De vuelta a Utrecht sin problemas


Después de nueve días disfrutando de la panza de burro en Gran Canaria, que es esa nube mágica que cubre la ciudad de las Palmas de Gran Canaria durante los meses de junio, julio y agosto y hace que la temperatura en la susodicha sea de veintidós grados, mientras que en el resto de la isla pueden estar en los treinta y los cuarenta, el domingo llegó la hora de regresar al norte con la bolsa de viaje petada de comida para sobrevivir en los próximos meses. Como en ocasiones anteriores, elegí un vuelo de mañana para llegar a los Países Bajos por la tarde e ir relajado a mi keli, que los vuelos de tarde llegan a Schiphol de madrugada, cuando solo hay un tren por hora y siempre tengo que esperar la hora entera en el aeropuerto y dejar una bici en la estación o no puedo llegar a mi keli, que los taxis aquí arriba ahora cuestan más que los billetes de avión. A las ocho salí para el aeropuerto y llegaba allí a las ocho y media. Esta vez hubo suerte y ya se habían levantado los empleados de los controles de inSeguridad, no como mi paso anterior por la isla y conseguí cruzar en relativamente poco tiempo. Al parecer no vieron la mitad de los líquidos que llevaba en la bolsa y que se me olvidó sacar. Después del luctuoso evento, busqué un rincón con pantalla de información cercana para esperar a que anunciaran la puerta de embarque y mirando en cierto programilla en el telefonino, vi que el avión venía sin retraso desde los Países Bajos y hasta iba a llegar adelantado. Aproveché para comprarme una botella de agua y como en febrero, hay un kiosko dentro del aeropuerto que las vende a un leuro y cincuenta céntimos de leuro, más barato que las máquinas y los otros negocios. Cuando ya se sabía la puerta de embarque, me acerqué a la misma y vimos como vaciaban el avión, de nuevo un Airbus A321NEO, de paquete, que Transavia ha decidido tirar a la basura la basura de los Boin y poner aviones de calidad que no pierden puertas ni otras piezas. Cuando comenzó el embarque, como tenía la mágica prioridad, entré de los primeros y tuve muchísima suerte el día anterior al facturar a las siete de la mañana y conseguí una de las dos últimas ventanillas y además, la del lado izquierdo del avión, que es la mejor por cierto momento que sucede después del despegue.

Como en el avión vamos doscientos y pico julays, lo van llenando pero como comenzamos pronto, resultó que todo el mundo estaba dentro quince minutos antes del despegue, así que el chófer nos dijo que cerraba la puerta, quitaba el freno de manos y salíamos pa’l norte, eso sí, teníamos que esperar siete minutos para encender los motores porque por circunstancias de la vida, en base a la hora de aterrizaje que ya conocía el chamo debíamos esperar un poco para no llegar muy temprano. A mi lado iban dos viejos y alrededor, en los seis puntos cardinales, gente con niños pequeños que se sincronizaron para berrear en manada, que los niños no saben que la berrea es algo más bien de otoño. Al despegar, nada más saltar al cielo, hice como en otras ocasiones y busco la playa de Tufia, esa que vemos siempre en vídeos de buceo que son los favoritos del Ancestral. Después de eso, pasamos la panza de burro y dejamos de ver la tierra por culpa de la nube refrigeradora de la ciudad de las Palmas de Gran Canaria. Las siguientes cuatro horas y quince minutos las pasé viendo episodios de series y jugando, hasta que el chófer dijo que íbamos a aterrizar y que por una vez en la vida no nos habían mandado a la malévola Polderbaan y no tendríamos que hacer media hora de ruta en carretera después de aterrizar. En el aeropuerto llovía bastante y los despegues de aviones eran alucinante con los chorros de agua que echaban los aviones por detrás. Como mi asiento de ventanilla estaba en la fila ocho, en la punta de alante del avión, salí de los primeros y conociendo el camino, puse el turbo y crucé el aeropuerto hasta la estación de tren, aunque allí mi tren estaba retrasado diez minutos, aunque como llegué cinco minutos después de su salida, solo tuve que esperar cinco minutos. El grado de estupidez de algunos julays es dantesco y los ves bajando o subiendo con maletones que perfectamente podrían contener cadáveres a las plantas alta y baja del tren buscando quince asientos libres que no encuentran y yo me quedo en el nivel de entrada y salida sentado y tan a gustito. Cuando llegué a Utrecht por el andén dieciocho, subí a la estación y bajé al veintiuno y pillé el tren a mi barrio y una vez allí, cogí la cutre-bicicleta que dejé en la estación y que fue bautizada en su día como la Zarrapastrosa 2.0 y con ella llegué a mi keli. Por suerte en Utrecht no llovía, que yo no me llevé chubasquero. Después, me moví rapidito para colocar en la nevera y en el congelador todos los productos perecederos que traje y aproveché y me hice un bocadillo de pata de cerdo asada con queso manchego y chorizo de Teror. O sea, otro viaje con cero incidencias y siguiendo el plan original al milímetro.

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4 respuestas a “De vuelta a Utrecht sin problemas”

  1. Ese bocadillo me ha dado un hambre que te mueres… Me voy a copiarlo inmediatamente; aunque sea solo algo parecido.

  2. Ese chorizo me suena pero no lo ubico…
    Me alegro que tuvieras un «nice» viaje y estancia, y por mi parte la envidia de siempre de tus helados… 🙂
    Salud

  3. El chorizo de TEROR es similar a la sobrasada, aunque infinitamente superior. Se hace en el municipio de TEROR, en Gran Canaria. Se consume por todas las islas Canarias y en mi keli en los Países Bajos, que yo siempre me traigo para que no se me vaya el acento canario.

    He puesto una foto del bocadillo en la anotación.

  4. Perdón pero la sobrasada de Mallorca no tiene rival aunque he de reconocer que ese chorizo del TERROR de las Islas Canarias no lo he probado. Joer macho, que bien vives, espero que a la vuelta tengas inundada la mesa del trabajo de faena. 🙂

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