En ruta hacia Gran Canaria

Siempre que viajo suceden cosas. Por suerte me lo tomo con filosofía y al final todo acaba bien. En esta ocasión viajaba desde el aeropuerto de Rótterdam, con transavia. Ese mismo domingo en Rótterdam tenía lugar la mayor exhibición aérea del año, un show con aviones acrobáticos sobre el río. Gracias a unos buenos anuncios en televisión, prensa y cines, lo sabía todo el puto país. Así que la decisión de ir una media hora antes de lo debido al aeropuerto fue bastante acertada.

En primer lugar el tren que me tenía que llevar desde Hilversum a Utrecht se retrasó. No me quejo porque eso me permitirá reclamar el dinero y al menos recupero ese trozo de transporte. Una vez en Utrecht, llegué con cuatro minutos para hacer la conexión. Así que salgo del tren y corro con el trolley, la mochila que pesa un huevo con tanto material tecnológico y un colchón de cuna de bebé. Lo del colchón tiene su historia que quizás cuente algún día. Total que voy super cargado, llego a donde tiene que venir el tren y es uno de estos interminables que a medio camino se separa y ambas mitades van a destinos distintos. Según ponen los carteles la parte anterior se dirige a la Haya y la posterior a Rótterdam. Todos pensamos lo mismo y nos pusimos en un extremo de la estación, el Norte ya que ambas ciudades están al Sur de Utrecht. La puta ley de Murphy se activó y los trenes que van en ese sentido salen yendo inicialmente en dirección contraria, así que cuando finalmente vino el tren y lo vi claro, carreras por el andén para alcanzar la sección correcta. La mayor parte de la gente prefirió entrar allí y después cruzar por el tren, pero yo con lo que llevaba opté por una aproximación más conservadora. Después del carrerón hasta casi el final, conseguí asiento junto a la puerta y pude dejar los trastos a un lado. Cuando arrancamos empezó a llegar gente desde la otra parte del tren. No eran dos o tres, sino cientos. Hubo un momento en que toda la parte trasera estaba llena así que se empezaron a acumular en donde estaba sentado yo. No eran más de veinte entre los que sobresalía una pareja rubia que se estaba poniendo morada a base de piquitos. Se morreaban descaradamente frente a todo el mundo, mientras la gente giraba la cabeza y trataba de darles intimidad. Todos menos Yo. Mi aproximación al problema fue la opuesta. Yo los miraba fijamente pasándome la lengua por los labios para ver si se avergonzaban y dejaban el besuqueo, pero no hubo forma.

En la primera estación que paramos, Wourden, se subieron otros veinte más. Allí ya no cabíamos. Era como un metro en hora punta, con todo el mundo callado. Los que estaban de pie iban apelotonados. Los de los besos seguían en un rincón dale que te pego. A veces me echaban una mirada reprobatoria, pero yo me relamía y eso parecía enfurecerlos aunque no detenerlos.

En la siguiente estación, Gouda, la gente empujaba desde fuera y entraron por lo menos treinta más. Las escaleras, los pasillos, todo estaba abarrotado. Era una multitud silenciosa. En medio de la pareja se colocaron dos ancianas y les jodieron el rollete besuquil. La temperatura comenzó a subir. En esa estación era donde separaban los trenes y parece que en el otro aún quedaba gente que iba hacia Rótterdam, así que volvieron a abrir las puertas y de alguna manera los metieron dentro. El tren iba tan pesado que me da la impresión que rallamos los raíles. Aquello arrancaba a trompicones. La masa se bamboleaba al ritmo que marcaba el conductor. Es una lástima que no hubiera comido un buen plato de judías, porque este era el día para dar un concierto y triunfar a lo grande, pero bueno, no se puede tener todo. Pese a lo incómodo de la situación, nos resignábamos. Total, esto es el primer mundo y estas cosas no suceden en estas tierras, así que debemos haber vivido una ilusión.

Diez minutos más tardes aquello era como las calderas del infierno. Estábamos metidos en un horno. El sudor caía libremente al suelo mojado. Los cristales se empañaban con el aire enviciado que salía de tanto pulmón. Estos trenes de diseño no tienen una ventana que se pueda abrir y el aire acondicionado no está diseñado para estas situaciones. Como además, afuera había quince grados, la jodida máquina debió pensar que no se necesitaban sus servicios y dudo mucho que estuviera en funcionamiento. Lo peor es que teníamos aún una parada por delate, Rótterdam Alexander y por supuesto, no se bajó nadie y aún subieron unos cuantos más. Ese último tramo fue el peor. La gente iba hombro contra hombro, no había espacio libre y la sensación de bochorno era terrible. Cuando finalmente entramos en la estación y se abrieron las puertas, inundamos la estación.

La masa me arrastraba así que fue sencillo encontrar la salida. Por culpa de las obras en la entrada de la estación la terminal de autobuses está en otro lado. La vez anterior que fui a las Canarias usé este aeropuerto, así que esta vez no me costó encontrarla. Reafirmo lo de que Rótterdam es una ciudad negra. Es increíble. Sales del tren con más de mil holandeses y enseguida somos minoría y estamos rodeados por gente que no inspira confianza. No me refiero al color, sino a la ropa y a la agresividad que demuestran. El ver un policía en cada esquina no parece amedrentarlos. Ellos van a lo suyo, con o sin vigilancia policial. Estuve en la parada de guaguas un rato hasta que llegó la que tengo que tomar, la 33, una que se llena de delincuentes y viajeros y que camino del aeropuerto pasa por unas barriadas de esas en las que no os gustaría vivir. En este país casi no hay rejas en las ventanas, pero en ese sitio si se ven.

En total tardé dos horas y medias en llegar al aeropuerto. Ya en zona segura, recojo mi billete y tengo que esperar una hora para facturar. Una vez en vuelo, por una vez y sin que sirva de precedente tenemos tres azafatas y un azafato que no parece perder aceite. El vuelo transcurre sin problemas hasta que la vieja que se sienta a mi lado se pide un refresco con hielo. Se lo ponen y de repente la veo agitándose como una loca. Me fijo y noto que se echó por encima el vaso de refresco. Gritaba como un cerdo en el matadero. La tripulación vino corriendo y cuando vieron el problema, se desmoñaron de ella. Le dieron un montón de servilletas y le dijeron que limpiara aquello y que lo dejara como una patena, que era una línea de bajo coste y no había tiempo para limpiar aquello al llegar. La vieja se pegó el resto del vuelo limpiando su asiento y su bolso. Así sin más llegamos a Gran Canaria.