Tránsito de Phnom Penh a Kampot

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Por una vez y sin que posiblemente sirva de precedente he conseguido un billete de autobús que en lugar de obligarme a madrugar, salía por la tarde. Gracias a eso me levanté a las siete, como siempre y después de desayunar aproveché para ir a un banco cerca del hotel a cambiar billetes de 50 dólares en más pequeños, ya que aquí en Camboya todo se paga con dólares y muchos no tienen cambio para algo tan grande. Después me puse el bañador y me planté en la piscina a seguir con el curso intensivo de doramiento.

Salí de la misma pasadas las once, me duché, cerré mis dos mochilas y las bajé a la recepción en donde pagué lo que debía y aproveché para dejar reservada mi habitación para el día en el que me marcho de Camboya. Tendré una diferente a la de la foto que puse el otro día. Diez minutos antes de la hora prevista me vinieron a buscar para llevarme a la estación de autobuses. Al parecer dos chicas que se quedaban en el hotel también iban al mismo destino y fuimos juntos hasta la estación. Allí esperamos unos veinte minutos y a la hora prevista apareció un autobús que no pasa una ITV ni en el Sáhara. Medio cristal delantero estaba estallado y lo habían parcheado con algún tipo de silicona negra. Tenía abolladuras por todos lados y la temperatura en su interior era de 36 grados, algo que supe porque podía ver el indicador en el salpicadero del conductor ya que me senté detrás de él. Se llenó hasta la bandera y salimos al caótico y terrorífico tráfico de Phnom Penh. Volvimos a hacer la ruta que lleva hacia The Killing Fields solo que esta vez iba en el vehículo grande y los demás nos respetaban. El tipo no se cortaba un pelo a la hora de meterse en el carril contrario y a nadie parece importarle. Tardamos como una hora en salir de la ciudad y de cuando en cuando alguien agitaba las manos desde la acera, el chófer metía un volantazo y allí donde le salía de los güevos hacía una parada. Como ya estaba lleno, ponían unos banquitos en el pasillo y la gente se sentaba en su taburete de plástico. La temperatura iba descendiendo y a esas alturas ya estábamos a 26 grados y bajando. En la pantalla, el puto karaoke de Camboya con los mismos vídeos que en el viaje anterior. Opté por mi audiobook para no sufrir esa tortura.

En un momento determinado alguien se bajó y el padawan del conductor me asignó los dos asientos, justo en la fila en la que iban las dos chicas que estaban en mi hotel y que estaba claro que se habían graduado en la escuela de tortillerismo. Una era la muñequita guapa y modosa y la otra el camionero feo y antipático que encima se había puesto un aro en la nariz, de esos como los que llevan las vacas para enganchar la cuerda. Tenía cara de tener un clítoris con penefantiasis de esa que hace que le crezca desproporcionadamente. En un momento determinado el aire acondicionado empezó a gotear sobre la camionera y la tía se rebotó toda. Yo me reía socarronamente mientras le caía gota tras gota. Era el único lugar del autobús en el que sucedía y la tía no se puso de mala leche porque ya estaba en ese modo desde pequeñita pero seguro que se le agrió un poco más.

En eso que vamos por la carretera, pitando a todo y a todos y haciendo burrada tras burrada pero no esas mariconadas que ponen en los vídeos de tráfico sino burradas de las de verdad. Estamos llegando a algún tipo de asentamiento y en el medio de la carretera, una tía vestida de verde, con algo en una mano y con la otra haciendo un gesto para que se pare la guagua. El tío le pita y le pita y cuando estamos encima clava los frenos, la bollera que recibe un chubasco del copón y la gente dentro de la guagua que se agarra a donde puede mientras que los que van a los taburetes se derrumban como piezas de dominó. El autobús se para delante de la de verde y esta empieza a gritar como loca y a golpear el autobús mientras en la calle todo el mundo se ríe. Realmente es que estaba loca de atar y el chófer, sin decirle nada, empezó a mover el vehículo a un lado, la sobrepasamos empujándola con el lateral del cacharro y seguimos nuestro camino. Una escena totalmente surrealista.

