Moby Dick

La historia de hoy creo que no había aparecido en la primera versión de esta bitácora, esa que podéis visitar aquí. Forma parte del legado de Distorsiones que solo fue conocido por aquellos que estaban subscritos a mi lista de distribución. En ella aparece nuestro amigo el turco y la inglesa, una chica que en aquella época nos regaló momentos legendarios. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un veintidós de octubre del 2002.

Transcurría tranquilamente el mes de Agosto y cada fin de semana organizábamos alguna actividad al aire libre para aprovechar el buen tiempo que hacía por estas tierras. Muchas de esas historias ya las conocéis. En esta ocasión yo quería ir al Norte pero mi amigo el Turco unió fuerzas con mi amiga la Británica y decidieron que era hora de hacer algún tipo de visita más comercial, así que tras una exhaustiva búsqueda en Internet eligieron el que se supone es el mayor parque acuático de Europa, Duinrell.

Me levanto esa mañana con la excitación de un chaval y salimos para el sur del país en donde se encuentra ubicado ese parque. Cualquiera que lee esto y no ha visitado Holanda se cree que hicimos miles de kilómetros, pero lo cierto es que en una hora estábamos al sur del País habiendo partido desde el centro. Pillamos el segundo mejor día del año con temperaturas de unos 35 grados y un sol que rajaba las bragas, así que todo parecía perfecto.

Llegamos al parque y nada más entrar aquello me dio un mal rollo de cojones. El parque era cutre-salchichero. Unas mierdas de atracciones y la promesa de 2 kilómetros de toboganes acuáticos en una especie de recinto cubierto. Comenzamos nuestro paseíllo para ver todas las atracciones y entre lo único decente encontramos una montaña rusa de agua. Nos vamos a la cola y vemos que se divide en dos: los que se quieren mojar y los que quieren bajar ?secos??.

Por descontado nos ponemos en la cola de los que se quieren mojar. Cuando nos llega el turno y llega el vehículo simulando un ?tronco?? que nos iba a lanzar a la aventura nos subimos gozosamente. En ese momento el turco de mierda y Yo nos miramos y nos damos cuenta al unísono del problema. La Hostia Divina, nos vamos a tirar en esta coña con la británica. Nos apresuramos a quitarnos las camisas y guardarlas para protegerlas y ponemos todo lo de valor en nuestras mochilas. La gente nos miraba asombrada pero nosotros sonreíamos sabiendo lo que se nos venía encima. Algunas holandesas se frotaban de puro gusto ciertas partes con la visión de esos dos pechillos peludillos. Esta gente será muy rubia y muy guapa, pero al final lo latino les pone un montón.

Dan la señal de salida y las máquinas comienzan a tirar del carro (en el que íbamos unos quince) aunque sin mucho éxito. Los motores rechinaban mientras aumentaban la potencia, arrastrando centímetro a centímetro nuestro vagón en una agónica subida. En esos terribles momentos pudimos ver como algunos se daban cuenta del terrible error que habían cometido y nuestra sonrisa se agrandó en nuestras caras. El carro seguía su lento subir con la gente revolviéndose en sus asientos. La causa de semejante trastorno estaba clara. Nuestra amiga la británica. Con sus al menos tres toneladas de peso aquello prometía convertirse en una debacle, en lo más parecido al día del Juicio final que veríamos en nuestras vidas.

Justo por debajo de esta montaña rusa pasaba otra más pequeña. La gente que en ese momento cruzaba pudieron comprobar horrorizados que la estructura se bamboleaba sobre ellos y comenzaron a gritar histéricos, sabedores de que su suerte estaba echada y no podían salirse de la montaña rusa. Nosotros continuábamos nuestra ascensión, indiferentes a los estremecimientos de las vigas. Una vez se estabiliza el vagón en la parte superior de la montaña rusa y con toda la estructura crujiendo por semejante esfuerzo comenzamos la bajada.

Quien se haya montado alguna vez en estas atracciones sabrá que al principio parece que no lo vas a conseguir y que el cacharro se va a quedar parado. Todos están con los brazos levantados pese a los carteles que lo prohíben y te imaginas las caras de decepción si el trasto se detiene. Finalmente aquello comienza a moverse, primero tímidamente y luego más rápido y va cogiendo algo de aceleración y más y más y más. La gente que iba en la primera fila comenzó a sentir como el viento les cortaba la cara y todas las gargantas al unísono entonan un desgarrador lamento: Aaaarrrrggggghhh.

Seguíamos cogiendo velocidad, bajando por esa maldita rampa que se balanceaba hacia los lados ante semejante presión, derramando agua por los laterales. En los alrededores de la montaña rusa el tiempo quedó en suspenso. La gente se quedó absolutamente atónita mirando incrédula lo que sucedía. Aquel bólido descendía a una velocidad terrorífica con un grupo de gente que gritaba desesperadamente. Los gritos ya no eran de excitación sino de puro y simple miedo.

Justo al final de la bajada de la montaña rusa hay un mirador aéreo desde el que se puede contemplar la llegada de los carros protegido por un cristal para evitar que el agua salpique a la gente que mira. Los que allí se encontraban trataron infructuosamente de escapar corriendo a resguardarse en algún lugar seguro. La vendedora de perritos calientes salió despavorida hacia el bosque cercano y trató de sujetarse a un árbol para salvarse. Una madre puso su cuerpo sobre el coche de su bebé en un vano intento para tratar de protegerlo de la inminente debacle.

Tras unos segundos en los que muchos vieron pasar sus vidas ante sus ojos y los nuestros, nuestro carro, a una velocidad endiablada y con los patines lanzando chispas al contacto con el tobogán alcanzó el final del camino.

El tsunami que se levantó continuó creciendo y creciendo, tragándose toda el agua de la piscina en la que debíamos aterrizar y subiendo más y más alto. La gente del mirador vio horrorizada como una inmensa ola los alcanzaba, los que estaban a los lados comprendieron claramente unos instantes antes de que sucediera, que no saldrían de allí secos, que la madre de todas las olas los iba a alcanzar. Esa agua de color marrón, turbia, infectada, movida una y mil veces a través de esos toboganes finalmente alcanzaba su liberación, se emancipaba y escapaba a su sino.

Por supuesto que entró agua dentro del vagón. Cientos y cientos de litros. Acabamos totalmente bañados, pero gracias a nuestra previsión, todas nuestras cosas estaban a salvo en nuestras mochilas. Los frenos de la montaña rusa trabajaron a destajo tratando de detenernos. Tras nosotros quedó el vacío, la falta de agua, la piscina totalmente desecada. Frente a nosotros, cientos de personas gritando, secándose, protestando y todos tratando de comprender qué había pasado y por qué les había tocado a ellos. Los empleados miraban los paneles intentando descubrir lo que había fallado, lo que había torcido esta atracción de feria y la había convertido en una pesadilla. Junto a nosotros estaba la británica gritando: Oh Dear! Oh Dear!, inconsciente del daño que había hecho, feliz en su ignorancia y sin siquiera comprender que por primera vez en los últimos diez años, en Holanda, el agua había escapado al control de los Holandeses.

2 opiniones en “Moby Dick”

  1. La inglesa se fue hace un par de años. Fliparás con las dos historias siguientes porque en ese parque pasaron más cosas. El turco y Yo nos lo pasábamos bomba con ella. Tenía las dos tetas más grandes que he visto en mi vida. Deberías entrar en mi álbum de fotos y buscarla, está por allí en varias fotos.

Comentarios cerrados.