Seis grados de separación

Conseguir sorprenderme a estas alturas de la película resulta casi imposible pero hay un individuo en el universo que cada vez que me habla me deja boquiabierto, me alucina. Me refiero, como habréis imaginado, al Chino.

Estos días anda algo pocho. Se le ve apagado y falto de energía arrastrando un catarro persistente. Por supuesto no ha ido al médico a que le mande medicinas, faltaría más. ?l llama a algún otro miembro de la comunidad y ellos le explican lo que tiene que comer y las medicinas que debe tomar para mejorarse. Como lo del catarro es cosa de pulmones, lo mejor es la pitanza de pulmones de conejo o en su defecto de cabra vieja. En el supermercado le confirmaron que no se venden esas delicias y esta es la obvia razón de la extensión de su enfermedad. Todos sabemos que un buen plato de pulmones de cabra cura inmediatamente el catarro. Entre las medicinas que podría tomar para ayudar no se encuentran los antigripales, las aspirinas y ni siquiera los chupitos de Anís del Mono. No. Lo mejor es aliviar los pulmones respirando meados hervidos de China embarazada en su segundo mes o en su defecto desenterrar el huevo que previsoramente guardamos a un metro de la superficie en nuestro jardín en marzo del año en curso y que tras comértelo te cortará de raíz el catarro ya que posiblemente tengas problemas más graves después de su ingesta. El Chino se olvidó de la ceremonia del enterramiento y para cuando se quiso acordar ya era Abril, demasiado tarde, que la medicina es una ciencia casi-exacta. Por eso sufre en silencio y falta al trabajo.

Mi corazón es infinitamente grande y tiene capacidad para obras benéficas así que me decido a caminar los ciento cincuenta metros que separan nuestras casas, respiro hondo y me recuerdo no comer nada que me ofrezca y toco el timbre. Después de lo que me pareció una eternidad se abre la puerta y una versión piltrafa humana del colega me abre la puerta. Llevaba un chándal que tuvo años mejores, unas cholas de playa con calcetines canelos y la misma camisa que lleva siempre al trabajo. Además se cubría con una manta. Me recibió estornudando y lanzando contra mi sacrosanta persona un millón de partículas de virus que yo esquivé limpiamente saltando hacia atrás y cortando mi respiración. Entré en su guarida y sentí algo anómalo en el ambiente aunque no sabía que era. Cuando me quité el abrigo descubrí lo que era. Hacía un frío de morirse. Aquello estaba como la nevera de mi casa. Decidí volver a abrigarme, me senté lo más lejos posible y le pregunté si tenía algún problema con la calefacción.

Su respuesta fue que calefacción bien estar pero cara ser. Chino calefacción usar no y ahorrar dinero. Fresco aire bueno y sano ser. Casa fría no estar, quince grados haber.

Uno no sabe lo que decir en estas situaciones pero me reposeyó el espíritu pachanguero y le dije que allí hacía un frío de cojones y que no me extrañaba que se ponga malo continuamente si está en ese puto ataúd helado al que llama casa. Me respondió que temperatura fría no estar, casa cálida ser, yo español débil e ignorante porque todo chino saber que bueno dinero es ahorrar y manta para frío tener y más barato ser. Después me preguntó si ¿manta tú querer para tapar? pero me apuré a responderle que no hacía falta, que yo estaba bien. Lo último que necesito es el contacto físico con una manta que posiblemente no haya sido nunca lavada para ahorrar agua y dinero en detergentes.

En la cocina había un montón de ropa tirada en el suelo y cuando me vio mirando se sintió en la obligación de explicarme que desagüe de cocina roto de nuevo estar, ropa poner para agua absorber cuando loza lavar. La ropa esa también despedía un tufillo de cuidado, algo que al parecer solo un intelectual hispano como yo puede apreciar porque para el Chino no había ningún olor extraño. Se ofreció a hacerme café pero lo rechacé con gran vehemencia.

Entre que hacía un frío de morirse y que aquel era el lugar más insalubre en el que he estado en el año 2006 opté por poner tierra de por medio y volví escopeteado a mi casa donde mi di una buena ducha de agua caliente con abundante jabón y después me repatingué a ver la tele en mi agradable salón a veintiún grados, exactamente seis grados más que en casa del otro. Mientras me acuerde no vuelvo a visitar la casa de este hombre.

3 opiniones en “Seis grados de separación”

  1. Mmmm le tenias que haber pedido un bocadillo de jamón verdoso para merendar juntitos como buenos amigos.

  2. Emo, ni muerto como allí.

    lanahlauts, sin el chino esta sería una bitácora del montón. Gracias a Dios ese hombre aporta contenido de calidad.

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