Un par de gallinas casi no lo cuentan y en algunos sitios pensé que los puentes se hundían por el peso del vehículo mientras seguía lloviendo en el reino de las lesbos y yo y otro tío nos estábamos desmoñando con los intentos de la Gran Tortillera de tapar la salida de agua con la cortina de la ventana. Cuando llevaba una hora y ya estaba más mojada que las bragas de mi tía-abuela Clara, les ofrecí cambiar los asientos y yo me senté en el de pasillo. La tía me echó una mirada de odio porque sabía que me estaba riendo de ella desde tiempos inmemoriales pero se tuvo que tragar esa nueva mala leche de más calidad que la que tenía anteriormente y aceptar mi oferta. Lo mejor fue que nada más sentarme yo allí dejó de caer agua.

Hicimos una parada técnica para que la gente estirase los pies y al arrancar la carretera empeoró apreciablemente. Hasta ese momento era un inmenso parche pero es que a partir de ahí se convirtió en un camino de diligencias, una vía de tierra en la que vibrábamos continuamente. Viéndole el lado positivo, el karaoke dejó de funcionar y Dios mediante no nos torturaban con esa mierda. Por el camino de tierra el hijoputa del conductor seguía adelantando y aterrorizando vacas y en esas estábamos cuando se produjo un milagro dentro de la guagua, una señal de esas que no se pueden negar. El gran Dios de los Camboyanos no gusta de tortillas, bollos o chichi-contra-chichi y lo demostró haciendo que cayera agua exactamente sobre la lesbo-camionera. Increíble pero cierto, comenzó a caerle agua a la bollera en el otro lado. Si miento que se caiga el cielo sobre las dos Coreas y mate a todos esos cabezudos de mierda. Fue la apoteosis. En mi lado ya no llovía y la torti estaba de nuevo macerando nuevas dosis de mala leche y cagándose en su suerte mientras le caía gota tras gota y hasta la muñequita contra la que restriega el potorro se reía de ella.

Ya no le ofrecí cambiarse de asiento y se tuvo que mamar el chaparrón durante dos horas. En un punto determinado una vaca se asustó con la pita de la guagua y se puso a correr sin rumbo fijo y casi le damos el finiquito. Tardamos cinco horas en hacer los ciento y pico kilómetros que separan Phnom Penh de Kampot a través de la Nacional 3. Imaginad lo que deben ser la carreteras secundarias.

Al llegar a Kampot en la puerta del autobús se ponen como treinta tíos bloqueándola. Eran los taxistas, motoristas y conductores de tuk-tuk tratando de conseguir clientes. Son como palomas cuando les tiras comida. Pasar a través de ellos es una experiencia horrible y a casi todos les abandonó su desodorante en la infancia y hieden a cosa mala. Logré agenciarme mi mochila y al primero que tenía más cerca le dije que me llevara a mi guesthouse, una llamada Rikitikitavi y recomendada por la Chinita y por Tripadvisor. Como en ocasiones anteriores podéis ver una foto de la habitación a continuación:

Rikitikitavi Guesthouse, Kampot

Me recibió un empleado super-amable que me explicó todo y me organizó las dos jornadas siguientes, ya que quiero hacer varias visitas y en este caso lo mejor es tener un guía y que te lleve a todos lados. Después subí a cenar al restaurante, el cual está en la azotea con una espléndida vista del río y tras cenar estuve de tertulia con unos australianos que están recorriendo Camboya en motocicleta (con un guía ya que esto está lleno de minas).

Y así transcurrió esta jornada de transición en la que me moví al sur del país, en un lugar muy próximo a la frontera con Vietnam a un lado y con Tailandia al otro.

El relato continúa en Por los alrededores de Kampot

4 opiniones en “Tránsito de Phnom Penh a Kampot”

  1. Coño, es que lo que no te pasa a ti no le pasa a nadie. La historia de las torti es de partirse, me imagino tu cara y la del resto conteniendo la risa.

    Aunque tengo una duda, no se si a los dioses Camboyanos no les gusta la tortilla, o tú ángel de la guarda te quiere mucho ;-D

  2. Desde luego tus viajes son divertidos, una pregunta con esa temperatura y esa manera de conducir junto con el karaoke, no se mareó nadie?

  3. Luis, ahora solo falta que alguna se rebote y como ha sucedido en el pasado, me denuncie en algún foro de pollabobas (o coñobobas) y el programa que borra comentarios se pase la semana negándoles su presencia por estas tierras. Hace unos años hasta me molestaba en leer esos comentarios pero ya no.
    Aliena, en ningún autobús vi a nadie mareado.

  4. Jajaja, que bueno! si te llegan a estar filmando, sacas una peli mejor que alguna que se hacen subvencionadas por el estado español, un guión inmejorable para un corto! hacía mucho que no me reía así con un post! Gracias!

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