta bancaria y así no me siento tan mal por vender el usufructo de mi cuerpo a otros durante ocho horas al día. Esta semana, al regresar de las vacaciones, sabía que al encender el ordenador del trabajo, el lunes a las siete de la mañana, algo malo o malísimo me estaría esperando en el correo electrónico. Por suerte, mi portátil se negaba a encenderse y me dio como media hora de libertad, café y tertulia de cafetera, hasta que descubrí que el problema es conocido y que sucede a los portátiles de hache-pé que están enganchados como perras en celo a sus estaciones de acoplamiento. Una vez resuelta la inconveniencia mecánica, miré mi correo y tenía ciento y pico correos inútiles esperándome y entre toda esa marabunda, predominaba un tema, con muchos signos de admiración y color rojo para darle importancia. También vi que me habían arruinado mi mañana de integración en el prostíbulo y me habían puesto una reunión de treinta minutos a las nueve y media, ya que aquí todo quisqui sabe que si intentas encerrarme por un tiempo mayor, me aburro y me voy porque tengo clarísimo que las reuniones de trabajo son también pérdidas de tiempo en el trabajo y yo prefiero perderlo tomando café, charlando o tirando de los mondongos e intentando que me cuelguen hasta las rodillas, que como todo hombre, ha sido mi sueño desde que nací y aún pueden bajar mucho más.

A la hora concretada, entro en la pecera, una de las muchas salas que tenemos con pared de cristal para que todo el mundo te pueda ver. Allí me esperan cuatro pájaros de la empresa, los mismos que se han pegado una semana de jolgorio, alegría y cosa buena mandándose sin descanso correos electrónicos y al parecer, han mantenido al menos dos reuniones al día durante todo ese tiempo, aunque visto que no hay nada solucionado, más bien perdieron el tiempo. En este tipo de eventos corporativos, si los quieres limitar, lo mejor es tirar a matar, acarajotar al enemigo y después neutralizarlo, así que mi primera andanada, ya llevaba bastante metralla:

– Después del jolgorio de la semana pasada, ya tenéis que ser capaces de reconoceros unos a otros solo por el sabor de la lefa, que os habéis pasado la semana comiéndoos las pollas mutuamente – Y observé sus caras mientras el proyectil explotaba y los noqueaba. Tras un rato, uno consiguió recuperarse.

– ¿Por qué lo dices? – me preguntó.

– ¿Por qué? Porque habéis hecho doce reuniones en cinco días laborales, habéis enviado una cantidad dantesca de correos electrónicos y hasta donde yo sé, yo soy el ELEGIDO, la persona que en este prostíbulo define lo que se puede o no se puede hacer en materia de homologación y cumplimiento normativo y en ese tiempo, habéis determinado lo que hay que hacer y la habéis CAGADO – informé.

– Ahora que todos estamos alineados, quiero que sepáis y tengáis claro que lo que no vamos a hacer es chuparnos las pollas unos a otros. Ya sé que eso os mola mazo, pero mejor lo practicáis entre vosotros y asumid que éste cipote no lo cataréis. Si alguno tiene una necesidad imperiosa de lefarse, lo hacéis en la intimidad y guardáis la lefa y la mandáis al país en el que está el golpista ese al que tanto le gusta la crema truscolana, que ya podéis adivinar cual es su ingrediente principal. – aclaré.

– Y en lo relativo al problema, el día que alguno de ustedes realmente trabaje y haga algo con su cerebro y no con su boca, me mandáis la marca y el modelo del producto, yo informo a la fábrica en Asia y así, sin necesidad de chupar pollas, se arregla todo. Y con esto y sin un bizcocho, hasta luego Luuuuuuccccaaaasssss – rematé.

