
El viernes fui a Hilversum para encochinarme con mi amigo el Moreno en el Cartouche, aprovechando que no había una caló enfermiza y como yo llego en tren y él decidió venir en bici, quedamos a la entrada de la estación, que es el edificio que se ve al fondo. Después de que mi amigo aparcara su bici, nos fijamos en que alguien había aparcado y amarrado con una gran y gorda cadena su fatbike y le habían empetado hasta cuatro bicicletas encima, creando un monumento artístico de una belleza facinerosa. Nos preguntamos qué pudo haber hecho el dueño de la fatbike para merecerse ese trato, aunque por otra parte, como conducen sin respetar las reglas, provocan accidentes todo el tiempo y son por lo general adolescentes maleducados y casi siempre jalales, fuera lo que fuera lo tuvo bien merecido. Cuando volvimos a pasar por allí, unas cuatro horas más tarde, todavía seguía igual. A algunas de las bicicletas que le empetaron por encima les faltaba alguna rueda, con lo que probablemente todas habían sido víctimas de algún robo anterior, más que seguramente cometido por truscolanes, suciolistas o podemitas, que son la gran escoria del continente. Yo puedo confirmar y confirmo que no soy el autor de esta gran obra, porque le veo aire en los neumáticos y yo lo primero que habría hecho es quitarles el aire y rajas la cámara, antes de arrancar todos y cada uno de los cables de freno, de cambio de velocidad y a ser posible, habría también arrancado la pantalla, pero como dije, esa no fue obra mía. Siete días antes, mi vecino de setenta y nueve años se estampó contra una gilipollas que iba en una fatbike conduciendo por el carril contrario y mirando a su teléfono. Mejor no escribo aquí lo que le haría si se me pone por delante, pero ya tengo la botella de amoniaco por si acaso.




