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Asia 2014

Mis tres semanas en Asia resultaron en miles de kilómetros recorridos (contando los de avión), ocho vuelos con cuatro compañías aéreas, dos mil quinientas cincuenta y nueve fotos hechas con mi cámara Canon EOS 6D, una purriada de pequeños vídeos que muestran algún momento de cada día, fotos de toda la comida que irán apareciendo en esa otra bitácora, un montón de picadas de mosquitos y de hormigas y un enorme relato que ha llenado ésta la mejor bitácora sin premios en castellano durante semanas.

Todo eso y mucho más se condensa en el siguiente vídeo con las fotos que fui seleccionando cada día y añadiendo a un álbum en mi iPad:

La música en el vídeo es el tema Capture The Flag de Junkie XL y que todos conocemos porque es uno de los momentos más hermosos en la película Divergente – Divergent, ese en el que Four y Tris se suben a la noria y a él se le ve claro que ya está coladito por ella y quiere ponerle la pierna y los mondongos encima y que no levante cabeza.

Para aquellos que siempre se quejan y tienen la suerte de no poder el vídeo por algún motivo que escapa a mi comprensión pero del que culpo a GooglEvil o que no lo quieren ver con anuncios porque ellos lo comercializan todo, también está en este otro lugar:

Durante esas tres semanas, la segunda línea de defensa contra los mosquitos la formaban pulseras con citronella que duran unos tres días. Se me perdieron dos de ellas (una amarilla y otra roja) pero aún así, al regresar a Holanda tenía varias de ellas en mi muñeca, ya que después de que pierden su jugo, las dejo como exótico recuerdo de aquello por lo que luchan:

Pulseras con citronella

Pulseras con citronella, originally uploaded by sulaco_rm.
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Koh Tao Krabi Tailandia

De Ao Nang a Koh Tao

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

Este era el día en el que más madrugaba ya que me recogían en el hotel a las seis de la mañana. A esa hora estaba en la recepción con el empleado que en ese momento encendía la cafetera para tener el café listo para el desayuno. A las seis y cuarto llegó la camioneta y en ella había dos franceses, que por supuesto no hablaban nada de inglés. Se estaban preparando un café con leche mientras el vehículo iba a todo meter por las calles y desparramaron más de la mitad del contenido de sus vasos.. cuando el conductor lo descubrió, se rebotó todo y se quedó mirando para ellos con cara de mala leche. Tras recoger a la gente fuimos a la oficina en la que nos agrupaban. Allí nos pusieron dos pegatinas, una con el destino y otra que informaba que según el chamo, era para el autobús. También nos dieron dos pasajes de barco. Antes de salir, uno de los capos del lugar cogió a los franceses y les hizo limpiar la camioneta, mientras ellos chapurreaban cosas en fringlés, aunque no tuvieron los cojones para no hacerlo porque el tipo tenía pinta de dejarlos allí mismo tirados si objetaban.

La idea del autobús grande desapareció ya que al ser temporada baja, era un mini-bus. Éramos trece personas. El colega conducía como un suicida truscolán y nos llevó desde la costa del lado oeste de Tailandia a la del este, es decir, desde el mar de los sunamis al mar seguro. Tardamos unas dos horas en la guagua.

En el muelle, una multitud esperaba el barco. Todos con pegatinas de diferentes colores y destinos. Llegó una guagua más y al parecer ya estábamos todos, así que comenzaron a gritar destinos y a movernos como ganado hacia el barco. Al entrar dejábamos las mochilas, las cuales las llevan en cubierta tapadas con un toldo. La cabina para el transporte era la inferior. Salimos hacia Koh Samui y desde allí hacia Koh Phangan. El viaje no tuvo incidencias, solo el tedio de la monotonía. El mar estaba perfecto y nadie se puso malo y vomitó. Una chama iba por el barco mirando el destino de las gente y a los de Koh Samui les vendía transporte a precio económico al llegar. Allí se bajaron un montón y se subieron unos pocos. Nuestra siguiente parada en Koh Phangan era el fin del viaje en ese barco y tuvimos que desembarcar para esperar el otro. Era un poco más pequeño.

Salimos en hora y tardó casi dos horas en llegar a Koh Tao, ya que no va a demasiada velocidad. En ese tiempo, dos nuevos chamos rondaban a la gente. Uno ofrecía cursos de submarinismo según él económicos (aunque los he visto más baratos) y el otro ofrecía apartamentos y hoteles a los que no llevaban nada reservado. Llegamos sobre las dos y media y yo salí andando, ninguneando a todos los que me ofrecían alojamiento, cursos de submarinismo, taxi, moto o lo que fuera. Encontré mi pensión y después de dejar las cosas en la habitación, me cambié y me puse el bañador y me fui a Maya Beach a pasar la tarde tomando el sol.

Sobre las seis regresé a mi habitación, me duché, me vestí y salí a buscar un lugar para cenar.

