Cuando allá por el año 2014 nos mudamos en Hilversum desde el edificio viejo hasta el edificio nuevo, en mi anterior chamba, en el nuevo teníamos máquinas de cafelito nueva y no ponían vaso de plástico, así que la empresa hizo tazas grandes para todo el mundo y cada uno recibió la suya con su mismísimo nombre y pasamos a tomar café en las mentadas y por la tarde, cuando te ibas, las metías en el lavavajillas si te salía de la vaina y el último encendía la susodicha máquina y por la mañana el primero que llegaba las sacaba, algo que yo hacía religiosamente todos los días porque me parecía lo normal, aunque recuerdo que uno de mis compañeros entrañables, jamás, repito, JAMÁS, tripito, J-A-M-Á-S, metió la suya en el lavavajilla ni la lavaba de ninguna manera y la cerámica blanca se fue volviendo canela y después de color marrón obscuro casi mielda. Aquella taza era un vivero de bacterias porque el chamo no es que no la lavara, ni siquiera quitaba el líquido y cuando se quedaba en la oficina de viernes a domingo, o cuando se iba de vacaciones, se añadían nuevas capas. Según el pavo, aquello no era insalubre y en su keli siempre se había hecho así, su padre jamás lavó su taza del café en la chamba y claro, tampoco llegó a jubilarse, pero ese pequeño detalle era irrelevante.
Saltamos a mi nueva chamba y cuando entró la prohibición en los Países Bajos de vasos de usar y tirar en las empresas, de nuevo la chamba se decidió a comprar tazas para todo el mundo, pero en esta eligieron unas metálicas y sin el nombre de cada pavo. Como a mí no me mola demasiado, yo me traje de mi keli una de cerámica que me regaló el Turko, que es la que uso. Aquí el problema es que tenemos una cantina grande y allí no hay lavavajillas para los empleados, así que lo de ponerla a lavar cuando me iba no era posible. Llevamos algo más de dos años con el sistema y de cuando en cuando, en los escritorios de algunos compañeros de chamba, veo tazas de café que me llevan en un viaje atrás en el tiempo y me recuerdan que guarros hay más de uno, solo que las tazas estás metálicas, que supongo que son de alguna aleación de aluminio, parecen esconder mejor la raña hasta que llega un momento en el que ya no es posible porque se vuelven negras en su interior. Vale que no tengamos lavavajillas, pero yo me voy al fregadero, lavo la mía bien cada vez que la uso y la seco por dentro con toballas de papel y la guardo en mi cajonera o en mi taquilla, dependiendo del edificio en el que me encuentre. Siempre la mantengo en condiciones sanitarias más que óptimas. Tampoco soy de los que se van al baño a lavarla en el lavamanos por no subir a la cocina de la planta alta, creo que me da igual de asco no lavarla que hacerlo en ese baño que limpian una vez al día y que en ocasiones tiene unos retretes que parece que han sido víctimas de un tsunami de mielda rala.
Siempre he tenido curiosidad por saber qué harán esos julays en sus kelis, que si en la oficina eres capaz de beber café y hasta sopas de sobre usando siempre, siempre, siempre la misma taza sin lavar, sus kelis es que deben ser antros en los que la porquería se acumula por todos los rincones.




