No me cuentes

Una de las cosas que no me canso de repetir a todo el que quiera o no quiera oírme es que a mí no se me cuentan secretos. Si tienes un secreto, te lo guardas para ti y me dejas en paz porque si hay algo cierto en este mundo, yo tan pronto como me lo cuentes, se lo cuento a todo quisqui. Si fuéramos a hacer una película contando los orígenes de esto, habría que remontarse a mi infancia en la Isleta, en donde semanalmente pasábamos un examen de verdulería. Por ejemplo, si un amigote me cuenta que defrauda en la declaración de la renta, yo al día siguiente estoy llamando al organismo competente y preguntándoles si les parece bien que esa persona, a la que identificaré por su DNI para que no haya duda, se la esté metiendo sin doblar. Si algún conocido me cuenta que se la ha pegado a su mujer y me pide por el Dios de los presuntos tocadores de niños que no diga nada, yo la llamo por teléfono al momento y en lugar de usar su nombre, la re-bautizo como Vitorina. Está en mi sangre y no se puede hacer nada. No conozco ningún secreto de mi más-mejor amigo y cuando ha intentado contármelos, lo corto en seco. En el lugar en el que me prostituyo por una nómina ocho horas al día de lunes a viernes, de siempre se lo he dicho y eso no quitaba que todos y cada uno de los rumores de la compañía y muchos de los secretos me hayan sido confiados y yo los he distribuido adecuadamente. Ahora con el nuevo sistema este de granja de gallinas en el que estamos todos apretaditos, la cosa se ha ido de mano y parece que tengo una consulta porque no para de venir gente a abrir el baúl de sus miserias y contármelas. Es una cosa horrenda y no hemos pasado en la prisión ni tres semanas y ya no me quito los auriculares Bluetooth modelo Princesa Leiah que me compré para el trabajo ni para ir a mear, porque la gente está saturando la única neurona que dedico al asunto con tantos secretos que no doy abasto a reproducir.

Aparte de los secretos, estoy amargando a dos con mentiras, que no son más que verdades de universos paralelos, como todos los que disfrutamos con la ciencia ficción sabemos. En cada una de las plantas del nuevo y patético edificio, se da una proporción de treinta y siete a treinta y ocho pollas por dos chochos. Es lo que se llama la igualdad de sexos. Lo injusto es que hay dos letrinas para machos y dos letrinas para hembras con lo que tenemos que diecinueve rabos han de mear por fuera un retrete mientras que los otros prácticamente tocan a un potorro por letrina. Esto es injusto y no puede ser así y para amargarle el día a las pavas y puesto que soy el guardián de los retretes ya que mi sitio está al lado de la puerta de los baños, les he contado que sé de machos que van a su baño porque el otro les da asco y el suyo está más limpio y que esos machos también mean por fuera, ya que todos y cada uno de nosotros hemos visto los suficientes documentales en el canal ese que solo pone los susodichos para saber que un macho ha de marcar su territorio meando y que por eso jamás echamos toda la orina en la taza y regamos el retrete para dejar nuestra esencia, algo que hacemos de manera instintiva nada más nacer. Además, les he dicho que cuando alguno tiene la sensación de que va a soltar una jiñada épica, se va al baño de los chichis porque siempre está vacío y así pares con tranquilidad, que el otro parece la puerta de la oficina del paro de toda la gente que pasa por allí, ya que en una empresa con una edad media por encima de los cincuenta y cinco, los abuelitos mean como fuentes en Roma.

Las pavas están traumatizadas y quieren mandar un correo al director de Recursos inHumanos, algo inútil porque el hombre ha hecho de la ignorancia y el desprecio de los empleados el principal valor de su vida. Por si acaso, les he dicho que yo distribuiré rumores por la máquina de café que las dos están desquiciadas por el reglote, que la sangría regular las tiene desbaratadas y al estar en un entorno nuevo, ven orina donde no la hay. Las dos han terminado por mirarme como si yo fuera la mismísima reencarnación de un presidente truscolán, un ser de naturaleza infinitamente despreciable.

En fin, que así son las cosas que suceden en verano.

Por sulaco

Maximus Julayus

3 comentarios

  1. Eso si me interesaran los secretos de los otros, que no es el caso. Igual que no veo telajinco o antena triste, no tengo el más mínimo interés por recordar las miserias ajenas. Es lo bueno que tiene ser egocéntrico, que todo el espacio cerebral en mi cabezón está reservado pa’mí

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