El relato continúa en Día de sol y playa

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Kayaking en Ao Thalen

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

Mi última excursión en Ao Nang era para pasar medio día en un kayakk en Ao Thalen. Me recogían a las ocho y cuarto y en esta ocasión, en la camioneta iban cuatro malayos, dos holandeses (sin contarme a mí), dos australianos, dos neozelandeses y tres británicos. Desde el comienzo me agrupé con uno de los británicos, los holandeses y los neozelandeses ya que todos parecíamos compartir el mismo espíritu de aventura.

Tardamos unos tres cuartos de hora en llegar al lugar desde el que partíamos. Allí nos dieron chalecos salvavidas, el remo para el kayak y aquellos que no tenían bolsas impermeables, recibieron una prestada. Se nos unió otro grupo que llegó en otra camioneta y que eran mayormente chinos. El guía no estaba contento con los chinos porque decía que al igual que los truscolanes y el marico hechicero de Ginebra, son lo peor … siempre. Fuimos hasta los kayaks y tras explicarnos como usar el remo, salimos. A mi me emparejaron con el británico que iba solo y desde el principio se vio claro que o los neozelandeses, o los holandeses o nosotros íbamos a ir siempre en cabeza. Debería apuntarme a remar en Holanda porque se me da bien. Lo de los chinos era de risa. Se suben al kayak, agarran el remo, se ponen a hacerse fotos unos a otros y después se quedan esperando a que alguien tire e ellos, no parecen comprender que han de hacer el ejercicio ellos mismos. El paseo incluía parar junto a una cueva en la que en su día estaba llena de huesos de piratas muertos, otra cueva en la que todavía están los restos de los enterrados allí, al parecer gitanos de mar tailandés y que según el guía, llevan allí unos trescientos años. Sacó unos cuantos huesos para enseñárnoslos y los holandeses los cogieron encantados de la vida. Después seguimos a una pequeña playa entre las enormes rocas en donde paramos a bañarnos y comer sandía y piña. a partir de allí, la siguiente parada fue a la entrada de un desfiladero espectacular en el que se rodó una escena de una película de 007, El hombre de la pistola de oro y después entramos en el desfiladero, fabuloso y majestuoso. Al salir del mismo llegamos a un enorme manglar, el cual con la marea llena estaba cubierto de agua. Vimos alguna serpiente y pájaros y con frecuencia teníamos que esperar porque los chinos iban muy retrasados.

El último punto era una especie de cueva a la que entras con el kayak y después de allí regresábamos por una especie de río que cruzaba el manglar. En el tramo final comenzó la competición y fue nuestro kayak el que llegó a la meta el primero. Al bajarnos, el guía comenzó a insultar a los malayos. Al parecer en su idioma lo estaban poniendo a caldo de pota y lo que no sabían es que él entiende su lengua, con lo que les devolvió los insultos y les dio candela de la buena. Si los malayos son avestruces, meten la cabeza bajo la tierra del camino.

Para regresar nos devolvieron en diferentes vehículos y en esta ocasión nos tocó con los chinos. Los que se quedaron atrás seguramente contrataron una versión del tour que incluía almuerzo y nosotros no. Otro viaje de casi cuarenta minutos en la camioneta y regresamos a Ao Nang. Por la tarde, aproveché y me fui a la playa para coger algo de color.

a la hora de cenar, fui al mismo tailandés en el que cené la noche anterior y después contraté el viaje a Koh Tao desde Ao Nang, el cual incluía camioneta, pequeño autobús, gran autobús, barco y otro barco. La hora de salida era bastante temprano.

El relato continúa en De Ao Nang a Koh Tao

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La visita a las cuatro islas

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

Después de llegar el día anterior a Ao Nang, me apunté a una excursión para ir a ver las cuatro islas (Four Islands Tour). Como siempre incluía el cutre-almuerzo, agua y tenía una parada en un lugar para ver el fondo marino con gafas y tubo.

Me recogían a las ocho y media con lo que me levanté temprano y después de desayunar los esperé un rato. Me recogieron en una furgoneta de esas pickup con la parte trasera convertida en autobús y estaba petadísima de hindúes. De siempre se ha dicho que en mi particular escala del universo, yo soy un racista de cojones con los fumadores y los que tienen CaraCuloLibro, gente a la que ninguneo y me da asco y después, mantengo las distancias con los truscolanes de mierda, los koreanos de mierda y los hindúes de mierda, tres sub-especies que no me gustan nada de nada. Mi problema con los hindúes es que son como la marabunta, no respetan tu espacio personal, se tiran encima tuyo y se te pegan con todas sus enfermedades visibles muy próximas a ti.

