Cuando emigré desde Gran Canaria a los Países Bajos, lo que más me gustaba eran los veranos fríos y calientes, el tener días de veinte grados como temperatura máxima en julio y agosto y lluvia por un tubo. Habiéndome criado en una isla en la que las veces que llovía en la capital, a lo largo del año, se contaban con los dedos de las dos manos y en alguna de esas, caía una tromba, que empujaba el agua desde la Isleta, República independiente, hacia la zona del mercado y cuando toda esa agua bajaba por la red de saneamiento, estallaban las tapas de la misma y aparecían ratas ahogadas en las calles. Era algo tierno y emocionante y yendo o viniendo del Instituto, contábamos la cantidad de ratas muertas que habíamos visto. En Holanda, la red de saneamiento de las casas y la red de recolección de agua de lluvia están separadas y la segunda, suele estar redirigida a pequeños lagos o balsas en los que se recoge ese agua de lluvia que vale perfectamente para regar, y recuerdo que en Hilversum, delante de la empresa, teníamos uno de esos lagos y lo veías bastante seco, venía una tanda de dos semanas con lluvias abundantes y para cuando acababa, estaba petadísimo. En Bolduque, cerca de la fábrica hay otro de esos lagos.
Este verano, que aún no ha terminado, ya que todavía nos quedan once días de verano, ha sido el verano de un calor insoportable y el verano de tantos récords que no parece que sea cierto. Uno de esos récords quedó fijado ayer. Resultó que durante SESENTA Y CUATRO días consecutivos, la temperatura en mi keli y en el instituto de meteorología, que está a cuatro kilómetros en línea recta de mi keli, alcanzó todos esos días al menos VEINTE grados, es decir, desde el dieciséis de junio hasta ayer los termómetros siempre alcanzaron los veinte grados y bueno, ayer se perdió el récord pero la temperatura fue de diecinueve con siete, o sea, bastante alta. En ese tiempo, también tuvimos la ola de calor más grande de la historia registrada, de doce días y esa fue una de varias olas de caló. Si solo nos limitamos a contar los días que desde el uno de junio hasta ahora se superaron los veinte grados, entonces han sido SESENTA Y NUEVE y de esos, en once de ellos se superaron los treinta grados y en dos de ellos se superaron los treinta y cinco.
Y esto es la nueva normalidad, negada por billonarios que se meten en política y a los que votan los más gilipollas de entre nosotros, aquellos que hace cien años, habrían sido carne de cañón y solo los habrían criado para mandarlos a morir en guerras. Ahora, como esos subnormales viven y votan, nos va como nos va. Es cuestión de poco tiempo que una racha de desastres naturales y enfermedades nos diezme y reduzca la población del planeta a niveles aceptables.
En el lado positivo, los once días finales del verano se espera que estén por debajo de los veinte o un pelín por encima. La temperatura del hormigón en las paredes de mi keli está actualmente en veintidós grados y medio y llevo una semana tratando de bajarla hasta los veinte.
