Torcello, Burano, Murano y algo más de Venecia

Este relato comenzó en Llegando a Venecia

Mi último día en Venecia comenzó aún más temprano que el día anterior. Si llego un minuto antes al comedor, soy yo el que lo abre. La asiática estaba allí, de nuevo mirándome fijamente y volví a intentar mis poderes de telepatía con ella pero no funcionó. En esta ocasión me encochiné a conciencia, es decir, comí tanto como pude y hasta llené las amígdalas con comida. Arreglé mis asuntos económicos en la recepción y dejé mi mochila coccoon prácticamente vacía allí. Mi prisa tenía una buena razón, ya que además de una agenda petada de lugares esa mañana se celebraba una carrera en el canal cercano a mi hotel y se suspendería el tráfico de guaguas, digo de vaporettos, durante unas horas. En la misma puerta del hotel tenemos una parada de los que van en dirección a Murano y allí me subí y fui a Fondamente Nove en donde cambié a otra línea que hace menos paradas. Comentar que en los dos días que usé los barcos, solo el domingo me pillaron un montón de controles. Me subí en el directo a Burano que hacía el recorrido en cuarenta minutos con una única parada en Murano. Una vez en Burano tuve que esperar otros diez minutos y cambiar a un tercer vaporetto para ir a Torcello, lugar que tiene el honor de ser la parte de Venecia más antigua habitada y en su época llegó a ser la principal. Hoy en día allí viven menos de veinte personas pero hay un par de cosillas interesantes para ver. Inicialmente me enteré de este lugar por una lectora que me prometió enviarme el nombre y nunca lo hizo por esa maldad tan característica que corre por las venas de su familia. Por suerte uno es un profesional de los viajes y en el eLibro que me monté con la información de Wikitravel tenía todo lo que necesitaba saber.

Yo pensaba que sería el único ser humano que estaría de turisteo en la isla tan temprano pero me equivoqué. En realidad casi toda la gente que fue en el barco siguió hacia Torcello y al bajarnos en el embarcadero avanzamos por el único camino disponible, que hace que perderse allí sea casi del todo imposible. Fui hasta el punto más alejado del camino para visitar la cattedrale di Santa Maria Assunta, uno de los edificios religiosos más antiguos en todo el Veneto y fundada en el siglo VII (uve-palito-palito). La iglesia es de un precioso estilo bizantino y tiene un campanario que están restaurando y al que no pudimos subir. En su interior hay una serie de mosaicos muy bonitos. Al lado de la misma estaba la chiesa di Santa Fosca y enfrente a ambas un par de edificios que conforman el Museo provinciale di Torcello, con cuatro cosillas para ver y que liquidas rápido. A la entrada del museo está el conocido como trono di Attila, una roca tallada como una silla y que dudo muchísimo que sea lo que implica el nombre (y mi guía turística parece coincidir conmigo. Regresando al embarcadero paré para hacerle fotos al Ponte del Diavolo, uno de los dos puentes que hay en la isla y que no tiene muros laterales. Cuando regresó el vaporetto regresé a Burano para continuar mi ruta.

Burano es conocida en todo el universo conocido y desconocido por el encaje. Por descontado, yo no tenía ni puta idea de esto hasta pisar tierra y evitar besar el suelo. Desde el embarcadero me perdí por sus calles y pasé por la Calle dei Squeri. Lo más espectacular de Burano es que las casas están todas pintadas en colores vivos y diferentes y al parecer necesitas permiso gubernamental para cambiarle el color a tu casa. Son en realidad cuatro islas y aunque solo viven en ella menos de tres mil julays, tiene una densidad por kilómetro cuadrado de los susodichos altísima. Las calles de Burano son preciosas, parecen de mentira, con todas esas casitas de colores y los canales. Fui al museo del encaje, el cual estaba incluido en mi tarjeta de museos, lo visite y tengo que decir que sigo sin tener ningún interés por esa rama del artisteo. Me fascinó muchísimo más el campanario cambado de la Chiesa di San Martino. Tamién entré a verla pero no era de esas que te hace abrir la boca y parecer medio apajarado. Deambulé un rato por la isla haciendo fotos como loco y cuando me cansé fui a coger el vaporetto para ir a Murano.