Me sobraron veintipico minutos. Han pasado cuatro días y aún nadie ha elegido el producto alternativo con lo que yo no he podido aún informar y comenzar los cambios en Asia. Ha quedado meridianamente demostrado que la eficiencia no es el punto fuerte de muchos de mis colegas, pero oye, ellos también se prostituyen, su cliente es el mismo que el mío, nos paga a todos muy bien y además, tiene un aire acondicionado delicioso y optimizado exáctamente para el lugar en el edificio en el que yo estoy sentado, ya que al haber sido yo el que se quejó durante años del sistema de acondicionamiento del airote, lo arreglaron para complacerme a mi y ni siquiera tuve que tragar la lefa de otros. Y pronto se van todos de vacaciones y me quedo casi solo en la oficina pasándomelo bien.

Con bigote y sin bigote sigue siendo chochote

El lunes por la tarde, sobre las ocho, tenía estreno exclusivo solo para los que están abonados a la cadena de cines que yo frecuento y además de ver una película inédita en estos Países Bajos, nos daban un refresco y algo de comer que podíamos elegir entre una gran variedad de opciones. La película en estos eventos es lo de menos y todos acudimos en masa. Salí de mi casa con tiempo y en manga corta porque nos saltamos la primavera y ya llegó el verano y hoy mismamente es el Rokjesdag, el día oficial en el que las hembras de la manada se afeitan las gambas y sacan las pezuñas al sol para que los machos las admiren, usando para ello faldas. Como el lunes ya se notaba el subidón de temperatura y estábamos a unos veinte grados, las hembras que funcionan con un metabolismo más fresco ya estaban acaloradas y se habían pasado a las faldas y en esas que salgo de mi casa hacia el centro con La Zurriaga y voy tan feliz y contento ya que con calorcito, el paseo en bici es maravilloso. Voy quemando etapas en mi ruta, cruzando puentes y me acerco al cine. Estoy por la banda izquierda del Oudegracht pasando el Oudaen, épica cervecería y restaurante y me quedan menos de cien metros para descabalgar, aparcar y entrar en el cine. En eso que veo una hembra de huesos fuertes o eso que en la Isleta definíamos como GORDA u OBESA. Viene hacia mi en bici, con unos neumáticos que debían ser de diamante para aguantar ese presión y ella, como buena hembra, va con su multitarea, con una mano en el volante, los pies en los pedales y la otra mano en el telefonillo en el que comprueba su CaraCuloLibro y mantiene treinta y seis conversaciones en paralelo. Con tanta actividad, lo único que no hacía es mirar la ruta por la que pedaleaba y que estaba llena de gente, ya que los holandeses, igual que los caracoles, con el calor sacan sus cuernos y vergüenzas al sol. El sol aún no se había puesto, habia un montón de luz y en eso que aquella pava se acerca despacio hacia mí. Tenía unos patotes de esos de pisar las calabazas para hacer zumo, vamos, unos tobillos como baldes de anchos y se veían esas lorzas que se peleaban entre ellas por pillar una buena zona. Ella no llevaba medias y cuando al pedalear mueve un pie hacia arriba y el otro consecuentemente bajó, veo algo extraño. ¿Qué es eso? ¿Será un avión? ¿Será un tulipán? ¿Que será, será? Al final el tiempo nos lo dirá y en el siguiente ciclo de pedaleo, un poco más cerca de mi, la flor de su secreto o eso que en la Isleta se denominaba más científicamente como su COÑO quedó expuesto, con bigotillo rubio por encima, más bien una matilla escasa de pelo, pero bigotillo al fin y al cabo. Allí, en sus bajos, las lorzas aún no habían tomado posesión de la amplia superficie y ese chocho me saludó. Ella intuyó algo porque alzó la vista desde su pantalla y pudo ver perfectamente los dos punteros láser que salían desde mis ojos y que puedo garantizar y garantizo que no miraban a sus ojos. Intentó bajarse la falda y tapar sus carencias de bragas pero no podía, o soltaba la mano o se empetaba el teléfono en el chichi y ninguna de las opciones era de su agrado. Su cara trocó en odio y vergüenza, sobre todo cuando vio como me relamía y hasta leyó el mensaje que aparecía sobre mi cabeza, iluminado por mi aura angelical: #YÚTÚ. Fue el primer y espero que no el último avistamiento de este año 2018 en el que el invierno se ensañó con nosotros. Queda escrito para la posteridad que en el 2018, e