Al llegar al muelle de Ao Nang estaba claro que los europedos, los australianos y los gringos se apuntaban al tour en barco rápido y loa asiáticos y un servidor al tour en el Long Tail boat, los barcos títpicos tailandeses con un extraño motor en la parte de atrás y que so más lentos. Mi razón para apuntarme en uno de estos es que en el rápido no se pueden hacer fotos, te llevan como ganado sin ver nada a toda mecha y yo lo que quiero es fotografiar, no acabar con el culo más roto que el de Boris el venezolano. En mi barco íbamos unos cuarenta, de los que aparte de la tripulación, yo parecía ser uno de los pocos que sabía nadar.

Tras salir del embarcadero, el cual no es más que una extensión de arena que no queda sumergida en marea llena, enfilamos hacia la playa con cueva de Phra Nang, la cual está al sur de Ao Nang y no es una isla. Esta, según dicen, es una de las playas más hermosas de Tailandia. Aquello parecía un zoco, con unos veinte barcos llenos de turistas que descargan al mismo tiempo. A esta playa no se puede llegar en coche, solo por barco y en la misma hay un exclusivo resort, aunque vistas las excursiones que llegan todos los días, no sé si merecerá la pena pagar para tener esas hordas delante tuyo. La idea era estar allí unos cuarenta minutos, tiempo más que suficiente para hacer fotos, ver la cueva y bañarte. Todos regresamos al barco y cuando hacen la cuenta faltan dos. Cinco minutos de espera, cinco más, diez más y veinte minutos más tarde aparece un puto hindú de mierda con la zorrra a la que empala y a la que le había hecho quinientas fotos allí en poses de prostituta barata. No solo los otros hindúes se cagaron en la zorra que lo jiñó, los tailandeses le explicaron que un segundo de retraso en la próxima parada y se buscaba la vida para volver.

La segunda parda fue en la isla de Koh Poda, con una playa muy bonita y un atolón justo enfrente. Allí nos daban el almuerzo, que costaba de pollo con curry rojo, otro curry vegetariano, arroz y piña y sandía de postre. Tras comer, paseo por la playa, fotos y baño. Teóricamente íbamos a estar hora y media pero con el retraso nos quedamos solo una hora. A todas estas, cada vez que íbamos en el barco, uno de los hindúes llevaba una especie de altavoces portátiles con forma de balón de rugby y conectados a una memoria USB y ponía música hindú a todo meter y todos bailando y cantando como en una película de Bollywood. También iban chinos, que no ponían música pero hacían fotos sin descanso, cientos y cientos de fotos.

La tercera parada fue en Koh Gai, conocida en inglés como Chicken Island o como la Isla de la Gallina. La razón es que en uno de los extremos de la isla hay una formación rocosa que parece el cuello de una gallina. Después paramos en esa zona para que la gente se tirara al agua a ver el fondo con gafas y tubo. Fue un rescándalo porque todos usaban chalecos salvavidas. Los hindúes se agarraban a la escalera para bajar al agua y la bloqueaban. Los chinos saltaban de cabeza al agua con su chaleco salvavidas y las gafas de submarinear puestas. Yo me limité a bañarme, con las chinas flipando en colores porque sabía nadar. Una de las parejas hindúes estaba de luna de miel y el colega le hacía fotos sin descanso en poses de puta barata. La primera esposa del chamo debía ser pariente cercana de la Pantoja porque tenía el mismo bigotón.

La última parada fue entre dos islas, Koh Tub y Koh Mor, o más bien dos atolones. Lo especial, bonito y alucinante es que estas dos islas diminutas están unidas por un camino de arena en el agua y puedes andar de una a otra. El sitio tiene su encanto, es precioso y fascinante. Según me contó el guía, dos años atrás hubo un mono viviendo en una de ellas pero se marchó a la isla de la Gallina, ya que con mareas muy bajas surge un tercer camino que permite andar hasta ella en marea baja.

Cuando regresé al barco aún faltaban unos cinco minutos y el barco estaba algo separado de la orilla, con lo que subir era algo complicado. Una pareja de lesbos asiáticas subieron, con la machorra elevando a la otra, que estaba un poquito encochinada y no conseguía subir y tras ellas llegó el patriarca de los hindúes. El colega se quedó encajado en la escalerilla y ni subía ni avanzaba. Yo desde el agua me partía la polla de risa mientras las bolleras no podían izarlo y los tailandeses se hacían los locos de lejos mientras ellos también se reían. Finalmente tuvieron que ir a empujarlo para que subiera. cuando entramos todos, comenzó el regreso, el cual desde allí tomaba algo más de media hora.

Al bajarnos nos fueron repartiendo en vehículos para dejarnos en nuestros hoteles. En esta ocasión me tocó en otra camioneta, sin hindúes. Vine llegando sobre las cinco y tras ducharme iba a salir a cenar pero comenzó el diluvio universal y tuve que esperar casi una hora a que parara. Cuando lo logré, salí, fui a un tailandés, cené y regresé al hotel. Para el día siguiente me apunté a una excursión de medio día para hacer kayaking en una zona que dicen que es muy bonita.

El relato continúa en Kayaking en Ao Thalen