Murano es la isla famosa por el cristal que tiene el mismo nombre. Está muy cerca de Venecia y tiene una población de unos cinco mil julays. El vidrio de este lugar es famoso en todo el universo y en los dos días anteriores me harté a ver lámparas de araña hechas con ese vidrio además de todo tipo de recipientes. Visité la Chiesa di San Pietro Martire, muy cuca y bonita y cruzando el puente que está a su puerta me compré un bocadillo en un puesto muy popular para matar el hambre. Allí mismo estaba el Campo Santo Stefano, un cementerio en medio del lugar que tiene un reloj muy exótico y perfecto para hacer fotos. Crucé por el Ponte Longo y me pegué un helado del copón al otro lado antes de seguir hacia el Museo del Vetro, en el cual hay muchos ejemplos del arte que tiene esa gente con el vidrio. Por las calles también hay varias esculturas muy bonitas hechas en vidrio. Estuve en la basilica di Santa Maria e Donato admirando sus mosaicos. Por detrás del altar tienen unos huesos grandes que al parecer son de un dragón que mató el santo previamente mencionado. Yo es que lo flipo con nuestra Santa Madre Secta. Es que antes le ponías a la gente el rabo en la boca y les decías que es el Santo Grial y te lo chupan hasta sacarle punta como a un lápiz. La iglesia es un buen ejemplo del románico y es una de las más antiguas de Venecia. Después deambulé por la isla sin rumbo fijo y cuando me cansé regresé a Venecia en vaporetto. En la ciudad, fui directamente (cambiando de vaporetto al llegar) a la Gallerie dell’Accademia, un museo espectacular situado junto al Ponte dell’Accademia. Tiene un buen montón de obras maestras de artistas venecianos hasta el siglo XVIII (equis-uve-palito-palito-palito). Como yo soy de natural inculto, me centré en las que tenían el símbolo de la audioguía y pasé un poquito del resto ya que si no me saturo.

Al salir fui al Squero di San Trovasso, un pequeño astillero en el que se fabrican góndolas y que es jodidamente fotogénico. De allí fui a la chiesa dei Gesuati pero estaba cerrada a cal y canto, igual ya habían comenzado a celebrar lo del argentino, vete tú a saber. Seguí hacia el Campo San Barnaba, una pequeña explanada enfrente a la iglesia del mismo nombre en el que había un mercadillo y un friki-orquesta se paseaba entre la gente buscando pillar algo de guita. Seguí andando hacia la chiesa di San Pantalon, una hartada de fea por fuera y que si no es por mi guía turística, no me molesto a entrar y me habría perdido el gigantesco techo pintado y que está formado por cuarenta piezas de tela que seguramente forman la pintura más grande del universo. Por lo que parece, su autor la palmó cuando se cayó después de veinticuatro años de trabajo seguido desde el andamio, lo cual nos sirve para comprobar que nuestro Dios si es un pelín más hijoputa nos sale político.

Seguí callejeando hacia la Basílica de Santa María dei Frari, una iglesia enorme construida por los Franciscanos y llena, repito, llena de obras de arte. Hay una tumba con forma de pirámide esculpida por Antonio Canova, otra justo enfrente aún más espectacular y las capillas son un festival de obras de Vivarini, Giovanni Bellini y amigotes. Sobre el altar hay una asunción de la Virgen hecha por Tiziano que te deja flipando. Salí de allí alucinando y continué mi callejeo relajado hacia el hotel.

Pasé por la chiesa di Santo Stefano y después me acerqué a hacerle fotos al Ponte della Costituzione, otra de esas obras del Calatrava muy bonitas pero que se caen a cacho a los dos días y que después requieren un mantenimiento horroroso. Digo yo que a estas alturas, todo el mundo debería evitar a ese arquitecto como a la peste bovina. Para mí es el puente más feo de todos los que tiene la ciudad. Antes de ir a recoger mi mochila paré para hacer una cena holandesa en elBrek, cerca de la estación de tren y en una calle muy principal. Cené la Tagliata di tonno con verdure y de postre Torta al cioccolato. Pasé por el hotel, empaqueté la mochila de la cámara en la otra mochila y cogí el vaporetto para ir a Tronchetto y montarme en la guagua que me llevaría de vuelta al aeropuerto. Al llegar, recogí mi tarjeta de embarque y le pedí a la chama que me pusiera en la punta de alante y ella me colocó en la fila tres. El aeropuerto es bien básico pero yo no voy a esos sitios a disfrutar de la arquitectura sino para viajar barato. El avión llegó con quince minutos de retraso. Al despegar me cambié a la primera fila, la cual estaba vacía porque hay que pagar de más para sentarte allí y por suerte recuperamos tiempo en vuelo y llegamos a Schiphol con veinte minutos de adelanto y no nos obligaron a usar la odiosa Polderbaan, esa pista que está a veinte minutos de la terminal cruzando autopistas con el avión. Salí el primero del aparato y corrí como reposeido por la terminal y pude coger uno de los últimos trenes hacia Amsterdam en donde cambié al último Intercity a Utrecht y al llegar a mi ciudad, fui a buscar la Mili o Vanili e hice el trayecto final en bicicleta hasta mi casa. Llegué sobre la una de la mañana y así acabó esta pequeña escapada para saldar una deuda que tenía conmigo mismo.

4 opiniones en “Torcello, Burano, Murano y algo más de Venecia”

  1. Es admirable tu energía, leyéndote, al final, termino agotado, eso que no llevo tu mochila…
    Pero también lo he intentado con la oriental y no traga la tía ¿O si? jajaja
    Salud

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